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El hombre en la eternidad: recurrencia (solo texto, parte 2)

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El hombre en la eternidad: recurrencia (solo texto, parte 2)

Habitualmente el hombre imagina su viaje al fin del tiempo como la Edad Media describía un viaje al fin del mundo. Se creía, siendo plana la Tierra, que en cierto punto se debe llegar al límite y caer para siempre en lo desconocido. Sólo cuando un valeroso hombre sostuvo un solo curso y, después de grandes penalidades y de extrañas aventuras, navegó de vuelta por los mismos escenarios de donde había partido, se supo que la Tierra era redonda y que su curso es un círculo.

Ahora nosotros aprendemos que el tiempo también es redondo y que nuestro viaje a través de él nos traerá inexorablemente hasta los mismos años que habíamos dejado atrás. Este es un conocimiento difícil y peligroso. Cuando los hombres aprendieron que la Tierra era redonda, su sentido de lo conocido se ensanchó, pero se debilitó su sentido de lo desconocido. Esta es la tentación del conocimiento nuevo. Lo conocido, cuan extraño sea, nunca es más que cero para el infinito desconocido. Únicamente con este sentido de salvaguardia puede utilizar el hombre ideas fuertes.

Por ejemplo, dijimos que los efectos de una vida se convierten en las causas de la siguiente. Las mismas causas dan lugar a los mismos efectos, nuevamente, a las mismas causas. Esto es la recurrencia. Pero podemos ahora añadir que uno de los muy escasos efectos diferentes que pueden actuar directamente en la vida del hombre es aquél producido por esta actitud hacia el conocimiento nuevo.

Para prepararnos nosotros mismos a pensar acerca de la recurrencia se hace muy necesario comprender que los incidentes y los acontecimientos que nos ocurren en una corriente continua desde el nacimiento hacia la muerte emergen en formas muy diferentes. Las causas de estos sucesos se encuentran a diferentes distancias de nosotros, por decirlo así, y es importante para nosotros, en relación con cualquier incidente dado, comenzar a reconocer qué cerca o qué lejos, hacia atrás, se encuentra esta causa.

Por ejemplo, hay una clase de sucesos cuya causa radica en el incidente mismo, está en el presente. Estoy caminando por la calle en forma normal. Bruscamente sale velozmente un hombre de una tienda, me colisiona, empujándome a la cuneta y desaparece entre la muchedumbre. Nunca vuelvo a ver a ese hombre y ahí termina el incidente. Tales acontecimientos, que no son guiados por nada del pasado y cuya causa yace dentro del momento mismo, les llamamos accidentes.

Otra clase de sucesos que nos ocurren son resultado de una tendencia general o de una larga serie de causas acumuladas en el pasado. Cada día guió mi automóvil siguiendo determinado camino, a más velocidad del límite autorizado. Durante treinta y cinco días nada ocurre. Pero el trigésimo sexto soy arrestado y multado. Este arresto no se puede decir que ha sido causado únicamente por guiar el automóvil el día del accidente, es claramente resultado de todas las treinta y seis violaciones juntas, porque si no hubiera ocurrido ese día, ciertamente habría sido unos días después. Tales acontecimientos, resultados de una tendencia típica y continuada y cuyas causas radican en el tiempo, son semejantes a lo que se llama en oriente el Karma.

Para una tercera clase de acontecimientos, aunque obviamente son los más profundos y de la importancia más íntima para un hombre, no se le puede encontrar ninguna causa dentro de su vida presente. He nacido en determinado año, en cierto día y cierto lugar. Con toda evidencia nada he hecho ni podría hacer en esta vida que pudiera afectar a ésta, justamente porque sucedió antes de que yo comenzara a crear causas. Hasta donde me interesa, tales sucesos son del destino y podemos quizá decir que sus causas deben radicar, no en el tiempo, sino en la recurrencia, esto es, en alguna o algunas vidas anteriores.

Teóricamente, para el hombre es posible una cuarta clase de acontecimientos. En este caso la causa no radica ni en el presente, ni en el pasado, ni aun en la recurrencia. Y únicamente si comenzamos a comprender la retención casi ineludible que su destino tiene sobre cada aspecto de la vida de un hombre, podremos darnos cuenta de que desde su punto de vista tales sucesos serán milagros.

