Introducción Debido a cambios en la sociedad y en sus costumbres se ha perdido el significado de la palabra héroe, la cual se refiere a un personaje ilustre y popular por sus hazañas, hechos, virtudes o logros. Lamentablemente hoy día no se habla de héroe, sino de ídolo, que quiere decir persona amada o admirada con exaltación –cabe destacar que en la ultima definición no se nombra ninguna hazaña, virtud o logro. No obstante, ambos héroe e ídolo son semejantes en algo: logran influir en multitudes de personas. Pero esta vez hablaré de un héroe: El Cid. El Cid (o Mío Cid como es el término proveniente del árabe Mi Señor) fue un héroe y personaje español de la Edad Media. Además de un guerrero burgalés fiel a su rey y antes que nada a Dios. Se cuestiona mucho sobre si vivió en el siglo XI o XII, incluso algunos se atreven a decir que existió en el siglo X. Se difiere también sobre si fue realmente su nombre Rodrigo Díaz De Vivar –Vivar es su ciudad natal, esta especie de agregado al nombre era característico de la época- o fue otra persona. Pero de algo no cabe duda y es que este realmente existió. A pesar del paso del tiempo la obra perduró gracias a los trovadores y juglares, éstos últimos eran hombres que por estipendio o dádivas recitaban poesías o canciones de los trovadores, para recreo de los reyes y magnates de esos tiempos. Debido a que fueron tan importantes las hazañas y conquistas del Cid es recordado hoy gracias estas figuras tan características de la Edad Media. Estos personajes también dejaron algo suyo: las progresivas exageraciones en el relato de la vida y hechos del Cid. En la obra no aparecen detalles de la vida de nuestro héroe como la muerte de su hijo, el cual ni siquiera es mencionado. Otra diferencia entre la obra y la vida real del Cid es que los nombres están alterados, como el nombre de sus hijas que en los manuscritos aparecían como Doña Sol y Doña Elvira –título otorgado a las señoritas de la época- siendo sus nombres otros en la realidad e incluso el nombre del Cid. Además del paso de nueve siglos de la obra, la cual sufrió gran cantidad de modificaciones por haber sido transmitida de generación en generación oralmente. Algún tiempo después se la transcribió pero en español antiguo. Desde entonces las producciones han cambiado mucho en el intento de adaptarla a estos tiempos y por la evolución de la lengua hasta llegar a nuestros días. Reseña de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar. Hijo de Diego Laínez, descendiente del semilegendario Laín Calvo, quedó huérfano a tierna edad y fue educado junto al infante Sancho, hijo del rey Fernando I de Castilla y León, quien, al acceder al trono castellano, lo nombró alférez real (1065). Hacia 1066, el prestigio de Rodrigo Díaz se vio notablemente incrementado a raíz de su victoria en el combate singular que mantuvo con el caballero navarro Jimeno Garcés, para dirimir el dominio de unos castillos fronterizos que se disputaban los monarcas de Castilla y Navarra; el triunfo le valió el sobrenombre de Campeador. Como jefe de las tropas reales, Rodrigo participó en la guerra que enfrentó a Sancho II de Castilla con su hermano Alfonso VI de León, quien, derrotado en las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), se vio obligado a buscar refugio en la corte musulmana de Toledo. El destino, sin embargo, quiso que Sancho II muriera en 1072, cuando intentaba tomar Zamora, con lo que Alfonso VI se convirtió en soberano de Castilla y León. El nuevo monarca no sólo no manifestó resentimiento hacia el Campeador, sino que, consciente de la valía de sus servicios, lo honró concediéndole la mano de su sobrina, doña Jimena, con quien casó en julio de 1074. No obstante, unos años después, en 1081, una inoportuna expedición a tierras toledanas sin el premiso real, que puso en grave peligro las negociaciones emprendidas por Alfonso VI para obtener la emblemática ciudad de Toledo, provocó su destierro de Castilla y la confiscación de todas sus posesiones. Acompañado de su mesnada, el Campeador ofreció sus servicios primero a los condes Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II de Barcelona, pero, al ser rechazado, decidió ayudar a al-Muqtadir, rey de Zaragoza, en la lucha que mantenía con su hermano al-Mundir, rey de Lérida, Tortosa y Denia, quien contaba con el apoyo de los condes de Barcelona y del monarca Sancho I Ramírez de Aragón. Al servicio de al-Muqtadir, venció en Almenar a Berenguer Ramón II (1082) y cerca de Morella a al-Mundir y el soberano aragonés (1084). Durante este período fue cuando recibió el sobrenombre de Cid, derivado del vocablo árabe sid, que significa señor. En 1086, la derrota de Alfonso VI frente a los almorávides en Sagrajas propició la reconciliación del monarca con Rodrigo Díaz, quien recibió importantes dominios en Castilla. De acuerdo con el soberano castellano leonés, el Cid partió hacia Levante, donde, entre 