No intente nada que no pueda concretar
“Mire, déjese de necedades, usted ya sabe de qué manera escribir; empiece y sea. Yo le aseguro que escribir un cuento debe ser porción sollozada de un exorcismo interno; una exhalación espiritual, emanada inexcusable e ineludible: capacidades propias de un ser creador, plausible de su soberbia. Esa es una buena forma de comenzar un relato”.
Al término de esa frase, que debía encabezar el cuento, se despidió y se la llevó satisfecho.
Solamente faltaban unos días para la entrega de mi relato. Un concurso que me sacaría de la miseria; un certamen que incluso hasta me haría famoso en ciertos círculos torpes de escritores mediocres que se compran libros entre sí.
No tenía ni una mezquina idea y el hambre me acobardaba.
“Siempre lo mismo vos, con esas ideas de ser un gran escritor; ¿qué tal si buscás un trabajo y te dejás de mentiras?”. Todos los días lo mismo. Renegaba de mí y se cambiaba para ir a ensayar.
“Algún día me sabrán valorar. En el futuro seguramente los críticos escribirán sobre mis movimientos. Daría cualquier cosa por poder viajar en el tiempo y ver qué es lo que dirán sobre mí”. Todas las noches lo mismo. Llegaba, lloraba un rato y esperaba que llegue la gloria de su futuro.
Yo seguía en lo mío, un cuento no llega por casualidad, hay que buscarlo:
Ya está; - le decía - escuchá esto: “un escritor encuentra unas hojas en blanco y un lápiz que por sí solos pueden escribir la mejor de las ideas que pueda a ese mortal ocurrírsele:
“Siempre nos deberíamos obligar a escribir partiendo del entendimiento que genera una sensible percepción del mundo como un detonante de ideas. Diseñar una historia, en el vientre de cualquier autor, debería comprometer un digerir representaciones y personificados, posibilidades, simbolismos, repercusiones y secuelas, y también, por supuesto, todo tipo de gestos que formen el carácter propio de un escritor y su estilo, tanto sus preferencias estilísticas como sus influencias.”
Le leía, y ella decía siempre desde el mismo tono: “Basura pura; ¿así pensás comenzar un cuento para ganar un concurso? No seas irrespetuoso, pensá en quien tenga que leer eso. Una basura… Escribí acerca de mí, yo voy a ser grande.”
Todo se cae cuando no tiene sustento, y mucho más rápido cuando no tiene confianza; ojo, tampoco pretendo que me mientan, si esto que usted está leyendo no lo convence déjelo y siga con otra cosa, no pretendo cambiarle la vida.
Mire, en este punto de la historia usted ya me va conociendo; no soy más que un escritor frustrado, soy un no tan joven que escribe mendigando ideas que le den gloria, o algo para comer.
Nosotros vinimos del interior, hasta hace unos años éramos una pareja cariñosa.
“Nosotros vinimos del interior”, escuchá, ya lo tengo- le dije en una madrugada de noctámbulo hambre - “una pareja de amantes; personajes de una poesía, se escapan de la anteúltima rima para asesinar al escritor para que así su historia de besos y caricias continúe siendo eterna.”
Su respuesta inconfesable excede la estética de esta narración, pero solamente les puedo confesar que fue la última vez que le demostré una idea.
En fin, retomo, nosotros vinimos de Santiago del Estero, pensábamos que acá íbamos a tener suerte. Ella entró en el Ballet Nacional Platense y yo en algunos talleres literarios que espero que de poco me hayan ayudado, no me malinterprete, es que no le quiero deber nada a nadie.
Nuestra relación se hizo cargo de nuestros fracasos y así nos fuimos distanciando. La tarde en la que él se presentó, ella estaba guardando sus discos en una caja; me dejaba para irse de viaje con un tipo que había conocido en un concierto. “Algún día me van a valorar, quizá cuando yo sea famosa vas a poder decir que fuiste mi novio. Daría cualquier cosa por verte la cara después de enterarte de que soy famosa y reconocida en el mundo.”
“Buenas tardes” - dijo - y no me pregunte por qué, pero ya sabíamos que era él. Nada que ver al mito y la representación: “Soy el diablo, tengo una cita con usted señorita”, después de mirarme con gesto áspero y cruel por haberle preguntado de qué manera se maneja la burocracia infierno-terrenal, me pide que ponga el agua para el mate y que “me quede en el molde” pues para mi tenía otros planes. A ella se le iluminó el rostro, la ingenua se creía muy importante por el calibre de la visita.
“Bien, la situación es esta: ¿usted quiere saber cuan famosa va a ser de acá a digamos… unos cuarenta años?” Se sentó, prendió un cigarrillo, sacó un contrato del bolsillo de su chaleco a cuadros y no tuvo que esperar demasiado. Ella dejo caer la caja con discos y le preguntó si tenía una aguja para pincharse el dedo y firmar, él se rió con ironía y sacó una bic del bolsillo: “tome señorita, con esto es menos enchastre”.
Entonces… me asegura que voy a ser famosa-, dijo ella con una luz emocionada en sus ojos.
“Señorita, le ofrezco diez minutos para comprobar su fama. Digamos… ¿en el archivo del teatro Colón?, ¿Qué le parece?”
Yo ni pestañaba, ella no había preguntado el precio del viaje al futuro, si bien yo ya no tenía nada que perder en el fondo la quería, y lo sigo haciendo… le debo mucho.
“Diez minutos es todo lo que necesito”, firmó y entró en el baño, que según el diablo es la puerta al futuro cuando él lo permite.
Fueron los diez minutos más largos de la historia de mi insignificante vida. Imagínese, él sacó un reloj del bolsillo de su pantalón, lo puso sobre la mesa y mientras miraba de reojo hervir el agua a mis espaldas me dijo: “Maestro, el agua no tan caliente que me quema la yerba”. Disculpe, - le digo – usted por el tono es argentino, ¿hay un diablo para cada país?– Ni me contestó. Le di un par de mates, me disculpé por no tener nada para acompañar. “No es necesario” – dijo mientras ojeaba mis garabatos en la mesa.
Sonó una alarma en su reloj y ella volvió. Lloraba como la condenada que se había dejado ser. Tomó un cuchillo de la cocina y casi me lo incrustó en el cuello de no haberse interpuesto entre nosotros nuestro invitado.
La abrazó calmando su desconsolación. Yo no entendía nada, ya tampoco me preocupaba mucho, en última instancia no tenía mucho que entender.
Ella me miraba con odio y resignación. “¿Cómo puedo cambiar el futuro?” le dijo en un grito desconsolado. El contestó: “usted quería ser famosa, bueno ya lo tiene. La dejo para que se despida, no intente nada que no pueda concretar.”
No me miraba a los ojos. Su respiración se calmó cuando se sentó en la mesa. Yo me senté frente a ella y el relato comenzó: “cuando llegué, un montón de periodistas me estaba esperando. Incluso un grupo de estudiantes universitarios gritaba mi nombre. Ellos sabían que yo iba a llegar.”
“Era lo que vos querías”, atiné a decirle con cara de complicidad y admiración incomprendida. “Ellos sabían que yo iba a llegar porque soy un personaje de un cuento de morondangas que vas a escribir cuando me marche de acá para siempre, un cuento que va a ganar el concurso que tanto esperaste. No soy más que un personaje de una idea que vos estás teniendo”.