En esta forma se hace claro que si un hombre necesita estudiar la posibilidad, personalmente, de la recurrencia, tendrá que estudiar en particular su propio destino y comenzar a distinguir las clases de acontecimientos correspondientes a este destino.

Ahora bien, si una vida es una recurrencia de aquello que ocurrió antes, lo que pensamos como el círculo de la vida humana es en realidad una espiral. El destino o la totalidad de un ser humano se nos presenta ahora no como un círculo que existe en el tiempo –el cuerpo largo del hombre– sino como una espiral que existe en la eternidad, la secuencia embobinada de cuerpos largos. Su forma más grande repite la espiral del movimiento de la Luna alrededor de la Tierra, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol, el movimiento del Sol alrededor del centro galáctico. Una vida se embobina desde la última, transpuesto el aislador de la muerte, así como el día embobina del anterior, al trasponer el aislador del sueño.

Esta es la recurrencia eterna, la cual penetró Ouspensky y de la cual escribió Nietzsche: “Desea vivir de nuevo, porque ésta será tu parte en cualquier caso”. El círculo de una vida se encuentra paralelo al círculo de la vida anterior y al de la vida posterior, formando como si fuera una imagen repetida de aquella en cada detalle. El día del nacimiento de un hombre en esta vida se encuentra al lado del día de su nacimiento en la vida anterior y en la próxima; el día de su matrimonio se encuentra al lado de aquellos otros días de su matrimonio de entonces; el día de su muerte tiene paralelo en los días de todas sus otras muertes. .... cada visión, sonido y movimiento que llenaron aquellos días anteriores, deben llenarlos una y otra vez.

Cuando por primera vez un hombre escucha esta idea, pregunta: “¿Cómo puedo saberlo? ¿Por qué no puedo recordar?” En la forma ordinaria no puede saberlo, no puede recordarlo. No puede recordar otras vidas por la misma razón que no puede recordar la mayor parte de su vida presente – porque no es consciente de su existencia en ésta.

Como vimos mucho antes, su forma de percepción es un punto de leve calor o de alerta, que pasa lentamente hacia adelante, siempre en la misma dirección – no solamente alrededor del círculo de la vida sino que da vueltas a la espiral de muchas vidas. Su calor o su estado de alerta es escasamente suficiente para afectar el ‘presente’ de segundos o minutos y para extenderse aún más brumosamente sobre días y semanas. Más allá de esto, delante y detrás del punto en movimiento, todo es frío y nada se recuerda salvo unos cuantos momentos brillantes, pero en su mayor parte irrelevantes y desconectados.

En el capítulo sobre la ‘Psicología Humana’ estudiamos cual debe ser la significación de conciencia y memoria en relación al círculo de vida; cómo los momentos de conciencia aumentada eran semejantes a puntos de calor intensificado súbitamente, los cuales deben trasmitir impulsos hacia el momento de percepción que se aleja y al cual llega como memoria. Esta memoria ordinaria corresponde al fenómeno de conducción de calor a lo largo del alambre de la vida.

¿Cómo podría uno concebir que la memoria de otra vida deviniera posible? No es necesario decir que cuanto más grande es la conciencia, más lejos penetrará la memoria en la línea del tiempo. Pero cuando la conciencia se eleva más allá de determinada intensidad –o cuando el punto calentado se levanta por encima de determinada temperatura entra una posibilidad completamente nueva. Podemos suponer que las espirales sucesivas en nuestro modelo no se tocan efectivamente, sino que están separadas por pequeños espacios. Así, un punto en el décimo quinto año se encontrará exactamente abajo pero ligeramente separado del punto semejante de la siguiente recurrencia.

Si llegara este punto en el décimo quinto año a ponerse, digamos, al rojo vivo, comenzará a calentar los puntos correspondientes de arriba y abajo en las espirales – pero en esta vez por radiación. La transmisión del calor por radiación está bajo leyes muy diferentes a las de transmisión por conducción y por ésta será necesario un calor mucho más intenso. Esto no obstante, en esta forma podemos concebir un momento de conciencia tan intenso que se crea la memoria en otra vida. Otra vez, aunque podemos imaginar solamente nuestros puntos corporales de perspicacia avanzando a lo largo de la espiral, es éste el punto del décimo quinto año en la vida siguiente que podrá despertar la memoria de recurrencia.

