¿QUÉ OCURRE EN LA ACTUALIDAD? La fuerza de la selección natural desciende a un ritmo constante durante la edad adulta. Pero no puede hacerlo eternamente, ya que no puede alcanzar valores negativos. Por tanto, finalmente llega a cero y se detiene, cuando se acerca el final de la vida. La fuerza de la selección natural llega a una etapa de estancamiento o meseta en la que se mantiene. Esto explica porqué la inmortalidad surge a edad avanzada. Como la selección natural no puede ir a peor, los efectos evolutivos adversos se estabilizan. Y ya que estos efectos adversos son la causa del envejecimiento, su estabilización detiene dicho envejecimiento. Son sólo palabras, pero la teoría matemática explícita, demuestra que la aritmética de la selección natural puede producir un periodo de inmortalidad a una edad avanzada [13-15]. TEORÍAS SOBRE EL FUTURO DE LA INTERMINABLE HISTORIA DE LA EXTENSIÓN DE LA VIDA HUMANA De similar manera, la posibilidad de añadir más años saludables tendrá consecuencias equiparables a lo que Pasteur y otros consiguieron con pacientes que, de no haber sido así, estaban destinados a morir en sus primeros años de vida. En resumen, yo afirmo que es probable que la mayor parte de la primera generación que llegue los 150 años (si entendemos por tal generación todas aquellas personas que cumplan 150 años y que sean, como mucho, 30 años más jóvenes que los primeros en alcanzar dicha edad), serán personas que casi seguro ya existen, que podrían ser de mediana edad y que no morirán a menos que así lo deseen. Evitar todas las formas de muerte involuntaria Es por este tipo de razones –simple extrapolación del siglo pasado– por lo que auguro que la sociedad actuará de modo que se asegure que la muerte por causas “extrínsecas” siga siendo mucho más rara que la producida por causas a las que individuos fisiológicamente jóvenes suelen escapar. Esto supondrá una considerable aceleración en el índice según el cual cambiamos nuestro estilo de vida (en 1999 dije que una vez que curásemos el envejecimiento se declararía ilegal la conducción ; aún creo que es probable, a menos que los coches se automaticen mucho más y los accidentes por causas humanas se reduzcan). Este es el componente final de la lógica subyacente en mi predicción de que la media de edad a la que morirán los nacidos en las naciones ricas en el año 2100 superará los 5000 años, que es quizá el valor resultante de un disfrute permanente de la tasa de mortalidad de los adolescentes de tales naciones hoy en día pero multiplicado por 5. LA TERAPIA COMO INFORMACIÓN El envejecimiento es una enfermedad terminal que se transmite sexualmente y que puede definirse como el número de cambios que se producen en el cuerpo con el paso del tiempo y que acarrean molestias, dolor y en ocasiones la muerte. Para curar el envejecimiento necesitaremos contar con múltiples tipos de células y señalar diferentes tipos de daños y disfunciones moleculares. Esta es la razón por la que los órganos trasplantados y la cirugía no serán una cura para el envejecimiento, al menos no la definitiva. El futuro de la medicina no se encuentra en las intervenciones a gran escala, sino en las más pequeñas, menos invasivas pero más precisas. La solución al envejecimiento no está en centrarse en las patologías individuales relacionadas con la edad, sino más bien en minúsculas estructuras capaces de dar órdenes a nuestro cuerpo para que rejuvenezca. Gracias a la enzima telomerasa, es posible impedir que se produzcan determinadas formas de envejecimiento en células de cultivo . Es igualmente posible invertir el programa genético de las células adultas para que rejuvenezcan mediante técnicas de clonación . No existe ninguna ley natural que nos impida instruir a las células de un humano adulto para evitar el envejecimiento mediante, por ejemplo, el cambio del programa genético del ADN o a nivel epigenético. Y ya que el envejecimiento, como otras enfermedades, es el resultado de la interrupción y el desequilibrio molecular, también es teóricamente posible invertir los cambios relacionados que se producen con la edad mediante terapias moleculares y celulares precisas [4; 5]. Conclusión El Elixir de la vida no necesita ser nada más que tecnología actual combinada con algunas proezas de ingeniería. Lo que es más importante, la base teórica para desarrollar estas tecnologías ya existe. Lo que aún no hemos superado es el problema de hacer que funcionen de acuerdo con nuestras necesidades. Añadir por último que el Elixir de la vida no es sólo una utopía, sino también un objetivo alcanzable que podemos crear, seguramente en un breve espacio de tiempo. EL CICLO DE LA VIDA Durante miles de años, nuestros antecesores observaron lo suficiente como para reconocer la profundidad del ciclo de la vida y el hecho de que, en cierto sentido, la vida es inmortal. Mientras sea cierto que las plantas envejecen y mueren, sobre el suelo bañado por el sol de la primavera, la resurrección de la vida vegetal sucede cada año. Y aunque una cebra muera, han existido cebras desde tiempos inmemoriales, y siempre han tenido rayas. En otras palabras, existe un sustrato inmortal de la vida, una constante que conecta las generaciones (un ciclo de la vida, un ciclo inmortal). El individuo desaparece, pero existe continuidad de individuos. Antiguamente se atribuía al reino de los dioses esta renovación continua de la vida. CÉLULAS INMORTALES El científico alemán August Weismann comprendió a la perfección las implicaciones de esta observación. La teoría celular implicaba que la vida actual en nuestro planeta se originó probablemente hace algunos millones de años a partir de animales unicelulares que eran inmortales. Con inmortal, Weismann no quería decir que no se las pudiera matar. De hecho, la lucha de los más sanos implicaba que los que morían eran sus parientes más débiles. Por "inmortal" entendía simplemente que no necesitaban morir, y supuesta una nutrición adecuada y sin accidentes, cualquier célula concreta podría seguir dividiéndose, sin dejar antepasados. Weismann sugirió entonces que estas células inmortales originales podían haberse aferrado a sus descendientes tras la división, creando de este modo un pequeño grupo de células idénticas. Resulta sencillo entonces imaginar que estas células no hacen más que agruparse alrededor de sí mismas con sus descendientes para ayudarse en su lucha por la inmortalidad. Uno puede imaginar, por ejemplo, que por medio de “brazos de sujeción” de este tipo, tendrían más facilidad de movimiento en el agua, o tal vez serían más hábiles para evitar ser devoradas por otro animal. LA ESPECIALIZACIÓN DE LAS CÉLULAS Pero los animales complejos y pluricelulares como usted y como yo, dejamos atrás a nuestros antecesores muertos. ¿Cuándo y por qué sucedió esto? Y aquí es donde Weismann realizó una propuesta revolucionaria. Supuso que algunas de las células de este grupo mutaban de manera importante. Cuando el más grande de los animales era aún un pequeño grupo de células (tal vez algo parecido al balón de células llamado Volvox, ese microscópico animal que habita en los estanques), algunas de estas células primordiales e inmortales se especializaban de un modo sutil para facilitar la reproducción de sus células hermanas. Estas células especializadas, que se llaman células "somáticas" (del griego soma, cuerpo), perdían la capacidad de crear otros organismos como ellos mismos. Se