1087 y 1089, hizo tributarios a los monarcas musulmanes de las taifas de Albarracín y de Alpuente e impidió que la ciudad de Valencia, gobernada por al-Qadir, aliado de los castellanos, cayera en manos de al-Mundir y Berenguer Ramón II. En 1089, sin embargo, una nueva disensión con Alfonso VI provocó su definitivo destierro de Castilla, acusado de traición por el rey. Rodrigo decidió regresar al oriente peninsular, se convirtió en protector de al-Qadir y derrotó una vez más a Berenguer Ramón II en Tévar (1090). Muerto su protegido, decidió actuar en interés propio, y en julio de 1093 puso sitio a Valencia, aprovechando el conflicto interno entre partidarios y opuestos a librar la ciudad a los almorávides(*). El 15 de junio de 1094, el Cid entró en Valencia y organizó una taifa cristiana que tuvo una vida efímera tras su muerte, acaecida el 10 de julio de 1099. Doña Jimena, su viuda y sucesora, con la ayuda del conde Ramón Berenguer III de Barcelona, casado con su hija María en 1098, consiguió defender la ciudad hasta el año 1101, en que cayó en poder de los almorávides. (*)Almorávides: Tribu guerrera del atlas, que fundó un vasto imperio en el occidente de África y llegó a dominar toda la España árabe desde 1093 hasta 1148. En la obra son mencionados como moros, que significa árabes. Descripción sintáctica y léxica de la obra El Cantar del Mío Cid es una producción del género épico-narrativo dividida a grandes rasgos en tres cantos: El canto primero, llamado “El destierro del Cid”, el segundo canto denominado “Las bodas de las hijas del Cid y el canto tercero “La afrenta de Corpes”. El primero trata de cómo el Cid es desterrado por Alfonso VI y el comienzo de su vida como Campeador, título obtenido al conquistar Valencia. El canto segundo trata de las bodas de sus hijas con los Infantes de Carrión, Diego y Fernando y retoma el relato de las batallas del Cid y de los innumerables intentos por parte de los almorávides de reconquistar las tierras perdidas, principalmente Valencia y sus alrededores. El canto tercero habla un poco de una de las batallas más importantes del Cid, donde obtiene su segunda espada bautizada Tizón –la primera llamada Colada-. Ésta espada, cuyo nombre significa “la ardiente” tenía un valor aproximado de mil marcos, pero mayor era su valor debido al honor de haberla obtenido y al convertirse en un símbolo de poder. La composición métrica del poema esta dispuesta de la siguiente forma: versos de catorce sílabas –o versos alejandrinos- separados en dos hemistiquios por una cesura -mitad de un verso, especialmente cada una de las dos partes de un verso separadas o determinadas por una cesura-. Yendo más profundo en la obra podemos reconocer varias descripciones tanto etopéyicas (descripción espiritual y mental, por ejemplo sentimientos, estados de ánimo, deseos) como grafopéyicas (descripción gráfica, por ejemplo colores, tamaños, texturas). Así se describe etopéyicamente al Cid: valiente, honrado: “Mío Cid honrado…”; prudente, etcétera. De la siguiente manera se lo describe grafopéyicamente: "Gracias a Dios y a vos gracias, Cid, de la barba crecida…” o “que siempre llevaba puesta Mío Cid Campeador. Los cabellos con un lienzo de hilo fino se cubrió…”. Además, se pueden reconocer figuras literarias y lingüísticas tales como polisindetones: “y aquel conde don Enrique y aquel conde don Ramón y los demás de la corte hacen como su señor, con gran honra recibieron al que en buenhora nació…”. Los polisindetones consisten en la repetición continua de conjunciones copulativas como “ni” o “y”. Es posible identificar hiperbatones –estos son los recursos de la Retórica y del estilo que consisten en trastocar o desordenar el natural orden sintáctico de la frase (sujeto más verbo más complementos)- un ejemplo puede ser el siguiente fragmento: “Cubierto va con un manto que era de mucho valor…”. Aquí el orden sería verbo compuesto, preposición, sujeto (implícito), pronombre relativo, verbo, preposición, adjetivo, sustantivo. En la obra existe también encabalgamiento –es decir, el efecto que se da al quedar un verso inconcluso y que continúa en el siguiente verso, esta característica es propia de los textos líricos y épico-narrativos-. A continuación se cita un ejemplo de encabalgamiento: “Abren las puertas y afuera del castillo salen ya, Las avanzadas al verlos al campamento se van. La composición fonética del “Cantar del Mío Cid” se caracteriza por estar integrada por gran cantidad de fonemas “a”, es decir, del sonido producido por la letra A. Esto hace que el texto suene de una forma fuerte, clara y con cierta personalidad. Esta letra coincide con la “U” –la cual fue el fonema predominante en el texto escrito en latín, primer trascripción del “Cantar del Mío Cid”-. La “U” en latín también era un fonema con una fuerte acentuación.
Monografía - El cantar del Mio Cid
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