InicioApuntes Y MonografiasLas guerras de 2015
Las guerras de 2015 Jean-Marie Guéhenno (presidente y director ejecutivo de International Crisis Group) Desde Afganistán hasta Yemen, los conflictos y crisis que afronta el mundo en el año que empieza. El año pasado fue malo para la paz y la seguridad internacional. Por supuesto, hubo elementos positivos. El proceso de paz en Colombia es prometedor. La última ronda de negociaciones nucleares con Irán tuvo más éxito del que creen muchos. Túnez, aunque todavía no está completamente a salvo, demostró el poder del diálogo sobre la violencia. Afganistán contradijo su historia y, a pesar de los numerosos obstáculos, cuenta con un gobierno de unidad nacional. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba emprendido por el presidente Barack Obama no puede sino ser beneficioso. Sin embargo, en general, ha sido un año desalentador. Los conflictos vuelven a aumentar después de un importante declive tras el final de la Guerra Fría. Las guerras actuales matan y desplazan a más personas y son más difíciles de terminar que en el pasado. El caos del mundo árabe se agravó: el Estado Islámico capturó grandes franjas de territorio en Irak y Siria, gran parte de Gaza volvió a quedar destruida, Egipto dio un giro hacia el autoritarismo y la represión, y Libia y Yemen se aproximaron a la guerra civil. En África, el mundo contempló cómo los líderes de Sudán del Sur hundían su nuevo país. El optimismo de 2013 respecto a la República Democrática del Congo (RDC) se desvaneció, el ébola asoló partes de África Occidental, y los insurgentes de Boko Haram intensificaron los ataques terroristas en el norte de Nigeria. El orden legal internacional sufrió la afrenta de que Rusia se anexionara Crimea, y la guerra ha vuelto a Europa con los combates que continúan en el este de Ucrania. ¿Qué es lo que va mal? A escala mundial, la creciente rivalidad geopolítica parece estar llevando, al menos por el momento, a un mundo menos controlado y menos previsible. Donde más patente es esto, desde luego, es en la relación entre Rusia y Occidente. Todavía no es una suma cero: las dos partes están aún colaborando en la cuestión nuclear iraní, la amenaza de combatientes terroristas extranjeros y, en general, el mantenimiento de la paz en África. Pero la política de Moscú en su región representa un verdadero problema, y su relación con EE UU y Europa se ha vuelto antagónica. Las relaciones de China con sus vecinos también son tensas y podrían desembocar en una crisis en los Mares del Este de China o del Sur de China. La lucha entre Irán y Arabia Saudí inspira la violencia entre suníes y chiíes en todo Oriente Medio. Las propias potencias suníes están divididas: la rivalidad entre Arabia Saudí, los Emiratos y Egipto, por un lado, y Qatar y Turquía, por otro, tiene repercusiones en todo el norte de África. En otros lugares del continente africano, las potencias se enfrentan en Somalia y en la guerra cada vez más regionalizada de Sudán del Sur; y la RDC es desde hace mucho escenario de la competencia de sus vecinos para tener influencia y recursos. La rivalidad entre las potencias mundiales y regionales no es nada nuevo, desde luego. Pero la hostilidad entre las grandes potencias ha paralizado al Consejo de Seguridad de la ONU en relación con Ucrania y Siria, y deja a sus miembros más poderosos menos tiempo y capital político para dedicarse a otras crisis. A medida que el poder se vuelve más difuso, el antagonismo entre las potencias regionales es más importante. La competencia entre unos Estados poderosos da un tono regional o internacional a las guerras civiles, y eso hace que su resolución sea más compleja. Además, las guerras y la inestabilidad están concentrándose geográficamente y extendiéndose desde partes de Libia, el Sahel y el norte de Nigeria, a través de la región de los Grandes Lagos y el Cuerno de África, hasta Siria, Irak y Yemen, y de ahí a Afganistán y Pakistán. Estabilizar las zonas más vulnerables del mundo debe ser una prioridad mundial de política exterior, y no solo un imperativo moral, porque esas regiones suelen servir de refugio a terroristas y criminales transnacionales. A ello hay que añadir una preocupante tendencia a la violencia en países que están tratando de hacer la transición a la democracia. Entre los lugares con más problemas del mundo están los que intentan alejarse de un gobierno autoritario, como Libia, Yemen, Afganistán, la RDC y Ucrania. Labrar un nuevo consenso sobre la división de poderes y recursos es un reto enorme, y el fracaso suele desembocar en nuevas luchas. Esto plantea dilemas tanto a las clases dirigentes nacionales como a las potencias extranjeras. Por un lado, sabemos que el comportamiento de muchos gobernantes autoritarios no hace más que almacenar problemas para después. Vacían las instituciones, reprimen a los opositores, se olvidan de gran