Las velas y veladoras, el elemento fuego, identifican el alma del difunto y alumbran su camino desde el inframundo; el agua, la cual mitigará su sed después del largo viaje; La tierra, que se coloca en forma de cruz y también es representada por las semillas y los frutos de la misma, además de recordar aquel viejo precepto cristiano de: “polvo eres y en polvo te convertirás”; el aire, representado por el frágil papel de china picado que sin duda también anunciará la llegada de las almas; La flores, en particular la de cempasúchil, que con su peculiar aroma guiará a las almas al altar, haciendo senderos con sus pétalos y adornando la ofrenda; la sal como elemento de purificación; el copal o incienso como elemento igualmente de orientación y, por su connotación religiosa, de santificación;
finalmente, el pan como elemento de fraternidad, ya que: “es aquél que compartiste en vida”.
Existen muchos más elementos y significados a veces diversos y sincréticos pero todos muy interesantes, así tenemos por ejemplo, el poner la foto del difunto pero reflejada en un espejo, que no se vea directamente, esto es para tener presente que ya no se encuentra en este plano; un arco de flores simbolizando la entrada al inframundo; un xoloitzcuintle de barro, para evocar a aquel perro guía en el viaje al Mictlan; la disposición en forma de cruz de veladoras y flores señalando los cuatro puntos cardinales; monedas, aludiendo a aquella vieja tradición griega del pago que se le debía hacer a Caronte para poder llegar al reino de los muertos; el arreglar el altar en forma de pirámide de tres escalones simbolizando el cielo, la Tierra y el inframundo, o en siete o nueve peldaños evocando, el primero, los pecados capitales, el segundo, los distintos puntos por donde tiene que pasar el difunto antes de llegar al Mictlan.
En fin, es muy rica y variada está tradición y tal vez la de mayor arraigo y acercamiento con nuestro pasado prehispánico, de ahí que en ella se manifiesta un sentimiento muy especial y equilibrado entre la fiesta y la devoción que la ha llevado a ser reconocida desde 2003 por la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
Foto: Ofrenda de Muertos casera, San Andrés Mixquic, 1984, DDF.
En el México Prehispánico, los muertos se rememoraban de acuerdo a la concepción mesoamericana, y la existencia después de la muerte estaba predestinada desde el nacimiento y de acuerdo a la circunstancia en que se moría, por ejemplo, en el mes del Quecholli, se recordaban a los muertos en la guerra, y casualmente éste día según el calendario gregoriano, en el siglo XVI coincidía con la Celebraci
ón de Todos los Santos.
Dentro de la religión mexica, el culto a los muertos estaba ligado al linaje, la tumba no era tan importante como en la actualidad, sin embargo el altar de muertos significaba una doble lápida sepulcral y parece que de los toltecas heredaron a los mexicas la costumbre de incinerar. Entre los antiguos nahuas, después de la muerte, el alma viajaba a otros lugares para seguir viviendo, por ello en muchos entierros se han encontrado herramientas y enceres domésticos que utilizaban en vida.
El Mictlan o inframundo, estaba gobernado por los dioses de la muerte, y era el lugar de reposo y quietud, destino final de los muertos después de que pasaban por nueve niveles. Aquí habitaba el Xolotl “el perro” que trasladaba a los muertos por la corriente del inframundo.
Miquiztli o Mictlantecutli “muerte”, era renovación y transformación: dualidad muerte-vida en un ciclo perenne. Muchas de sus representaciones de éste dios tiene hígado y vesícula prominentes, debido a que en éstos órganos se alojaba el ihiyotl, el alma relacionada con el inframundo. “Entidad anímica que controlaba a la vez, la vida, el vigor, la sexualidad y el proceso digestivo. Allí tenían origen también las emociones fuertes”.
Los difuntos eran celebrados durante los 18 meses que duraba el año nahua, sin embargo destacaban dos: la primera llamada Tlaxochimaco o Miccaihuitontli, en el noveno mes, que era la fiesta de los muertos pequeños y la otra Hueymiccaihuitl, celebrada en el décimo mes o fiesta de los muertos grandes.
Tlaxochimaco. Yc chicuhauhtetl metztli. 20. Tlaxochimaco, anoço miccaylhuitl. Oquichti moxochimaca. Vncan mosochimaca yn vitzilobuchtli.
La fiesta de los pequeños se llamaba Tlaxochimaco “nacimiento de flores”, se celebraba en febrero y en está se ofrecían las primeras flores, y la muerte de los pequeños era considerada un sacrificio divino, fray Bernardino de Sahagún narra que “Dos días antes de que llegase está fiesta, toda la gente se derramaba por los campos y maizales a buscar flores y que al día siguiente ensartaban en sus hilos sogas gruesas de ellas, torcidas y largas, y las tendían en el patio de aquel cu, presentándolas a aquel dios cuya fiesta hacían” En está fiesta, las flores representaban a los pequeños muertos mismos que se ofrecían al dios. Y en el último día del mes, los hombres iban al monte a cortar un árbol, cuyo palo lo alisaban y lo colocaban en la entrada del pueblo donde le realizaban ofrendas, comidas e inciensos, a éste palo lo llamaban Xolotl y en el siguiente mes dedicado a los muertos grandes, el madero colocaban en el patio del templo y en la parte superior le ponían un pájaro de pasta adornado, alrededor del palo se realizaba un ritual y al terminar las astillas las conservaban como reliquias. Diria Galinier interpreta al palo como numen de la fertilidad, que ocurría en un momento de esterilidad de la tierra cuando era necesario invocar las fuerzas de los dioses para fecundar las tierras.
Después en marzo llamado el mes de Ochpaniztli se celebraba un ritual a Xipe Totec y se elaboraba un pan el cocolli, que era un pan de maíz amarillo, pan sagrado que auguraba la muerte de la naturaleza y que podría ser el origen del actual pan de muerto.
En la celebración de Quecholli, se festejaba a Mixcóatl, deidad de la caza y del fuego, y en éste día los mexicas confeccionaban dardos y saetas para la guerra y la cacería. Y en el último día del mes hacían flechas pequeñas y las ataban de cuatro en cuatro junto con astillas de ocote, y los manojos eran depositados como ofrendas a los guerreros, también colocaban tamales dejándolos todo un día y en la noche quemaban los ramilletes de flechas.
Bibliografía:
Dufétel, Dominique. “Los antepasados ocultos”, Artes de México, número 62, 2002: 10-15.
Dibble, Charles. “Los manuscritos de Tlatelolco y México y el Códice Florentino”.
Algo del VIcman: