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Usuario (Argentina)
Los medios que más le gustan a los ‘yihadistas’ Pedro Baños Bajo ¿Cuáles son los medios y modos de comunicación que utilizan los grupos extremistas para hacer del terrorismo un espectáculo? Los grupos armados influenciados por ideologías extremistas –políticas y/o religiosas-, con independencia de la finalidad perseguida (insurgencia, revolución, separatismo, expulsión del invasor, lucha sectaria,…), acostumbran a realizar actos de terrorismo como procedimiento de actuación, ya sea de forma principal o para apoyar sus actividades más convencionales. Con el empleo de esta asimetría, los terroristas pretenden superar a un adversario al que estiman muy superior, no sólo militarmente, y, al tiempo, obtener una publicidad que justifica y legitima su causa. También para que les aporte fondos, partidarios y combatientes. Pero esta no es la novedad, la innovación viene, en la actualidad, de la mano de los medios y modos en que dichos grupos comunican sus mensajes. Ya no bastan los pasquines o panfletos, ni siquiera emplear televisiones como Al Jazeera o Al Arabiya para difundir los intimidadores mensajes y las espeluznantes acciones realizadas; ahora lo que más le gusta es hacer uso prolífico de Internet y de las redes sociales. Además, conscientes de que el terrorismo es espectáculo, una cuidada puesta en escena que persigue la mayor resonancia mediática posible, con la finalidad de intimidar a opiniones públicas y decisores políticos, nacionales e internacionales, estas organizaciones se dotan de sus propias agencias de comunicación, altamente profesionalizadas. ¿Qué persiguen? De un modo genérico, todos los grupos extremistas quieren, a través de la información y la desinformación, tanto hacerse su propia propaganda, como oponerse a lo publicado por los medios tradicionales –a los que consideran manipulados por sus poderosos oponentes- y a las campañas de desprestigio llevadas a cabo por gobiernos y organizaciones adversarias. Atendiendo a su propósito, los mensajes transmitidos en los comunicados pretenden hacer apología de su lucha, para dotarla de justificación y superioridad moral, con lo que buscan igualmente captar adeptos y ridiculizar, deshumanizar e infravalorar al enemigo. Muestran cómo forman a los combatientes, proporcionando explicaciones y detalles del manejo de armamento, realizar ataques o fabricar explosivos. También pretenden enseñar su poderío al mostrar las acciones violentas que realizan, los campos de entrenamiento, las armas y medios disponibles, etcétera. Atemorizar a las poblaciones de los gobiernos contra los que combaten estaría entre sus objetivos prioritarios, profiriendo para ello graves amenazas. Aunque en la inmensa mayoría sean incumplibles. Y por supuesto, el otro fin perseguido es detallar las acciones que consideran positivas, es decir, las actividades sociales en beneficio de la población asentada en los territorios que controlan, tales como recogida de basura, pavimentado de calles, creación de escuelas y centros sanitarios, patrullas que garanticen el orden y la seguridad, campañas de vacunación, construcción de refugios, distribución de ropa y alimentos o subsidios. He aquí una muestra de su poderío mediático. Al Qaeda La importancia que los grupos extremistas dan a este aspecto es tal que se calcula que sólo Al Qaeda y sus grupos afiliados han transmitido, en los últimos 20 años, al menos 3.800 mensajes de audio y vídeo. Un total de más de 1.100 horas de emisión. La encargada de la producción y difusión de sus mensajes es su agencia de comunicación particular: As Sahab (Las Nubes), que principalmente emplea los idiomas árabe y urdu. Es la responsable de difundir los mensajes de Al Qaeda en el Subcontinente Indio, rama regional recientemente creada para operar en esa parte del mundo. La última gran novedad aconteció el pasado día 19 de octubre, pues, con un retraso de siete meses desde que fuera anunciada por primera vez, ese día vio la luz su nueva revista: Resurgence. Su aspecto novedoso es estar redactada exclusivamente en inglés. Pero, ¿por qué en este idioma y no otro? Es fácil adivinar la razón cuando se ojea su extenso contenido, pues buena parte de sus 117 páginas están dedicadas a las recientes actividades de Al Qaeda en el Subcontinente Indio. Con ello la organización pretende una mayor difusión en una región donde el inglés es hablado por una significativa parte de la población, al tiempo que llegar a un público mundial más amplio, en especial en un momento en que está cuestionado su liderazgo dentro del entramado fundamentalista, como consecuencia de la trascendencia mediática de las actuaciones en Irak y Siria del Estado Islámico. La revista pone el acento en la marginación, persecución y exterminio al que se ven sometidos los musulmanes en Pakistán, India, Bangladés y Myanmar. Sobre este último país, afirma que la forzada transición a la democracia fomentada por Occidente ha supuesto un coste más de 20.000 musulmanes asesinados, 180.000 desplazados y cientos de mezquitas destruidas. Otro capítulo reseñable es el referido a inducir a atacar oleoductos, gaseoductos y pasos marítimos obligados, al entender que cualquier interrupción de los flujos de hidrocarburos afectaría sensiblemente a las economías occidentales. Como curiosidad, hay que señalar que tanto la propia central de Al Qaeda, como los otros muchos grupos extremistas con los que se le asocia, acostumbran a difundir sus comunicados a través de la empresa estadounidense Intelcenter, especializada en la lucha contra el terrorismo. Al Qaeda en la Península Arábiga Su departamento de comunicación: Al Malahem Media, produce de forma periódica la revista Inspire. Redactada en inglés coloquial, persigue las habituales finalidades de autopropaganda, captación de adeptos, enseñar a fabricar bombas y cómo realizar ataques. El primer ejemplar de Inspire vio la luz en julio de 2010 y desde entonces ha tenido una gran repercusión y capacidad de influencia entre grupos e individuos extremistas de todo el mundo. Incluso se estima que sus detalladas instrucciones sobre cómo fabricar ingenios explosivos han sido empleadas en varias ocasiones para perpetrar acciones terroristas. Tal es el éxito de esta publicación que está considerada no sólo como un medio de difusión propio de Al Qaeda en la Península Arábiga –cuyo campo natural de actuación está constreñido a Yemen y Arabia Saudí-, sino también como uno de los principales órganos de propaganda del conjunto de Al Qaeda y sus grupos afiliados. En un principio estaba orientada a movilizar a jóvenes británicos y estadounidenses para que unieran a la yihad, pero ahora tiene difusión y aceptación planetaria. Hasta la fecha, se han publicado una docena de ejemplares, siendo el último el emitido en marzo de 2014, en el que se hacía un llamamiento a colocar bombas en suelo estadounidense. Por otro lado, y con el objetivo de rentabilizar el sentimiento anti-israelí generado en algunas partes del mundo por los violentos acontecimientos acaecidos en la Franja de Gaza el verano pasado, Al Qaeda en la Península Arábiga dio a conocer el 16 de agosto una nueva revista, titulada Palestine, betrayal of the guilty conscience. Redactada en inglés y con una extensión de 24 páginas, insiste en hacer una llamada para actuar contra intereses estadounidenses e israelíes, allí donde éstos se encuentren. Antes, este grupo publicó, entre 2004 y 2007, de forma discontinua, un periódico online llamado Voice of Jihad, que tuvo cierta repercusión en Arabia Saudí, pero sin llegar, ni de lejos, a los niveles actuales de Inspire. También con menor calado, la agencia Al Yaqeen Media Center publica Sada Al Malahim (El eco de las batallas) y Qaddaya Jihadiyh (Temas yihadistas). Con las redes sociales, otra agencia yihadista, denominada Madad News Agency, actúa como órgano no oficial de propaganda de Al Qaeda en la Península Arábiga con la finalidad de difundir sus mensajes en Facebook. Al Qaeda en el Magreb islámico Este grupo cuenta también con su agencia de comunicación en la zona: Al Andalus Media. Su producción acostumbra a centrarse en las operaciones efectuadas, en los ataques suicidas y en los “apóstatas muertos y heridos en diferentes operaciones efectuadas por los muyahidín”. Al Shabab Resulta sorprendente la profusión, calidad y alta profesionalidad que alcanza la estrategia comunicativa de este grupo somalí. Su agencia de publicidad, la Fundación al Kataib, produce y difunde vídeos de gran calidad en los que el mensaje principal es que Al Shabab es tan sólo un elemento más de un conflicto a escala planetaria en el que el islam está amenazado. Su audiencia objetivo es tanto el pueblo somalí como la amplia diáspora repartida por el mundo. Este grupo también ha mostrado una gran maestría en el empleo de las redes sociales, especialmente Twitter, a la que ha utilizado con frecuencia para desmentir las declaraciones oficiales de las fuerzas de la Unión Africana. Por este motivo, ha sido objeto de especial seguimiento por las principales agencias de inteligencia y sus cuentas han sido sistemáticamente cerradas