parte de la población y a menudo dejan vagos mecanismos de sucesión. Por otro, deshacerse de ellos, muchas veces, empeora la situación a corto plazo, precisamente porque su mandato no ha implantado un sistema que permita administrar el cambio. El año que acaba de terminar ha demostrado también que los grupos yihadistas siguen siendo una amenaza persistente y en aumento. El Estado Islámico y sus nuevos afiliados en el Sinaí y el norte de África, Boko Haram en Nigeria, Al Shabab en Somalia y Kenia y las filiales de Al Qaeda en el sur de Asia, Asia central, el Cáucaso, Yemen y el Sahel están desestabilizando gobiernos, matando a civiles y radicalizando a las poblaciones locales. Pero agrupar estos movimientos, con frecuencia, no sirve de nada: aunque dicen que sus ambiciones son globales, los distintos grupos se alimentan de los agravios locales. Si bien estos grupos yihadistas emplean tácticas terroristas atroces, no son meros terroristas. Quieren controlar el territorio. Suelen mezclar tácticas brutales con una astuta implicación política o social. Algunos se presentan como alternativas a un Estado corrupto e injusto y proporcionan bienes públicos básicos -en especial seguridad y justicia, aunque en variantes crueles- cuando el gobierno no lo hace. Pocas de las guerras que libran comienzan en nombre de la yihad internacional. La ideología extremista, normalmente, tarda en figurar, y siempre entre otras causas de violencia. Sin embargo, una vez allí, hace que sea mucho más difícil acabar las guerras de forma negociada. Está claro que unos problemas tan distintos no pueden describirse de manera genérica. Las soluciones necesitan un conocimiento detallado de cada conflicto, sus motores, sus protagonistas, sus motivos e intereses. Cualquier reacción debe emprenderse en función del contexto. Pero podemos ofrecer unas cuantas ideas generales basándonos en el año pasado. En primer lugar, este año, la política ha carecido demasiadas veces de estrategia, lo mismo en la campaña de Estados Unidos contra el EI que en la de Nigeria contra Boko Haram. La acción militar no basta por sí sola; de hecho, en muchos casos perpetúa las razones de fondo del conflicto: las desigualdades de poder, el subdesarrollo, la actuación del Estado depredador, la política identitaria, etcétera. Lo que mantiene unidos a los países son los acuerdos políticos. Para acabar con las guerras o evitar las crisis es necesario un proceso que se encamine en esa dirección. Segundo, en la mayoría de los casos, es más lógico hablar que no hacerlo. Los casos positivos de este año -la cuestión nuclear iraní, las conversaciones de paz en Colombia, la transición en Túnez, las relaciones Estados Unidos-Cuba- demuestran el valor del diálogo, incluso cuando es incómodo o impopular. Por supuesto que hay riesgos, en particular cuando se negocia con grupos con agendas excluyentes o en los que los motivos criminales pueden más que los políticos. Pero, por el momento, la balanza está peligrosamente inclinada en contra del diálogo: los responsables políticos deben ser más flexibles, dejarse de declaraciones dogmáticas sobre con quién pueden o no pueden hablar y, cuando sea necesaria la fuerza, combinarla con el diálogo, aunque solo sea para aislar a los que son realmente inaceptables. Tercero, la inclusión política debería ser más a menudo un principio rector para los líderes actuales. Con el tiempo, eso significa construir unas instituciones representativas y eficaces y protejan a todos los ciudadanos; una tarea larga, ardua y muy política. En los países frágiles, las prisas por celebrar unas elecciones que den más poder al ganador en detrimento del perdedor o ratificar constituciones que concentran el poder en una sola persona son peligrosas. La exclusión es una clave importante en muchas guerras actuales; todos los grupos principales necesitan sentarse a la mesa para proteger sus intereses. Cuarto, es mucho mejor prevenir crisis que tratar de contenerlas después. Eso significa entablar el diálogo antes de que los conflictos locales adquieran una dimensión yihadista, por ejemplo. Significa abordar los motivos de queja de las comunidades antes de que empuñen las armas. Implica intentar acabar con las guerras antes de que las facciones se fragmenten, porque entonces será más difícil lograr la paz. Es especialmente importante apoyar a los Estados que están en regiones con problemas y son razonablemente estables o por lo menos aún no se han derrumbado. Para ello hay que garantizar que la ayuda militar no sirva para atrincherar a los gobernantes ni perpetuar malos hábitos. Pero también hay que ser más cautelosos a la hora de defender un cambio de régimen y, a cambio, empujar a los dirigentes hacia una política más integradora, una mejor provisión de los bienes y servicios públicos básicos, la lucha contra la corrupción y la mejora de las relaciones con sus