InicioCiencia Educacionapreciaciones sobre la revolucion rusa emma goldman
Apreciaciones sobre la Revolucion Rusa

Emma Goldman

02 Recuerdos de Kropotkin.

apreciaciones sobre la revolucion rusa  emma goldman

Estábamos en Moscú cuando recibimos una carta de Dmitrov diciendo que nuestro camarada Pedro Kropotkin estaba abatido por la neumonía. El choque fue muy fuerte, porque en julio lo habíamos visitado econtrándole gozando de buena salud y de buen humor. Parecía más joven y muy mejorado en comparación a como lo habíamos visto en el pasado mes de marzo. La brillantez de sus ojos y su vivacidad demostraban una salud excelente. La quinta de los Kropotkin era encantadora con el sol de verano, sus flores y la reverdeciente hortaliza de Sofía. Pedro nos hablaba con mucho orgullo de su compañera y de su talento como jardinera.

Tomándonos a Sacha y a mí por la mano, nos llevó con una infantil exhuberancia al lugar en donde Sofía había plantado un tipo especial de lechuga. Logró obtener cabezas tan gordas como las coles, con hojas rizadas y deliciosas. Nos decía que él había preparado la tierra, pero que la verdadera experta era Sofía. Su cosecha de papa, del invierno pasado, fue tan buena que quedó bastante como para intercambiarla por forraje para su vaca, y hasta para compartirla con sus vecinos de Dmitrov que tenían pocas legumbres. Nuestro querido Pedro retozaba por su jardín hablando sobre temas de jardinería como si fuesen acontecimientos mundiales. El espíritu juvenil de nuestro camarada era contagioso por su encanto y su alegría.
Por la tarde, en su estudio, de nuevo fue el sabio y pensador claro y penetrante en su juicio sobre las personas y los acontecimientos. Discutimos sobre la dictadura, los métodos impuestos a la revolución por la necesidad y los inherentes a la naturaleza del partido. Quería que Pedro me ayudase a comprender mejor la situación que amenazaba hacer derrumbarse mi fe en la revolución y en las masas. Pacientemente, y con la ternura que se prodiga a un niño enfermo, intentó calmarme. Afirmaba que no había razón para desesperarse. Decía que comprendía mi conflicto interior pero que estaba seguro que con el tiempo aprendería a hacer la distinción entre la revolución y el régimen. Eran dos mundos diferentes y el abismo entre ellos debía forzosamente ser cada vez más profundo con el paso del tiempo. La revolución rusa era mucho más grande que la francesa y con un significado más potente para el mundo entero. Había marcado profundamente la vida de las masas en todas partes y nadie podía prever la rica cosecha que la humanidad iba a recolectar. Los comunistas que se adherían irrevocablemente a la idea de un Estado centralizado estaban condenados a maldirigir el curso de la revolución. Siendo su meta la supremacía política, inevitablemente se convirtieron en los jesuitas del socialismo, justificando todos los medios para lograr sus fines. Sus métodos paralizaban la energía de las masas y aterrorizaban a la gente. Pero sin el pueblo, sin la participación directa de los trabajadores en la reconstrucción del país, nada creativo y esencial podría ser realizado.

Nuestros propios camaradas, prosiguió Kropotkin, omitieron en el pasado dar una consideración suficiente a los elementos fundamentales de una revolución social. El factor básico, en un levantamiento, era la organización de la vida económica del país. La Revolución rusa demostraba que debíamos prepararnos para ello. Llegó a la conclusión de que el sindicalismo iba probablemente a proveer a Rusia de lo que más le faltaba: un instrumento mediante el cual podría efectuarse la construcción económica e industrial del país. Se refería al anarco-sindicalismo, indicando que ese sistema, gracias a la ayuda de las cooperativas, salvaría las revoluciones futuras de los fatales errores y de los terribles sufrimientos por los cuales pasaba Rusia.

Recordaba vivamente todo esto al recibir la triste noticia de la enfermedad de Kropotkin. No podía pensar en partir para Petrogrado sin antes ver de nuevo a Pedro. Enfermeras eficaces eran escasas en Rusia. Yo podría curarlo, menos no podía hacer para mi querido maestro y amigo.

Supe que la hija de Pedro, Alejandra, se encontraba en Moscú y que estaba pronta a partir para Dmitrov. Ella me informó que una enfermera muy competente, una rusa que estudió en Inglaterra, estaba encargada de atenderlo. Debido a que en su pequeña quinta había muchas visitas, me aconsejó no molestar a Pedro por el momento. Ella partiría para Dmitrov y me informaría por teléfono acerca del estado de su padre y de si era útil o no mi visita.
Apenas había llegado a Petrogrado, cuando la señora Ravich me telefoneó para decirme que me hablaron urgentemente desde Dmitrov. Había recibido un mensaje de Moscú pidiendo que yo fuera inmediatamente, ya que Pedro se encontraba muy grave.

