El Payaso Del Pronóstico
Frescos como un cadáver añejándose en la morgue, cuando abrí los ojos ya estaban en mi cabeza. Al parecer empezaron a forjarse la noche anterior. Empiezo a creer que nunca dormí realmente, y mientras creía hacerlo, no se trató más que de un prólogo para el malestar cotidiano. Conozco el estado; cuando despierto con esa sensación sé que voy a seguir subiendo hasta el vacío. Al no comprender de qué trata, después de tantas respuestas sin argumentos y tantas hipótesis irrealistas sin fundamentos, me doy cuenta que de tanto subir toqué el piso. Llegué tan alto que caí al principio.
Lo más preocupante es entender cómo funciona y, aún así, ignorarlo. Devastador es conocer la verdad, predecir qué se aproxima. Cuando veo las primeras gotas corro a otra ciudad. Aunque el payaso del pronóstico no sonría suele darnos las malas nuevas con algo de tiempo y cierto grado de certeza. Cuando dice “Hoy: lluvia sobre vos” merece (además de los insultos que no costó regalarle) tu atención y credulidad ganadas por sus años oficiosos, a fin de cuentas va a terminar precipitando en tu cabeza sin importar la ciudad en la que te refugies.
Ja, crítico error pensar que después de la tormenta aprendí la lección que (sí, nuevamente) será archivada como un caso resuelto.
Cierto es, también, que ya estuve acá y, siendo fiel a la torpe humanidad, deshice cualquier conocimiento adquirido en un instante, dando lugar al comienzo del círculo de vicios que me enamoró con su perversidad de manifiesto. El mismo, masoquista como sólo él, llegará a su fin cuando sacudamos el exceso tantas veces que la alienación y la acidez terminen por exprimir y secar las pocas neuronas funcionales que dejaron a la fecha.
Escribo algo ya escrito y recapitulo pensamientos ya amarillentos por la humedad del olvido.
Aflojemos la corbata. Está ahí aunque no me haya atrevido a correr el velo del tétrico pesar de la obra clásica. Romper el vínculo implica aprender a despertar, y yo no aprendí nada.
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