InicioCiencia EducacionLa República de Platón.



“La República”

Platón Busca la Vida Ideal.

Filosofía

En el siglo V antes de Cristo, maravillosa época de expansión del pensamiento humano, la época que vio a Confucio y Lao-Tse enseñando en la China, a Gautama Buda en la India, a Isaías en Judea, y a toda una constelación de brillantes talentos en Grecia, uno de los hombres más nobles fue sentenciado a muerte en Atenas. Oficialmente, su crimen consistió en enseñar el error a los jóvenes de la ciudad; y, considerado culpable, se le concedió la oportunidad de quitarse a sí mismo la vida bebiendo una copa de cicuta, especie de pena capital adecuada a las refinadas costumbres de los antiguos griegos. La muerte de Sócrates, las últimas palabras que dirigió a sus discípulos, el valeroso empleo que dio a su vida, son cosas que cuentan entre las cumbres supremas de belleza a que ha podido elevarse el espíritu humano. Sócrates siempre había buscado la verdad, y entregó su vida antes que traicionarla.




La verdad, sin embargo, no muere nunca en la cruz ni por una copa de veneno. Uno de los discípulos de aquel gran hombre prosiguió en su nombre la búsqueda de la verdad. Platón perfeccionó la obra. Recordó como en croquis las conversaciones de aquel hombre, investigador infatigable, que había sido su maestro. Evocó los grandes principios que surgen en la investigación de las normas que gobiernan la vida humana: justicia, bondad, verdad, belleza. Consignó con cuánta diligencia les había seguido la pista Sócrates a través de selvas de errores y de tergiversaciones. Repitió las penetrantes interrogaciones con que el maestro destruía las soluciones fáciles y equivocadas. Empleó, para ello, un talento más claro y más profundo que el del mismo Sócrates, y así pudo aclarar las grandes soluciones a que había llegado su maestro. Y, por fortuna para nosotros, consignó sus ideas por escrito, mientras que Sócrates sólo había trabajado de viva voz. Conocemos las ideas de Sócrates a través de Platón, y las vemos desarrolladas a la luz del poderoso pensamiento del discípulo, pensamiento que es el más grande de cuantos ha visto el mundo.
Sócrates había buscado la verdad con un método que consistía en formular preguntas, en analizar las respuestas mediante nuevas preguntas, cerniéndolas a través de interrogaciones esenciales, apartando con rigor lógico toda falsedad y, con frecuencia, formulando objeciones a sus propias soluciones primeras. Su método, pues, era el diálogo. Es camino excelente para llegar a la verdad, porque suscita las objeciones y permite discutirlas hasta rechazarlas o aceptarlas. En sus obras, Platón empleó también este eficaz sistema.
“Estrechar a preguntas es la manera, mejor y más eficaz de depurar las ideas,”
dijo él mismo.



El talento de Platón reunía los rasgos propios del poeta y del dramaturgo tanto como los del filósofo; y de esta suerte cada uno de los diálogos es un drama, un conflicto de ideas que se desenvuelve sobre el fondo de la vida griega. Intervienen en ellos personajes claramente caracterizados que representan los diversos puntos de vista. Algunas veces el escenario fue quizá el jardín de la escuela que Platón fundó en Atenas; otras, un banquete, en que las gentes se reúnen para conversar mientras comen y beben, suministra los elementos humanos necesarios para discurrir sobre ideas fundamentales. Vemos a los personajes sentarse ante las sencillas viandas de que gustaban los frugales griegos; oímos cómo Sócrates, personaje principal del drama, plantea una cuestión, cómo algún joven brillante trata de rebatir al sabio y anciano maestro para, al fin, encontrarse envuelto en una red de hábiles preguntas que le hacen ver su impertinencia; a continuación, quizá un anciano autoritario trata de resolver el problema desde un punto de vista basado en ideas ya desechadas; o un joven serio, pero sin gran ingenio ni rigor lógico, expresa demasiado a la ligera su acuerdo con el maestro, para encontrarse con que lo que éste busca no es el acuerdo, sino la verdad. Entre tanto Sócrates mantiene viva y animada la discusión contestando a los interlocutores con destellos de aguda lógica, penetrante ingenio y hábil esgrima mental, atrayéndose el apoyo de alguno que sinceramente desea llegar a la conclusión correcta.



En el fondo, Platón investigaba la verdad y la belleza abstracta, pero estrechamente asociada a ellas aparecía la cuestión práctica: ¿Cómo puede el hombre vivir una vida virtuosa? En seguida se puso de manifiesto que, puesto que vivimos en sociedad, el problema de la vida virtuosa individual le obligaba a plantearse la cuestión de qué es una sociedad virtuosa, ya que la vida virtuosa no sólo exige la virtud individual, sino también un ambiente social adecuado.
Su hermoso libro, La República, es el reconocimiento de ese hecho. Es la aplicación a la política de los ideales de bondad y de justicia. Platón estaba ansioso de aplicar los principios de su filosofía a la política práctica. El trágico fin de Sócrates, que tan bellamente describe en el diálogo titulado Fedón, debió, en un principio, de anegar su espíritu en un sentimiento de desastre irreparable. Es probable que aquel fin le haya impulsado a consagrar su propia vida a la investigación de la verdad, tal como lo había hecho el maestro hasta la hora de la muerte. Se fue a Megara, donde recibió las enseñanzas de Euclides; pero aunque halló alguna satisfacción en la certeza de los conocimientos matemáticos y geométricos, debió parecerle cosa insulsa e inefectiva ante los recuerdos de su vida en Atenas. Viajó infatigablemente: a Egipto, a Cirene, a las regiones más lejanas de Grecia, a Sicilia.



En Sicilia creyó que se le ofrecería la oportunidad de aplicar la sabiduría de Sócrates a los negocios prácticos, porque Dionisio, tirano de aquel país, se interesó profundamente en sus ideas. Pero los tiranos no aguantan durante mucho tiempo evangelios de perfección y de sabiduría abstracta: la verdad choca con sus intereses. Furioso por la defensa que Platón hacía del Estado ideal y por las críticas implícitas del Estado real de Sicilia, Dionisio lo hizo detener y lo entregó al embajador de Esparta, quien lo vendió en el mercado de esclavos de Egina. Por fortuna, el filósofo no sólo tenía enemigos sino también amigos, y uno de éstos, llamado Anniceris, lo rescató y le devolvió la libertad.
Platón regresó a Atenas, comprobando que su destino era seguir el de Sócrates, actuando como maestro de la juventud. Reunía a sus discípulos en un gimnasio adyacente a su propio jardín, la Academia, y aplicaba el viejo método de Sócrates, de aprender y enseñar mediante la discusión y principalmente por preguntas y respuestas. En la quietud de las arboledas de la Academia y en amistosos diálogos de sobremesa descubrió las bases de la moral. A diferencia de Sócrates, consignó por escrito aquellas conversaciones, limpiándolas de superfluidades y ordenándolas en un sistema de ideas.
Muerto ya Dionisio el Mayor y gobernando a su Sicilia su hijo, Platón hizo un viaje a Siracusa más prometedor que el primero. El príncipe lo recibió muy bien y, lo mismo que su padre, se interesó por las ideas platónicas; pero se repitió la suerte de la primera visita, pues Dionisio el Joven sentía unos celos violentísimos de Dion, el estadista que había inducido a Platón a hacer el viaje, lo desterró y manifestó claramente a Platón la imposibilidad de realizar el sueño de fundar su Estado ideal en Sicilia. Años más tarde, Platón hizo un tercer viaje a Sicilia con el intento de reconciliar a Dionisio y a Dion, pero fracasó por completo. Regresó de nuevo a Atenas y hasta su muerte, en 374 antes de Cristo, se dedicó a escribir y enseñar, prosiguiendo la investigación de la verdad abstracta, apartado en absoluto del agitado mundo de la política.



Así fue cómo el Estado humano perfecto halló expresión en las páginas de La República y no en la constitución de Sicilia. Fue la primera utopía, escrita cerca de dos mil años antes de que sir Tomás Moro, bajo la inspiración de Platón, trazase el cuadro de un país ideal y le diese este nombre. Platón, sin embargo, no se permitió la descripción fantástica de ningún lugar. Se limitó a trazar el diseño de dos jóvenes que salen en seguimiento de Sócrates cuando éste abandona una fiesta y casi a la fuerza le hacen regresar a casa de Céfalo, padre de uno de ellos, para que presencie el espectáculo nocturno de una carrera ecuestre de antorchas y, entre tanto, coma, beba y converse con ellos. En la casa se reúne un pequeño grupo de seis personas: Céfalo, el huésped, anciano patricio; Polemarco, su hijo, que representa al hombre práctico de la época, con su moral convencional y su respeto a los usos vigentes; Trasímaco, el sofista vano y destemplado, defensor de la fuerza y del privilegio; Glaucón, amigo de Sócrates, aficionado a los placeres, al arte, al amor, en resumen, aficionado a la buena vida; Adeimanto, su hermano, joven más serio, y el mismo Sócrates. La escena es en torno de la mesa de beber, y están reunidos todos los personajes que van a discutir el tema en todas sus ramificaciones.
Con el tacto de un poeta, Platón lleva fácilmente la conversación hacia los puntos más profundos. Céfalo hace algunos comentarios sobre las ventajas y las desventajas de envejecer. Sócrates insinúa que está en edad feliz, porque es rico, y el anciano lo admite, pero arguye que eso no lo abarca todo. Sin embargo, es feliz con sus riquezas, porque comprende que gracias a ellas no ha sentido nunca la tentación de proceder injustamente, presionado por la pobreza. Entonces Sócrates le pregunta: ¿Qué quieres decir con la palabra justicia?
Este dejarse llevar a la deriva por la conversación, lleno del sentido más profundo, es lo que da a las obras de Platón su encanto particular, como es la sabiduría que envuelven estas conversaciones lo que revela su filosofía. En el siglo V antes de Cristo surgían nuevas interrogaciones en el pensamiento de los hombres. Nunca hemos dejado de formulárnoslas, y muchas veces hemos vuelto a las páginas de Platón para fundamentar nuestros argumentos. ¿Qué es la justicia? El fanfarrón Trasímaco inicia la discusión sosteniendo que el mundo es para los fuertes, y que en eso consiste la justicia; Glaucón le objeta alegando el derecho del débil a ser también feliz. Feliz, felicidad, otra palabra que invita a la reflexión, otra liebre levantada. ¿Qué es eso que llamamos felicidad, y acerca de lo cual estamos hablando? ¿Puede ser feliz un hombre cuando los medios materiales de la felicidad le son arrebatados? (¿Recordaba Platón a Sócrates en la cárcel o recordaba sus propios momentos de amargura en el mercado de esclavos de Egina?)