habían especializado irreversiblemente. Por primera vez en la historia, surge la especialización de los tipos de células. El cambio podría haber hecho que todo el organismo se adaptara mejor en su lucha por la supervivencia, pero el precio era que las células somáticas estaban destinadas a morir, perdiendo el potencial de su propia inmortalidad. Esta fue, según Weismann, la primera vez que apareció la muerte programada. Como dijo Wood Krutch en 1856: La ameba y el paramecio son potencialmente inmortales... Vamos a detenernos ahora en cómo los animales y las plantas pluricelulares, que surgen a partir de formas unicelulares de vida, llegan a perder el poder de vivir para siempre. La respuesta a esta pregunta está estrechamente ligada al principio de división del trabajo del primer organismo pluricelular. Era probablemente un grupo de células similares, pero estas unidades perdían rápidamente su homogeneidad original: esta agrupación se dividiría en dos grupos de células, que recibirían los nombres de somáticas y reproductivas. A medida que la complejidad del cuerpo del metazoo aumentaba, estos dos grupos se separaban más abruptamente unos de otros. Muy pronto, las células somáticas superaron a las reproductivas en número, y durante este periodo de incremento, se terminaron de separar debido a la división del trabajo en los sistemas de tejidos diferenciados. Mientras todos estos cambios tenían lugar, se perdió el poder de reproducir grandes partes del organismo, y el poder de reproducción de todo el individuo se concentró sólo en las células reproductivas. Pero, por consiguiente, de esto no se sigue el hecho de que las células se vieran obligadas a perder el poder de reproducirse ilimitadamente. EL EXPERIMENTO DE HAYFLICK Los humanos son una amalgama de células, algunas de las cuales son mortales y otras inmortales. Todo el mundo está pendiente de las mortales. Del mismo modo que los ladrillos se unen unos con otros con argamasa para construir las paredes de un edificio, así les pasa a nuestras células, cementadas unas con otras para formar cada uno de los tejidos de nuestro cuerpo. Y todos estos tejidos (huesos, sangre, piel, y las células de que están hechos) están destinados a envejecer. Estamos hechos de materia mortal. Las células de nuestro cuerpo, y por tanto nuestros cuerpos, comparten una sentencia a muerte. Así que le sorprenderá saber que existe una excepción. HEREDEROS DE NUESTRO LEGADO INMORTAL En el cuerpo humano quedan reminiscencias potenciales de nuestro legado inmortal, células que tienen el potencial de no dejar tras de sí antecesores muertos; células de un linaje llamado línea germinal. Estas células tienen la capacidad de la renovación inmortal tal y como se demuestra con el hecho de que los bebés nacen jóvenes, y con el potencial de dar lugar, algún día, a sus propios bebés, y estos a su vez a los suyos, para siempre. En 1997, en la Geron Corporation y junto con una serie de colaboradores invitados, logramos aislar el gen que creíamos que transmitía esta capacidad de reproducción ilimitada a las células de la línea germinal. El gen codifica una proteína llamada telomerasa que da marcha atrás en el reloj del envejecimiento al final del cromosoma. El aislamiento de este “gen de la inmortalidad” suscitó una gran controversia debido a su potencia para dar marcha atrás al reloj Hayflick en las células del cuerpo humano después de que demostráramos que funcionaba en cultivos de células en el laboratorio. Introducir el gen en un estado activo, literalmente detiene el envejecimiento celular. Las células se vuelven inmortales pero en cierto modo siguen siendo mortales. Este procedimiento, al que nos referimos en algunas ocasiones como terapia de la telomerasa, puede algún día dotar de un nuevo sentido a la transferencia de algunos de los poderes de renovación inmortal al menos en algunas de las células del cuerpo. Pero se ha demostrado que es complicado introducir, de manera eficaz, este o cualquier otro gen en la mayoría de los tejidos del cuerpo humano. CÉLULAS MADRE Yo estaba muy al tanto del trabajo de Weismann por los años que dediqué a trabajar en el envejecimiento celular, y se me ocurrió que si pudiéramos aislar y cultivar estas células de la línea germinal, podrían volverse inmortales de forma natural y con resultados positivos de telomerasa, al menos hasta que fueran destinadas a convertirse en un tipo de célula mortal. Y lo que es más importante, todas las células que provienen de aquí serían jóvenes, igual que los bebés que nacen jóvenes. ¿HEREDARÁN LA TIERRA LOS ROBOTS? Aunque todos queremos sabiduría y riqueza, nuestra salud a menudo se agota antes de conseguirlo. Para aumentar la duración de la vida y mejorar la mente, necesitaremos cambiar en el futuro, tanto el cuerpo como el cerebro. Para esto, debemos tener en cuenta, primero cómo la evolución Darwiniana nos ha llevado hasta donde estamos. Luego, hemos de imaginar diferentes formas para reemplazar las partes gastadas de nuestro cuerpo y resolver así la mayor parte de los problemas de salud. Por tanto, debemos inventar estrategias que amplíen el cerebro y nos hagan alcanzar mayor sabiduría. Eventualmente, reemplazaremos el cerebro completamente usando la nanotecnología. Una vez liberados de las limitaciones de la biología seremos capaces de decidir la duración de nuestra vida (con la opción de la inmortalidad) y escoger entre otras capacidades inimaginables. En un futuro así, la salud no será un problema; el problema será controlarla; obviamente, estos cambios no son fáciles de prever. Algunos aún dicen que estos avances no son posibles, especialmente en el campo de la inteligencia artificial, pero la ciencia necesaria para lograr esa transición ya se está desarrollando y va siendo hora de pensar en cómo será ese nuevo mundo. DESGASTE BIOLÓGICO El problema es que nuestra genética no está diseñada para mantenerse estable a largo plazo, y la relación entre genes y células es extremadamente indirecta. Para reparar defectos a gran escala, un organismo necesitaría una especie de catálogo que especificara dónde se emplazan los distintos tipos de células, o bien tratamientos continuos y de gran envergadura aplicando la medicina regenerativa del futuro. Es fácil instalar en un programa informático esta redundancia; muchos ordenadores tienen copias de sus sistemas más críticos y chequean su integridad de forma rutinaria, pero ningún animal ha desarrollado esos planes, posiblemente porque esos algoritmos no pueden desarrollarse por selección natural. El problema es que esa corrección del error detendría la mutación, lo que en última instancia ralentizaría la tasa de evolución en la descendencia animal, hasta tal punto que sería incapaz de adaptarse a los cambios de su entorno. ¿Podríamos vivir siglos cambiando solamente algunos genes? Después de todo, nos diferenciamos de nuestros parientes evolutivos (gorilas y chimpancés) en tan solo unos pocos miles de genes (y vivimos casi el doble). Si aceptamos que sólo una pequeña parte de esos nuevos genes son los causantes de tal aumento en la expectativa de vida, entonces quizás eso signifique que no hay más que un centenar de ellos implicados en el proceso. Pero aunque este hecho fuera cierto, cambiar otros cientos de genes tampoco sería una garantía para poder obtener otro siglo de vida ya que podemos necesitar cambiar sólo unos cuantos o bastantes más. Fabricar genes nuevos e