El segundo mayor genocida : Stalin
La última estatua de Stalin fue derribada en Rusia. El sistema político actual de ese país no es un modelo de democracia griega, pero está claro que es muy superior al régimen de terror que dirigió Stalin durante casi treinta años y que provocó la muerte de más de veinticinco millones de personas. Si el genocidio es la masacre en masa de una etnia o de un conglomerado social, Stalin merece ese título y hasta sería una injusticia histórica negarle ese privilegio al psicópata político más importante del siglo veinte.
Las primeras críticas que escuché contra Stalin no provenían de la derecha, sino de la izquierda. Su principal autor había sido el jefe del ejército rojo, el bolchevique más talentoso de esa camada de jefes brillantes que acompañó a Lenin en las jornadas de octubre de 1917. Se llamaba Trotski y fue asesinado por órdenes de la GPU en México, donde se había exiliado tratando de escapar en vano de la furia homicida de Stalin.
Trágicamente, Trotski descubrió el valor de las libertades y los derechos humanos cuando debió soportar en carne propia los efectos de la medicina que él mismo había recetado a los obreros del soviet del Cronstadt, a quienes ordenó ametrallar convencido de que asesinar a bolcheviques disidentes era un servicio que se le prestaba a la humanidad.
Con Stalin se inicia el recurso de las masacres en masa unos cuantos años antes de que los nazis comenzaran a perpetrar sus tropelías. Si el humanismo liberal había llegado a establecer la responsabilidad individual de los delitos, con Stalin se instaló el principio de la responsabilidad colectiva. Pertenecer a una clase, una raza o una religión eran causa de muerte. Las imputaciones perdían su carácter concreto para adquirir estado ideológico. Se era ejecutado por trotskista, contrarrevolucionario, fascista; en todos los casos, abstracciones que le permitían al poder aniquilar disidentes.
Las masacres en masa se justificaban en nombre de la historia y del paraíso prometido. A diferencia de las religiones clásicas, que prometían un paraíso y un infierno en el más allá, la religión comunista alienta el paraíso y el infierno en la Tierra con sus tribunales inquisitoriales, sus anatemas y sus hogueras. La utopía religiosa clásica está más allá de lo humano; la comunista está en la Tierra. Como la historia se encargó de probar, la utopía realizada era la peor de las pesadillas.
¿Es posible comparar a Hitler con Stalin? En términos históricos, toda comparación es riesgosa porque se desentiende de los procesos sociales que dieron lugar a un dirigente u otro. El comunismo y el nazismo se constituyeron sobre fundamentos teóricos diferentes y en algún punto opuestos, pero mantuvieron en común la vocación totalitaria y la creencia absoluta de que la sociedad futura sólo se puede construir si se aniquila a todos los que se oponen a ella.
La gran coartada histórica de los comunistas es que asesinan en nombre de la felicidad de la humanidad. No son iguales los nazis a los comunistas, pero la distinción teórica que se pueda establecer entre un régimen y otro no debe resultarles muy satisfactoria a sus víctimas, a los millones de muertos en los campos de concentración y los gulags. Está claro que al bolchevique ejecutado por la GPU o al judío asesinado por la Gestapo no le debe haber significado un gran consuelo saber que no era lo mismo ser nazi que comunista.
Hace unos años, un músico de izquierda decía en una conferencia que, si para lograr el socialismo en la Argentina era necesario matar a un millón de burgueses, él no tenía ningún problema en sumarse a los pelotones de fusilamiento. Que cada uno elabore sus propias conclusiones acerca de este manifiesto humanista de un izquierdista típico, que antes de reflexionar sobre las posibles virtudes del socialismo reclamaba como requisito un millón de muertos. Si en lugar de cantar canciones tontas este caballero se preocupara por estudiar la historia, descubriría que los paredones de Stalin estuvieron desbordados de imbéciles como él.
