

El Parque Rivadavia, ubicado en el centro del barrio porteño de Caballito, no siempre fue cuna de entretenimientos. En ese terreno, antes de convertirse en el lugar ideal para juegos de niños y compra-venta de productos usados (revistas, monedas, discos, fotos antiguas, libros, marquillas de cigarrillos), se hallaba de pie la Quinta del viejo Lezica.


Una historia de terror
Durante las vacaciones de verano de 1861, Candelaria Lezica de Serantos, una bella adolescente, se instaló en la quinta de su bisabuelo.
La joven disfrutaba mucho de los martes, cuando a las cuatro de la tarde su madre, aprovechando la ausencia masculina ya que todos salían por negocios, abría las puertas para brindar fiestas de té y baile a los hombres de apellidos importantes con el objetivo de emparejar a su hija con el más rico del barrio.
La señora indicaba a la servidumbre qué tareas cumplir y les ordenaba que atendieran con una gran cordialidad. Además, le exigía a la encargada de planchar que se quedara en el patio trasero para no ser vista por los invitados
Ella se retiraba con la plancha y los canastos de ropa, se paraba al lado del ombú y protestando repetía: “La negra planchadora bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que no la vean”.

Lo que no se supo es quien había invitado al forastero que llegó aquella tarde.
El joven cruzó la galería y entró a la casa con una gran sonrisa.
Llevaba puesto un sombrero chato y rápidamente se dirigió, seductor, hacia Candela.
"Magníficos ventanales para una magnífica casa" dijo elogiando las ventanas de vidrios color azul y caramelo que decoraban la galería.
Candela se ruborizó cuando el forastero, sin cumplir con la formalidad de ser autorizado por la madre, la invitó a bailar.
Su actitud insolente no pasó inadvertida.
Algún pretendiente de Candela se sintió ofendido, otro, respetuoso y con buenas maneras, quiso intervenir.
La prohibición de la madre de acercarse al joven llegó enseguida.
Candela, aunque quiso protestar, fue enviada a su habitación, terminando así un romance antes de comenzara.
El forastero fue invitado a abandonar la quinta.

Hasta el otro día nadie vio a la planchadora y creyeron que Candelaria la había despedido enojada tras encontrarla con uno de sus amantes pues ella recibía hombres en su piecita cuando oscurecía y muchos hombres de los alrededores conocían su reputación de buena amante.
Pero llegado el mediodía, el jardinero de la quinta entró espantado a la cocina y contó haberla encontrado sin cabeza recostada al lado del ombú.
Allí mismo la enterraron y días más tarde descubrieron que su muerte fue a causa de un amante , ya que ese martes por la noche debido al escándalo producido en la fiesta no pudo ser atendido por la negra y enojado la degolló con el filo de un hacha, dejó su cuerpo ensangrentado sobre el pasto y huyó con la cabeza de la mujer arrastrándola de sus rulos morochos.

El Fantasma de Parque Rivadavia

Años más tarde, en 1927, el nieto de la ya fallecida Candelaria, le vendió la Quinta del viejo Lezica al Estado y el presidente Marcelo T. de Alvear inauguró allí el Parque Rivadavia demoliendo la casa, pero conservando el enorme ombú.
Desde entonces, están quienes aseguran que cada martes por la noche, la planchadora se pasea sin cabeza por el parque, con su plancha al rojo vivo y cuelga harapos sobre las ramas del ombú mientras protesta: “La negra planchadora bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que no la vean”.
El ombú del Parque Rivadavia en la década del treinta


El ombú del Parque Rivadavia hoy
