La nobleza de tu conciencia depende de la docilidad de la verdad
A todos los jóvenes
que luchan sinceramente
por conocer la Verdad
que luchan sinceramente
por conocer la Verdad
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Referencias al pie del post.
Tu conciencia es algo sagrado; intentarán robártela suplantándola con algo que se parece superficialmente a ella pero en el fondo no es más que una caricatura de la conciencia. Puede ser que te digan que debes guiarte por tu conciencia o que escuches frases como “mi conciencia no me reprocha nada”, “hay que decidir en conciencia”, “que cada uno siga su conciencia”. Estas frases serían inobjetables... si detrás de ellas el concepto de conciencia fuera el correcto, pero si por conciencia se entiende el decidir lo que uno quiere sin interferencias externas, sin que nadie nos guíe o simplemente sin que dicha conciencia tenga la obligación de “acomodarse” a una regla superior a ella... entonces no estamos hablando propiamente de la conciencia sino del más craso subjetivismo. También Nerón siguió su conciencia, y otro tanto hicieron Hitler y Stalin y todos los tiranos de la historia. Los locos obedecen su conciencia y también los ladrones y los asesinos. Pero cuando ellos hacen lo que su conciencia les permite o sugiere, no entienden por conciencia lo que ha entendido la filosofía de siempre o los grandes pensadores de la cristiandad; lo que ellos llaman conciencia es algo muy distinto.
Mira, si no, lo que escribía –al comienzo de una obra titulada “Confesiones”– un personaje poco dudoso de ortodoxia como fue Juan Jacobo Rousseau; allí, dirigiéndose sin reparo alguno al Creador, le decía: “Que la trompeta del juicio final suene cuando quiera... Junta alrededor mío la incontable turba de mis semejantes, ¡que ellos escuchen mis confesiones!... Que cada uno descubra a su vez su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad, y luego, que aunque sea uno te diga, si tiene el coraje: ¡yo he sido mejor que este hombre!”. Ahí tienes un hombre con la conciencia tranquila... Bueno, precisamente de él decía el enciclopedista Dionisio Diderot que tenía mucha suerte, porque hiciera lo que hiciera, su conciencia siempre se pronunciaba a su favor, al punto tal de considerarse sin tacha alguna. Pero si te tomas el trabajo de leer la vida de este hombre de conciencia irreprochable, verás que dicha conciencia no le impidió quitarle los cuatro pequeños hijos que le había engendrado su concubina para meterlos en el Hogar de los “Niños Abandonados”, y que, cuando el hecho se divulgó escandalosamente, se cubriera diciendo que había sido una “equivocación” y no una canallada... Una vez más, la conciencia le tranquilizaba. Como se ve, la conciencia en labios de Juan Jacobo es un término que se presta para justificar cualquier bribonada; esa es una interesante idea de la conciencia, tan elástica que se puede con ella disculpar los más negros agujeros de la moral. Esta conciencia de Juan Jacobo es la que hoy nos quieren vender; cuidado, no es una conciencia, es una especie de “síndrome de inmunodeficiencia intelectual”; el que la acepta se contagia de cuanta infección ética pase por su lado.
Por este motivo, vale la pena que veamos cuál es el concepto verdadero de la conciencia (aquél que auténticamente ennoblece al hombre que la sigue) y la necesidad de educarla.
1. Qué es la conciencia
El Concilio Vaticano II se ha referido hermosamente a la conciencia diciendo que “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”º1.
Lo que nosotros llamamos “conciencia” no es otra cosa que ciertas actuaciones de nuestra inteligencia. Nuestra inteligencia, y en esto nos diferenciamos específicamente del resto de los animales, conoce qué son las cosas, por qué son, para qué son, y –en algunos casos– por qué deben ser. Cuando esas “cosas” que conoce el hombre son nuestros propios actos y la razón nos dice lo que estamos haciendo, o lo que hemos hecho o lo que estamos proyectando hacer, y nos habla de su bondad o de su malicia, tal acto de la inteligencia es lo que llamamos la “conciencia”: conciencia “psicológica” (la que nos dice “qué” hacemos o hemos hecho, como escribir, pasear, rezar o trabajar) y la conciencia “moral” (la que nos advierte sobre la bondad o malicia de aquello que hacemos, hemos hecho o estamos por hacer).
¿Cómo ocurre esto? Todos nosotros llevamos interiormente impresa una ley que nos indica el bien y el mal, aquello que nos perfecciona, y aquello que nos hiere moralmente; y el conocimiento de esta ley es natural. El hombre se da cuenta, de un modo que podemos llamar “espontáneo”, que ciertas cosas están bien y ciertas cosas están mal (no hace falta que nos enseñen que el amor a nuestros padres es algo bueno, ni que traicionar la patria es algo abominable; a nadie le enseñaron que tiene que defender a su madre o a sus hijos... y si se lo enseñaron cuando lo hace no lo hace porque se lo hayan enseñado, sino porque espontáneamente reconoce que es lo único que debe hacer en esa circunstancia). Por eso ha dicho un autor: “llevamos dentro de nosotros mismos nuestra verdad, porque nuestra esencia (nuestra naturaleza) es nuestra verdad”º2.
“La misma ley, que Dios reveló por medio de Moisés y que Cristo confirmó en el evangelio (cf. Mt 5,17-19) –ha dicho Juan Pablo II–, ha sido inscrita por el Creador en la naturaleza humana. Esto es lo que leemos en la carta de san Pablo a los Romanos: Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley (Rom 2,14). De esta forma, por tanto, los principios morales que Dios manifestó al pueblo elegido por medio de Moisés son los mismos que él ha inscrito en la naturaleza del ser humano. Por esta razón, todo hombre, siguiendo lo que desde el principio forma parte de su naturaleza, sabe que debe honrar a su padre y a su madre y respetar la vida; es consciente de que no debe cometer adulterio, ni robar, ni dar falso testimonio; en una palabra, sabe que no tiene que hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a él”º3.
Es por eso que cada vez que nosotros obramos, nos damos cuenta de que lo que hacemos es conforme y está en armonía con ese conocimiento que tenemos escrito en el corazón, sobre el bien y el mal. O simplemente no está conforme con él. Esta es la conciencia. La conciencia es la inteligencia cuando descubre esa “ley que él (el hombre) no se da a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Ley inscrita por Dios en su corazón...”º4. La conciencia, cumple, de este modo un triple oficio en nuestro interior:
1º Es el testigo de lo que estamos haciendo o hemos hecho, de la bondad o malicia de lo que obramos. En este sentido dice san Pablo en Rom 9,1: Mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo.
2º Es el juez de nuestros actos: ella nos aprueba cuando lo que obramos es bueno, y nos condena (remordimientos de conciencia) cuando hemos obrado o estamos obrando el mal. A esto hace referencia San Pablo al escribir en 2Co 1,12: El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia.
3º Es nuestro pedagogo, como la llamaba Orígenes: descubriéndonos e indicándonos el camino del buen obrar. De este modo puede decir el Apóstol en Rom 14,5: Aténgase cada cual a su conciencia.
Esta luz que hay en nuestra inteligencia, por la cual juzgamos nuestras acciones, la ha puesto Dios mismo, al crearnos. No es otra cosa que la capacidad que tenemos de conocer el bien y el mal en las cosas. Y esa luz es una participación de su Luz y de su Verdad eterna. Por eso es que podemos decir con propiedad que es la voz de Dios. Así, San Buenaventura decía de ella: “La conciencia es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar”º5. Juan Pablo II lo explica diciendo: “San Pablo añade en la carta a los Romanos: Como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia (Rom 2,15). La conciencia se presenta como el testigo, que acusa al hombre cuando viola la ley inscrita en su corazón, o lo justifica cuando es fiel a ella. Por consiguiente, según la enseñanza del Apóstol, existe una ley ligada íntimamente a la naturaleza del hombre, como ser inteligente y libre, y esta ley resuena en su conciencia: para el hombre, vivir según su conciencia quiere decir vivir según la ley de su naturaleza y, viceversa, vivir según esa ley significa vivir según la conciencia; desde luego, según la conciencia verdadera y recta, es decir, según la conciencia que lee correctamente el contenido de la ley inscrita por el Creador en la naturaleza humana”º6.
Como podemos ver, tenemos aquí una idea de la conciencia como la de “mediadora” entre la verdad objetiva de las cosas (expresada en la naturaleza de las cosas y en la revelación de Dios) y nuestros actos. Hay en cambio otra idea de la conciencia que podemos definir como una conciencia que no se “acomoda” a la verdad de las cosas sino que “crea” ella misma su verdad. Ya decía el Papa Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor que, como resultado de las tendencias culturales que contraponen y separan la libertad y la ley, exaltando falsamente esta última, se ha extendido una “interpretación creativa de la conciencia moral, que se aleja de la posición tradicional de la Iglesia y de su Magisterio”º7.
