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Confesiones de un hombre torturado, Iran, de John Perkins

Best seller: Confesiones de un sicario economico


Confesiones de un hombre torturado, Iran, de John Perkins
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Confesiones de un hombre torturado

Varios días después, Yamin me sacó de Teherán. El coche cruzó un barrio de
chabolas polvoriento y degradado, recorrió una vieja pista para camellos y
siguió hasta el borde del desierto. Mientras el sol se ponía detrás de la ciudad, se
detuvo junto a un grupo de barracas de adobe que se alzaban en medio de un
palmeral.
—Es un oasis muy antiguo —me explicó—. De muchos siglos antes de Marco
Polo.
Echó a andar hacia una de las casuchas.
—El hombre que vive ahí es doctor en filosofía por una de las universidades de
ustedes más prestigiosas. Por razones que entenderá enseguida, nuestro anfitrión
debe permanecer en el anonimato. Llamémosle Doc.
Llamó a la puerta de madera y se oyó una respuesta sofocada. Yamin empujó la
puerta y me hizo pasar. La estancia era pequeña, sin ventanas, alumbrada sólo por
un candil de aceite puesto sobre una mesa baja que se hallaba en un rincón. Cuando
mis ojos se habituaron a la penumbra vi que el piso de tierra estaba cubierto de
alfombras persas. Luego distinguí la silueta de un hombre. Estaba sentado delante
del candil, de manera que no se le veían las facciones. Únicamente se adivinaba que
estaba envuelto en mantas y tenía algo enrollado en la cabeza. Ocupaba una silla de
ruedas, que con la mesita era el único mobiliario de la habitación. Con un ademán,
Yamin me indicó que me sentara sobre una alfombra. Él se incorporó y fue a
abrazar al hombre con afecto, le susurró unas palabras al oído y luego fue a sentarse
otra vez a mi lado.
—Ya le hablé del señor Perkins —dijo — . Es un honor para ambos la
oportunidad que nos brinda de visitarle, señor.
—Bienvenido, señor Perkins. —Hablaba sin apenas acento discernible, en voz
baja y ronca. Me incliné hacia él como tratando de reducir la escasa distancia que
había entre ambos—. Lo que tiene delante es un hombre roto. No siempre he sido
así. En otro tiempo fui fuerte, como usted, y un íntimo consejero del sha, con cuya
confianza contaba.
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Hubo una larga pausa.
— El Sha de Shas, el Rey de Reyes. — El acento era más de tristeza que de
resentimiento—. He conocido en persona a muchos dirigentes mundiales.
Eisenhower, Nixon, De Gaulle. Ellos confiaron en mí para ayudar a conducir a este
país al capitalismo. El sha confiaba en mí, y yo...
—Emitió un sonido que pudo ser algo de tos pero yo interpreté como una risa
sorda—. Yo confiaba en el sha, creía en su retórica. Estaba convencido de que el sha
conduciría el mundo musulmán hacia una nueva época, de que Persia haría honor a
su compromiso, al que parecía nuestro destino... el del sha, el mío, el de todos los
que cumplíamos con el designio al que nos creíamos destinados.
El montón de mantas se movió, la silla de ruedas rechinó y giró un poco.
Nuestro interlocutor quedó recortado de perfil al contraluz. Vi la barba enmarañada
y entonces, sobrecogido, un rostro plano. ¡Le faltaba la nariz! Me estremecí y
contuve una exclamación.
— Desagradable espectáculo, ¿verdad, señor Perkins? Lástima que no pueda
verlo a plena luz. Es de lo más grotesco.
Una vez más aquella risa ahogada.
— Creo que comprenderá mi deseo de permanecer en el anonimato. Es obvio
que podría averiguar mi identidad si se empeñase en ello, pero quizá le dirían que
estoy muerto. Oficialmente, he dejado de existir.
Confío en que no lo intente usted. Es mejor para usted y para su familia seguir
ignorando quién soy. El brazo del sha y de la SAVAK es muy largo y llega a todas
partes.
La silla de ruedas rechinó y recuperó su posición anterior. Sentí un poco de
alivio, como si dejando de ver el perfil se remediase en algo la violencia infligida.
Por aquel entonces desconocía yo esa costumbre de algunas culturas islámicas. A
los individuos responsables de deshonrar o atraer la desgracia sobre la sociedad o
sus jefes, se les castiga cortándoles la nariz. De este modo, quedan marcados de por
vida, como bien demostraba el semblante de mi anfitrión.
—Sin duda se preguntará por qué le he invitado a venir, señor Perkins. —Sin
esperar contestación, el hombre de la silla de ruedas continuó—: Pues bien, ese
hombre que se hace llamar Rey de Reyes en realidad es un subdito de Satán. Su
padre fue depuesto por la CÍA, lamento decir que con mi ayuda, porque decían que
era colaborador de los nazis. Y luego sucedió el desastre de Mosaddeq. Hoy
