InicioApuntes Y MonografiasLa Cultura del Heavy Metal
LA CULTURA DEL HEAVY METAL La idea de este post, nació a partir de estar dando vueltas por Taringa y encontrar varios posteos contra el Heavy Metal, basándose en posturas absurdas y sin sentido, muchas de ellas casi infantiles. El Metal fue, es y será una fuente inagotable de cultura en lo musical, lo estético y lo letrístico, más allá de lo que muchos puedan llegar a pensar. Por eso intento reivindicar la música que escucho desde que me topé con un cassette TDK en que estaba grabado esa joya que conocemos como "Master Of Puppets". Dale al Play, y leé escuchando esta joya de REDEMPTION link: http://www.youtube.com/watch?v=7ntA8-cRhJg Arturo Pérez-Reverte: Corsés góticos y cascos de walkiria No soy muy aficionado a la música, excepto cuando una canción –copla, tango, bolero, corrido, cierta clase de jazz– cuenta historias. Tampoco me enganchó nunca la música metal. Me refiero a la que llamamos heavy o jevi aunque no siempre lo sea, pues ésta, que fue origen de aquélla, es hoy un subestilo más. Siempre recelé de los decibelios a tope, las guitarras atronadoras y las voces que exigen esfuerzo para enterarse de qué van. Las bases rítmicas, el intríngulis de los bajos y las cuerdas metaleros, escapan a mi oído poco selectivo. Salvo algunas excepciones, tales composiciones y letras me parecieron siempre ruido marginal y ganas de dar por saco, con toda esa parafernalia porculizante de Satán, churris, motos y puta sociedad. Incluidas, cuando se metían en jardines ideológicos, demagogia de extrema izquierda y subnormalidad profunda de extrema derecha. Etcétera. Sin embargo, una cosa diré en mi descargo. De toda la vida me cayeron mejor esos cenutrios largando escupitajos sobre todo cristo que los triunfitos relamidos, clónicos y saltarines, tan rubios, morenos, rizados y relucientes ellos, tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, sus exclusivas de tomate y papel cuché, y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío. Al menos, concluí siempre, los metaleros tienen rabia y tienen huevos, y aunque a veces tengan la pinza suelta y hecha un carajal, éste suele ser de cosas, ideas, fe o cólera que les dan la brasa y los remueven, y no de cuántas plazas será el garaje de la casa que comprarán en Miami cuando triunfen y puedan decir vacuas gilipolleces en la tele como Ricky, como Paulina, como Enrique. Pero de lo que quiero hablarles hoy es de música metal. Ocurre que en los últimos tiempos –a la vejez, viruelas– he descubierto, con sorpresa, cosas interesantes al respecto. Entre otras, que esa música se divide en innumerables parcelas donde hay de todo: absurda bazofia analfabeta y composiciones dignas de estudio y de respeto. Aunque parezca extraño y contradictorio, la palabra cultura no es ajena a una parte de ese mundo. Si uno acerca la oreja entre la maraña de voces confusas y guitarras atronadoras, a veces se tropieza con letras que abundan en referencias literarias, históricas, mitológicas y cinematográficas. Confieso que acabo de descubrir, asombrado, entre ese caos al que llamamos música metal, a grupos que han visto buen cine y leído buenos libros con pasión desaforada. Ha sido un ejercicio apasionante rastrear, entre estruendo de decibelios y voces a menudo desgarradas y confusas, historias que van de las Térmópilas a Sarajevo o Bagdad, incluyendo las Cruzadas, la conquista de América o Lepanto. Como es el caso, verbigracia, de Iron Maiden y su Alexander the Great. La mitología –Virgin Steele, por ejemplo, y su incursión en el mundo griego y precristiano– es otro punto fuerte metalero: Mesopotamia, Egipto, La Ilíada y La Odisea, el mundo romano o el ciclo artúrico. Ahí, los grupos escandinavos y anglosajones que cantan en inglés copan la vanguardia desde hace tiempo; pero es de justicia reconocer una sólida aportación española, con grupos que manejan eficazmente la fértil mitología de su tierra: Asturias, País Vasco, Cataluña o Galicia. Tampoco el cine es ajeno al asunto; las películas épicas, de terror o de ciencia ficción, La guerra de las galaxias, Blade Runner, Dune, las antiguas cintas de serie B, afloran por todas partes en las letras metaleras. Lo mismo ocurre con la literatura, desde El señor de los anillos hasta La isla del tesoro o El cantar del Cid. Todo es posible, al cabo, en una música donde el Grupo Magma canta en el idioma oficial del planeta Kobaia –que sólo ellos entienden, los jodíos– mientras otros lo hacen en las lenguas de la Tierra Media. Donde Mago de Oz alude –La cruz de Santiago– al capitán Alatriste y Avalanch a Don Pelayo. Donde los segovianos de Lujuria lo mismo ironizan sobre la hipocresía de la Iglesia católica en cuestiones sexuales que largan letras porno sobre Mozart y Salieri o relatan, épicos, la revuelta comunera de Castilla. Y es que no se trata sólo de estrambóticos macarras, de rapados marginales y suburbanos, de pavas que