vecinos. Nada de esto es fácil, sobre todo con las numerosas crisis que mantienen ocupados a los líderes mundiales. Pero desde luego es mejor que tratar de arreglar las cosas después. De hecho, dado que la capacidad del mundo para gestionar crisis está ya saturada, un nuevo fracaso en otra región -Asia Central, por ejemplo, o el Golfo- sería desastroso. Por último, unas líneas sobre la lista. Como todas las listas, es hasta cierto punto arbitraria. Con tantas crisis en activo, reducirlas a las 10 más peligrosas es difícil. Omitimos Sudán, por ejemplo, pese a que está aún asolado por guerras periféricas que parecen encaminarse hacia una escalada, en vista de que Jartum sigue sin hacer reformas. Tampoco incluimos los extraordinarios niveles de violencia relacionada con el narcotráfico en México y algunas zonas de Centroamérica. Tampoco aparece aquí el conflicto Israel-Palestina, si bien está claro que puede agravarse en Gaza, Cisjordania, Jerusalén o el propio Israel. Pakistán también está este año fuera de la lista, pero, como demuestra el horrendo atentado del mes de diciembre en Peshawar, sigue sujeto a múltiples amenazas interrelacionadas, ya sea de los yihadistas, la violencia sectaria en las ciudades o el Ejército intranquilo. Siria, Irak y el Estado Islámico Desde que el EI se apoderó de una amplia franja del norte de Irak en junio, el grupo yihadista se ha convertido en foco fundamental de la política regional. Pero su éxito es un síntoma de una serie de problemas más de fondo que no se solucionan por medios militares: gobiernos sectarios en Siria e Irak, estrategias militares dependientes de unas milicias que radicalizan a las poblaciones locales y la desaparición gradual de las fuerzas suníes tradicionales. En vísperas de las elecciones iraquíes de abril, el entonces primer ministro Nouri al Maliki imitó al presidente sirio Bashar el Assad y empleó la amenaza yihadista para movilizar a su base chií, presentarse como baluarte contra el terrorismo y así obtener el respaldo internacional. Su táctica tuvo éxito y a la vez fue contraproducente: ganó las elecciones, pero solo a costa de distanciarse de la mayoría de los suníes de su país. Aunque muchos iraquíes y las autoridades estadounidenses esperaban que la caída de Maliki en favor de Haider al Abadi abriera paso a un Gobierno más integrador, hasta ahora se han visto decepcionados. Las fuerzas chiíes asociadas con Irán mantienen su influencia en la toma de decisiones en Bagdad. Por otra parte, aunque la guerra contra el Estado Islámico ha promovido una incipiente reconciliación entre el Gobierno Regional del Kurdistán y Bagdad, el apoyo de Occidente a las facciones kurdas está alimentando las tensiones entre los iraquíes y las rivalidades entre los kurdos. La campaña aérea de Estados Unidos contra el EI ha frenado algo al grupo. Sin embargo, la dinámica general del conflicto a ambos lados de la frontera Siria-Irak sigue inclinándose en favor de la organización yihadista, porque asegura ser el único rival serio del régimen de Al Assad -al que consideran beneficiado por los ataques aéreos estadounidenses- y el único defensor serio de los intereses suníes en los dos países. La capacidad de lucha y la moral de la oposición armada siria respaldada por Occidente siguen disminuyendo. Jabhat al Nusra, afiliado a Al Qaeda, ha expulsado ya a la mayoría de las facciones moderadas de la provincia de Idlib, en manos de los rebeldes, y el régimen de Al Assad es implacable en su empeño en aplastarlos militarmente. Los grupos apoyados por Occidente siguen siendo importantes en Alepo, el territorio más valioso que le queda a la oposición, pero los rebeldes están teniendo dificultades para impedir el acoso del régimen al tiempo que rechazan al EI en la región vecina. Una derrota allí pondría en peligro la viabilidad de las fuerzas no yihadistas en todo el norte y seguramente descartaría cualquier solución negociada al conflicto. Es esencial mantener la posibilidad de un futuro proceso de paz. Ucrania Puede no ser la crisis más mortífera del mundo, pero ha transformado y empeorado las relaciones entre Rusia y Occidente. Más de 5.000 personas han muerto en el país desde que comenzó el conflicto declarado en marzo de 2014, entre ellas, alrededor de mil fallecidas después de que se declarase el alto el fuego, el 5 de septiembre. La entrada del invierno puede añadir una nueva dimensión a la crisis: la población de las regiones orientales de Donetsk y Luhansk, en manos de los separatistas, tendrán que arreglárselas como puedan sin casi calefacción, medicinas, alimentos ni dinero, que escasean debido al derrumbe de la economía local y las restricciones financieras impuestas por Kiev. Los dirigentes separatistas han creado pocas instituciones de gobierno que funcionen, casi no han formado funcionarios y no serán capaces de afrontar ninguna crisis humanitaria por sí solos. Existen