Medios materiales: ¿Cuáles son, pues, los medios materiales mínimos de que depende, si no la felicidad, por lo menos nuestra baladí satisfacción humana? La economía no era para Platón asunto teórico, sino materia de sentido común práctico. Alimento, habitación, vestido. Gradualmente empiezan los reunidos a diseñar el cuadro de la sociedad y de sus necesidades básicas. Cuando alguien llama la atención sobre el grupo social más simple, Glaucón objeta: Eso no es una ciudad digna de los hombres, es una ciudad de cerdos. Los hombres necesitan el arte, la belleza, el placer. Muy bien; añadamos, pues, esas cosas. Pero la aceptación de un Estado que ya no es simple exige que se tomen en consideración nuevas clases de hombres que participan en su organización. Tiene que haber artistas y artesanos, comerciantes, soldados que lo defiendan de sus celosos enemigos, guardianes que regulen su complicada vida. Y así surgen tres grandes clases sociales: los guardianes, los soldados, el pueblo.
Esas tres clases necesitan una preparación adecuada a sus funciones, e inmediatamente la conversación pasa a tratar del gran problema de la educación. Platón fue el primer escritor que dijo que la educación debe comprender toda la vida y que debe ser una preparación para la vida ultraterrena. Según él, la educación es esencialmente la formación del carácter; y es oportuno recordar que, cuando al final de la Edad Media, se fundaron nuestras primeras escuelas públicas, ese ideal platónico ejerció en ellas una influencia muy definida. El cristianismo, al extenderse, encontró en el noble idealismo y en la sabiduría de Platón tantas cosas comunes con sus propias y elevadas enseñanzas, que los grandes humanistas cristianos de principios del Renacimiento se inspiraron al mismo tiempo en las dos fuentes. Sabiduría, valor, templanza, justicia, ayuda al prójimo: éstas son las virtudes que la educación debe cultivar.
Particularmente los guardianes, que por el nacimiento y por otras circunstancias están des-tinados a dirigir el Estado, deben ser educados en el espíritu de desprendimiento. En la República, tal como fue planeada en aquella conversación, tienen que estar dispuestos a olvidar el egoísmo, las comodidades de la vida doméstica y casi todas las ventajas mundanas en beneficio del Estado a que sirven. Este concepto ha informado casi todas las utopías imaginarias. La comunidad de bienes y el retribuir a cada uno según sus necesidades son también ideales propios de este sistema; la igualdad de los sexos para el servicio público, la eugenesia: una tras otra van surgiendo estas ideas y ensoñaciones, que encontramos en todos los utopistas del mundo a medida que el pequeño grupo de los personajes de Platón va explorando las necesidades del Estado perfecto. La base era un comunismo ideal, su moral consistía en el servicio absoluto al Estado, la felicidad de los individuos era una consecuencia de aquella organización. También discutieron si el gobierno debe ser ejercido por el reducido número de los hombres egregios o por la mayoría; y Platón, siempre aristocrático, cree que el gobierno del Estado ideal debe estar en las manos de los pocos, mas de los pocos elegidos por su sabiduría y su virtud.