Hay en nuestros días tres corrientes que resaltan el carácter creativo de la conciencia moral:
1º La de quienes sostienen que lo que marca el bien y el mal de nuestros actos es la intención personal con la que obramos: está bien lo que hago con buena intención (“por amor”, como algunos dicen); está mal lo que hago con mala intención. Al margen, pues, de lo que se haga o elija (llamado •objeto moral del acto”): no importa lo que se hace sino la intención con que se hace. Mi conciencia me puede dejar tranquilo si me muestra que miento para defender un inocente, o que esterilizo a una mujer para evitarle futuros riesgos a su salud, o si realizo actos homosexuales pero por amor (esto lo enseñaron autores como B. Häring, D. Capone, M. Vidal).
2º Una segunda corriente minimiza las normas (leyes) objetivas y solamente da valor moral al resultado del obrar. Esto quiere decir que cuando vamos a obrar hacemos un juicio sobre la bondad o malicia de nuestros actos (no hay que robar porque está mal, siempre hay que decir la verdad) pero este juicio es impersonal, teórico y pre-moral; y por tanto, no cuenta mucho. Al mismo tiempo hacemos otro juicio que estos autores (por ejemplo J. Fuchs) llaman juicio de operación, concreto y subjetivo, que sería fruto de la conciencia personal y por eso siempre bueno, aun cuando se oponga al anterior. Por ejemplo, una mujer que no desea tener hijos hace este razonamiento: “en líneas generales sé que la anticoncepción es algo malo y por eso en líneas generales la rechazo; pero aquí y ahora, teniendo en cuenta mis problemas económicos o que ya tengo tres hijos, me parece que es el mal menor y lo que me exige sacrificios más asequibles; por tanto en conciencia juzgo que me es lícito”. Ahí tienes los dos juicios: al primero Fuchs lo llama pre-moral (así como algunos llaman pre-embrión a un embrión de pocos días o pocas horas, y con esto se sienten autorizados a matarlo, así también este autor llama pre-moral a los juicios de nuestra conciencia y con esto se siente autorizado para no hacerles caso; el razonamiento le es útil... pero no es científico); al segundo lo llama de conciencia; y además deja sentado que es el segundo el que nunca se equivoca; y el primero sí. El motivo es que el primero es universal y el segundo concreto. El día que venga un asesino a tu encuentro y diga que va a matarte por quitarte unas monedas, no le recuerdes que eso está mal, pues él también lo sabe pero con sus juicios pre-morales; el problema es que si leyó a Fuchs (no creo, no es fácil entenderlo) te dirá que si bien él acepta que en términos generales no está bien matar ni robar, en estas circunstancias concretas (o sea, las circunstancias por las cuales tú eres el dueño del dinero o del auto que él quiere) su conciencia le dice que lo mejor es tomar tu dinero y luego matarte para que nadie se entere. En el juicio final podrás quejarte a Fuchs y a su pandilla.
3º Una tercera corriente que termina afirmando lo mismo, es la que identifica nuestra conciencia con las decisiones que tomamos (la sostuvieron por ejemplo, Peter Knauer y A. Molinario). Estos en el fondo enseñan que lo que decidimos está bien porque lo hemos decidido. Yo me he encontrado con razonamientos de este tipo, con bastante frecuencia. Por ejemplo, cuando alguien escucha: “Fulana se ha metido de monja; ¡pobre! Bueno, pero lo importante es que está haciendo lo que a ella le gusta”. Cuidado; estamos en esta tercera corriente. Si lo que Fulana ha hecho al entrar al convento está bien no proviene de que ella lo haya decidido o de que sea lo que le gusta, sino de que está muy bien entrar a un convento para consagrarse a Dios. No podemos decir: “Zutano es ladrón, pero al menos es lo que él siempre quiso ser desde pequeño”. Si Zutano ha decidido ser ladrón, o mentiroso o traidor, siempre estará mal, a pesar de que lo haya decidido.
Lo que todas estas posiciones tienen en común es que, en el fondo, todas consideran lo que podemos llamar “carácter creativo” de la conciencia. ¿Creativo de qué? De la verdad. Coinciden en enseñar que lo que la conciencia decide, determina, resuelve, está bien... y si está bien ésa es la verdad (al menos para la persona que toma la decisión). Nos recuerda lo que dice el marxismo: ¿qué es la verdad? ¡lo que sirve a la causa del partido!
Esta es la idea que late debajo de muchas otras expresiones, como la de quienes dicen que hay que autorrealizarse (lo que no quiere decir que cada uno debe descubrir la realidad, lo que estaría muy bien, sino que debe inventar su realidad, su propio mundo), o los que quieren vivir autónomamente (o sea sin ley que no venga del propio yo).