atisbos de esperanza. Aunque Moscú continúa dando su apoyo a las diminutas repúblicas escindidas creadas en partes de Donetsk y Luhansk, su entusiasmo por los separatistas está disipándose. No las ha reconocido, y ahora subraya que su futuro está dentro de las fronteras de Ucrania. No obstante, la situación es imprevisible. No parece probable que en este comienzo de año se vaya a imponer militarmente ninguno de los dos bandos, pero, dado que ambos cuentan con poderosos grupos de presión en favor de la guerra, es posible que quieran intentarlo. Otras zonas de Ucrania en el sureste -áreas como Jarkov y Zaporizhia, relativamente tranquilas hasta ahora- podrían empezar a removerse si Moscú agita las cosas, tal vez para abrir una vía terrestre a Crimea a través de esa zona. Desde luego, los separatistas más radicales están esperando que suceda. El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, es consciente de que es urgente hacer reformas económicas y sociales para asegurar la estabilidad del país a largo plazo. Sin embargo, está dándose poca prisa en implantarlas. Occidente debe mantener la presión política para que continúe con el plan. A corto plazo, las principales tareas de la comunidad internacional consisten en separar a las partes en conflicto, animar a Kiev a tender la mano a sus compatriotas en la región este, colocar la frontera entre Ucrania y Rusia bajo el pleno control de observadores internacionales y alejar poco a poco el conflicto del enfrentamiento armado a la negociación política. Todavía hay tiempo de evitar la aparición de otro conflicto congelado en la periferia de Europa, con algo de suerte, mucha energía y una política respecto a Moscú que aúne la presión sostenida con posibles incentivos si tranquilizan la situación. Sudán del Sur El país africano comienza su segundo año de una brutal guerra civil que, por ahora, parece que va a continuar. El pasado mes de diciembre, las disputas latentes desde hacía tiempo dentro del partido gobernante y el Ejército estallaron en una guerra entre las fuerzas leales al presidente Salva Kiir y los leales a su antiguo vicepresidente, Riek Machar. Las guarniciones militares se dividieron, a menudo con violencia, con arreglo a las diferencias étnicas. Los choques se extendieron con rapidez desde la capital y los combates destruyeron ciudades importantes y las infraestructuras del petróleo. Como tropas de Uganda y los rebeldes sudaneses luchan junto a las fuerzas gubernamentales, y Sudán, al parecer, está armando tanto al Gobierno como a la oposición, la guerra ha arrastrado a los países vecinos y amenaza con desestabilizar aún más una región ya atribulada. El Ejecutivo está hipotecando su futuro económico para costear la guerra y dejando al país al borde de la bancarrota. Algunos cálculos indican que la guerra ya ha dejado 50.000 muertos y casi dos millones de desplazados. Las organizaciones humanitarias han logrado evitar una hambruna, por ahora, pero se encuentran con una hostilidad considerable. El fin de la estación de las lluvias, en diciembre, supondrá seguramente una intensificación de la violencia. Los intentos de poner fin a la guerra no han prosperado. La Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), un grupo subregional del que son miembros Uganda y Sudán, ha tomado la iniciativa en los esfuerzos de mediación, pero las negociaciones han tenido escasa repercusión y no incluyen a todas las partes. Los pactos de alto el fuego se violan de manera sistemática. Y ni Estados Unidos ni China están apoyando con todo su peso el proceso de paz. Los grupos armados están fragmentándose, y muchos están ya fuera del control de Kiir y Machar, lo cual facilita conflictos secundarios que evolucionan a la sombra de la guerra civil. ¿Qué puede hacer el mundo para detener la sangría? El Consejo de Seguridad de la ONU -en particular Estados Unidos y China, que tienen sólidas relaciones con las potencias regionales- debe intervenir de forma más activa. Un embargo de armas estrechamente vigilado aumentaría la capacidad de presionar a todas las partes. La presión de Washington sobre Uganda, combinada con la presión de China sobre Sudán y la de las principales potencias regionales y mundiales sobre Kiir y Machar, podría desbloquear la situación. Habría que pensar en un mecanismo para garantizar que los ingresos del petróleo no financien el conflicto, además de la presión sobre las cadenas de suministro de la oposición. Además, los mediadores deben ampliar el diálogo con los grupos armados y los más inflexibles en todo el país. La crisis de Sudán del Sur es una de las más graves del mundo. No obstante, a diferencia de Siria y Ucrania, en este caso hay más esperanzas de una acción internacional coordinada, porque la cuestión no divide al Consejo de Seguridad. Ahora que la región está fragmentada, ha llegado el momento de que las grandes potencias