instalarlos en el organismo es cada vez más factible, pero ahora estamos explotando otra forma de combatir el desgaste y desgarro biológico: sustituir los órganos que amenazan con fallar por otros órganos biológicos o artificiales. Algunas sustituciones ya se han vuelto rutinarias, mientras que otras aún se ven muy lejanas. Un corazón no es más que una simple bomba; los músculos y huesos son motores y vigas; el sistema digestivo es un reactor químico. En último caso, solucionaremos los problemas asociados a los transplantes o sustituciones de cada una de estas partes. Cuando nos planteamos reemplazar un cerebro no nos sirve un transplante. No podemos cambiar un cerebro por otro y que siga siendo la misma persona, pues perdería conocimientos y procesos que constituyen la identidad personal. No obstante, deberíamos ser capaces de sustituir ciertas partes dañadas de un cerebro trasplantando tejidos cultivados con células madre. Este procedimiento no restauraría el conocimiento perdido, pero esto no es tan importante como puede parecer. Probablemente almacenamos el conocimiento en diferentes lugares y de formas diferentes por lo que las partes nuevas del cerebro podrían ser recicladas y reintegradas junto con el resto, y algunas podrían aparecer de forma espontánea. El progreso en medicina regenerativa en los últimos años ya se está acercando a esta forma de tratamiento para estados neurodegenerativos como los del Parkinson. LIMITACIONES DE LA SABIDURÍA HUMANA Incluso antes de que nuestro organismo se desgaste, sospecho que toparemos con las limitaciones del cerebro. Como especie, parece que hemos llegado a una meseta de nuestro desarrollo intelectual, no hay evidencias de que nos estemos volviendo más inteligentes. ¿Fue mejor científico Albert Einstein que Newton, o Arquímedes? ¿Algún dramaturgo moderno ha superado a Shakespeare, o a Eurípides? Hemos aprendido mucho en dos mil años, y a pesar de eso, buena parte del conocimiento antiguo parece sólido (lo que me hace pensar que no hemos hecho grandes progresos). Aún no sabemos cómo tratar los conflictos que se producen entre los intereses individuales y los globales; nos cuesta tanto tomar una decisión importante que, siempre que podemos, dejamos al azar aquello de lo que no estamos seguros. ¿Por qué nuestra sabiduría es tan limitada? ¿Porque no tenemos tiempo para aprender mucho, o porque perdemos capacidad? ¿Es porque, como dice la leyenda popular, sólo utilizamos una parte del cerebro? ¿Podría ayudar una educación mejor? Desde luego que podría, pero sólo hasta cierto punto. Hasta los más prodigiosos aprenden sólo dos veces más rápido que el resto; nuestro cerebro es terriblemente lento y por eso nos lleva tanto tiempo aprender. Desde luego, ayudaría el hecho de disponer de más tiempo, pero la longevidad no es suficiente. El cerebro, como otras cosas finitas, debe alcanzar ciertos límites de lo que puede aprender; no sabemos cuáles son esos límites, y tal vez podría seguir manteniendo el conocimiento durante algunos siglos más. En último caso, no obstante, necesitaremos aumentar su capacidad. LOS FALLOS DE LA ÉTICA Cuando decidí escribir este artículo, propuse estas ideas en diferentes grupos y les hice responder a modo de votaciones informales. Me sorprendió ver que al menos tres cuartas partes de los encuestados parecía pensar que nuestra vida ya es demasiado larga. Me preguntaban cosas como: “¿Por qué querría alguien vivir quinientos años? ¿No sería aburrido? ¿Y qué pasa si sobrevives a todos tus amigos? ¿Qué harías con todo ese tiempo?”. Parecía como si, secretamente, tuvieran miedo a vivir tanto, y me pareció aun más preocupante que mucha gente ya esté resignada a morir. Mis colegas científicos presentaron inquietudes tales como: “Hay un montón de cosas que me gustaría averiguar, y tantos problemas que querría resolver que me llevarían varios siglos”. Realmente, la inmortalidad puede parecer poco atractiva si es sinónimo de padecimientos interminables, debilidad y dependencia de otros, pero alcanzaríamos un estado de perfecta salud. Algunos expresaron un problema mayor: “Los mayores deben morir porque los jóvenes necesitan eliminar sus ideas pasadas”. De todos modos si, como me temo, fuera cierto que estamos llegando a nuestros límites intelectuales, esta respuesta no es válida, pues interrumpiría nuestra búsqueda de ideas en los océanos de conocimiento que hay más allá de nuestro dominio . Ética, sociología y filosofía La última pregunta se parafrasea a menudo como un asunto Maltusiano en lo que respecta a la limitación de los recursos porque seguramente ya existe demasiada gente. El filósofo inmortalista y fundador del movimiento transhumanista extropiano, Max More, sostiene que la “Superlongevidad sin superpoblación” es totalmente factible. Otra objeción instintiva a la conquista científica de la muerte es afirmar que morir es, después de todo, algo natural. El empresario y activista Mike Treder se afianza en la discusión sobre “Emanciparse de la muerte”. Para él, la muerte es un mal que debemos erradicar, y el deseo de inmortalidad está lejos de ser algo artificial como creen muchos de nuestros colaboradores científicos. El mismo Ben Best, presidente del Cryonics Institute y firme defensor de la conquista de la muerte, cree que hay “Algunos problemas con el inmortalismo”. Después de todo, la inmortalidad es un periodo de tiempo inconcebiblemente grande. ¿Deberían centrarse sólo en extender la expectativa de vida todos los que desean la conquista de la muerte? Geddes incluso se permite desacreditar la creencia común de que nuestra mortalidad es lo que hace que merezca la pena vivir. Esto nos lleva al último ensayo de esta sección, el cual nos devuelve a la primera cuestión propuesta por el capellán Mellon: a pesar de todo lo dicho al respecto de la inmortalidad científica, ¿por qué “Deberíamos temer a la muerte”? El escritor australiano Russell Blackford analiza argumentos epicúreos y modernos sobre el tema. Su cita “No deberíamos consolarnos con falsas esperanzas sobre las supuestas ventajas de ser mortal” sirve de conclusión a este segundo capítulo. PREOCUPACIONES En primer lugar, la realidad obvia de la muerte. Un proverbio americano sostiene que “la muerte y los impuestos” son las dos únicas verdades que podemos esperar. Las Escrituras Hebreas y Cristianas testifican de igual forma la realidad de la muerte. Si revisamos las Escrituras que promueven la vida (más abajo), encontraremos otras tantas que se refieran a la muerte. El testimonio de la inmortalidad del alma humana en el Eclesiastés 3:11 se suaviza con un pasaje posterior donde el autor describe el proceso de envejecimiento que nos conduce al fin de la vida (Eclesiastés 12:1-7). Poco después de la afirmación de la vida de Jesucristo en Juan 10:10 (ver más abajo), afirma claramente que existe vida eterna después de esta (Juan 14:1-4). El Papa Juan Pablo II afirma el significado profundo de la vida terrenal, que la vida humana excede del plano temporal ya que está estrechamente ligada a la de Dios . Drane nos recuerda que, a pesar de que la vida es considerada “un regalo de Dios, una creación a imagen de Dios, un objeto de la divina providencia”, desde una perspectiva cristiana, la muerte es también ordenada por Dios. Incluso el momento de la muerte y la forma en que morimos es parte del orden divino . La muerte se representa en las Escrituras de forma tanto positiva como negativa, y