nuestro soberano está superando a Hitler en los caminos del mal. Y lo hace con
pleno conocimiento y apoyo de su gobierno.
—¿Porqué?
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—Muy sencillo. Es el único aliado verdadero que tienen ustedes en Oriente
Próximo, y el mundo industrializado gira alrededor de ese eje del petróleo que es
Oriente Próximo. También tienen a Israel, desde luego, pero eso es una carga, no
una baza. Ni tampoco hay petróleo allí. Sus políticos necesitan conquistar al
votante judío. Necesitan el dinero judío para financiar sus campañas. Así que no
tienen otro remedio sino continuar con Israel, me temo. Sin embargo, la clave es
Irán. Las compañías petroleras, que esgrimen incluso más poder que los judíos, nos
necesitan. Ustedes necesitan a nuestro sha... o creen necesitarlo, al igual que creían
necesitar a los corruptos dirigentes de Vietnam.
—¿Qué es lo que está sugiriendo? ¿Irán equivale a Vietnam?
—Es mucho peor, en potencia. Sabe, este sha no va a durar mucho. El mundo
musulmán le odia. Y no digo únicamente los árabes, sino los musulmanes de todas
partes, de Indonesia, de Estados Unidos... Pero sobre todo, los de aquí. Su propio
pueblo persa.
Se oyó un golpe sordo y me di cuenta de que había dado con el puño en el
brazo del sillón.
— ¡Es el mal en persona! ¡Los persas le aborrecemos!
Se hizo un silencio, como si la alteración lo hubiese fatigado en exceso.
—Doc se halla muy próximo a la postura de los mullahs —me dijo Yamin,
hablando en voz baja—. Hay una poderosa corriente subversiva entre las facciones
religiosas, y se ha propagado por todo el país, excepto entre el reducido grupo de
mercaderes beneficiarios del capitalismo del sha.
—No lo dudo —respondí—. Pero debo decir que en mis cuatro visitas a este
país no he visto nada de eso. Mis interlocutores siempre se han mostrado
encantados con el sha y agradecen el desarrollo económico.
—Esto es porque no habla usted farsi —observó Yamin—. Sólo oye lo que le
cuentan los más beneficiados por el sistema, los que han estudiado en Estados
Unidos o en Inglaterra y que ahora trabajan para el sha. Aquí Doc es una
excepción... por ahora.
Hizo una pausa como para sopesar bien lo que iba a decir.
—Lo mismo ocurre con sus periodistas. Sólo hablan con su entorno próximo,
con su círculo. Y, ademas, buena parte de esa prensa está controlada por las
compañías petroleras. De modo que oyen lo que desean escuchar y escriben lo que
sus anunciantes quieren leer.
—¿Por qué estamos diciéndole todo esto, señor Perkins? —habló Doc con la
voz aún más ronca que al principio. Parecía que el esfuerzo de hablar y las
emociones le robasen las escasas energías que sin duda había procurado economizar
para aquella reunión—. Pues porque nos gustaría
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conseguir que vaya y persuada a su compañía para que se marchen de nuestro
país. Quiero advertirle. Aunque crean que tienen un gran negocio aquí, es una
ilusión. Este régimen no va a durar. —Una vez más descargó la mano sobre el
brazo del sillón—. Y cuando caiga, los que le sustituyan no tendrán ninguna
simpatía para con ustedes y los que son como ustedes.
—¿Que no cobraremos, quiere decir?
Doc tuvo un ataque de tos y le faltó poco para ahogarse. Yamin se acercó a
darle fricciones en la espalda. Cuando acabó el sofoco, le habló a Doc en farsi y
luego regresó a mi lado.
— Esta conversación debe terminar —me anunció Yamin—. Pero antes
contestaremos a su pregunta. Está usted en lo cierto. No cobrarán. Harán todo el
trabajo y a la hora de percibir los honorarios el sha ya no estará aquí.
Durante el camino de regreso le pregunté a Yamin qué más les daba a ellos si
MAIN se ahorraba o no el desastre financiero que Doc había pronosticado.
—Celebraríamos ver la quiebra de esa compañía. Pero preferimos que se
vayan ustedes de Irán. La marcha de una empresa como la suya podría sentar un
precedente, o así lo esperamos. ¿Entiende? No deseamos que haya un baño de
sangre aquí, pero el sha debe irse y somos partidarios de intentar cualquier cosa
que lo facilite. Por eso rezamos a Alá para que consiga usted convencer a su
señor Zambotti, ahora que todavía están a tiempo.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Durante la cena que tuvimos, al hablar del proyecto del Desierto Florido
me pareció que usted estaba abierto a la verdad. Entonces supe que nuestras
informaciones eran correctas. Usted es un hombre entre dos mundos, un
mediador. '
Me pregunté cuántas cosas más sabrían acerca de mí.

iran

Petroleo

Perkins
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