actúen con más energía. Nigeria En 2015, Nigeria se enfrenta a una tormenta perfecta. Primero, la insurgencia brutal del grupo islamista Boko Haram continúa creando el caos en el norte del país, sobre todo en las zonas pobres del nordeste. El grupo se apoderó de más territorio este verano; desde entonces sus ataques se han extendido al vecino Camerún y podrían llegar hasta Níger y Chad. El conflicto, que entra en su quinto año y no da señas de remitir, ha dejado más de 13.000 muertos y alrededor de 800.000 desplazados. La reacción del presidente Goodluck Jonathan ha consistido sobre todo en medidas militares. Aunque las campañas de su Gobierno han obtenido varias victorias, no han conseguido hacer retroceder a los rebeldes. En ocasiones, han creado más enemigos: las operaciones han sido torpes e indiscriminadas, y tanto las fuerzas de seguridad como las milicias locales aliadas han llevado a cabo asesinatos extrajudiciales y torturas. El elevado número de bajas en algunas batallas ha hecho que algunos soldados se nieguen a luchar o deserten de sus unidades. Las más de 200 niñas chibok secuestradas por los rebeldes en abril, una agresión que ocupó los titulares de todo el mundo, siguen desaparecidas, y eso refuerza la idea de que el Ejecutivo no está a la altura de la situación. En segundo lugar, la caída mundial de los precios del petróleo ha debilitado al Gobierno, que necesita las ventas de crudo para obtener alrededor del 70% de sus ingresos. En los dos últimos meses de 2014, Nigeria rebajó dos veces el precio que utiliza para planear su presupuesto (hasta 65 dólares el barril) y se comprometió a no recurrir a medidas inflacionarias. Asimismo, la moneda nigeriana, el naira, se devaluó por primera vez en tres años. Tercero, las elecciones previstas para febrero de 2015 también podrían desestabilizar el país. En Nigeria, los comicios siempre son muy controvertidos, pero las posibilidades de violencia en esta ocasión son excepcionalmente altas. Por primera vez desde la recuperación del poder civil, en 1999, el Partido Democrático Popular (PDP), en el poder, se enfrenta a un verdadero reto. Una coalición de oposición, el Congreso de todos los Progresistas (APC, en sus siglas en inglés), se ha unido alrededor de un único candidato presidencial, el general retirado Muhammadu Buhari, que va a enfrentarse al presidente Jonathan. Como ha ocurrido en elecciones anteriores, es prácticamente indudable que habrá violencia en todo el Estado durante la campaña y las votaciones. Un resultado polémico sería todavía más preocupante: si pierde Buhari, las masas podrían salir a la calle en las ciudades del norte, como hicieron cuando perdieron en 2011, pero esta vez, con Boko Haram dispuesto a contribuir al derramamiento de sangre. Si pierde Jonathan, sus partidarios en el Delta ya han amenazado con reavivar la violencia en la región. República Democrática del Congo En el último año se han defraudado muchas de las esperanzas suscitadas por los avances del la RDC en 2013. Las reformas prometidas por el presidente Joseph Kabila, especialmente en el sector de la seguridad, se han estancado. Aunque en 2013 las tropas congoleñas y un contingente especial de la ONU, la Brigada de Intervención (FIB en sus siglas en inglés), derrotaron al M23, la milicia respaldada por Ruanda, los intentos de desmovilizar otros grupos armados han fracasado. Las fuerzas oficiales emprendieron ataques contra las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), pero sus líderes permanecen en libertad y combatientes sin identificar siguen asesinando a los habitantes de los pueblos en su zona de operaciones. Más complicadas son las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR), herederas de las fuerzas paramilitares hutus que cometieron el genocidio de Ruanda en 1994. El Gobierno del Congo y los países que contribuyen a las tropas de la FIB, en especial Suráfrica y Tanzania, se resisten a atacar a los enemigos de Ruanda, el FDLR, de la misma forma que llevaron acciones contra sus aliados, el M23. Una estrategia contra el FDLR no puede depender solo de la acción militar. Es preciso combinar medidas más blandas -realojamiento en terceros países, un plan de desarme que se ocupe de los combatientes y sus comunidades, acción policial contra las redes ilícitas que apoyan al FDLR y un acuerdo sobre el proceso judicial de sus dirigentes- con una amenaza creíble de emplear la fuerza. Por ahora, sin embargo, falta esa amenaza. El escaso número de combatientes del FDLR que está entregándose permite pensar que el grupo no renunciará a las armas de manera voluntaria; es evidente que el plazo de seis meses impuesto por las potencias regionales para este proceso no era más que una táctica para ganar tiempo. Ahora que el desarme de las milicias se ha congelado, es posible que haya otra escalada de la violencia en las provincias orientales, sobre