Traducción de un ensayo de Dave Grigger, estudioso de la literatura argentina, Universidad de Massachusetts. Todos los derechos reservados. Estado de cosas en la literatura argentina posmoderna Nos hallamos frente a un gran problema si existen más personas que escriben que personas que leen. El objeto último y primero de la Literatura no es ser escrita, sino ser leída: considero fervientemente que la Literatura se hace efectiva, se concreta y se "materializa" sólo cuando es leída e interpretada. Sin embargo, hasta las mismas musas parecen sorprendidas y confundidas al encontrarse asediadas por hordas y hordas de pseudo-escritorcillos que claman por obtener sus exquisitos beneficios. Y esto es un gran problema. Basta con observar los miles de blogs que colman la web en donde algunos individuos autoproclamados escritores llenan el espacio virtual con palabras que, en la mayoría de los casos, son tan exageradas y automatizadas que dificilmente puedan ser concebidas como parte de la Literatura. Lo mismo puede apreciarse en las numerosas antologías literarias de editoriales poco prestigiosas, en las que se publican textos harto heterogéneos y, en muchos casos, de pobre calidad. Lo notorio de estos múltiples escritos, empero, no es su cuestionable valor literario o su calamitosamente enorme número, sino el hecho irrefutable de que nadie los lee: eso es, en definitiva, lo que los termina de excluir de la Literatura y lo que, discutiblemente, los margina incluso de la clasificación moderna de texto. Por otra parte, mientras los escritores de best-sellers se llenan los bolsillos y plagan el mercado cultural con palabras fáciles y baratas, los grandes escritores tienden a ser leídos y conocidos cada vez menos, incluso por aquellos que se consideran "parte del mundo literario", o meramente "lectores". Sin ir más lejos, las novelas de Dostoievski son usualmente contempladas como libros cientificos, con el reverente temor digno de quien se enfrenta ante la Metafísica de Aristóteles o El significado de la relatividad de Albert Einstein, sin recordar o sin saber que la función principal de las novelas, como la de toda obra literaria, es meramente "poética" (como la llama Roman Jakobson): es decir, la solemnidad y el miedo con que los nuevos pseudo-escritorcillos no-lectores se enfrentan a la literatura valiosa anula por completo el placer que ésta puede ofrecer. Y mientras Kafka, Camus, y Baudelaire son apartados con temor y veneración ignorante, éstos neoescritores se sumergen parcialmente con facilidad y goce efímero en banalidades tales como Paulo Coelho, Jorge Bucay, o las más pueriles fantasías de Marcos Aguinis. Y al hacer esto se sienten parte de la Literatura, se consideran dignos de blandir la pluma y azotarla con el fervor presuntamente hijo de la rabiosa inspiración para llenar de nada una hoja que podría haber sido utilizada para un fin más práctico y digno, como encender un fuego, o servir de abanico a alguien. Pasaré a explicar lo presentado y a dar mi punto de vista, tan objetable como sincero. Entre las muchas fanfarrias, disparates y vacuidades que escribió el analista de discurso Kenneth S. Goodman en su texto de 1994 "Reading, writing, and written texts: a transactional Sociopsycholinguistic view" parece haber al menos tres oraciones valiosas y coherentes que servirán de punto de partida: "Los textos son construídos por los autores para ser comprendidos por los lectores. El significado está en el autor y en el lector. El texto tiene un potencial para evocar significado, pero no tiene significado en sí mismo; el significado no es una característica de los textos." Goodman presenta con inesperada aptitud la perspectiva de un texto dual. Con esto, el analista intenta expresar que un texto cualquiera, no necesariamente literario, habría de estar compuesto por dos subtextos: el primero, que es creado por el escritor y leído y revisado sólo por él, y el segundo, que es decodificado por el lector, quien le asigna un significado propio en base a su conocimiento del mundo, su experiencia en la sociedad y sus lecturas previas. El primer texto puede distar mucho del segundo, en el sentido que un lector dado puede decodificar (interpretar) de una manera muy particular y personal un enunciado. De esa manera, comprendemos por qué los textos literarios y científicos (los que, supuestamente, son más complicados de entender, o bien presentan una forma de interpretación más amplia) son motivo reiterado de controversia y discusión: evidentemente, existe un texto distinto (en mayor o menor grado) para cada lector, ya que la perspectiva de lo que vagamente podemos denominar realidad dista mucho entre lectores. Cada lectura, pues, asigna significados diferentes al borrador, transformándolo en un texto propiamente dicho. Concluyo estas palabras no muy claras retomando el punto de partida: un texto es texto en tanto sea leído. Ahora bien, queda establecido que una página web plagada de palabras grandiosas o futiles que nadie leerá no entra en la señalada categoría de texto. Tampoco serán textos los cuentos archivados entre las hojas de las antologías literarias que nadie sino sus autores se dignarán a leer. El dilema, entonces, si dispara ineluctablemente hacia la Literatura, como no podía ser de otra manera. Y para referirme al dilema de la clasificación y categorización de este gran Arte, he de consultar al escritor más grande que ha dado este país: Jorge Luis Borges. A diferencia del intrincado e impreciso Goodman, Borges apunta las palabras justas para describir los cuentos de su primera obra narrativa, Historia universal de la infamia. Así, en el primer prólogo a ese libro, Borges anota: "Los ejercicios de prosa narrativa que integran este