Henry Giroux (Providence, 18 de septiembre de 1943) es un crítico cultural estadounidense y uno de los teóricos fundadores de la pedagogía crítica en dicho país. Es bien conocido por sus trabajos pioneros en pedagogía pública, estudios culturales, estudios juveniles, enseñanza superior, estudios acerca de los medios de comunicación, y la teoría crítica

Un punto de partida para planear la cuestión de la función social de los profesores como
intelectuales es ver las escuelas como lugares económicos, culturales y sociales
inseparablemente ligados a los temas del poder y el control. Esto quiere decir que las
escuelas no se limitan simplemente a transmitir de manera objetiva un conjunto común
de valores y conocimientos. Por el contrario, las escuelas son lugares que representan
formas de conocimiento, y usos lingüísticos, relaciones sociales y valores que implican
selecciones y exclusiones particulares a partir de la cultura general. Como tales, las
escuelas sirven para introducir y legitimar formas particulares de vida social. Más que
instituciones objetivas alejadas de la dinámica de la política y el poder, las escuelas son
de hecho esferas debatidas que encarnan y expresan una cierta lucha sobre qué formas
de autoridad, tipos de conocimiento, regulación moral e interpretaciones del pasado y
del futuro deberían ser legitimadas y transmitidas a los estudiantes. Esta lucha es del
todo evidente, por ejemplo, en las exigencias de los grupos religiosos de derechas, que
tratan de imponer la oración en la escuela, de retirar determinados libros de las
bibliotecas escolares y de incluir algunas enseñanzas religiosas en los currículos
científicos. Naturalmente, también presentan sus propias demandas las feministas, los
ecologistas, las minorías y otros grupos de interés que creen que las escuelas deberían
de enseñar estudios femeninos, cursos sobre el entorno o historia de los negros. En
pocas palabras, las escuelas no son lugares neutrales, y consiguientemente tampoco los
profesores pueden adoptar una postura neutral.
En el sentido más amplio, los profesores como intelectuales han de contemplarse en
función de los intereses ideológicos y políticos que estructuran la naturaleza del
discurso, las relaciones sociales del aula y los valores mismo que ellos legitiman en su
enseñanza. Con esta perspectiva en la mente, quiero extraer la conclusión de que, si los
profesores han de educar a los estudiantes para ser ciudadanos activos y críticos,
deberían convertirse ellos mismos en intelectuales transformativos
Giroux, Henry. (1990) Los profesores como intelectuales, Piados:
Barcelona. Pp. 171-178.

Un punto de partida para planear la cuestión de la función social de los profesores como
intelectuales es ver las escuelas como lugares económicos, culturales y sociales
inseparablemente ligados a los temas del poder y el control. Esto quiere decir que las
escuelas no se limitan simplemente a transmitir de manera objetiva un conjunto común
de valores y conocimientos. Por el contrario, las escuelas son lugares que representan
formas de conocimiento, y usos lingüísticos, relaciones sociales y valores que implican
selecciones y exclusiones particulares a partir de la cultura general. Como tales, las
escuelas sirven para introducir y legitimar formas particulares de vida social. Más que
instituciones objetivas alejadas de la dinámica de la política y el poder, las escuelas son
de hecho esferas debatidas que encarnan y expresan una cierta lucha sobre qué formas
de autoridad, tipos de conocimiento, regulación moral e interpretaciones del pasado y
del futuro deberían ser legitimadas y transmitidas a los estudiantes. Esta lucha es del
todo evidente, por ejemplo, en las exigencias de los grupos religiosos de derechas, que
tratan de imponer la oración en la escuela, de retirar determinados libros de las
bibliotecas escolares y de incluir algunas enseñanzas religiosas en los currículos
científicos. Naturalmente, también presentan sus propias demandas las feministas, los
ecologistas, las minorías y otros grupos de interés que creen que las escuelas deberían
de enseñar estudios femeninos, cursos sobre el entorno o historia de los negros. En
pocas palabras, las escuelas no son lugares neutrales, y consiguientemente tampoco los
profesores pueden adoptar una postura neutral.
En el sentido más amplio, los profesores como intelectuales han de contemplarse en
función de los intereses ideológicos y políticos que estructuran la naturaleza del
discurso, las relaciones sociales del aula y los valores mismo que ellos legitiman en su
enseñanza. Con esta perspectiva en la mente, quiero extraer la conclusión de que, si los
profesores han de educar a los estudiantes para ser ciudadanos activos y críticos,
deberían convertirse ellos mismos en intelectuales transformativos
Giroux, Henry. (1990) Los profesores como intelectuales, Piados:
Barcelona. Pp. 171-178.