todo si Ruanda se retira del proceso político encabezado por Naciones Unidas. Igual que en Nigeria, las próximas elecciones en la RDC son un desafío temible en un entorno político ya frágil. Kabila, cuya legitimidad ya es muy débil y al que la constitución prohíbe presentarse a un tercer mandato, puede intentar cambiar las reglas o retrasar los comicios para prolongar su estancia en el poder. Cualquiera de las dos cosas desatará las protestas de la oposición. Dado que la violencia en el este de la RDC es en gran parte un síntoma del mal gobierno y el carácter disfuncional del Estado, los comicios serán tan cruciales para la estabilidad del país como las milicias y los vecinos entrometidos. Libia y el Sahel La transición de Libia también se ha ido al traste, y el caos creado está extendiéndose más allá de sus fronteras. El bloqueo político ha dado lugar a dos cámaras legislativas rivales, un Parlamento que cuenta con el reconocimiento internacional en Tobruk y un Congreso Nacional General dominado por los islamistas en Trípoli. El Gobierno libio no tiene ya ninguna autoridad real; la confianza en las instituciones del Estado, poco más que una fachada, se ha desmoronado. Los asesinatos de autoridades y el intento de golpe encabezado por un general anti-islamista han dividido al país y han reflejado la polarización regional. Sin embargo, las divisiones son más complejas que una mera escisión entre islamistas y anti-islamistas. Las luchas por la riqueza del gas y el petróleo, las rivalidades entre tribus y milicias, los intereses contrapuestos de las potencias extranjeras y las discrepancias sobre cómo estructurar el Estado después de Gadafi amenazan con desgarrar el país. Esa situación es un problema no solo para Libia, sino también para sus vecinos. La llegada de armas y mercenarios explica, en parte, la descomposición de Malí en 2012, cuando los rebeldes tuaregs y los grupos afiliados a Al Qaeda se adueñaron del norte y un golpe militar derrocó al Gobierno de Bamako. Una operación francesa hizo retroceder a los yihadistas, pero muchos de ellos siguen refugiados en el desierto o en comunidades remotas. Mientras tanto, en Níger también ha aumentado la actividad terrorista. Igual que en Malí, las autoridades tienen dificultades para controlar el vasto desierto y sus esfuerzos topan con las rivalidades regionales, especialmente entre Argelia y Marruecos. Los extremistas y los criminales con conexiones internacionales utilizan cada vez más el Sahel para escapar de las operaciones francesas y afianzarse en el Norte de África. Las fronteras porosas, la débil autoridad del Estado y la facilidad de obtención de armas les favorecen. Toda esta inseguridad regional tiene eco en la inmensa zona sin gobernar del sur de Libia. La olvidada provincia de Fazzan, en el suroeste, ha experimentado una afluencia de combatientes tuaregs, entre ellos islamistas radicales, y está convirtiéndose en un refugio de grupos extremistas. Los líderes libios parecen incapaces de interrumpir la desintegración del país. Las intervenciones de Francia y, en menor medida, Estados Unidos han detenido el avance yihadista en el Sahel. Pero está por ver si los esfuerzos militares van a ir acompañados de la política integradora y el desarrollo socioeconómico necesarios para alcanzar una estabilidad real. Hasta ahora, las estrategias políticas están muy por detrás de las campañas militares. Somalia Aunque las ofensivas combinadas de las fuerzas de la Unión Africana y el Ejército somalí han permitido obtener victorias importantes contra Al Shabab, el gobierno federal de Somalia tiene todavía dificultades para administrar su poder. A pesar de la existencia de una constitución federal provisional, las tensiones entre el presidente y el primer ministro se convirtieron a finales de 2014 en un sucio enfrentamiento que acabó con la expulsión del segundo. Ahora, las discrepancias políticas en las instancias federales y regionales amenazan la aspiración declarada por el Ejecutivo de celebrar elecciones y un referéndum constitucional en 2016. Si bien, en teoría, el gobierno central no controlaba tanto territorio desde principios de los 90, la realidad es que hay un mosaico de clanes armados locales que son los que mandan. Es probable que el doble objetivo de la formación de un Estado federal y la celebración de elecciones nacionales -dos metas que muchos siguen considerando en el país un juego de suma cero por el dominio de los clanes- genere más conflictos. En esta atmósfera, la misión de la Unión Africana, AMISOM, tratará de mantener su neutralidad, entre otras cosas porque la mayoría de sus tropas procede de Estados vecinos. Y, a pesar de las pérdidas de territorio y el asesinato selectivo de su líder en un ataque llevado a cabo por un avión no tripulado en septiembre, Al Shabab conserva la capacidad de atacar en su terreno y más allá, sobre todo en