como límite entre lo humano y lo Divino. La vívida descripción de la muerte que nos ofrece Clowney demuestra que es algo que no debemos tomarnos a la ligera: La brevedad de la vida humana contrasta terriblemente con la eternidad de Dios... la sombra de la muerte planea sobre nosotros y nos eclipsa la luz del sol de hoy con la oscuridad del mañana . La muerte nos recuerda que dependemos de Dios para existir (cf. Leyes 17:28), y según Barth constituye los límites entre Dios y la humanidad . Aunque el autor del Salmo 116 comience dando gracias a Dios por extender su vida, más adelante declara que la muerte de los hombres de Dios puede ser muy “valiosa” desde el punto de vista del Señor. Estas Escrituras nos conducen al concepto bioético del fin de la vida, de una “buena muerte” (según el sentido original y literal de “eutanasia”). Los autores de un libro llamado Dying Well describen una buena muerte en términos ideales, ... acabar mis días a edad avanzada, sin dolores, rodeado de amigos y familiares, atendido por cuidadores sensibles, en paz con todos... en paz con Dios . Por supuesto, hay muchas más dinámicas a tener en cuenta, como por ejemplo cuando la muerte llega de forma violenta a una persona joven. De todos modos, si es posible una “buena muerte”, y si la vida eterna es entendida como la existencia más allá de esta, tenemos que enfrentarnos a la pregunta de qué valor puede derivarse de la extensión física de la vida y de los esfuerzos para eliminar la muerte. Callahan dice que “temer y resistirse a la muerte podría ser una respuesta perfectamente sensata excepto por el hecho de que no acierta a la hora de buscar el significado (las itálicas son mías) de la muerte”. Asimismo, no encaja con la calidad de vida. Por ejemplo, Callahan no puede aceptar la idea de que ampliar la vida podría ofrecer una garantía de libertad absoluta respecto del aburrimiento y otros problemas asociados con el envejecimiento. Drane nos recuerda que hay otro problema asociado a la vejez, que es la depresión, y que prolongar la vida y batallar contra la enfermedad no ha resuelto el problema de la falta de sentido para los ancianos. Además, dice que ignorar la muerte en la ancianidad tiende a exacerbar los propios problemas. Incluso si fuéramos capaces de ignorar la muerte durante un tiempo, esta puede aparecer de forma repentina e inesperada . Tanto Callahan como Drane están de acuerdo en que a pesar de los esfuerzos por evitar la muerte involuntaria, la muerte siempre tiene la última palabra. Esta conclusión está de acuerdo con la teología judeo-cristiana y la ética. Para Callahan, a pesar de las victorias en la guerra contra la muerte, la gente sigue muriendo. También los comentarios de Drane al respecto así lo indican: Al margen de toda experiencia de envejecimiento se encuentra la creciente presión de la realidad de la muerte. Muchas de las actividades para jubilados en la cultura norteamericana se basan en distracciones e incluso negaciones de esta realidad. La muerte en Estados Unidos se trata a menudo como un tema tabú. Antes o después, la muerte y las preguntas acerca de cómo morimos han de ser tenidas en cuenta. El envejecimiento anticipa algo más, y ese algo más es la muerte. La muerte es una parte de la experiencia del envejecimiento que no podemos ignorar, sean cuales sean las peculiaridades culturales del periodo al que nos refiramos . Junto a la realidad de la muerte se encuentran las preguntas dirigidas al modo en que podríamos eliminar la muerte teóricamente. Estas preguntas incluyen si la muerte es susceptible de ser conquistada ya que la hora de la muerte no es fija y llega a personas diferentes en momentos diferentes . Otra sugerencia es ver la muerte como una serie de males potencialmente evitables que pueden ser conquistados por la ciencia eliminando un mal de cada vez . En vista de las abrumadoras pruebas históricas que tienen en cuenta la realidad de la muerte, ninguna de esas teorías resulta convincente. CONCLUSIÓN Y PROPUESTAS La calidad de la vida, así como la búsqueda de un significado en una edad avanzada y los problemas de aburrimiento y depresión necesitan incluirse en la búsqueda de la conquista de la muerte y de la vida extendida radicalmente. SUPERLONGEVIDAD SIN SUPERPOBLACIÓN La cuestión “¿qué haríamos con tanto tiempo?” es uno de ellos. El otro es afirmar que “¡la muerte es algo natural!”, y la respuesta final y predecible es evocar el espectro de la superpoblación. A pesar de la fuerte tendencia a la baja en el crecimiento de la población desde que este asunto empezó a ganar importancia allá por los años 60 del siglo pasado, esta última idea se sigue manteniendo a modo de impedimento. ¿LO QUE IMPORTA, NO ES CUÁNTO, SINO CÚANTOS? El crecimiento de la población depende más del número de hijos que tenga cada pareja que del tiempo que viva la gente. En términos matemáticos, una vida más larga no tiene efecto alguno en la tasa de crecimiento exponencial, sólo afecta a una constante de la ecuación. Esto significa que importa poco el tiempo que vivimos una vez que nos hemos reproducido. Comparemos dos sociedades: en el país A la gente vive una media de sólo 40 años y cada familia tiene 5 hijos. En el país B, la esperanza de vida es de 90 años, pero cada pareja sólo tiene 4 hijos. A pesar de la duración de la vida mucho mayor del país B, el crecimiento de la población será mucho más lento que en el país A, y a largo plazo, hay muy poca diferencia una vez que las parejas han tenido descendencia. La tasa de crecimiento de la población viene determinada por el número de hijos que tengamos, no por el período de tiempo que vivamos. Incluso a corto plazo, el efecto en el alza de la población debido al descenso de la tasa de mortalidad se puede detener por un retraso a la hora de tener hijos. Muchas mujeres en los países desarrollados deciden tener hijos a los treinta y pocos años ya que los obstáculos para un embarazo satisfactorio aumentan a medida que envejecen. Tal y como hemos visto en las últimas décadas, ampliar el período fértil de las mujeres les permitiría posponer más su maternidad, hasta que hayan desarrollado sus carreras. Las parejas no sólo tendrán hijos más tarde, sino que seguramente estarán mejor posicionadas para cuidar de ellos, tanto económica como psicológicamente. ESTANCAMIENTO GLOBAL DE LA POBLACIÓN Desde una perspectiva global, los números revelan que la media de crecimiento anual alcanzó su punto álgido entre 1965 y 1970 con un porcentaje de crecimiento del 2,07%. Desde entonces, la tasa de aumento ha ido descendiendo, llegando al 1,2% anual de la actualidad. Esto significa un aumento de 77 millones de personas por año, según la población mundial estimada para mediados del año 2000 de 6.100 millones de personas . La tasa de fertilidad total del mundo cayó casi 2/5 entre 1950 y 1955 y 1990 y 1995, de 5 hijos por mujer a 3,1. La media de fertilidad en las regiones más desarrolladas descendió del 2,8 al 1,7, mientras que en los países menos desarrollados cayeron un 40%, llegando de 6,2 a 3,5 hijos por mujer . EMANCIPARSE DE LA MUERTE Mike Treder En el tiempo que a usted le lleva leer esta frase morirán al menos 10 personas, algunas de ellas niños que carecen de ayuda, y otros en medio de unos dolores terribles. Cada día mueren 24.000 personas a causa del hambre, 6.000 niños por diarrea, 2.700 a consecuencia del sarampión y 1.400 mujeres durante el parto . ¿por qué debería