Con estas corrientes estamos ante lo que Ratzinger ha llamado la “deificación de la subjetividad, de la que la conciencia es el oráculo infalible, que no puede ser cuestionada por nada ni por nadie”º8. Por eso no extraña que se afirme, como hace Rousseau en el Emilioº9, que la conciencia es infalible; o más modernamente B. Schüller: “La conciencia no puede engañarse sobre el bien y el mal; lo que ella ordena es siempre infaliblemente bien moral”º10. Si te dijera que Schüller fue quien tranquilizó la conciencia de Hitler me creerías; sin embargo, no ocurrió así, pues Schüller es un moralista católico y escribió cuarenta años después del líder nazista, ¡y sin embargo, Hitler o Stalin o Nerón mismo, le hubieran besado la frente por justificar tan bien sus actos!. Esto nos muestra que a las vueltas de la historia nos pueden enseñar en nuestra aulas de hoy, lo mismo que nos produce repulsión en los hombres de ayer. De todos modos, antes de rasgarte las vestiduras escandalizado o escandalizada por estas afirmaciones brutales... revisa si nosotros no decimos lo mismo respecto de otros temas que nos apremian más: las relaciones prematrimoniales, el aborto, la anticoncepción, y otros puntos donde tal vez el zapato nos apriete a cada uno de nosotros. Si estas teorías no deben justificar la conciencia de un genocida... tampoco dejemos que tranquilicen nuestras conciencias ante comportamientos inmorales.
Si la conciencia no crea ni inventa la verdad, ¿cuál es su relación con ella? Una relación que es a la vez humilde y enaltecedora: ella depende de, y manifiesta, la verdad. ¡Es dependiente! Sí, es dependiente, pero al mismo tiempo recibe de la verdad su dignidad. Es como el hierro en el fuego. Un miserable hierro puesto al fuego recibe del fuego la calidad de ser incandescente. Tú lo ves rojo y ardiente, y el hierro transformado por el fuego es capaz de cauterizar, de quemar, de dar calor y de dar luz. Si lo apartas del fuego, volverá a ser un pedazo de hierro oscuro y herrumbrado. Nuestra conciencia depende de la verdad, pero la verdad transforma nuestra conciencia y la hace verdadera, luminosa, ardienteº11.
¿Cómo sabemos que esto es así? Ante todo, esta dependencia de la conciencia respecto de la verdad moral es un dato de experiencia. Nuestra experiencia psicológica nos muestra que, en nuestro interior, tenemos dos tipos de juicios: por un lado, ciertos juicios hipotéticos o condicionales, es decir juicios frente a los cuales cada persona se siente obligada sólo y en la medida en que quiere lo que tal exigencia condiciona (“si no quiero enfermarme en este día frío, debo abrigarme”; tengo que abrigarme, sólo si y en la medida en que no quiero enfermarme); pero existe además otra categoría diversa de juicios en cierto sentido absolutos, es decir, que se imponen por sí mismos, inmediatamente, sin depender de ninguna condición y sin que podamos dispensarnos de ellos (por ejemplo, “tengo que respetar a mis padres”; aquí no existe ninguna condición que haga necesaria esta exigencia, sino que la misma se impone por sí); tales son los que denominamos propiamente juicios de conciencia. El hecho de que el hombre perciba instintivamente que no puede dispensarse a sí mismo de tales obligaciones impuestas por la propia conciencia muestra que a través de ese juicio la persona conoce una verdad preexistente e independiente de su conciencia. Esta realidad que se impone a nuestra conciencia no es real porque nuestra conciencia la conozca sino que, por el contrario, se impone a nuestra conciencia porque esta verdad es real y existe independiente y autónomamente de nosotros. En otras palabras, la verdad no depende de nuestra conciencia sino que la conciencia depende de la verdad.
Además, es también un dato bíblico: Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les defienden (Rom 2, 14 15). Según las palabras de san Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo ella misma «testigo» para el hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.
Finalmente, lo podemos deducir si tomamos en cuenta la misma naturaleza de nuestros juicios. Nuestros juicios de conciencia (debo tomarme este remedio, tengo que ir al médico, no debo hacerle caso a este tonto...) son fruto, como dice Santo Tomás, de una aplicación (applicatioº12), o en la expresión equivalente que también usa, una conveniente acomodaciónº13 de la verdad universal al caso particular o concreto. O como traduce alguno: feliz adaptación de la verdad universal al caso concretoº14. Dicho de otra manera, el juicio de conciencia es la conclusión de un razonamiento práctico que parte de los principios más universales y llega a expresar que en tal o cual caso particular se realiza o se niega una exigencia universal (ley). Razona por ejemplo así: 1º Primer principio de la razón natural: Hay que evitar el mal; 2º Principio de la ciencia moral: El robo es un mal; 3º Conclusión de ciencia moral: Hay que evitar el robo; 4º Conclusión impersonal: esta acción es un robo y por tanto hay que evitarla; 5º Juicio de conciencia: Yo debo evitar esta acción. Poco importa al caso el que este proceso sea más o menos complicado, que respete o no todos los pasos, que parta de un conocimiento universal de la sindéresis o bien de una concreción de la ciencia moral o de un principio recibido del Magisterio. Siempre es descubrimiento de una relación entre un orden universal y un caso particular.