Kenia, donde asegura defender la causa de la minoría musulmana marginada. Las partes interesadas en Somalia -tanto nacionales como extranjeras- deben alterar sus prioridades para abordar los problemas del país. Tienen que centrarse en la estabilización local, a través de los consejos de distrito y los ayuntamientos y mediante el establecimiento de instituciones políticas de base. Las elecciones locales son más importantes que las nacionales. La trayectoria actual, desde arriba, puede aumentar la frustración de los donantes con un gobierno central incapaz de cumplir y reforzar el poder de los clanes para hacerse con la presidencia. Yemen La transición de Yemen se ha venido abajo. El proceso político ha caído víctima de la rivalidad entre las clases dirigentes, un cambio en el equilibrio de poder en favor de los hutíes -un movimiento chií zaidí que ha invadido gran parte del país desde su bastión en el norte- y un movimiento separatista resurgente en el sur. Con el deterioro de las condiciones económicas y de seguridad, la credibilidad del Estado y la confianza en el presidente Abdo Rabu Mansur Hadi como mediador honrado entre las facciones se han debilitado. Los hutíes, apoyados por un amplio frente político harto del estancamiento de la situación, se apoderaron de la capital, Saná, en septiembre de 2014. Aceptaron un plan para nombrar un nuevo Gobierno, el Acuerdo de Paz y Cooperación Nacional, pero violaron rápidamente su espíritu al endurecer su control de la capital y extenderse hacia el sur y el oeste, hasta los territorios suníes y la región petrolífera de Marib. Aunque Yemen no tiene una tradición de violencia sectaria, está empezando a crearla. La toma del poder por parte de los hutíes les ha enfrentado con Islah, un partido político que engloba la rama yemení de los Hermanos Musulmanes, y con Al Qaeda en la Península Arábiga, formado en 2009 por militantes suníes de Arabia Saudí y Yemen. El avance hutí también ha provocado en el sur el temor de que la autonomía federal, prevista en el diálogo de transición que se estableció tras la salida del presidente Alí Abdullah Saleh, no logre triunfar. Las potencias regionales y mundiales tienen un historial irregular en relación con Yemen. Arabia Saudí y el Consejo de Cooperación del Golfo fueron cruciales para reunir a las distintas facciones durante la caótica situación de 2011. Los saudíes han aportado miles de millones de dólares para reforzar el presupuesto del Estado. Ahora bien, cuando los hutíes entraron en Saná, Riad expresó sus dudas sobre la conveniencia de financiar un gobierno dominado por un grupo al que considera una marioneta de Irán. Si los saudíes desaconsejaran las inversiones y retiraran su apoyo financiero, el Estado yemení podría entrar en descomposición. Irán y Arabia Saudí, que tienen un enemigo común en Al Qaeda, deberían cooperar para no dejar que Yemen se deslice hacia otra guerra subsidiaria. El papel del Consejo de Seguridad de la ONU también ha sido desigual. En febrero de 2014, ordenó sanciones contra cualquier grupo que se considerase que estuviera obstaculizando la transición. Después de que los hutíes tomaran Saná, la ONU sancionó a dos de sus jefes y al ex presidente Saleh, a instancias del presidente Hadi y los saudíes. La decisión fue contraproducente porque dio un impulso temporal a quienes pretendía debilitar. El partido de Saleh, Congreso General del Pueblo, se apresuró a retirar su apoyo al Gobierno y expulsó a Hadi de su dirección, y los hutíes recibieron las sanciones como un honor. No parece que ninguna de estas partes vayan a aceptar ningún compromiso a corto plazo. Afganistán Por primera vez en su historia Afganistán vivió el año pasado un traspaso de poder en gran parte pacífico. El presidente Hamid Karzai dejó el cargo, Ashraf Ghani tomó posesión como sucesor y el segundo en las elecciones, Abdullah Abdullah, se convirtió en el director general de Afganistán, de acuerdo con un acuerdo de reparto de poder. Pero la prolongada crisis a propósito de las elecciones indica que el Gobierno de unidad de Ghani puede plantear retos además de oportunidades. Las relaciones entre los dos bandos están aún enconadas, aún no se han puesto de acuerdo sobre varios nombramientos fundamentales para el Gobierno, y el acuerdo mencionado carece de mecanismos para resolver las disputas. El sectarismo puede llegar a impedir las urgentes reformas necesarias prometidas por Ghani para fortalecer las instituciones, controlar la corrupción, equilibrar el Poder Ejecutivo y avanzar hacia un sistema de gobierno menos centralizado. Además, el nuevo Gobierno se enfrenta a una insurgencia talibán en expansión. Ghani firmó un acuerdo con Washington que abría la puerta a la presencia en Afganistán hasta 2015 de 12.000 soldados, en su mayoría estadounidenses, con el fin de llevar a cabo operaciones antiterroristas y asesorar, entrenar y ayudar