eso ser una sentencia de muerte? O lo que es peor, decenas de miles de adultos jóvenes y niños morirán mañana (y pasado, y al otro) de enfermedades para las que existen tratamientos pero que simplemente no están a su alcance. ¿Hemos de aceptar este horror diario? ¿Es realmente necesario? Creo que ya va siendo hora de empezar a luchar contra ello, sin embargo, la buena noticia es que ya lo estamos haciendo. Cada día se dan pasos importantes para derrotar a la enfermedad y reducir el sufrimiento. Es más, se trabaja duro para entender el proceso del envejecimiento y así poder eliminarlo. Tal y como dice Robert Ettinger, “nacer no es un crimen, así que, ¿por qué cargar con una sentencia de muerte?” . En los tribunales de apelación de la ciencia y la tecnología, la ejecución sumaria de todos los seres humanos pronto será revocada, y con suerte antes de que muramos. ALTERAR EL ORDEN “NATURAL” Algunos dirían que “eso es ser demasiado arrogante, porque la muerte es algo natural y no debemos jugar a ser Dios” . Ya desde que el primer ser humano se vistió con una piel de animal, hemos hecho uso de los recursos naturales y de nuestra creatividad para mejorar las condiciones de seguridad, comodidad y eficacia; desde el taparrabos hasta los trajes modernos, pasando por la toga; desde las bifocales de Benjamin Franklin a las lentes de contacto y la cirugía láser ocular. El marketing moderno nos vende productos como “naturales”, pero ¿qué es natural y qué no lo es? Según la definición más exacta, todo lo que sucede en el mundo, ya sea artificial o no, es natural, ya que el hombre es parte de la naturaleza y todo lo que sale de sus manos o de su maquinaria es, por tanto, una parte de la naturaleza. Sin embargo, este no es el significado de “natural” que la mayoría esperaba. Más bien se refiere a productos, hechos y acontecimientos que no han sido creados o provocados por humanos. Así, la leche sería clasificada como un producto natural y no lo sería una bebida a base de leche y zumo de frutas (ni que decir tiene que la leche que compramos envasada en los supermercados ha sido sometida a procesos de pasteurización, homogeneización, y además enriquecida con vitaminas). Surgen debates menos triviales sobre el término “natural” cuando hablamos de las mejoras que podrían hacerse en los seres humanos, en especial cuando nos referimos a derrotar a la muerte. Resulta interesante ver que muchas otras medidas científicas para mejorar la condición humana fueron inicialmente rechazadas por muchos, por ser consideradas no naturales e intolerables, para ser aceptadas universalmente más tarde. Podríamos citar como ejemplos, la anestesia, las transfusiones de sangre, las vacunas, las píldoras anticonceptivas o los trasplantes de órganos. Si tenemos en cuenta cómo sería el mundo sin estas y otros cientos de mejoras, no podríamos decir que se ajustara realmente a la definición popular de “natural”. La caída de los dientes es natural, ¿se debería ilegalizar la odontología? La polio es natural, ¿prohibimos la vacuna Sabin? El cólera es natural, ¿dejamos que las epidemias nos ataquen sin combatirlas? La muerte es natural, ¿dejamos que siga causando estragos? Está claro que esto es una estupidez. Desde luego, debemos usar todos los recursos disponibles para mejorar la vida humana. Lo hemos estado haciendo durante años con el fuego, los cultivos, el vapor, la electricidad, los antibióticos, las vacunas, las prótesis dentales, los trasplantes de órganos, etc. Y no deberíamos detenernos ahora. Si la ciencia moderna y la tecnología pueden mejorar la condición humana, sobrepasando los límites naturales (incluyendo el envejecimiento y la muerte), deberían usarse para tal fin. Determinar que algo es bueno o malo, simplemente preguntando si es natural o no, es algo que se sale de los límites del sentido común. Todo esto no significa que debamos ignorar los retos morales y éticos que se nos presentan. Las cuestiones de seguridad, propiedad, elección individual y responsabilidad social, no deberían descartarse, sino que tendríamos que hablar seriamente de ellas. En cuanto a la superpoblación, los derechos a la reproducción, la distribución de los recursos y el impacto ambiental, deberíamos enfrentarnos a estos problemas inmediatamente. De todos modos, esto sólo puede llevarse a cabo en un clima de pensamiento abierto y progresista. EMANCIPARSE DE LA MUERTE Para todos aquellos que aún creen que enfrentarse a la muerte es algo erróneo o no natural, les ruego que recuerden que la oposición a la esclavitud también se consideró una propuesta descabellada y peligrosa. Arthur C. Clarke escribe: Toda idea revolucionaria provoca tres estados de reacción: en primer lugar la gente dice “eso es completamente imposible”. Luego dicen “tal vez sea posible, pero va a costar mucho”. Por último, afirman que “siempre me pareció una buena idea” . Esta divertida observación de Clarke es la pura realidad. Siguiendo con la analogía de la esclavitud, pensemos que a lo largo de toda la historia (y sin duda de la prehistoria) ha sido algo normal que algunos humanos poseyeran a otros . El cambio hacia el reconocimiento de la libertad como un derecho humano fundamental es relativamente reciente. Mientras se estaba redactando el borrador de la Constitución de Estados Unidos, sus artífices discutían cómo tratar el llamado “tema de la esclavitud”. Recordemos que en esos momentos casi todos los países, sobre todo en la Europa Occidental, ya habían abolido esta práctica. Pese a que un amplio número de líderes norteamericanos estaban totalmente en contra de la esclavitud, se creía que eliminarla por completo era “totalmente imposible” . A medida que la historia de Estados Unidos avanzaba y la oposición a la esclavitud crecía, el debate pasó a ser más práctico. Se decía “tal vez sea posible hacerlo pero va a costar mucho”. Unas pocas generaciones después de una guerra civil sangrienta, destructiva y dolorosa, los descendientes de aquellos que una vez tuvieron esclavos dirían que “siempre creímos que era una buena idea”. Con el paso del tiempo no nos veremos esclavizados por la muerte y reconoceremos que es algo valiente, honesto y humano. Tanto la biotecnología como la nanomedicina prometen liberarnos de por vida de enfermedades, males y discapacidades físicas, siempre jóvenes y vigorosos; sin ataduras para poder hacer lo que queramos con nuestras vidas, libres de enfermedades y de la precariedad física. Además de la obvia aspiración de una vida sin muerte, podemos imaginar muchos otros modos de extender nuestra vida. Por ejemplo, transfiriendo nuestra personalidad a un robot virtualmente indestructible. Esto sería posible trasladando el cerebro de nuestro débil y vulnerable cuerpo al de un robot o, más probablemente, creando copias digitales de nuestro cerebro y descargando toda la información en el robot. Este método tiene la ventaja de que puede conservar una copia de seguridad de nuestra personalidad en caso de que se diera la remota posibilidad de que alguna catástrofe destruyera nuestro cuerpo robotizado. Realmente esto nos haría inmortales ya que nos permitiría guardar copias de nosotros mismos en cualquier lugar del sistema solar, en la galaxia o incluso más lejos. SIMULAR LA INMORTALIDAD Hay una reacción natural, aunque no sea necesariamente racional, que nos empuja a rechazar cualquier desviación sustancial del modelo estándar, y es por eso que la mayoría de