Nos es más difícil de concebir la afectación de una vida pasada, aunque es esencial recordar este principio. Porque significa que el aumento de conciencia en la vida del hombre implica el aumento de conciencia en todas direcciones, esto es, no sólo en el pasado y en el futuro del tiempo, sino también en el pasado y futuro en eternidad.

desarrollo

Habiendo llegado a una imagen de las muchas vidas del hombre en la espiral de una recurrencia, podemos intentar representarnos las conexiones de los diferentes individuos en la recurrencia. Supongamos que un esposo en la flor de la vida y su mujer, una joven, conciben un niño. Tenemos en una vida tres círculos que hacen intersecciones, uno en el octavo hito, otro en el séptimo y el tercero, el de su retorno, en el noveno. Esta relación siempre será fija para los hombres en niveles ordinarios y es inconcebible que las edades relativas del marido, la esposa y el hijo cambiaran, cualquiera sea el número de vidas que pudiera imaginarse. Puesto que este día de su conjunción será el mismo para cada uno, también debe ser el mismo para todos.

En la recurrencia tendremos tres espirales entrelazadas, todas las cuales cruzan en el mismo punto relativo de cada espiral. Por esta construcción se ve que las vidas de todos los individuos son iguales y completas, no importa si el esposo vive cien años, la mujer cincuenta y su hijo sólo diez. Tan pronto como nos aproximamos a la recurrencia, dejamos atrás del todo la medición del tiempo por año, la cual, como ya hemos visto en el patrón retardante de un círculo de vida, tiene solamente un significado relativo aún ahí.

Más también debemos recordar que esta intersección de diferentes espirales de vida es sólo una forma de mirarlas. Porque los individuos también se encuentran en diferentes niveles de energía – por contacto puramente físico, por comunidad de pensamiento, por sensualidad y atracción física, por el más alto amor, reverencia y sexo puro. Todavía más importante, todas estas reacciones pueden proceder a ciegas o experimentárselas conscientemente. Quizás esto pueda cambiar, y si lo pudiera, entonces cada cosa podría permanecer la misma y, empero, ser profundamente diferente.

Si intentamos representar la interconexión no de tres sino de centenares de vidas diferentes, las cuales tocan a cada individuo entre el nacimiento y la muerte y la interconexión fuese no en un momento sino en momentos recurrentes o en períodos continuos, alcanzaríamos una figura inimaginable de recurrencias.

Es inimaginable porque, nuevamente, ha cambiado la dimensión. Pues está claro que si extendemos esta interconexión de espirales para incluir a todos los hombres que existen sobre la Tierra, se ha producido una figura tan densa que es en realidad un sólido. El total de todas las espirales de recurrencia de todos los seres humanos produce el sólido de la humanidad, en la misma forma que la recurrencia de todas las células produce el sólido de un hombre.

De este sólido aun podemos tener una cierta aprehensión vaga. Será como una especie de alfombra sólida, compuesta de miles de millones de hilos, los que a pesar de su tejido inconcebiblemente intrincado parecen todos estar en la misma dirección, que es la eternidad. Podemos aún suponer que cada uno de estos hilos tiene una naturaleza o color diferentes de acuerdo al nivel de energía que domina su totalidad de vidas. Y podemos encontrar que en grandes áreas o períodos de humanidad una naturaleza o color determinados domina todo el diseño – el rojo de la existencia puramente física, el amarillo de la actividad intelectual o el verde de la habilidad o sensación motriz.

Al recordar la existencia de hombres con almas conscientes y con espíritus conscientes supondremos también hilos de materialidad diferente que sobresalen del tejido en forma muy excepcional, los cuales imparten vida al resto y alrededor de los cuales se forma todo el diseño del cuerpo sólido de la humanidad.

Porque esos hilos son tales únicamente en nuestra metáfora. En realidad están vivos y está viva su masa total. Son las células y capilares y nervios de un cuerpo, el Adam Kadmon de la Kabala, la humanidad.

Continuara...

Tomado del Libro: El desarrollo de la Luz
de Collin Rodney, alumno del Sr. P. D. Ouspensky
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