tan pronto como eran detectadas. Para potenciar la difusión de sus mensajes, llegando a los rincones más recónditos de Somalia, Al Shabab dispone de su propia emisora de radio. Denominada Al Andalus, se estima que cuenta con más de 50 periodistas y con locutores que dominan a la perfección el inglés –acento estadounidense y británico-, el swahili –clásico de Tanzania y Kenia- y el árabe, los tres idiomas en los que emiten los programas. Ansar al Sharia en Libia La agencia de comunicación de Ansar al Sharia en Libia, llamada Al Rayyah Foundation for Media, está muy especializada en la producción de audios, adaptados a las características del país. Ansar al Sharia en Túnez Ansar al Sharia –o Shabab al Tawhid, como se cree que se autodenomina actualmente-, principal grupo yihadista-salafista en Túnez, fue la organización precursora en el empleo de las redes sociales, concretamente de Twitter. A través de Facebook transmiten su revista Al Salafiyya. En sus mensajes, producidos por sus agencias de comunicación Al Qayrawan Media Foundation y Al Midrar Foundation for Media Production, permanentemente insiste en rechazar su designación como grupo terrorista por el Gobierno tunecino, haciendo hincapié en sus programas sociales y en el apoyo masivo que recibe por parte del mundo musulmán. Agencia especial para mujeres yihadistas A mediados de este mes de octubre, se ha podido conocer la creación de una agencia de comunicación dedicada en exclusiva a las mujeres yihadistas, denominada Al Zawara’a. Según las propias declaraciones de esta agencia, su propósito es introducir a las féminas en el sendero de la yihad, para lo que las irán instruyendo en los preceptos de la sharia, el manejo de armas y explosivos, y los secretos de la comunicación, sin descuidar otras tareas básicas, como cocinar o coser para los combatientes masculinos. Estado Islámico La producción de su agencia de comunicación, Al Naba, es la envidia de las mejores agencias de publicidad de los más avanzados países occidentales. Aquí ya no se está ante los vídeos de baja calidad que hace unos pocos años se mostraban en las televisiones de Osama bin Laden y Al Zawahiri en una cueva, con pobre iluminación, sin el menor atractivo visual. Ahora, los vídeos del Estado Islámico en Irak y Siria aportan todo lo que el público más exigente puede desear de una superproducción: edición y producción inmejorables; espectaculares efectos especiales; grabación simultánea desde varias cámaras, algunas aéreas; medios de alta tecnología, como la cámara lenta más avanzada; montajes imaginativos. Y sobre todo, perfectamente adaptados al gusto occidental. Con lo que el objetivo preferente se antoja obvio: captar la atención de las opiniones públicas occidentales, de modo que, al realzar su potencial y hacer gala de sus intenciones perversas, se intimide a las poblaciones de los países que actúan en su contra. Al igual que Al Qaeda habitúa a difundir sus mensajes de audio y vídeo a través de la empresa Intelcenter, el Estado Islámico se ha inclinado por hacerlo a través de otra empresa estadounidense, SITE Intelligence Group, igualmente especializada en el análisis del terrorismo internacional. El Estado Islámico publica una revista llamada Dabiq, en la que además de hacerse la habitual autopropaganda, hace una llamada permanente a que se le unan combatientes de países del resto del mundo, en concreto occidentales. Para ello, se edita en varios idiomas, incluido el inglés (convertido en una constante para este tipo de organizaciones violentas). Según la propia publicación, sus objetivos principales son cuatro: la unidad de todos los musulmanes, la búsqueda de la verdad, la guerra santa y la comunidad de fieles. El nombre de Dabiq no ha sido elegido al azar. Hace referencia a un lugar en Siria en que se supone tendrá lugar una de las últimas batallas, según cierta mitología musulmana sobre la apocalipsis final. Hasta el momento, se han editado cuatro ejemplares, el último de los cuales se centra en la actuación de la coalición internacional liderada por EE UU, la cual consideran que está abocada al fracaso. Así mismo, publica un informe anual en el que hace referencia a sus principales actividades violentas (asesinatos, ataques armados, atentados suicidas, coches bomba, muertos por francotirador, ataques con morteros,…). En concreto, en el ejemplar dedicado a 2013, el Estado Islámico contabilizaba nada menos que 7.681 operaciones, tan sólo en Irak. Al igual que sucede en la actualidad con otros grupos, también sus integrantes hacen uso extensivo de las redes sociales, incluyendo