Stalin expresó hasta la perfección esa paradoja del siglo veinte, consistente en programar masacres en nombre de la felicidad de los hombres. Se incluye en esta paradoja la tragedia de que, por esta causa miserable, millones de personas de buena voluntad hayan adherido a ella y hayan justificado el horror en nombre de las mejores intenciones. A diferencia de los nazis, cuya pesadilla nació y se consumió en una década, el comunismo se prolongó durante casi todo el siglo y sus remanentes sobreviven como un espantajo en regímenes como los de Cuba o Corea del Norte. O en China y Vietnam, donde sus dirigentes descubrieron que el comunismo, más que un modelo de utopía social, podía ser un formidable dispositivo de poder para disciplinar a la sociedad y obligarla a cumplir con metas que por otro camino, por el camino de la libertad y del humanismo, les resultaría imposible realizar.
Stalin concentra en su figura los rasgos más repulsivos de un régimen genocida. De todos modos, sería un error suponer que la criminalidad del sistema se debe exclusivamente a la personalidad de un psicópata. Stalin fue la consecuencia política y cultural de ese entramado siniestro entre barbarie asiática y utopía social. Los comunistas rusos estuvieron convencidos de que estaban protagonizando una proeza cuando, en realidad, sacrificaban a un pueblo y, de alguna manera, se sacrificaban ellos mismos.
Las purgas, el terror sistemático, la eliminación de millones de campesinos fueron presentados como el costo inevitable a pagar para transitar a una nueva sociedad. Con esa coartada moral no sólo que se lanzaron a cometer canalladas de todo tipo, sino que, además, muchos de ellos aceptaron morir ejecutados y no fueron pocos los casos de los “renegados” cuyas últimas palabras en el paredón fueron “¡Viva Stalin!”. No se conocen en la truculenta historia de la humanidad casos de alienación colectiva tan siniestros. Morir vivando al verdugo fue una de las exquisiteces que el comunismo incorporó al siglo veinte.
Retornemos al maridaje entre nazis y comunistas, relación incestuosa que en el siglo veintiuno parece reeditarse en esta alianza de comunistas y fascistas que apoyan a dictaduras teocráticas. En la actualidad, algunos historiadores investigan la extraña relación que mantuvieron nazis y comunistas durante los dos años que funcionó el pacto Molotov-Von Ribbentrop. Ese maravilloso noviazgo tuvo su momento culminante cuando rusos y alemanes se repartieron Polonia y el reparto incluyó territorios y muertos. Para el que quiera más información al respecto, aconsejo ver la película “Katyn”, del director polaco Wajda.
Pero lo más curioso, lo más sorprendente para el investigador, fue descubrir el empecinamiento con que Stalin defendió ese acuerdo, incluso cuando ya era evidente que Hitler planificaba romperlo. No deja de llamar la atención que el paranoico más celebre del siglo veinte, el político que desconfiaba hasta de su esposa y de su hija, el hombre que no vacilaba en ordenar la muerte de sus camaradas, haya creído en la palabra de honor de ese otro psicópata y estafador que se llamó Hitler.
Por último, una diferencia es posible registrar entre estos dos genocidas. En esos años un nazi en Alemania gozaba de más garantías que un comunista en Rusia. Hitler ordenó ejecutar a los disidentes liderados por Rhom o a los militares del operativo Walkiria, pero en todos los casos estaba fuera de discusión que conspiraban. En Rusia, un comunista podía ser ejecutado por motivos que nunca llegaría a conocer. El régimen de terror implantado por Stalin era en primer lugar contra los comunistas. Stalin mató más comunistas que Hitler, una verdadera proeza dialéctica que deberá estudiarse en sus detalles, ya que no hay antecedentes de una imbecilidad histórica más flagrante.
Que el actual gobierno de Georgia haya decidido tirar abajo la última estatua de Stalin es, por lo tanto, una modesta reparación histórica para esos millones de ejecutados por el mayor carnicero de la historia, crímenes cometidos en nombre de la ideología que, con más refinamiento y perversidad, justificó que la sociedad futura debía construirse sobre una montaña de cadáveres.