Durante el trayecto hubo una terrible tempestad de nieve, lo que ocasionó que el tren llegase a Moscú con diez horas de retraso. No había tren para Dmitrov hasta el día siguiente por la noche; y las carreteras estaban bloqueadas por montones de nieve, tan altos que impedían el paso de los coches. Las líneas telefónicas estaban interrumpidas y no había medios para llegar o comunicarse con Dmitrov.

El tren de la noche avanzaba con una lentitud exasperante y se detenía a menudo para cargar combustible. Eran las cuatro de la madrugada cuando llegamos. Acompañada de Alejandro Shapiro, un amigo íntimo de la familia Kropotkin, y Pavlov, un camarada del sindicato de los panaderos, me apresuraba hacia la quinta de los Kroptkin. Pero ... fue demasiado tarde, Pedro había dejado de respirar una hora antes. Murió a las cuatro de la madrugada, el 8 de febrero de 1921. Su viuda, desconsolada, me dijo que Pedro había preguntado si yo estaba en camino y cuándo llegaría. Sofía estaba desmarrida y gracias a la necesidad de cuidar de ella olvidé el cruel concurso de circunstancias que me habían impedido prestar el menor servicio al que había impregnado un tan potente impulso a mi vida y a mi trabajo.

Sofía nos comunicó que Lenin, informado de la enfermedad de Pedro, había enviado los mejores médicos de Moscú a Dmitrov, así como víveres y golosinas para el enfermo. También había ordenado que se le enviaran frecuentes boletines sobre el estado de Pedro y de publicarlos en la prensa. Triste desenlace: tantas atenciones dadas en su lecho de muerte al hombre que, por dos veces, había sido perseguido por la cheka y que por esa razón fue forzado a tomar un retiro no deseado. Pedro Kropotkin ayudó a preparar el terreno para la Revolución, pero se le rehusó participar en su vida y en su desarro1lo; su voz resonó en Rusia a pesar de la persecución zarista, pero fue ahogada por la dictadura comunista.

Pedro no buscaba, ni nunca aceptó, favores de ningún gobierno, no toleraba ninguna pompa ni mucho menos la fastuosidad. Por eso decidimos que el Estado no debía entrometerse en su entierro para que éste no fuese rebajado por la participación de los oficiales: sus últimos días en la tierra debía pasarlos sólo en compañía de sus camaradas.

Schapiro y Pavlov fueron hacia Moscú por Sacha y los demás camaradas de Petrogrado con el fin de encargarse de los funerales. Me quedé en Dmitrov para ayudar a Sofía a preparar a su querido difunto en vista de su traslado a la capital para el entierro.

(...) Hasta el día en que fue obligado a encamarse, Pedro continuó trabajando en las más difíciles condiciones sobre su obra La ética, que, pensaba, sería su obra cumbre. Su más grande pesar, en sus últimos momentos, era que no tuvo un poco más de tiempo para terminar lo que había empezado hacía años.

En los tres últimos años de su vida, Pedro había sido apartado de todo estrecho contacto con las masas, y a su muerte volvía a tomar plenamente contacto con ellas. Campesinos, obreros, soldados, intelectuales, hombres y mujeres sobre un radio de varios kilómetros, así como toda la comunidad de Dmitrov, afluía a la quinta de Kropotkin para rendir un último homenaje al hombre que había vivido entre ellos compartiendo sus luchas y sus dolores.

Sacha llegó a Dmitrov con numerosos camaradas de Moscú para asistir al traslado del cuerpo de Pedro hacia la capital. Nunca el pueblecito había rendido a alguien un homenaje tan grande como a Pedro Kropotkin. Eran los niños quienes mejor lo conocieron y amaron por su joven y alegre carácter. Ese día las escuelas cerraron en signo de duelo para el amigo que se iba. Los niños fueron en gran número a la estación y, cuando el tren partió lentamente, agitaron sus manos para decir adiós a Pedro.