“Hasta que los reyes no sean filósofos y los filósofos reyes, las ciudades estarán mal gobernadas; no, ni la especie humana ni nuestra política ideal tendrán verdadera existencia hasta entonces.”
¿Es un plan práctico? Platón, ante el recuerdo vivo de sus experiencias en Sicilia y el espectáculo de la rápida corrupción de su amada Atenas, pensaba que la función propia del filósofo consistía en crear los modelos ideales de las cosas más bien que en intentar darles forma real en el mundo. Es esencial en la filosofía de Platón la idea de que existen en el universo las formas ideales de todas las cosas, y que las formas terrestres no son más que sombras imperfectas de aquéllas. Una parte de la tarea del filósofo consiste en concebir aquellas formas celestes de las cosas, de las instituciones y de las ideas. En los diez libros de La República formula el ideal del Estado tal como él lo soñaba, y lo dejó al mundo para que éste decida si quiere o no realizarlo.

Es casi imposible estimar la enorme influencia que este libro del más grande de los pensadores griegos ha ejercido en el mundo en los veinticinco siglos que hace que fue escrito. En ocasiones, la influencia fue directa, pues los pensadores políticos y los filósofos puros han inspirado sus proyectos e ideas en el maestro ateniense. Otras veces, fue más sutil, como la atracción gravitatoria de una gran estrella que está más allá del alcance de nuestros telescopios. La idea de un Estado perfecto en que los hombres puedan mantener entre sí relaciones presididas por la justicia, es preocupación constante del hombre. La concepción platónica le ha dado forma, aun cuando no sean acertadas todas sus conclusiones; pero ha de concederse algo a las condiciones sociales que prevalecían cuando el libro fue escrito y que inevitablemente le dieron color. Cicerón, escritor romano, compuso su libro De República, que es una versión romanizada del mismo tema; La Ciudad de Dios, de Agustín, rechaza todos los Estados humanos para afirmar el reino de Dios, pero el gran padre cristiano conocía el ideal griego expuesto en las páginas de Platón; Dante escribió su Tratado de Monarquía, sir Tomás Moro su Utopía, Francis Bacon su Nueva Atlántida, Campanella su Ciudad del Sol, y centenares, más de autores nos han dejado sus concepciones del Estado perfecto. Las páginas de La República de Platón ejercieron su influencia en todos ellos. En la vida como en la literatura, los pensadores políticos y los filósofos han medido, a través de los siglos, sus propias ideas comparándolas con el sueño platónico; los educadores han sido inspirados por las ideas de Platón acerca de la formación del carácter; los hombres religiosos se han asimilado su doctrina del alma, y muchos filósofos han aceptado sus grandes concepciones. Si en cualquier parte del mundo cualquier Estado pretende estar organizado de acuerdo con la gran concepción expuesta por Platón en La República, recordemos que, como lo previo él mismo, eso sólo será posible cuando los gobernantes sean filósofos y los filósofos gobernantes.




Sabiduría de Platón

“Concédeme la belleza del alma, y que todos mis bienes externos estén en armonía con mi hombre interior. Que yo pueda considerar rico al hombre sabio, y que posea yo riquezas como las que puede tener o soportar únicamente el hombre que tiene dominio de sí mismo.”



Frases de Sócrates.

“Concédenos, Zeus, el bien que te pedimos y aun el que no buscamos; pero el que te pedimos erradamente, apártalo de nosotros.”

“La virtud es la salud y la belleza y el bienestar del alma, mientras que la maldad es su enfermedad, deformidad y flaqueza.”

“Este debe ser nuestro concepto del hombre justo, que aun cuando esté en la pobreza o enfermo, todo conspirará en su bien, en la vida y en la muerte, porque los dioses se cuidan de quien desea ser justo.”

“El valor es la resistencia del alma.”

“Los hombres y las mujeres que son apacibles y buenos, también son felices, y los malos e injustos son desdichados.”

“Quien ha de ser un guardián del Estado verdaderamente bueno y noble, ha de reunir en sí filosofía, ánimo, prontitud y fuerza.”

“¿Puede haber nada mejor en interés del Estado que todos sus individuos, hombres y mu-jeres, sean todo lo virtuosos que es posible?”

“La educación empieza en los primeros años de la infancia y dura hasta el fin de la vida.”

“Los niños irán a la escuela quieran o no quieran sus padres; la educación será obligatoria para todos y cada uno, y se estimará que los alumnos pertenecen al Estado más bien que a los padres.”

“La mayor y más bella de las sabidurías es, con mucho, la que se refiere al buen orden de los Estados y de las familias, y que se llama templanza y justicia.”

“Guardémonos de caer en la misología: nada puede ocurrirle a un hombre peor que eso. Porque así como hay misántropos, o sea individuos que odian a los hombres, también hay misólogos, o individuos que odian el pensamiento.”

“Una vida sin dirección no merece ser vivida.”

“El más noble de todos los estudios es el estudio del hombre y de lo que éste debe proponerse.”

Ideas de Platón:






































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