Andube escribiendo. Y simplemente eso. De alguna forma está conectado con un texto anterior, aunque habla de algo completamente distinto.
Salí de un comercio y observé la calle ¿Dónde está el empedrado? Como de costumbre la imagen del lugar en el que creía estar no coincidía con la realidad: estaba dormida. Un instante antes (dentro de mi irrealidad) había intercambiado unas pocas palabras con el comerciante dentro de ese local, era un hombre de poco más de 40 años que lucía abatido frente a un cuaderno y una lapicera, noté que los números no le daban, y creí entender que le habían robado y que no tenía ánimos ni medios para recomenzar. Traté de expresarle mis buenos deseos, y me fui pensando en la sonrisa resignada de ese hombre, ojalá pudiera ayudarlo, pero nisiquiera logro resolver del todo mis propios problemas.
Caminé prestando atención (aunque sin pensarlo demasiado) a los detalles del lugar: no se parecía en absoluto a la localidad que se suponía que era, y a pesar de esto yo me desplazaba tranquila, como si conociera aquella calle principal, aunque apacible y bastante silenciosa, como si hubiera poca gente viviendo en ese lugar…como si el espacio olvidara que se encontraba a 20 minutos de la ciudad más bulliciosa del país.
Apenas había caminado un poco cuando me acordé de él, ¡hacía tanto no lo veía! ¿Por qué no llamarlo? Bastaría acercarme a un teléfono publico, decirle “Acá estoy” y él vendría a mi encuentro, como siempre. No me moví, me sentía paralizada y me invadió la sensación de que me encontraba a cien metros de todo horizonte, que el mundo terminaba muy cerca mio y que no había forma de alejarme de donde estaba: algo me hizo sentir que no existía nada más que esa calle por la que yo caminaba. Entonces apareció el deseo, el deseo de verlo, de que mágicamente salga de alguno de los comercios, o se abra alguna de las puertas que daban a la calle y él estuviera ahí. A veces resultaba eso de desear algo con intensidad: varias veces había sucedido lo que yo deseaba. Recordé estar llegando en el colectivo, (pensando que lo primero que haría sería llamarlo) y al bajar y doblar una esquina encontrármelo cara a cara, abrazándome entre risas al confesarme que había seguido al colectivo anterior, porque aseguraba haberme visto ahí.
El reflejo del sol se volvió de un tono más dorado, y es que mi mente es un poco repetitiva en cuanto a algunos detalles, miré la calle, alrededor mio y me percaté de que seguía parada en la esquina, de frente a la ochava formada por la puerta de vidrio del mismo comercio del principio, de espaldas al cruce de las calles ¡no me moví en absoluto! Miré hacia mi derecha y la ilusión volvió a nacer, una bicicleta venia hacia mi, su bicicleta, esa que (ahora que recuerdo despierta) le robaron hace varios años ya. Y ahí venia él, como tantas otras veces, directo hacia donde yo estaba, presentí su sonrisa, su abrazo, su calor y morí sólo en eso porque su presencia fue casi un espejismo: cuando llegó hasta mi apenas frenó la bici, sin mirarme a los ojos me besó con un beso que parecía el roce de una mariposa, ya que sus labios apenas se posaron en los míos, y, diciéndome algo que preferí no entender se esfumó entre la niebla, esa que habita a veces en mis sueños no muy felices.
Me quedé esperándolo, sin querer comprender lo que había sucedido. Recién al día siguiente soporté la idea de que hay que seguir adelante, sin embargo estaba convencida de que eso era algo que había asumido bastante tiempo atrás ya. Por lo visto, no lo había asumido lo suficiente.
Aunque no haya sucedido de verdad el dolor es verdadero, quizá no se pueda retener en los sueños a quien uno alejó de su realidad.
Salí de un comercio y observé la calle ¿Dónde está el empedrado? Como de costumbre la imagen del lugar en el que creía estar no coincidía con la realidad: estaba dormida. Un instante antes (dentro de mi irrealidad) había intercambiado unas pocas palabras con el comerciante dentro de ese local, era un hombre de poco más de 40 años que lucía abatido frente a un cuaderno y una lapicera, noté que los números no le daban, y creí entender que le habían robado y que no tenía ánimos ni medios para recomenzar. Traté de expresarle mis buenos deseos, y me fui pensando en la sonrisa resignada de ese hombre, ojalá pudiera ayudarlo, pero nisiquiera logro resolver del todo mis propios problemas.
Caminé prestando atención (aunque sin pensarlo demasiado) a los detalles del lugar: no se parecía en absoluto a la localidad que se suponía que era, y a pesar de esto yo me desplazaba tranquila, como si conociera aquella calle principal, aunque apacible y bastante silenciosa, como si hubiera poca gente viviendo en ese lugar…como si el espacio olvidara que se encontraba a 20 minutos de la ciudad más bulliciosa del país.
Apenas había caminado un poco cuando me acordé de él, ¡hacía tanto no lo veía! ¿Por qué no llamarlo? Bastaría acercarme a un teléfono publico, decirle “Acá estoy” y él vendría a mi encuentro, como siempre. No me moví, me sentía paralizada y me invadió la sensación de que me encontraba a cien metros de todo horizonte, que el mundo terminaba muy cerca mio y que no había forma de alejarme de donde estaba: algo me hizo sentir que no existía nada más que esa calle por la que yo caminaba. Entonces apareció el deseo, el deseo de verlo, de que mágicamente salga de alguno de los comercios, o se abra alguna de las puertas que daban a la calle y él estuviera ahí. A veces resultaba eso de desear algo con intensidad: varias veces había sucedido lo que yo deseaba. Recordé estar llegando en el colectivo, (pensando que lo primero que haría sería llamarlo) y al bajar y doblar una esquina encontrármelo cara a cara, abrazándome entre risas al confesarme que había seguido al colectivo anterior, porque aseguraba haberme visto ahí.
El reflejo del sol se volvió de un tono más dorado, y es que mi mente es un poco repetitiva en cuanto a algunos detalles, miré la calle, alrededor mio y me percaté de que seguía parada en la esquina, de frente a la ochava formada por la puerta de vidrio del mismo comercio del principio, de espaldas al cruce de las calles ¡no me moví en absoluto! Miré hacia mi derecha y la ilusión volvió a nacer, una bicicleta venia hacia mi, su bicicleta, esa que (ahora que recuerdo despierta) le robaron hace varios años ya. Y ahí venia él, como tantas otras veces, directo hacia donde yo estaba, presentí su sonrisa, su abrazo, su calor y morí sólo en eso porque su presencia fue casi un espejismo: cuando llegó hasta mi apenas frenó la bici, sin mirarme a los ojos me besó con un beso que parecía el roce de una mariposa, ya que sus labios apenas se posaron en los míos, y, diciéndome algo que preferí no entender se esfumó entre la niebla, esa que habita a veces en mis sueños no muy felices.
Me quedé esperándolo, sin querer comprender lo que había sucedido. Recién al día siguiente soporté la idea de que hay que seguir adelante, sin embargo estaba convencida de que eso era algo que había asumido bastante tiempo atrás ya. Por lo visto, no lo había asumido lo suficiente.
Aunque no haya sucedido de verdad el dolor es verdadero, quizá no se pueda retener en los sueños a quien uno alejó de su realidad.