Como podemos ver la función de la conciencia es la de ser intérprete y mediadora entre la verdad universal y objetiva y nuestros actos concretos; por eso decía Pablo VI: “La conciencia por sí misma no es árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí misma. Ella está iluminada por la intuición de determinados principios normativos, connaturales a la razón humana; la conciencia no es la fuente del bien y del mal; es el aviso, es escuchar una voz, que se llama precisamente la voz de la conciencia”º15. Y Tomás de Aquino expresaba esta función de la conciencia diciendo que la razón del hombre (y en este caso, la conciencia) es la de ser una regla regulada (regula regulata)º16. Como nuestras reglas comunes. ¿Cuánto mides? ¿Un metro cincuenta, o sesenta o setenta? ¿Cómo puedes estar seguro que esa es tu altura? Porque te has medido con una regla para medir. ¿Y cómo sabes que esa “regla no miente”? Porque respeta el “patrón” del que se toman todos los metros (así durante mucho tiempo se definió el metro patrón internacional como la distancia entre dos líneas finas trazadas en una barra de aleación de platino e iridio, conservado en París). Cuando compras un kilo de azúcar ¿cómo sabes que la balanza del almacenero no te “miente” vendiéndote “kilos de 900 gramos”? Porque si tu almacenero es honesto, habrá calibrado su balanza con el patrón universal que mide los kilos y los gramos... Así es tu conciencia... Ella te dice que está muy bien hacer esto o aquello, pero ¿cómo sabes que ella no te miente o engaña? Sólo si ella a su vez se regula sobre un patrón (una norma fija) que no mienta ni pueda equivocarse... y tal es la ley natural, que expresa la sabiduría de Dios y que nuestra razón puede descubrir en nuestra propia naturaleza.
2. La falibilidad de la conciencia
Entonces, la conciencia no es un juez infalible; sus juicios siempre serán actos de nuestra inteligencia creada, finita, falible, herida e influenciable.
Los juicios de nuestra conciencia son muy comprometedores porque no son afirmaciones abstractas o puramente especulativas (como cuando decimos “el sol sale por el Este”, “dos más dos es igual a cuatro”), sino afirmaciones que terminan comprometiendo nuestro modo de obrar (son “juicios prácticos”). Por ejemplo, el conocer la diferencia entre un triángulo equilátero y un triángulo isósceles no altera de ninguna manera el modo de vivir que tenía cuando todavía ignoraba tal verdad, pero el percibir que una conducta determinada que yo asumo habitualmente en mi vida privada, en mis negocios, en mi vida conyugal, etc., contradice la ley natural, es intrínsecamente mala, no me puede dejar indiferente o igual a como me comportaba antes de saberlo; por el contrario, me exige cambiar de vida. De igual modo, el reconocer que me corresponde, de modo ineludible e inaplazable, realizar tal deber me impone la obligación de cumplirlo a pesar de los sacrificios que suponga. Por eso, nuestros juicios de conciencia siempre están amenazados con la interferencia de nuestros defectos, hábitos, comodidades o gustos, que van a pugnar para que no reconozca interiormente lo que no tengo deseos de realizar o abandonar.
Hay que insistir una vez más en que la conciencia mantiene su dignidad e impone al hombre la exigencia de ser seguida siempre y cuando le muestre la verdad o, en caso de que se equivocara, si yerra involuntaria e inculpablemente. Y por este motivo la Sagrada Escritura nos insiste constantemente en que busquemos la verdad y juzguemos de acuerdo a la verdad: “Ciertamente, para tener una conciencia recta (1Tim 1,5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la conciencia debe estar iluminada por el Espíritu Santo (cf. Rom 9,1), debe ser pura (2Tim 1,3), no debe con astucia falsear la verdad (cf. 2Co 4,2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”º17.
Cuando uno está falseando la verdad o la desconoce por negligencia o por poco amor a la verdad o a la virtud, o por negarse a hacer el esfuerzo de educar la conciencia o aclararla con quien sabe más, no podría excusarse de pecado diciendo simplemente: “sigo mi conciencia”: “La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí misma. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega. En estos casos, la persona es culpable del mal que comete”º18.