La última estatua de Stalin fue derribada en Rusia. El sistema político actual de ese país no es un modelo de democracia griega, pero está claro que es muy superior al régimen de terror que dirigió Stalin durante casi treinta años y que provocó la muerte de más de veinticinco millones de personas. Si el genocidio es la masacre en masa de una etnia o de un conglomerado social, Stalin merece ese título y hasta sería una injusticia histórica negarle ese privilegio al psicópata político más importante del siglo veinte.
Las primeras críticas que escuché contra Stalin no provenían de la derecha, sino de la izquierda. Su principal autor había sido el jefe del ejército rojo, el bolchevique más talentoso de esa camada de jefes brillantes que acompañó a Lenin en las jornadas de octubre de 1917. Se llamaba Trotski y fue asesinado por órdenes de la GPU en México, donde se había exiliado tratando de escapar en vano de la furia homicida de Stalin.
Trágicamente, Trotski descubrió el valor de las libertades y los derechos humanos cuando debió soportar en carne propia los efectos de la medicina que él mismo había recetado a los obreros del soviet del Cronstadt, a quienes ordenó ametrallar convencido de que asesinar a bolcheviques disidentes era un servicio que se le prestaba a la humanidad.
Con Stalin se inicia el recurso de las masacres en masa unos cuantos años antes de que los nazis comenzaran a perpetrar sus tropelías. Si el humanismo liberal había llegado a establecer la responsabilidad individual de los delitos, con Stalin se instaló el principio de la responsabilidad colectiva. Pertenecer a una clase, una raza o una religión eran causa de muerte. Las imputaciones perdían su carácter concreto para adquirir estado ideológico. Se era ejecutado por trotskista, contrarrevolucionario, fascista; en todos los casos, abstracciones que le permitían al poder aniquilar disidentes.
Las masacres en masa se justificaban en nombre de la historia y del paraíso prometido. A diferencia de las religiones clásicas, que prometían un paraíso y un infierno en el más allá, la religión comunista alienta el paraíso y el infierno en la Tierra con sus tribunales inquisitoriales, sus anatemas y sus hogueras. La utopía religiosa clásica está más allá de lo humano; la comunista está en la Tierra. Como la historia se encargó de probar, la utopía realizada era la peor de las pesadillas.
¿Es posible comparar a Hitler con Stalin? En términos históricos, toda comparación es riesgosa porque se desentiende de los procesos sociales que dieron lugar a un dirigente u otro. El comunismo y el nazismo se constituyeron sobre fundamentos teóricos diferentes y en algún punto opuestos, pero mantuvieron en común la vocación totalitaria y la creencia absoluta de que la sociedad futura sólo se puede construir si se aniquila a todos los que se oponen a ella.
La gran coartada histórica de los comunistas es que asesinan en nombre de la felicidad de la humanidad. No son iguales los nazis a los comunistas, pero la distinción teórica que se pueda establecer entre un régimen y otro no debe resultarles muy satisfactoria a sus víctimas, a los millones de muertos en los campos de concentración y los gulags. Está claro que al bolchevique ejecutado por la GPU o al judío asesinado por la Gestapo no le debe haber significado un gran consuelo saber que no era lo mismo ser nazi que comunista.
Hace unos años, un músico de izquierda decía en una conferencia que, si para lograr el socialismo en la Argentina era necesario matar a un millón de burgueses, él no tenía ningún problema en sumarse a los pelotones de fusilamiento. Que cada uno elabore sus propias conclusiones acerca de este manifiesto humanista de un izquierdista típico, que antes de reflexionar sobre las posibles virtudes del socialismo reclamaba como requisito un millón de muertos. Si en lugar de cantar canciones tontas este caballero se preocupara por estudiar la historia, descubriría que los paredones de Stalin estuvieron desbordados de imbéciles como él.