a las fuerzas locales, que están librando duros combates contra los talibanes. Pero la violencia va en aumento y los rebeldes están obteniendo triunfos en las regiones más lejanas. A finales de octubre, el Ministerio de Defensa afgano dijo que 2014 era el año más letal para las fuerzas afganas desde la invasión encabezada por Estados Unidos en 2001. Un informe anterior de la ONU advertía de que se había incrementado el número de civiles muertos y heridos. Con la retirada de las tropas extranjeras, la capacidad de Kabul de llegar a las provincias ha disminuido y tendrá dificultades para mantener al Ejército con el volumen actual de soldados sin más donaciones multimillonarias. Durante una serie de visitas a China, Pakistán y Arabia Saudí en las primeras semanas de su mandato, Ghani ha hecho bien en mostrar su interés por poner fin al conflicto con un acuerdo negociado. El peligro, no obstante, es que esa salida dé más influencia a Pakistán, cuya relación con Kabul sigue siendo tensa y donde los rebeldes afganos siguen teniendo refugios junto a la frontera. Mientras tanto, los ataques de los talibanes indican que, al menos por ahora, los insurgentes van a seguir poniendo a prueba su fuerza contra la del Ejército afgano. Los combates van a ser un elemento esencial en la negociación y 2015 promete ser otro año violento para Afganistán. Venezuela En comparación con muchos de los demás países de la lista, Venezuela no es una zona de guerra. La calma ha regresado a las calles de Caracas después de que los choques entre manifestantes, fuerzas de seguridad y milicias progubernamentales costaran varias docenas de vidas, sobre todo de manifestantes, a principios de 2014. Pero las causas fundamentales de la crisis siguen sin resolverse, y el país podría sufrir otro brote de inestabilidad este año. El Gobierno del presidente Nicolás Maduro afronta una crisis económica que se ha agravado por la espectacular caída de los precios del petróleo, del que Venezuela obtiene alrededor del 96% de sus ingresos. La situación era preocupante ya antes: el país sufría una tremenda inflación (más del 60%), escasez de alimentos, medicamentos y otros artículos básicos, el fracaso de los servicios públicos y una de las tasas de crímenes violentos más altas del mundo. La popularidad del Gobierno ha caído sin cesar desde que Maduro tomó posesión del cargo tras la muerte de Hugo Chávez, en marzo de 2013. El índice de aprobación del presidente es inferior al 25%, increíblemente bajo para Venezuela, y refleja el descontento incluso entre las filas chavistas que constituyen su base. Todo esto no sería irremediable si no fuera porque el régimen actual, que llegó al poder en 1999, ha sido incapaz de fortalecer las instituciones del Estado. El Tribunal Supremo (TSJ), las autoridades electorales (CNE) y tres componentes de lo que los venezolanos denominan el “poder moral” (fiscal general, defensor del pueblo e interventor general) están llenos de personas leales al Gobierno. El Parlamento, que debería ser un foro para el debate pacífico, autoriza sin cuestionar las decisiones de la presidencia. Como consecuencia, Venezuela se ha quedado sin válvulas de escape que ayuden a aliviar la tensión. En medio de los enfrentamientos del año pasado comenzó un intento de diálogo entre el Gobierno y la alianza de oposición, Unidad Democrática (MUD). Una de las pocas cosas en las que coincidieron fue la necesidad de llenar las vacantes que aguardaban desde hacía mucho tiempo en el TSJ y la CNE y sustituir a los tres miembros del “poder moral” cuyos mandatos debían expirar a final de año. Por desgracia, el Ejecutivo no recurrió al consenso y así desaprovechó una oportunidad para rebajar las tensiones con la oposición. Mientras los actores regionales no estén dispuestos a ejercer una presión más decisiva, hay más probabilidades de que las elecciones legislativas previstas para 2015 desencadenen otro brote de violencia que de que produzcan un Parlamento aceptado por todos. El panorama que surge de esta lista de conflictos es desalentador. No obstante, hay un atisbo de esperanza: la creciente fragmentación del mundo significa que no existe una división global entre bloques. Aunque la crisis entre Rusia y Occidente preocupa a Europa, los últimos restos de la guerra fría están desapareciendo con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Hoy es posible abordar muchos conflictos por sí solos, y el papel cada vez más importante de las potencias regionales, aunque añade más complejidad y, en ciertos casos, nuevos antagonismos, también ofrece oportunidades para ejercer una diplomacia más imaginativa. Este no es el momento de que las viejas potencias se retiren, pero tienen que reconocer que, para mantener la paz en 2015, será necesario colaborar con una variedad mucho mayor de países que en el pasado.
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