Por eso decía Juan Pablo II: “No es suficiente decir al hombre: ‘sigue siempre tu conciencia’. Es necesario añadir inmediatamente y siempre: ‘pregúntate si tu conciencia dice la verdad o algo falso, y busca incansablemente conocer la verdad’. Si no se hiciera esta necesaria precisión, el hombre arriesgaría encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez del lugar santo donde Dios le revela su verdadero bien”º19.
3. Una palabrita sobre la función del magisterio y la conciencia
Permíteme una palabrita sobre la función que tiene el magisterio de la Iglesia en la educación de nuestra conciencia.
Es constitutivo esencial de la conciencia recta su adecuación con la verdad objetiva, como ya hemos dicho. Pero no siempre está en poder de la razón alcanzar por sí sola dicha verdad con la cual adecuarse, aun teniendo en sí los principios de los cuales se derivan todas las verdades morales. Los principios universales están, pero en su condición universal. Descubrir la relación estrecha entre nuestros comportamientos concretos y tales principios puede resultar evidente como puede no serlo. Y esto por muchos motivos. Por un lado, la nuestra es una razón herida y debilitada por el pecado original. Por otra parte, algunas de las verdades que rigen el obrar concreto son el fruto de deducciones que no todos pueden realizar. Asimismo, tienen su cuota de injerencia las presiones de una sociedad y una cultura atea y hedonista, que crea un modo de pensar consecuente con sus máximas. Finalmente, el juicio práctico de la razón guarda una fuerte dependencia de nuestros hábitos morales; y cuando éstos son vicios arraigados, interfieren influyendo notablemente nuestro modo de juzgar. De aquí la necesidad del Magisterio.
La relación entre el Magisterio y la conciencia es análoga a la que media entre la luz y nuestros ojos. Nuestros ojos no ven si no media la luz: “Hablar de un conflicto entre la conciencia y el Magisterio es lo mismo que hablar de conflicto entre el ojo y la luz”º20.
Una nueva confirmación de la armonía entre Magisterio y conciencia puede ser aducida partiendo de la acción del Espíritu Santo sobre el Magisterio y sobre la conciencia de los fieles. La Ley Nueva, instituida por Cristo, es una ley fundamentalmente interior: la acción del Espíritu Santo operante por la gracia en los corazones. Pero supone, juntamente, elementos externos, también obra del Espíritu Santo, cuales son el texto escrito de la Revelación, los sacramentos y también el Magisterio de la Iglesiaº21. El Espíritu Santo actúa sobre los dos elementos, sobre la conciencia con la gracia, sobre el Magisterio con su asistencia: “El Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento”º22. No puede pensarse que la oposición de la conciencia al Magisterio (guiado por el Espíritu Santo) pueda ser fruto de la docilidad de la conciencia al mismo Espíritu Santo.
Por todo esto, se hace necesaria la intervención de un magisterio que por un lado custodie manteniendo incólumes los principios, y por otro ilumine el obrar cotidiano a la luz de los mismos. Por tal motivo, Ratzinger analizando aquella famosa expresión de Newman, “si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida... desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa”, la entiende en el sentido de que es la conciencia, o más bien, la necesidad de que la conciencia sea custodiada, iluminada y preservada del error, lo que explica el Papado. “Sólo en este contexto, escribe Ratzinger, se puede comprender correctamente la primacía del Papa y su correlación con la conciencia cristiana. El significado auténtico de la autoridad doctrinal del Papa consiste en el hecho de que él es el garante de la memoriaº23. El Papa no impone desde fuera, sino que desarrolla la memoria cristiana y la defiende. Por eso, el brindis por la conciencia ha de preceder al del Papa, porque sin conciencia no habría papado. Todo el poder que él tiene es poder de la conciencia: servicio al doble recuerdo, sobre el que se basa la fe que debe ser continuamente purificada, ampliada y defendida contra las formas de destrucción de la memoria, que está amenazada tanto por una subjetividad que ha olvidado el propio fundamento como por las presiones de un conformismo social y cultural”º24.
Por eso dijo con fuerza Juan Pablo II, en el Discurso que dirigió a los participantes del II Congreso internacional de teología moral (año 1988), que “el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”, y que por eso “apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica de Magisterio y de la conciencia moral”º25. El Magisterio de la Iglesia ha sido dispuesto por el amor redentor de Cristo para que la conciencia sea preservada del error y alcance siempre más profunda y certeramente la verdad que la dignifica. Por eso equiparar las enseñanzas del Magisterio a cualquier otra fuente de conocimiento banaliza el Magisterio, y hace inútil el sacrificio redentor de Cristo.
4. La educación de la conciencia
Esto nos lleva a un último punto: debemos formar y educar nuestra conciencia para que nuestros juicios sean siempre veraces: “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas. La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra paz en el corazón"º26.