En el camino supe por Sacha que la comisión, encargada de los funerales, que él ayudó a organizar y de la que era presidente, había sido objeto de múltiples obstáculos por parte de las autoridades soviéticas. Se le había permitido publicar dos panfletos de Pedro y sacar un número especial del boletín en su memoria. Más tarde, el Soviet de Moscú, bajo la presidencia de Kamenev, pidió que los manuscritos de ese boletín fuesen sometidos a la censura. Sacha, Schapiro y otros camaradas protestaron diciendo que esos trámites retardarían su publicación. Para ganar tiempo habían prometido que sólo apreciaciones sobre la vida y el trabajo de Kropotkin aparecerían en ese boletín. Luego, de repente, el censor se acordó que tenía demasiado trabajo en curso por el momento y que el asunto debía esperar su turno. Esto significaba que el boletín no podría aparecer a tiempo para el entierro; era evidente que los bolcheviques echaban mano a su habitual táctica dilatoria hasta que fuese demasiado tarde para que el boletín se repartiera en el tiempo debido. Nuestros camaradas decidieron pasar a la acción directa. Lenin a menudo se había apropiado de esta idea anarquista, ¿por qué los anarquistas no la volverían a tomar de él? El tiempo apremiaba y el objetivo era bastante importante para arriesgar hasta un arresto. Rompieron los sellos que la cheka había colocado sobre la imprenta de nuestro viejo camarada Atabekian y nuestros amigos trabajaron como hormigas para preparar y sacar el boletín a tiempo.

El homenaje de estimación y de afecto para Pedro Kropotkin se transformó, en Moscú, en una manifestación monstruo. En el momento en que el cuerpo llegó a la capital y fue depositado en la casa de los sindicatos, así como durante los dos días en que el difunto fue expuesto en el hall de mármol, hubo un desfile de gentes como nunca se había visto desde los días de octubre.

La Comisión Kropotkin había enviado una requisa a Lenin, rogándole liberar temporalmente a los anarquistas encarcelados en Moscú para que pudieran tomar parte en los últimos honores rendídos a su maestro y amigo fallecido. Lenin lo había prometido y el Comité Ejecutivo del Partido Comunista dio la orden a la Veh-cheka (la cheka rusa) de liberar según su apreciación a los anarquistas encarcelados, para que participasen en los funerales. Pero la Veh-cheka aparentemente no estaba dispuesta a obedecer, ni siquiera a Lenin o a la suprema autoridad de su propio partido; preguntó si la comisión podía garantizar el regreso de los prisioneros a la cárcel. Esta dio una garantía colectiva. Después de esto, la Veh-Cheka declaró que no había anarquistas encarcelados en Moscú. En realidad Butirky y la prisión interior de la cheka estaban repletos de nuestros camaradas, arrestados durante una razzia en la conferencia de Kharkov, a pesar de que esta última, en virtud de un acuerdo entre el gobierno soviético y Nestor Makhno haya sido oficialmente permitida. Además, Sacha logró obtener un pase para entrar a la cárcel Butirky y habló con más de una veintena de nuestros camaradas encarcelados. Acompañado por el anarquista ruso Yartchuk, visitó también la prisión interior de la Tcheka de Moscú y ahí tuvo una conversación con Aaron Baron, que representaba en esa ocasión a un gran número de otros anarquistas encarcelados. Sin embargo, la Tcheka insistía diciendo que no había anarquistas encarcelados en Moscú.

De nuevo, la comisión fue obligada a recurrir a la acción directa. En la mañana del entierro, pidió a Alejandra Kropotkin que telefoneara al soviet de Moscú para decir que se iba a denunciar públicamente esa falta de palabra y que las coronas depositadas por los soviets y organizaciones comunistas iban a ser quitadas si la promesa dada por Lenin no era cumplida.
El gran hall de las columnas estaba repleto; entre los presentes habían varios representantes de la prensa europea y americana. Nuestro viejo amigo Henry Aisberg estaba ahí, otro periodista, Arthur Ransone, representaba al Manchester Guardian. Era seguro que darían a conocer esa falta de palabra de los soviets. Como se había informado al mundo entero de los cuidados y atenciones procurados a Pedro Kropotkin por el gobierno soviético durante su última enfermedad, la publicidad dada a un tal escándalo debía ser evitada a toda costa. Por eso Kamenev pidió un lapso prometiendo solemnemente liberar a los anarquistas encarcelados en los siguientes veinte minutos.

Durante una hora se retrasó el entierro, las grandes masas de gente en duelo, temblaban bajo el cruel frío de Moscú, esperando en la calle la Ilegada de los encarcelados discípulos del gran difunto. Al fin llegaron, pero no eran más que siete de la cárcel de la cheka. No había ni un camarada de la cárcel Butirky. En el último momento, la cheka aseguró a la comisión que habían sido liberados y que ya estaban en camino. (...) Con un triste orgullo los prisioneros en permiso llevaban los restos de su camarada y amado maestro. La vasta asamblea en la calle los recibió con un impresionante silencio. Soldados sin armas, marineros, estudiantes, niños, organizaciones sindicales representando a todos los oficios, grupos de hombres y mujeres representando a los intelectuales, campesinos y muchos grupos anarquistas con sus banderas rojas o negras, una multitud unida sin coersión, ordenada sin mando, caminó durante dos horas hasta el cementerio Devichy situado en los alrededores de la ciudad.
En el museo de Tolstoi, los tonos de la marcha fúnebre de Chopin y un coro formado por los discipulos del profeta de lasnaia Poliana saludaron el cortejo. En señal de agradecimiento, nuestros camaradas bajaron sus banderas como homenaje rendido por un gran hijo de Rusia a otro.

