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La caída de un rey, Sha de Persia, de John Perkins

Best seller: Confesiones de un sicario economico



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La caída de un rey
Una tarde de 1978 estaba solo, sentado en el lujoso bar adosado a la
recepción del hotel Intercontinental de Teherán, cuando noté que alguien
me tocaba la espalda. Me volví. Era un iraní corpulento, en traje occidental.
—¡John Perkins! ¿No me reconoces?
—El ex futbolista había engordado muchos kilos, pero su voz era
inconfundible. Se trataba de Farhad, mi amigo de los tiempos de Middlebury.
Hacía más de diez años que no nos veíamos. Nos abrazamos y fuimos a
sentarnos a una mesa. Enseguida resultó evidente que él lo* sabía todo acerca
de mí y de mi trabajo, y no menos evidente que no iba a dejar que trasluciera
demasiado del suyo.
—Vayamos al grano —dijo después de pedir la segunda ronda de
cervezas—. Mañana me voy a Roma, donde viven mis padres. Tengo pasaje
para ti en el mismo vuelo. Aquí las cosas van a ponerse muy feas. Es mejor
que te marches.
Y me dio un billete de avión. Ni se me ocurrió poner en duda sus palabras.
Llegados a Roma, cenamos en casa de los padres de Farhad. Su padre, un
general iraní retirado que en una ocasión se interpuso en la trayectoria de una
bala para evitar que el sha muriese en un atentado, estaba muy desengañado
con su ex jefe. Dijo que en los últimos años el soberano había revelado su
auténtica manera de ser, su arrogancia y su codicia. Según el general, la
política estadounidense —en especial el apoyo incondicional a Israel, a los
líderes corruptos y a los gobiernos despóticos— era la causa del odio que
inundaba Oriente Próximo. Predijo que la caída del sha era cuestión de meses.
— Ustedes sembraron la semilla de esta rebelión a comienzos de los
años cincuenta, ¿sabe? Cuando derribaron a Mosaddeq. Eso les pareció
muy hábil entonces... y a mí también. Pero ahora las consecuencias caerán
sobre ustedes, mejor dicho sobre todos nosotros.1
Quedé atónito ante estos pronunciamientos. Algo parecido me habían
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dicho Yamin y Doc, pero viniendo de aquel hombre cobraban otro significado nuevo
para mí. En esa época todo el mundo conocía la existencia de un movimiento
fundamentalista islámico en la clandestinidad, pero nos habíamos convencido de que
el sha gozaba de inmensa popularidad entre la mayoría de su pueblo y de que, por
tanto, era políticamente invencible. Pero el general era categórico.
— Recuerde lo que voy a decirle — dijo en tono solemne—. La caída del sha no será
más que el comienzo. Será un anticipo del rumbo que va a tomar todo el mundo
musulmán. La cólera ha hervido demasiado tiempo oculta bajo la arena. No tardará en
hacer erupción.
Durante esa cena se habló mucho del ayatolá Ruhollah Jomeini. Tanto Farhad como
su padre dejaron bien claro que no compartían su chiísmo fanático, pero estaban
visiblemente impresionados por el mucho terreno que le había conquistado al
soberano. Me contaron que ese mullah, cuyo nombre significa «inspirado por Dios»,
era de una familia chiíta de estudiosos de los textos sagrados y había nacido en 1902
en una aldea cercana a Teherán.
A comienzos de la década de 1950 Jomeini se abstuvo de intervenir en la lucha
entre Mosaddeq y el sha. Pasó a la oposición activa en el decenio siguiente y sus
críticas contra el sha fueron tan virulentas que motivaron su destierro a Turquía,
primero, y luego a la ciudad santa iraquí de An Najaf, desde donde se convirtió en el
líder reconocido de la oposición. Enviaba cartas, artículos y mensajes grabados
invitando al levantamiento de los iraníes, a la deposición del monarca y a la creación
de un Estado clerical.
Dos días después de aquella cena con Farhad y sus padres, se recibieron de Irán las
primeras noticias de atentados con bomba y disturbios. El ayatolá Jomeini y sus
mullahs, los clérigos musulmanes, iniciaban la ofensiva que no tardaría en llevarlos al
poder. Después de esto los acontecimientos se sucedieron rápidamente. La cólera que
había descrito el padre de Farhad estalló, en efecto, y se convirtió en una violenta
insurrección islamista. El sha huyó a Egipto en enero de 1979, donde se le diagnosticó
un cáncer que le llevó a una clínica neoyorquina.
Los seguidores del ayatolá Jomeini exigieron su regreso. En noviembre de 1979, una
multitud islamista asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán y retuvo a
cincuenta y dos rehenes estadounidenses durante cuatrocientos cuarenta y cuatro días.2
El presidente Cárter intentó negociar la puesta en libertad de los rehenes. Ante su
fracaso, ordenó una operación militar de rescate, que se lanzó en abril de 1980. Fue un
desastre, y fue el martillo que clavó el último clavo en el féretro de la
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presidencia de Cárter.
Pese a su enfermedad, el sha se marchó de Estados Unidos forzado por la tremenda
presión de numerosos grupos comerciales y políticos estadounidenses. Desde el día de
su salida de Teherán había tenido muchas dificultades en hallar asilo, porque todos sus
amigos le volvieron la espalda. Pero el general Torrijos se mostró compasivo una vez
más y ofreció asilo en Panamá al sha, pese a desagradarle personalmente la política de
éste. El soberano llegó y halló refugio en el mismo complejo turístico donde se había
negociado no hacía mucho tiempo el nuevo Tratado del Canal.
Los mullahs musulmanes exigieron la devolución del sha a cambio de los rehenes
de la embajada. En Washington, los adversarios de la renegociación del tratado
acusaron a Torrijos de corrupción, de connivencia con el sha y de poner en peligro las
vidas de ciudadanos estadounidenses. Ellos también exigían que el monarca fuese
puesto en manos del ayatolá Jomeini. Irónicamente, sólo unas pocas semanas antes,
muchos de ellos figuraban entre los más sólidos apoyos del sha. El antaño tan orgulloso
Rey de Reyes regresó a Egipto, donde falleció del cáncer.
Se había realizado la predicción de Doc. MAIN y muchas de nuestras
competidoras perdieron millones de dólares en Irán. El presidente Cárter perdió toda
oportunidad de reelección y el tándem Reagan-Bush entró en Washington entre
promesas de liberar a los rehenes, derribar a los mullahs, devolver la democracia a Irán
y corregir la situación del Canal de Panamá.
Para mí las enseñanzas eran irrefutables. Irán ilustraba más allá de toda duda que
Estados Unidos era una nación dedicada a negar su verdadero papel en el mundo.
Parecía incomprensible que estuviéramos tan mal informados en lo tocante al sha y a
la oleada de cólera que iba a levantarse contra él. Ni siquiera supimos verlo nosotros,
los de las compañías que como MAIN teníamos despachos y personal en el país. Yo
albergaba la convicción de que tanto la NSA como la CÍA estaban al corriente de lo
que era obvio para Torrijos desde mucho antes, tal como él mismo me manifestó en
nuestra entrevista' de 1972. Pero nuestros servicios de información nos habían
alentado intencionadamente a permanecer ciegos y sordos ante ello.
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