Stalin expresó hasta la perfección esa paradoja del siglo veinte, consistente en programar masacres en nombre de la felicidad de los hombres. Se incluye en esta paradoja la tragedia de que, por esta causa miserable, millones de personas de buena voluntad hayan adherido a ella y hayan justificado el horror en nombre de las mejores intenciones. A diferencia de los nazis, cuya pesadilla nació y se consumió en una década, el comunismo se prolongó durante casi todo el siglo y sus remanentes sobreviven como un espantajo en regímenes como los de Cuba o Corea del Norte. O en China y Vietnam, donde sus dirigentes descubrieron que el comunismo, más que un modelo de utopía social, podía ser un formidable dispositivo de poder para disciplinar a la sociedad y obligarla a cumplir con metas que por otro camino, por el camino de la libertad y del humanismo, les resultaría imposible realizar.
Stalin concentra en su figura los rasgos más repulsivos de un régimen genocida. De todos modos, sería un error suponer que la criminalidad del sistema se debe exclusivamente a la personalidad de un psicópata. Stalin fue la consecuencia política y cultural de ese entramado siniestro entre barbarie asiática y utopía social. Los comunistas rusos estuvieron convencidos de que estaban protagonizando una proeza cuando, en realidad, sacrificaban a un pueblo y, de alguna manera, se sacrificaban ellos mismos.
Las purgas, el terror sistemático, la eliminación de millones de campesinos fueron presentados como el costo inevitable a pagar para transitar a una nueva sociedad. Con esa coartada moral no sólo que se lanzaron a cometer canalladas de todo tipo, sino que, además, muchos de ellos aceptaron morir ejecutados y no fueron pocos los casos de los “renegados” cuyas últimas palabras en el paredón fueron “¡Viva Stalin!”. No se conocen en la truculenta historia de la humanidad casos de alienación colectiva tan siniestros. Morir vivando al verdugo fue una de las exquisiteces que el comunismo incorporó al siglo veinte.
Retornemos al maridaje entre nazis y comunistas, relación incestuosa que en el siglo veintiuno parece reeditarse en esta alianza de comunistas y fascistas que apoyan a dictaduras teocráticas. En la actualidad, algunos historiadores investigan la extraña relación que mantuvieron nazis y comunistas durante los dos años que funcionó el pacto Molotov-Von Ribbentrop. Ese maravilloso noviazgo tuvo su momento culminante cuando rusos y alemanes se repartieron Polonia y el reparto incluyó territorios y muertos. Para el que quiera más información al respecto, aconsejo ver la película “Katyn”, del director polaco Wajda.
Pero lo más curioso, lo más sorprendente para el investigador, fue descubrir el empecinamiento con que Stalin defendió ese acuerdo, incluso cuando ya era evidente que Hitler planificaba romperlo. No deja de llamar la atención que el paranoico más celebre del siglo veinte, el político que desconfiaba hasta de su esposa y de su hija, el hombre que no vacilaba en ordenar la muerte de sus camaradas, haya creído en la palabra de honor de ese otro psicópata y estafador que se llamó Hitler.
Por último, una diferencia es posible registrar entre estos dos genocidas. En esos años un nazi en Alemania gozaba de más garantías que un comunista en Rusia. Hitler ordenó ejecutar a los disidentes liderados por Rhom o a los militares del operativo Walkiria, pero en todos los casos estaba fuera de discusión que conspiraban. En Rusia, un comunista podía ser ejecutado por motivos que nunca llegaría a conocer. El régimen de terror implantado por Stalin era en primer lugar contra los comunistas. Stalin mató más comunistas que Hitler, una verdadera proeza dialéctica que deberá estudiarse en sus detalles, ya que no hay antecedentes de una imbecilidad histórica más flagrante.
Que el actual gobierno de Georgia haya decidido tirar abajo la última estatua de Stalin es, por lo tanto, una modesta reparación histórica para esos millones de ejecutados por el mayor carnicero de la historia, crímenes cometidos en nombre de la ideología que, con más refinamiento y perversidad, justificó que la sociedad futura debía construirse sobre una montaña de cadáveres.