nosotros nos sentimos incómodos (al menos interiormente) cuando vemos a una persona con el rostro desfigurado o a quien le falta alguno de sus miembros. Esto también explica porqué muchas personas rechazan el mero pensamiento de reemplazar el cuerpo humano natural por otro creado y diseñado artificialmente. En el pasado, los ingenieros que desarrollaban nuevos prototipos de aviones, automóviles o transatlánticos, tenían que crear modelos a escala, para luego poder evaluar la representación de los prototipos en túneles de viento u otros métodos de comprobación. Los ingenieros actuales encuentran más fácil, barato y eficaz realizar las mismas pruebas en entornos simulados. Por medio de potentes ordenadores y programas informáticos muy sofisticados, pueden saber con precisión cómo funcionarán sus creaciones bajo una gran variedad de circunstancias. Con el objeto de experimentar los nuevos diseños posibles para nuestro cuerpo “posthumano”, probablemente podremos hacer lo mismo. En lugar de enfrentarnos al problema de crear un nuevo cuerpo, molécula a molécula, y luego determinar si es satisfactorio, podríamos crear una simulación en un entorno de realidad virtual y probarlo. La excitante diferencia será que no estaremos limitados a observar la simulación como hacen hoy en día los ingenieros, sino que podremos habitar ese cuerpo virtual y saber de primera mano cómo reacciona, actúa y siente. El siguiente paso es obvio; si la simulación es suficientemente potente, la experiencia de ocupar el cuerpo simulado será indistinguible de la realidad física convencional; será virtualmente lo mismo (de ahí el nombre de “realidad virtual”). Y entonces, ¿por qué no vivir ahí? Suponiendo que se puedan tener todas las experiencias del mundo “real”, además de otras muchas que serían imposibles en él, y que aún así, seríamos capaces de ver, tocar e interactuar con aquellos a quienes estimamos, ¿por qué no quedarnos así? Muchos humanos deberían abandonar la idea de vivir sólo en terreno virtual, pero desde una perspectiva filosófica, no hay ninguna diferencia entre la experiencia de habitar en una simulación suficientemente avanzada y la vida diaria que experimentamos. Tengamos en cuenta lo siguiente: nuestros cuerpos actuales pueden ser vistos como robots orgánicos; están en el mundo físico y llevan un cerebro/mente/personalidad/identidad en el interior. El robot orgánico de mi cuerpo puede ver, oír, tocar, oler, y saborear por mí; transmite a mi cerebro todas esas experiencias por medio de impulsos eléctricos; los procesos paralelos que se producen entre mis neuronas y sinapsis, son el resultado de un patrón de pensamiento tan complejo y elegante que genera metacognición o autoconciencia. Me parece que soy “yo” quien está ahí fuera, disfrutando directamente de las experiencias sensoriales, ¡pero, no lo soy! La parte de mí que es realmente yo, es decir mi conciencia y mi personalidad, nunca podrán disfrutar de esas experiencias directas. La materia gris no tiene ni manos, ni ojos, ni oídos, ni boca, ni nariz. Mi cerebro ha de confiar en una interfaz indirecta para aprehender la “realidad”. Esa interfaz, puede ser el cuerpo físico que habito, puede ser un robot que explore la superficie de Marte o puede ser un sustrato informático que me proporcione experiencias ambientales simuladas. El caso es que todo lo que experimentamos es simulado, nada es inmediato. En las próximas décadas, a medida que empleemos cada vez más tiempo en entornos virtuales, nuestra definición de realidad irá cambiando. Se prevé que en el plazo de cien años, o quizás menos, muchos humanos vivirán en el espacio toda su vida bajo miles de circunstancias diferentes a las actuales. Sin duda alguna, estos humanos descubrirán nuevas sensaciones y emociones que no podemos comprender. ¿Y serán menos reales sus vidas que las nuestras de hoy? Parece probable que millones de personas, miles de millones, elegirán esa opción. ¿Suena a ciencia-ficción? Tal vez, pero la tendencia actual de la tecnología de computación sugiere que podría empezar a ser realidad en tan solo 20 ó 30 años . UN FUTURO INIMAGINABLE Otra pregunta fascinante: si vivir en un cuerpo es bueno, ¿por qué no tener dos? Y si dos son buenos, ¿por qué no tres, cuatro o cinco? ¿Por qué no quinientos o cinco millones? La siguiente cita corresponde a Edward Cornish, presidente de la World Future Society: Ni en nuestras fantasías más imaginativas podemos anticiparnos a todas las extraordinarias posibilidades que nos esperan a los humanos y a las criaturas que vengan tras nosotros. Las especulaciones más atrevidas del hoy serán los hechos del mañana, y nuestro potencial humano no sólo será mayor de lo que pensamos, sino mayor de lo que podríamos llegar a imaginar [8]. Imaginemos por un momento que habitamos varios cuerpos; no sólo tener varios cuerpos para poder elegir, como un traje esperándonos en el armario, sino habitar varios cuerpos diferentes al mismo tiempo. Uno de esos cuerpos podría ser aquel con el que nacimos; otros podrían ser copias o clones; otros serían bastante diferentes, tal vez diseñados para adaptarse a un entorno específico; otros muchos serían seguramente robots o cuerpos virtuales. ¿Cuál será nuestra experiencia de identidad personal cuando nuestra conciencia esté diseminada en varios sustratos? ¿Seguiremos siendo nosotros? ¿Decidiremos conservar, dentro de lo posible, conciencias simultáneas en todos los cuerpos, o será preferible dejar que cada uno de ellos funcione de forma autónoma con una sincronización ocasional, tal vez diaria, de experiencias y reestructuraciones de la identidad? También se puede pensar que en el futuro seremos capaces de simular la personalidad de gente del pasado, como famosos, personajes históricos o aquellos a quienes amamos, y relacionarnos directamente con ellos. Es también posible que pudiéramos integrar una o más de esas identidades en la propia (con su permiso, claro). Tal vez, algún día podamos aceptar también la invitación a ser parte de un meta-ser, incorporando nuestra propia identidad, o una copia de ella, en la de otros. Muchos han especulado con la posibilidad de que la evolución de los posthumanos seguiría estas vías, a largo plazo, para integrarse en superseres inmortales . Sea lo que fuere lo que ocurra, está claro que el futuro será mucho más raro, y desde luego más asombroso, de lo que nunca hemos imaginado. Nacer... es una falta grave, un crimen de primer grado cuya sentencia puede ser ejecutada en cualquier momento tras cometer la infracción (pág. 145) . “la noción de muerte natural es algo desconocido para etnias primitivas, ya que atribuyen cada muerte a la influencia de un enemigo o de un espíritu maligno”. La parte mortal es el cuerpo en su sentido más concreto, el “soma”, que está sujeto a una muerte natural. Las células reproductoras, por otro lado, son potencialmente inmortales, en tanto que son capaces, bajo determinadas circunstancias, de desarrollarse para dar lugar a nuevos individuos, o, en otras palabras, de su capacidad para alojarse en un nuevo soma [13, pág. 616-617]. UNA INTRODUCCIÓN A LA MORALIDAD INMORTALISTA Marc Geddes El deseo de inmortalidad es uno de los sueños más profundos e imperecederos de la humanidad. Pero, ¿es un sueño noble? Las tecnologías avanzadas, como la biotecnología y la infotecnología, parecen ser grandes promesas a la hora de ampliar la expectativa de vida y restablecer la juventud en