cantan ópera chunga con corsé gótico y casco de walkiria. Ahora sé –lamento no haberlo sabido antes– que la música metal es también un mundo rico y fascinante, camino inesperado por el que muchos jóvenes españoles se arriman hoy a la cultura que tanto imbécil oficial les niega. El grupo riojano Tierra santa es un ejemplo obvio: su balada sobre el poema La canción del Pirata consiguió lo que treinta años de reformas presuntamente educativas no han conseguido en este país de ministros basura. Que, en sus conciertos, miles de jóvenes reciten a voz en grito a Espronceda, sin saltarse una coma. LINK: http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma.php?id_edicion=2667&id_firma=5110 César Fuentes Rodriguez: Mundanal Ruido Todavía persiste. No importa cuántos años hayan pasado ni las cosas que se han visto. Hay prejuicios que yacen anclados a la conciencia como durmientes en la vía de un tren. Les decís que escuchás heavy metal y de inmediato tratan de cotejarte con el estereotipo que tienen en mente, una especie de cavernícola analfabeto de la era pre-digital. Es algo que no tiene remedio, probablemente. Hice algunas entrevistas con motivo de la salida de “Iron Maiden: El Viaje de la Doncella” y en un par de programas de radio de interés general me hicieron preguntas de esas que nunca dejan de sorprenderme y que se resumen en esta idea: “¿Vale la pena escribir libros para los metaleros?”. De algún modo, la gente de a pie alberga la idea de que los heavies son iletrados, que les resbalan los datos de la cultura o las delicias del refinamiento estético, que no cultivan otra actividad intelectual que no sea alienarse con un ruido atroz y cabecear hasta desnucarse. Parecen desconocer que, desde la época más remota de su entronización, el género produjo más revistas especializadas en todo el mundo que ninguna otra corriente del rock. Y las revistas, alguien las lee. Toda la maldita Internet está saturada de sitios consagrados al Metal que dedican verdaderas constelaciones de bytes a informar sobre el presente, el pasado y el futuro de la movida, con debates, crónicas y elucubraciones incluidas. Y son páginas que alguien consulta. Las biografías, ensayos y apuestas editoriales que documentan e indagan sobre las raíces, el fenómeno y los avatares del rock pesado van en alza y, de hecho, vienen lanzándose regularmente desde siempre. Y esos libros, alguien los compra. Entonces, ¿quiénes son los que viven en su burbuja y no se enteran? El que no sabe es como el que no ve, diría el Mendieta de Fontanarrosa. Y eso sin mencionar siquiera el fenómeno por dentro: el rico entramado de referencias históricas, literarias o filosóficas en las letras, la variedad y profundidad de los tópicos, o el exquisito enganche con la mejor tradición musical de Occidente. Todo eso el lego se lo pierde de plano, lo sabemos de sobra. Hace un tiempo saltó una noticia que levantó bastante polvo acerca de un sondeo realizado por un catedrático de la Universidad de Warwick (Inglaterra) que arrojó increíbles resultados. Según los reportes, el Heavy Metal es la música preferida de los niños superdotados del Reino Unido. Más de un tercio de los encuestados declararon que el Metal era su estilo favorito y no los que tradicionalmente van asociados a las mentes más despiertas, como el jazz o la música clásica. Tengo que reconocer que la revelación ni me sorprende ni me hace falta. No requiero de ningún estudioso que me diga lo que puedo comprobar por mis propios medios todos los días, y además no albergo la pretensión de afirmar que la inteligencia o la cultura van asociadas a un determinado estilo de música. Hay demasiados factores, demasiadas razones como para no caer en esas simplezas y abordar un nuevo prejuicio. Repito. Que quienes no tienen idea de lo que el Metal significa, saquen conclusiones erróneas o hasta ridículas, no me molesta. Por algo están en el afuera: que se informen, que se curtan o que se jodan; al fin y al cabo ellos se lo pierden. Pero que los que sí saben de qué va la cosa le hagan propaganda a los equívocos… Eso es distinto. Cuando ciertos fanzines, ciertos blogs, ciertos personajes e incluso ciertas bandas hacen la apología de la estupidez y la incultura, te tiran el mensaje de que cuanto más ignorante, más cerrado o más ciego sos mejor representás el papel, o directamente quieren hacerte creer que esos son los aspectos que describen al individuo típico de la movida, ahí es cuando me falla la paciencia. Porque tengo por seguro que quien te quiere imbécil es para dominarte mejor o para ponerte a su mismo nivel de mediocridad y -ya sea por intención o por desidia- le conviene que nadie asome la cabeza por encima de la línea de fango que nos nivela a todos. Corregime si estoy errado, pero yo creo que siempre nos valió la pena ir a más. LINK: http://requiemweb.com.ar/cfr/mundanalruido/mundanalruido1.htm
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