LA COSTUMBRE ME LLEVA A DECIRTE
La costumbre me lleva cada día a recordarte,
apenas despierto
tu nombre despereza mi boca aún dormida,
decirte,
abrir los cerrojos de mi lengua
y dejar que escapen ligeras las palabras
como si fueran inesperadas gaviotas
se ha convertido en mi primer hacer.
Reconozco,
será costumbre o quizás empeño el no olvidar
cada uno de los ruidos que escuché en tus brazos,
sus códigos crepusculares se atan a la almohada,
vienen de lejos en mi busca,
no,
no es verdad,
están aquí
muy cerca ensordeciéndome los oídos:
imprevistas campanas, tambores,
inequívocos lenguajes recorren mi frente.
Pausa estrecha.
Soledad.
Miedo.
El peso del día llega ocupando el tronco de los árboles,
qué absurda las tazas de café
rebosando amargas cucharillas,
el calendario circular clavado en el frigorífico,
vestirme con desgana, qué inútil.
Las calles intransitables reciben mis ojos oxidados,
nada veo,
ciega deambulo por aceras
bebiendo el agua de las fuentes,
a tientas me deslizo por tristes autobuses,
equivocándome en las marquesinas,
y limpio los escaparates del rastro que tu mirada
abandonó en sus cristales.
Después
cuando el día avanza y el vacío sucede
me despliego irremediable en otra,
la que no soy,
la que ya no existe,
me son extraños los gestos que utilizo,
las frases que pronuncio,
la risa con que río,
pero al cabo, puedo sobrevivir,
muerdo un bocado de esperanza.
Más tarde
la noche me regresa a tu costumbre,
vacío mis bolsillos de lo no importante
(sólo quedas tú)
y acomodo el cuerpo que nació en tus dedos,
arrastro serpientes a tus cuevas conocidas,
al desorden de tus manos
a lo inevitable de tu voz,
y me encuentro abierta para recibirte.
Insisto en quererte,
por costumbre, por empeño,
sin hacer juicios,
sin imponer sentencias,
sin buscar culpas…
Cómo olvidar este extraño amor
que guarda por docenas
azaleas en mi paladar.
La costumbre me lleva cada día a recordarte,
apenas despierto
tu nombre despereza mi boca aún dormida,
decirte,
abrir los cerrojos de mi lengua
y dejar que escapen ligeras las palabras
como si fueran inesperadas gaviotas
se ha convertido en mi primer hacer.
Reconozco,
será costumbre o quizás empeño el no olvidar
cada uno de los ruidos que escuché en tus brazos,
sus códigos crepusculares se atan a la almohada,
vienen de lejos en mi busca,
no,
no es verdad,
están aquí
muy cerca ensordeciéndome los oídos:
imprevistas campanas, tambores,
inequívocos lenguajes recorren mi frente.
Pausa estrecha.
Soledad.
Miedo.
El peso del día llega ocupando el tronco de los árboles,
qué absurda las tazas de café
rebosando amargas cucharillas,
el calendario circular clavado en el frigorífico,
vestirme con desgana, qué inútil.
Las calles intransitables reciben mis ojos oxidados,
nada veo,
ciega deambulo por aceras
bebiendo el agua de las fuentes,
a tientas me deslizo por tristes autobuses,
equivocándome en las marquesinas,
y limpio los escaparates del rastro que tu mirada
abandonó en sus cristales.
Después
cuando el día avanza y el vacío sucede
me despliego irremediable en otra,
la que no soy,
la que ya no existe,
me son extraños los gestos que utilizo,
las frases que pronuncio,
la risa con que río,
pero al cabo, puedo sobrevivir,
muerdo un bocado de esperanza.
Más tarde
la noche me regresa a tu costumbre,
vacío mis bolsillos de lo no importante
(sólo quedas tú)
y acomodo el cuerpo que nació en tus dedos,
arrastro serpientes a tus cuevas conocidas,
al desorden de tus manos
a lo inevitable de tu voz,
y me encuentro abierta para recibirte.
Insisto en quererte,
por costumbre, por empeño,
sin hacer juicios,
sin imponer sentencias,
sin buscar culpas…
Cómo olvidar este extraño amor
que guarda por docenas
azaleas en mi paladar.