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Aliento de las vacas contra la tuberculosis





Cuando se trataba la tuberculosis con el aliento de las vacas (1793)






En 1793, el científico británico Thomas Beddoes estaba poseído por la idea de que la inhalación de diferentes gases como el oxígeno, el dióxido de carbono o el hidrógeno, curaría la tuberculosis y una amplia variedad de otras dolencias como el asma, la escrófula, la parálisis, la diabetes o el tifus.

Estaba convencido de que su terapia revolucionaria transformaría la vida humana, y que antes o después, todos los hogares contarían con un pequeño aparato para la producción de estos gases necesarios y beneficiosos para la salud.

En sus estudios, Beddoes se creyó percatar de que los carniceros eran menos propensos a la tuberculosis, y concluyó que esto debía tener algo que ver con las vacas, así como con los vapores y gases inhalados en los establos y mataderos.






Su idea era clara: Resultaría beneficioso para los enfermos de tuberculosis respirar las exhalaciones de un establo de vacas.

Dicho y hecho. Trasladó a varios de los pacientes de su clínica de Bristol a un edificio contiguo a un establo, donde las vacas asomaban la cabeza a los dormitorios de los enfermos a través de una cortina, para que inhalaran su aliento.

Beddoes estaba entusiasmado con su proyecto, que incluso reforzó con la idea de que, de esta forma, también las vacas proveen a los enfermos de una magnífica y beneficiosa calefacción central.

Huelga decir que los resultados no fueron los esperados, y que nuestro excéntrico científico fue objeto de toda clase de burlas.

Pero a pesar de las críticas, Beddoes defendió su idea hasta el final y siguió recomendando a sus pacientes dormir en establos de vacas, convencido no solo de los efectos beneficiosos del aliento del ganado y de su calor corporal, sino también de los beneficios que suponían para los pulmones de sus pacientes inhalar los efluvios que surgen de los excrementos de estas vacas.

Irónicamente, y a pesar de su entusiasmo por la “medicina bovina”, Thomas Beddoes se mantuvo escéptico cuando, poco tiempo después, Edward Jenner descubrió la vacuna contra la viruela, uno de los mayores avances en medicina preventiva de aquella época… y precisamente gracias a las vacas.






Nota: A pesar de sus excentricidades y extravagancias, hoy recordamos a Thomas Beddoes porque fue quien empleó como ayudante en su clínica a un joven de 19 años, Humphry Davy , que con el paso del tiempo experimentó, entre otros, con Óxido Nitroso o “gas de la risa” para usos medicinales, convirtiéndolo en la base de los anestésicos utilizados en las operaciones actuales.





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