Dudo mucho que los habitantes de aquel mundo, el mundo de 1913, entendieran hasta que punto su mundo acababa. Era imposible imaginarse que la realidad que venía, la del Siglo XX sangriento, violento, racista, totalitario se acercaba para aplastar y eliminar las esperanzas de un futuro mejor. La Belle Epóque, un corto período que va desde 1871 a 1914, de avances en todos los campos y un gran optimismo en la población. Después de todo, el siglo había comenzado promisoriamente. Desarrollos científicos y tecnológicos, avances en la medicina, cambios sociales profundos que de a poco comenzaban a beneficiar a las capas mas necesitadas. Y entonces explotó todo. La Primera Guerra Mundial. Todo aquel avance tecnológico puesto al servicio de la muerte. Y entonces... la Primera Guerra Mundial, y el siglo de la esperanza se transformaría en el siglo de la guerra de trincheras, gases venenosos, Mussolini, Hitler, Franco, Stalin, Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz y Terensiendstadt, las revoluciones militares y el populismo en América Latina, dictaduras en todo el Tercer Mundo, Biafra, Bangla Desh, Viet Nam, Medio Oriente, las masacres del Khmer Rouge en Cambodia, terrorismo de izquierda, terrorismo de derecha... Un desastre interminable, un horror continuo marcado por momentos de esperanza. Desde los movimientos por los derechos de las mujeres, por los derechos civiles, por los derechos de los trabajadores, pasando por los movimientos pacifistas, el Welfare State, hasta el Mayo Francés y la Primavera de Praga, el retorno de las democracias a América Latina, la caida del Muro de Berlín, la convivencia en paz de los países europeos... Y por sobre todo, los derechos, la libertad, la democracia, la igualdad que nos proponía un sistema, que a pesar de sus terribles faltas, de su profunda imperfección, nos prometía un futuro mejor. Pero nada dura mucho. El mundo que se acaba. El tribalismo empeora. Las ideologías autoritarias, totalitaristas, teológicas, racistas, excluyentes se hacen presentes con toda su fuerza. Las democracias no han logrado corregir sus fallas, confundiendo el "gobierno del pueblo y para el pueblo" con el "gobierno de la ley de mercado", el capitalismo salvaje, el aplastamiento y anulación del individuo. Utilizando excusas basadas en argumentos de Seguridad Nacional, coartan las libertades, espían a sus ciudadanos, y todos somos sospechosos. ]Travestismos de democracia surgen en Rusia, Venezuela, Argentina, Bielorusia, y se transforman en modelos a seguir. En las elecciones, no gana el mejor candidato, sino el que tiene el slogan mas lindo, la mejor empresa de Relaciones Públicas. El fundamentalismo islámico se convierte en sistema político y avanza con sus olas de barbarie, fuego, sangre y bestialidad ya no solo sobre los países donde se originó, sino sobre Europa y el todo el mundo occidental. Y en consecuencia, las ultraderechas europeas regresan con toda su carga de racismo y xenofobia a defender "nuestros valores". Países como China destruyeron el mito sobre que el capitalismo y el crecimiento económico necesitan de libertad y democracia, sentando un peligroso precedente. En diez años, el mundo donde crecimos los que nacimos en las décadas del sesenta, setenta, ochenta del siglo anterior, será solo un recuerdo. Un mundo donde el 1% de la población tendrá el 90% de la riqueza. Un mundo donde un 50% de la población vivirá bajo sistemas fundamentalistas islámicos o autoritaristas al estilo la Rusia de Putin. Y el otro 50% en pseudodemocracias carcomidas por la corrupción, las diferencias sociales y la reducción drástica de los derechos civiles. El Hombre Nuevo (?) Una de las características del hombre Medieval era, entre otras muchas cosas, que no podía diferenciar entre el mundo real y el imaginario. Para el, entraban los dragones, las cosechas, los demonios, las guerras, los santos y la suceción de los días, todo en la misma bolsa. Tan real era el pan del mediodía, el vino que bebían, como los arcángeles y los infiernos de El Bosco. En defensa de aquellos hombres se pueden alegar la falta de educación, de información y el hecho de que el sistema feudal imperante promovía por interés propio este tipo de pensamiento. El hombre del Siglo XXI vive en un mundo similar. Conviven en un mismo plano teorías conspirativas, mitos, leyendas, rumores, manipulaciones interesadas juntamente con la realidad matemática del sueldo, los ravioles del domingo, el gobierno, la corrupción, el recuento de hechos, los datos en seco. Todo en la misma bolsa. El exceso de información indiscriminada tuvo el efecto contrario del esperado. Cayó en manos de operadores pagos, gobiernos y agencias de gobiernos, grupos de tenebrosas y pesadillescas ideologías que filtran, cambian, mienten y terminan drogando, estupidizando, adormeciendo a las masas. Así es como ves que si en algún momento existió un consenso sobre lo que estaba bien o mal (asesinatos en masa, racismo, xenofobia, torturas, terrorismo de cualquier signo, aplastamiento de los derechos básicos, belicismo) ya no existe. Hoy, no importa cuan horrendo se un hecho, cuan asesina una ideología, cuan desequilibrado un sistema o un lider, siempre vas a encontrar a alguien que los defienda, que cree teorías para reinventar la realidad y hacerla potable. Y así se justifican desde los nazis hasta Corea del Norte, desde Videla hasta ISIS, desde las decapitaciones en YouTube hasta la masacre en Charlie Hebdo. Desde el asesinato a sangre fría de 85 compatriotas, hasta los misteriosos suicidios de personas molestas. Si nos dejamos, entonces, nos lo merecemos.
El mundo que termina
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