libro (...) derivan, creo, de mis relecturas de Stevenson y de Chesterton, y aun de los primeros films de von Sternberg y tal vez de cierta biografía de Evaristo Carriego." Es notable el hecho de que el escritor argentino deriva la responsabilidad de sus textos a sus lecturas, y no a su fuerza creativa. Borges cava aun más profundo en el origen de sus artificios y establece que "no tengo otro derecho sobre ellos que los de traductor y lector. A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores." Inmaculada prosa del gran maestro. He de recordar que para Borges no existe el concepto de "texto definitivo"; todo texto es producto de lecturas previas. Es decir: la actividad de escribir nace de la de leer; ergo, el buen escritor no es otra cosa que un excelente lector. Borges cierra este prólogo magníficamente: "Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual." Si he interpretado bien a Borges, entonces, puedo aseverar sin temor alguno (el temor a equivocarse es sólo para los cobardes y los sabios) que miles de los mencionados neoescritores no son escritores en absoluto, pues no son lectores. Escribir es la consecuencia de haber leído, un texto no es otra cosa que la reproducción de textos previos. La Literatura, así, cobra forma no de círculo cíclico, sino de sistema, de red: los hilos de Stevenson convergen con los de Chesterton en Borges, y el producto de ellos se resume en este texto, junto con quién sabe qué otras tantas lecturas previas. Sepultada bajo esta oración, queda entonces establecida la primera y fundamental aseveración sobre los neoescritores: no son escritores, pues no leen Literatura. A partir de esta primera y harto discutible sentencia, partiré a buscar la segunda razón por la cual estos textos que plagan el mundo no son parte de la Literatura. No una, sino varias veces, han acudido a mí algunos neoescritores pidiéndome consejo (¡como si yo fuera en verdad una autoridad o un autor de renombre!) y opiniones. Por toda respuesta, han obtenido una sonrisa cómplice y fraternal de mi parte, que bajo ningún punto de vista ha de considerarse como un "qué buen texto" sino como un "es preferible que sigas entreteniéndote escribiendo a que mires televisión y se te pudra más la mente". Sin embargo, por regla general, estos neoescritores temen ser leídos: por timidez o por prudencia, guardan sus textos con celo. He de aclarar en este punto que no todos los escritores noveles son (somos) definitivamente desastrosos, pero queda claro que la gran mayoría sí lo es. El mas notable ejemplo es aquel de una neoescritora que me hablaba de sus cuentos con fervor y ambición, refiriéndose a sus textos como "el libro", de la siguiente manera: "Hoy estuve escribiendo el libro", "tengo que corregir la primera parte del libro", y la más alevosa de todas las expresiones: "Ayer, por fin, terminé el libro". La impresión que aquella neoescritora daba sobre su producción era la de un libro ya encuadernado al que sólo le faltaba rellenarse de palabras. Tal labor era encarada no con amor y dedicación, sino, en apariencia, con fastidio y tedio, como quien debe realizar tareas obligatorias que no le son gratas. El dato curioso y sustancial, sin embargo, es que esta mujer me pedía ardorosamente que escribiera un prólogo para su "libro" (al parecer, había dejado en blanco las primeras hojas del volumen), pero empeñándose en que yo nunca leyera palabra algun de sus cuentos. Llanamente, me pedia que reseñara su obra sin haberla leído: hablar de Literatura sin leerla, hecho demasiado recurrente entre los neoescritores. Aquí, a mi criterio, yace el segundo enorme problema de los neoescritores: no son leídos; ergo, no son Literatura. La Literatura, como he expresado de forma directa al comienzo de mi hipótesis, existe en tanto sea leída. Las voluminosas páginas escondidas en arcas olvidadas no son Literatura. Si, como intenté deducir de Borges, las lecturas derivan en escrituras, los textos jamás leídos quedan fuera de la descripta red literaria: no forman parte del sistema. Los neoescritores, por voluntad propia o por pereza de los demás, son raramente leídos. Aquellos que sí se animan a exponer sus textos en antologías poco prestigiosas o en la web, como señalé al comienzo, permanecen, generalmente, en la oscuridad del desconocimiento. Casi nadie presta atención a los libros de autores noveles, y mucho menos se frecuentan las páginas webs dedicadas a la escritura. El neoescritor, como el hablante-oyente ideal de Chomsky, es un ente abstracto e inexistente, que sirve sólo para fijar rasgos generales de la Literatura y del estado actual de la producción literaria. Sin embargo, a diferencia del modelo chomskiano, es indiscutible que existen neoescritores muy similares a la descripción que me permití dar. El estado de cosas que intento bosquejar refleja que cada vez menos personas leen, mientras que, paradójicamente, cada vez más personas escriben. Resulta alarmante que en un país con tan poca cultura literaria como Argentina se publiquen 20.000 libros al año. Leer para escribir, y posteriormente ser leído son las dos reglas principales de un texto literario. El lector cobra una importancia enorme, incluso mayor que la del escritor, tal como lo estableció Borges repetidamente. Lejos de intentar crear una musa selectiva y una Literatura para pocos, trato de instar a las grandes masas a acercarse a la verdadera Literatura: primero leer, y luego, si pareciere oportuno, echarse a escribir libremente, haciendo lo posible por dejarse leer y así contribuir a la eterna, diáfana y hermosa telaraña de la Literatura. Dr. D. Grigger Traducción: Jerónimo Corregido
Si me permiten unas palabras... IV
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