algún momento de un futuro no tan lejano. Pero, incluso si asumimos que la prolongación radical de la vida fuera posible, algunos encontrarían la idea como preocupante. Hay filósofos que dicen que la búsqueda de la inmortalidad es moralmente errónea porque debemos aceptar el envejecimiento y la muerte como elementos necesarios de la vida. En este ensayo, presento un argumento en contra de esta afirmación. Se dirá que no sólo la búsqueda de la inmortalidad es moralmente acertada, sino que es de hecho ¡el fundamento básico de la moralidad! TEORÍA MORAL Cualquier teoría moral tiene que comenzar en algún punto. Empezaremos con lo que conocemos como “intuicionismo moral”. El intuicionismo moral es la idea de que algunos preceptos morales se comprenden gracias a la conciencia consciente directa más que por argumentos lógicos. Apelando por tanto a la intuición del lector, el precepto inicial es muy sencillo: “la vida es mejor que la muerte”. Todo lo que se dice es que, en general, la vida es mejor que la muerte, y la mayoría seguramente estará de acuerdo con esta afirmación; de hecho, la preferencia por la vida parece ser universal en la cultura humana. Es casi universal la celebración de nacimientos y el pesar por las muertes. Supongamos que en algún momento en el futuro, la ciencia encontrará alguna forma de erradicar el envejecimiento y la enfermedad de manera que, exceptuando los accidentes o la violencia, una persona pudiera vivir indefinidamente. Supongamos también que la ciencia no sólo puede prolongarnos la vida, sino también revertir por completo cualquier incapacidad y síntoma derivados del envejecimiento, de forma que todos podamos disfrutar del vigor de los 20 años de edad. Dejando a un lado por ahora la pregunta de si es posible o no, lo que nos preguntamos es si sería ético o no vivir una eterna juventud. ¿Cuánto querrías vivir si tuvieras la oportunidad de vivir de forma saludable? Se presentan una serie de posibles objeciones a la oferta de la eterna juventud. Estas objeciones se pueden dividir en dos categorías: filosóficas y prácticas. Las prácticas incluirían el problema de la población, la escasez de recursos, la contaminación ambiental, el hecho de que la eterna juventud sólo estuviera al alcance de los más ricos, y la acumulación de riquezas y poder por un grupo de inmortales de élite. casi todos los avances científicos o tecnológicos provocaron nuevos problemas prácticos (citemos a Internet, como ejemplo). En el caso de la extensión radical de la vida es realmente razonable asumir que si algo así pudiera llegar a suceder, crearía algunos problemas pero todos ellos tendrían solución. ¿Hay un límite para la afirmación de que la vida es mejor que la muerte? Es difícil ver porqué podría ser así. Si hay un límite de tiempo, ¿dónde está? Si crees que vivir hasta los 100 años gozando de buena salud es mejor que vivir hasta los 50, entonces ¿por qué vivir hasta los 200 no sería mejor que vivir hasta los 100? ¿Y por qué quedarnos en los 200? ¿Por qué no continuar hasta los 500? Y si nos hace felices vivir hasta los 500, ¿por qué no hasta un millón de años, o incluso para siempre? Una objeción filosófica es la preocupación por el hecho de que cuanto más vivamos menos valoraremos el tiempo. Después de todo, un principio económico básico es el de que el valor de un recurso tiende a incrementarse a medida que éste escasea. ¿Valoraríamos menos un momento si viviéramos más? Otra preocupación es que la gente pueda pensar que su deseo de prolongar la vida es en cierto modo egoísta. ¿Se convertirían en seres egocéntricos y narcisistas estos inmortales incipientes? Se verá que no sólo la lucha por una vida más larga aumenta el valor de cada momento, sino que también aumenta la motivación del comportamiento moral. VALORAR UNA EXPECTATIVA DE VIDA INFINITA Está claro de todos modos, que centrarnos sólo en la supervivencia a corto plazo no nos conduce a otro comportamiento ético. Por ejemplo, podemos robarle a alguien la cartera. Si dentro de ella hubiera un montón de dinero, nuestras perspectivas de supervivencia a corto plazo mejorarían enormemente, aunque pocos considerarían esto como un comportamiento moral. Pero, ¿por qué debería ser nuestro objetivo la supervivencia a corto plazo? Por ejemplo, robar la cartera de alguien es un comportamiento que favorecería la supervivencia a corto plazo, pero tal comportamiento, ¿no reduciría las posibilidades de supervivencia a largo plazo? Imaginemos, que todos viviéramos de un modo primitivo, intentando aprovecharnos de los demás. En un pasado distante, la vida social era algo muy parecido a eso. Pequeñas tribus pasaban el tiempo luchando con otras, y las violaciones y saqueos eran su modus operandi predilecto. Este estado de precivilización se conoce como “Hobbesiano” a partir de las ideas del filósofo y político Thomas Hobbes. Hobbes decía que aceptar las limitaciones de nuestro comportamiento era la principal ventaja a largo plazo; la gente siempre podría robar si tuviera la suficiente determinación para hacerlo. Si un sujeto A roba a otro sujeto B, los amigos furiosos del sujeto B contraatacarían. Si uno se comporta mal con la gente, es más que probable que la gente se comporte mal con uno: Tit for Tat (ojo por ojo). La idea del “contrato social” proviene de Hobbes y Locke . Un contrato es un acuerdo formal o informal según el cual las partes se comprometen, de modo recíproco, a reconocerse varias obligaciones. En el caso de un “contrato social”, la idea es que todos los miembros de una sociedad acuerdan implícitamente actuar según una serie de reglas ya que, a largo plazo, el hombre que practica el juego limpio será mejor persona que el que viva en un mundo anárquico “Hobbesiano”. Estas ideas son la base de la filosofía política, conocida como “Contractualismo”. Las personas racionales comprenden que las acciones tienen consecuencias. Una vida sustentada en el delito podría ayudar a corto plazo, pero a largo plazo, el resultado de estas artimañas sería el asesinato o la encarcelación. El hecho de que reconozcamos esto como interés a largo plazo para respetar a los demás, nos lleva a comportarnos moralmente. Cuando respetamos los derechos de otras personas, estas se muestran más cooperativas con nosotros para el beneficio mutuo. Desde luego, para que esto funcione, la gente ha de aprender a diferenciar las ganancias a corto plazo de los beneficios a largo plazo. El punto crítico es ser conscientes de que tenemos un futuro. La gente es más proclive a comportarse moralmente cuando comprende que tendrá que enfrentarse a las consecuencias de sus actos en el futuro. Cuanto más lejano sea el futuro que planeemos, mejor comportamiento moral habrá. La gente que vive un período de tiempo breve, no tiene que experimentar las consecuencias futuras de sus actos; unas vidas más largas reducirían la tensión entre el individuo y la sociedad. Hasta ahora, tal vez no se ha reconocido adecuadamente el hecho de que el comportamiento moral es producto de la capacidad de planear el futuro. En el mundo real, ser amable con los demás sólo supone una ventaja a largo plazo. De hecho, la moralidad sólo sería perfectamente lógica si viviéramos eternamente; hemos de quedarnos aquí el tiempo suficiente como para cosechar las consecuencias de nuestros actos. Cuando los humanos actúan moralmente, en cierto modo están actuando como si fueran inmortales. Podemos suponer que la moralidad