Pasando frente a la cárcel de Butirky, la procesión se detuvo por segunda vez y nuestras banderas se inclinaron como testimonio del último saludo de Pedro Kropotkin a sus valientes camaradas que le hacían señales de despedida a través de las ventanas enrejadas. En la tumba de nuestro camarada, la expresión espontánea de un profundo dolor caracterizaba los discursos pronunciados por hombres representativos de diferentes tendencias políticas. La nota dominante fue que la muerte de Pedro Kropotkin constituía la pérdida de una potencia moral enorme tal como ya no existía en nuestro país.

Por primera vez desde mi llegada a Petrogrado, mi voz era oída en público. Me parecía extrañamente dura e incapaz de expresar todo lo que Pedro fue para mí.
El dolor que me causó su muerte estaba ligado a mi desesperanza frente al fracaso de la revolución que nadie entre nosotros había sido capaz de evitar.
(...) Los siete detenidos, que habían salido bajo palabra, pasaron la tarde con nosotros y fue en la noche cuando regresaron a sus celdas. Los guardias, que no los esperaban, habían cerrado las puertas y se retiraron. Los hombres casi debieron forzar la entrada, ya que los guardias estaban tan asombrados de ver a los anarquistas bastante locos como para cumplir una palabra dada por sus camaradas.

Finalmente los anarquistas de la prisión Butirky no asistieron al entierro. La Veh-Tcheka afirmó a la comisión que ellos habían rehusado asistir a pesar de que se les dio la posibilidad. Sabíamos que era una mentira pero, sin embargo, decidí hacer una visita personal a nuestros prisioneros para escuchar su propia versión. Esto significaba la odiosa necesidad de pedir un permiso a la Tcheka. Me llevaron al despacho privado del jefe tchekista que era un muchacho muy joven, revólver en la cintura y otro sobre la mesa. Se adelantó hacia mí extendiéndome su mano y llamándome querida camarada. Me dijo que su nombre era Brenner y que vivió en América, que había sido anarquista y naturalmente nos conocía muy bien a Sacha ya mí, sabiendo todo acerca de nuestras actividades en Estados Unidos. Estaba orgulloso de llamarnos camaradas. Naturalmente, ahora estaba con los comunistas, me explicó, pues consideraba al actual régimen como un paso dado hacia el anarquismo. La cosa importante, era la revolución y puesto que los bolcheviques trabajaban para ella, él cooperaba con ellos. ¿Pero, había yo cesado de ser revolucionaria como para rechazar la mano fraternalmente tendida de uno de sus defensores?

Le contesté que en toda mi vida nunca había dado la mano a un detective y mucho menos a un policía que fue anarquista. Había venido con el propósito de obtener un pase para entrar a la cárcel y deseaba saber si esto era posible.

(...) Se levantó, salió de la pieza. Esperé media hora preguntándome si era prisionera. A cada uno su turno en Rusia ¿por qué no yo? De repente escuché pasos y la puerta se abrió de par en par; un hombre viejo, evidentemente un tchekista, me permitía entrar en la cárcel Burtirky.
Entre un numeroso grupo de camaradas encarcelados encontré a varios que había conocido en Ios Estados Unidos: Fanny y Aaron Baron, Voline y otros que habían trabajado en América, así como a rusos de la organización Nabat que yo había encontrado en Kharkov. Un representante de la Veh-Tcheka había ido a verlo, me dijeron, y les ofreció liberar a algunos de ellos, individualmente, pero no en grupo, tal como había sido arreglado con la comisión. Nuestros camaradas se opusieron a esta falta de palabra e insistieron para asistir en grupo al entierro de Kropotkin. ¡En grupo o nada! El hombre les declaró que debía informar a los oficiales superiores de su petición y que regresaría pronto con la decisión definitiva. Pero nunca regresó. Los camaradas decían que esto no tenía ninguna importancia porque habían tenido su propio mitin en memoria de Pedro Kropotkin en el corredor de la cárcel, donde lo homenajearon con discursos de circunstancia y cantos revolucionarios. Con la ayuda de otros prisioneros políticos, habían transformado la cárcel en una universidad popular, me contó Voline. Daban clases de ciencia y economía política, de sociología y de literatura; enseñaban a los prisioneros comunes a leer y a escribir. Bromearon diciéndonos que de hecho, tuvieron más libertad que nosotros en el exterior y debíamos envidiarles. Pero temían que esa tolerancia no durara mucho tiempo.

Funeral del Anarquista Piotr Kropotkin Filmación, Febrero de 1921 Moscú, Rusia




moscu
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

A
Anarquistas1🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts54
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.