Para educarla debemos hacer dos cosas:
Ante todo, debemos ilustrar e iluminar nuestra conciencia sobre el bien y sobre la verdad. Y esto se hace mediante la Fe, la Palabra de Dios y la enseñanza clara de la Iglesia. Dicho de otro modo, debemos ser fieles a la verdad. Vale para todo cristiano lo que el Papa mandaba a los Obispos de Francia: “Los Pastores deben formar las conciencias llamando bueno a lo que es bueno y malo a lo que es malo”º27.
Uno puede estar seguro de que está obrando con una conciencia recta, con honestidad de conciencia, cuando ha puesto todos los medios para que ésta sea recta. Esto vale particularmente para los temas delicados de nuestra vida moral y espiritual, y especialmente aquellos sobre los que tenemos dudas.
Aquí se ve, finalmente, el motivo por el cual no puede haber divergencia entre la enseñanza de la Iglesia y la conciencia del cristiano. Porque el Magisterio no es una opinión más sino una de las fuentes donde debemos iluminar la conciencia. El Papa ha dicho: “...el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”º28. Y en la Veritatis Splendor dice: “La autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad ‘con respecto a’ la verdad, sino siempre y solo ‘en’ la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto primario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4,14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella”º29.
En segundo lugar (aunque no de importancia secundaria) debemos vivir virtuosamente, buscar la virtud y educar nuestras virtudes. Sólo la virtud puede garantizarnos que nuestra conciencia no quiera “justificar” nuestros comportamientos defectuosos o nuestros pecados. “En efecto, dice la Veritatis Splendor, para poder ‘distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto’ (Rom 12,2) sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de ‘connaturalidad’ entre el hombre y el verdadero bienº30. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad”º31. La virtud es fundamental para que las pasiones y los vicios no alteren la objetividad de nuestros juicios, así como el que se quemó la lengua no puede juzgar con exactitud sobre los sabores sino tan solo quien tiene la lengua sana, así en el plano moral no puede juzgar bien el vicioso sino el virtuoso: el borracho o el lujurioso pierden la sensibilidad ante sus respectivos pecados (y esto no los excusa, porque a tal embotamiento moral han llegado culpablemente), y sólo el casto y el sobrio disciernen claramente.
Y es por eso que hasta al más pintado las pasiones le hacen tirar por la borda la rectitud de sus juicios, cuando no hay virtud. Podemos decirlo con aquellos versos que el célebre poeta romano Trilussa tituló precisamente “Coscenza”, “Conciencia”:
C’era un ber pollo sopra la credenza.
Er Cane, che lo vidde, disse ar Micio:
–Io nu’ lo tocco: faccio un sacrificio,
ma armeno sto tranquillo de coscenza.
–Per te, va bè’: ma io che ce guadagno?
–je chiese er Micio che fissava er piatto–
Co’ ‘sta fame arretrata? Fossi matto!
Preferisco er rimorso e me lo magno.
Er Cane, che lo vidde, disse ar Micio:
–Io nu’ lo tocco: faccio un sacrificio,
ma armeno sto tranquillo de coscenza.
–Per te, va bè’: ma io che ce guadagno?
–je chiese er Micio che fissava er piatto–
Co’ ‘sta fame arretrata? Fossi matto!
Preferisco er rimorso e me lo magno.
Pidiendo disculpas por la traducción:
Un lindo pollo humeaba en la credencia;
el Perro, suspirando, dijo al Michio:
–Yo no lo toco: hago el sacrificio,
y me quedo tranquilo de conciencia.
–Admiro tu moral altruista y mansa,
dijo el Gato mirando la bandeja,
Pero, ¡¿Ayunar con la hambruna que me aqueja?!
¡Venga el remordimiento y a la panza!
el Perro, suspirando, dijo al Michio:
–Yo no lo toco: hago el sacrificio,
y me quedo tranquilo de conciencia.
–Admiro tu moral altruista y mansa,
dijo el Gato mirando la bandeja,
Pero, ¡¿Ayunar con la hambruna que me aqueja?!
¡Venga el remordimiento y a la panza!
"Las verdades Robadas" de Miguel Ángel Fuentes.
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Bibliografía para ampliar y profundizar
–Miguel A. Fuentes, Psicología y Teología de la conversión, Diálogo 25 (1999), 93-120.
–––––––––––––––, Sentido del pecado y remordimiento, Diálogo 24 (1999), 141-156.
–––––––––––––––, La conciencia y el magisterio, Gladius 34 (1995) 37-50.
–Ramón García de Haro, La conciencia moral, Rialp, Madrid 1978.