humana se explica en parte por la singularidad del sentido del tiempo. Sólo los seres sensibles, capaces de pensar racionalmente, pueden planear el futuro, y sólo ellos pueden comprender que el mundo seguirá adelante sin ellos. Los humanos actúan de forma moral porque, en su imaginación, pueden considerar lo que la gente pensaría de ellos si vivieran en cualquier punto del futuro, ya sea dentro de 5 minutos o de 5 siglos. En segundo lugar, cuanto más espera vivir una persona, más motivos tiene para comportarse moralmente. Esto parecería resolver la justificación ética para la extensión de la vida: la prolongación de la vida es moralmente buena. Dado que estos argumentos se aplican en cualquier período de tiempo, cuanto más tiempo pueda vivir potencialmente un individuo, mayores beneficios habrá. Por tanto, luchar por la inmortalidad es, en realidad, un imperativo ético. Si una persona realmente inmortal vive un tiempo infinito, parece que la inmortalidad es en cierto modo un bien infinito. Sería por tanto razonable pensar que la búsqueda de la inmortalidad es el último imperativo moral. Llamemos a esto la “moralidad inmortalista”. Basamos toda la ética en la “afirmación de la vida”; se entiende que es moralmente bueno que seres sensibles se pronuncien en favor de la vida; y si algo resulta perjudicial para la vida, será moralmente malo. ¿Por qué no hacer que la moralidad inmortalista sea la base fundamental de nuestro sistema de valores? ESTANCAMIENTO La objeción filosófica más común a la extensión radical de la vida es que, la vida demasiado larga sería muy aburrida. ¿Quizás nos quedemos sin cosas interesantes que hacer? ¿Acabaríamos en un mundo estático donde no habría nada nuevo bajo el sol? Aquí afirmamos lo contrario. Si todo lo que merece un valor proviene de la búsqueda de la inmortalidad, entonces una vida muy larga sería de hecho mucho más interesante y plena. ¿Cómo? Una preocupación al respecto es saber si una persona muy longeva dejaría, en algún modo, de ser humana. La naturaleza humana en sí misma no es rígida. Los seres humanos se han reinventado constantemente por medio de cambios culturales y avances tecnológicos según el filósofo transhumanista Nick Bostrom . Incluso, si fuera cierto que alguien que viviera cientos de años comenzara a transformarse en una entidad diferente, ¿por qué tendríamos que tener miedo? Después de todo, un hombre a los 20 años es bastante diferente a cuando tenía 5; y a los 60 es bastante distinto a cuando tenía 20. Pero lo que hace a la vida realmente interesante y nos da la oportunidad de conseguir algo mejor es el potencial para cambiar. Y tengamos en cuenta la alternativa: la muerte. ¿No habíamos quedado de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte en términos generales? ¡Pues entonces, será mejor evolucionar, que morir! RELIGIÓN Algunos podrían objetar que la búsqueda de la inmortalidad se opone a la religión. Se dice que una vida extremadamente larga es en cierto modo antinatural, que va “en contra de los planes de Dios”. Los principales aliados de la búsqueda de la inmortalidad son los judíos. En el judaísmo, la mayor metáfora es la que reza que “Dios es la Vida”. El judaísmo puede ser la religión más compatible con la “moralidad inmortalista”. En un congreso en 1999 sobre la prolongación de la vida, el rabino Neil Gillman declaró lo siguiente: No hay redención en la muerte. La muerte es incoherente, es absurda. Preguntaron al rabino si la tradición judía aprobaría la prolongación de la vida humana en veinte años. “Sí”, respondió. ¿Cuarenta años? “Sí”. ¿Cien años? “Sí”. Para él, la prolongación indefinida de la vida es un bien moral . MOTIVACIÓN Teóricamente sería posible vivir para siempre, pero esto implicaría la resolución constante de nuevos problemas y la superación de nuevos retos. Podríamos pensar en una expectativa de vida infinita, garantizada como una especie de límite matemático a la que pudiéramos tender cada vez más, pero que nunca llegaríamos a alcanzar. Cada nuevo avance científico disminuiría el riesgo de muerte, pero la búsqueda de la inmortalidad continuará para siempre. EGOÍSMO Uno de los argumentos en contra de que la vida pudiera durar para siempre proviene de una ley de la física conocida como la segunda ley de la termodinámica. Esta ley dice que la entropía de un sistema aislado (un sistema que no intercambie materia ni energía con su entorno) debe crecer siempre. La entropía es una medida del desorden del sistema. Por ejemplo, el escritor científico Adrian Berry escribió en una ocasión: “Preservar un cuerpo vivo eternamente violaría la segunda ley de la termodinámica” . De hecho, la segunda ley de la termodinámica no implica que un ser vivo tenga que morir. Los seres vivos no son sistemas aislados; intercambian constantemente materia y energía con su entorno. Es más, el cuerpo humano excreta los desechos y toma aire, comida y agua. Mientras que un ser vivo siga obteniendo energía, no habrá razón por la que tenga que morir. La biosfera del planeta Tierra intercambia energía con el sistema solar. Pero, ¿qué pasa con el universo? El universo parece ser un sistema aislado en el cual la entropía ha de crecer. ¿Se agotarán algún día las fuentes de energía utilizables? ¿Morirá todo? Resulta interesante en cualquier caso, advertir que la vida en la Tierra probablemente se expandirá por el Espacio para sobrevivir. Y si es así, parece poco probable entonces que se convierta en algo aburrido o libre de riesgos, sin importar el tiempo que uno viva. Siempre habrá nuevos retos excitantes a los que enfrentarse y es justamente la búsqueda de la inmortalidad lo que conducirá a la humanidad a enfrentarse a ellos. Esta es la principal razón para creer que la búsqueda de la inmortalidad debería ser el último imperativo moral. ¿DEBEMOS TEMER A LA MUERTE? ARGUMENTOS EPICÚREOS Y MODERNOS Dr. Russell Blackford Bernard Williams dice que si tuviéramos la capacidad de vivir cientos de años, finalmente sufriríamos un aburrimiento insoportable y acabaríamos agradeciendo la llegada de la muerte (pág. 89-98) . Aunque muriésemos antes de lo deseado, dice Williams, el hecho de morir es en realidad algo bueno. Otros muchos, incluso desde tiempos inmemoriales, han dicho que la muerte no es algo a lo que haya que temer. “¿QUIÉN QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?” Motivos para vivir infinitamente: •Ver crecer a nuestros nietos y bisnietos •Descubrir lo que nos depara el futuro •Porque el arte y la creatividad son inagotables •Tener más tiempo para ayudar a los demás •¿Por qué no? •Si vivimos, siempre se puede cambiar de idea más adelante. La muerte es irreversible •Ver cómo la selección de fútbol de Tíbet gana a la de Brasil en la final de la Copa del Mundo •Más tiempo para descubrir el sentido de la vida, si es que lo tiene •Porque se podría aspirar a ser la última generación que muriera por el envejecimiento •Porque hay gente que nos quiere y que nos necesita •Tener la oportunidad de desarrollarnos y descubrir la sabiduría y madurez que se podría adquirir con 800 saludables años •Pasar más tiempo con los amigos y los seres queridos sin notar una bomba de relojería que avanza silenciosamente •Conocer las respuestas a algunos de los grandes misterios: ¿cómo funciona la mente?; ¿hay vida extraterrestre? • Jugar, inventar, hacer el amor,
La conquista científica de la muerte
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