–A. Roldán, La conciencia moral, Razón y Fe, Madrid 1966.
–C. Caffarra, Conscience, Truth and Magisterium in Conjugal Morality, en: Anthropos, Riv. di Studi sulla Persona e la Famiglia, 1 (1986), pp. 79 ss.
–V. Rodríguez, Función mediadora de la conciencia, en: “Mikael”, Rev. del Seminario de Paraná, 24 (1980), 111-124.
–L. Melina, La conoscenza morale, Città Nuova Ed., Roma 1987.
–Sagrada Congregación del Santo Oficio, Instrucción sobre la «ética de situación», Contra doctrinam, 2 de febrero de 1956.
–Pablo VI, Alocución en la Audiencia General del 12/II/1969.
–Joseph Ratzinger, Elogio de la conciencia, Esquiú 23 de febrero de 1992, p. 30.
–Juan Pablo II, Discurso al II Congreso de Teología Moral, L’Osservatore Romano, 22/I/89, p. 9.
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Referencias:
01 - Gaudium et spes, 16.
02 - L’Osservatore Romano, 15/X/93, p.22.
03 - Juan Pablo II, Angelus del 12 de junio de 1994, L’Osservatore Romano, 17 de junio de 1994, p. 2, nº 3.
04 - Gaudium et spes, 16.
05 - Buenaventura, In II Librum Sent., d. 39, a.1, q.3, cit. en Veritatis Splendor, nº 58.
06 - Juan Pablo II, Angelus del 12 de junio de 1994, L’Osservatore Romano, 17 de junio de 1994, p. 2, nº 4.
07 - VS, 54.
08 - Card. Josef Ratzinger, «Discurso en el IV Consistorio Extraordinario», 4/abril/1991, en: Ecclesia, nº 2525, 27/abril/1991, p. 26.
09 - «Conciencia, conciencia, instinto divino, inmortal y celeste voz; guía segura de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal, que hace al hombre semejante a Dios».
10 - B. Schüller, La fondazione dei giudizi morali. Tipi di argomentazione etica nella teologia morale cattolica, Assisi 1975, p. 72.
11 - Cf. C. Caffarra, Conscience, Truth and Magisterium in Conjugal Morality, en: Anthropos, Riv. di Studi sulla Persona e la Famiglia, 1 (1986), pp. 79 ss.; V. Rodríguez, Función mediadora de la conciencia, en: “Mikael”, Rev. del Seminario de Paraná, 24 (1980), 111-124
12 - Cf. In Eth., VI, 7, nº 1098; Cf. L. Melina, La conoscenza morale, Città Nuova Ed., Roma 1987, pp. 187-188.
13 - Cf. In Eth., V, 15, nº 1075.
14 - El término aplicar es también utilizado por la Sagrada Congregación del Santo Oficio, Instrucción sobre la «ética de situación», Contra doctrinam, 2 de febrero de 1956; y por la Veritatis Splendor, 59.
15 - Pablo VI, Alocución en la Audiencia General del 12/II/1969. Y el Concilio Vaticano II ha dicho: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la digni¬dad humana y por la cual será juzgado personalmente» (GS, 16).
16 - De Veritate, 17, 2 ad 7.
17 - Veritatis Splendor, nº 62.
18 - Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1790-1791.
19 - Juan Pablo II, Catequesis del 17/VIII/83, nº 3.
20 - Carlo Caffarra, Conscience, Truth and Magisterium in conjugal Morality, Rev. “Anthropos” 1 (1986), p. 83.
21 - Cf. Suma Teológica, I-II, 116, 1 y ad 1.
22 - Pablo VI, Humanae vitae, 29.
23 - Ratzinger entiende aquí por memoria, anamnesis, lo que la tradición teológica llama sindéresis, el hábito de los primeros principios morales. Podrá, si se quiere, discutirse la equivalencia entre memoria y sindéresis, pero para lo que queremos expresar vale correctamente.
24 - Joseph Ratzinger, Elogio de la conciencia, Esquiú 23 de febrero de 1992, p. 30.
25 - Discurso a los participantes en el II Congreso internacional de teología moral, 12 de noviembre de 1988, en L'Osservatore Romano, 22 de enero de 1989, p. 9, nº 4.
26 - Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 1783-1784.
27 - Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 15/III/87, p.9, nº 5.
28 - Juan Pablo II, Discurso al II Congreso de Teología Moral, L’Osservatore Romano, 22/I/89, p. 9.
29 - Veritatis Splendor, nº 64.
30 - La Encíclica envía a Santo Tomás de Aquino, II-II, q. 45.
31 - Veritatis Splendor, nº 64.
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