las denominadas redes privadas virtuales. Tanto es así, que ha llegado a amenazar de muerte a los empleados de Twitter responsables del cierre de sus cuentas. Jabhat al Nusrah El Frente Al Nusrah, considerado como el brazo armado oficial de Al Qaeda en Siria, publica mensualmente una especie de revista en la que resume sus operaciones de las últimas semanas. Por ejemplo, en septiembre pasado publicó un documento de 26 páginas, en el que resumía las actividades que había llevado a cabo el mes de agosto. Escrito en inglés, este documento, titulado Monthly Harvest, proporciona una visión general tanto de las operaciones militares del grupo, como sus esfuerzos de proselitismo en Siria. Con su agencia de comunicación, Himam News Agency, ofrece reportajes y comunicados de calidad. También dispone de otra agencia: Al Manarah Al Bayda Foundation for Media Production, que se está encargando de distribuir los últimos vídeos realizados. Partido islámico del Turkestán Este grupo, activo en Turkestán Oriental, la provincia china de Xinjiang, publica, desde julio de 2008, un periódico trimestral titulado Turkistan al Muslimah (Turkestán Musulmán), orientado a mostrar la discriminación que sufre la población musulmana uigur por parte del Gobierno central chino. Tampoco oculta su apoyo a lo que representa Al Qaeda y a otros grupos yihadistas-salafistas. Desde 2012 ha incrementado la producción de vídeos centrados en los ataques perpetrados en Xinjiang. También han visto la luz algunos vídeos –así como fotos- de sus combatientes entrenando en la frontera entre Afganistán y Pakistán, antes de efectuar los mencionados ataques. Talibán Desde el inicio de su ofensiva contra el Gobierno impuesto en Afganistán y las fuerzas extranjeras que les habían expulsado del poder, los talibanes han sabido sacar partido a la comunicación. Para ello, han ido elaborando periódicos y revistas de distinta periodicidad, en árabe, pastún, dari e inglés. Además, han producido y distribuido una amplia variedad de CD y grabaciones de audio y vídeo, así como invitado a periodistas extranjeros para que les realizaran reportajes favorables a sus intereses. Pero su principal paradigma comunicativo es la revista mensual -fácilmente accesible en Internet- Al Somood, considerada como la publicación oficial del Estado Islámico de Afganistán. Se ha publicado de forma ininterrumpida desde el verano de 2006, en agosto pasado alcanzó el ejemplar número 100. Su agencia oficial de producción es Al Emara, aunque, dada la diversidad de grupos armados que actúan bajo la denominación talibán, así como la amplitud y variedad geográfica en donde llevan a cabo sus acciones, existe otras agencias de comunicación que se encargan de la producción, edición y difusión de vídeos relacionados con los talibanes: Abdullah Jihadi Studio, Al Hijrat, Al Jihad Studio, Al Muhajir Studio, Bot Shikan, Call of Jihad, Labaik, Manba Al Jihad, Maydan Al Jihad, Minbar Project, Tora Bora Studio, Umar Studio. Bajo el paraguas talibán, entre 2004 y finales de 2012, emitieron 125 mensajes de audio y vídeo, contabilizando un total de casi 74 horas de emisión. Una imagen vale más que mil palabras Los grupos extremistas habituados, en mayor o menor medida, a cometer actos de terrorismo han comprendido a la perfección que en el mundo actual no hay nada que tenga mayor impacto mediático que una imagen. Conocedores de que los conflictos modernos se deciden en las opiniones públicas, el daño y sufrimiento no es suficiente. Tienen que pregonar al mundo la omnipresencia de su terrorífica amenaza. Para ellos, darse a conocer, es existir. Saben que tan importante como actuar es comunicar, que el auténtico éxito de sus acciones se mide por la respuesta de la audiencia. Se trata de conseguir publicidad, ese oxígeno que respiran los terroristas, como decía Margaret Thatcher. Y para conseguir estos fines, hacen uso de la infoesfera. De ese ciberespacio, convertido en escenario de confrontación, que, con mínimo coste, les aporta instantaneidad, universalidad, y, hasta cierto punto, la impunidad propia de un sistema sin fronteras, sin limitaciones, y con un control, aunque no imposible, sí ciertamente complejo. Ante este panorama, surgen dudas supremas. Si el objetivo de los grupos extremistas-terroristas es atemorizar mediante la difusión de sus acciones, conseguir sus objetivos y captar fondos y acólitos a través de la difusión de sus mensajes, ¿no les hacen, en gran medida, el juego los medios de comunicación occidentales al hacerse eco de sus comunicados de audio y vídeo, difundiéndolos amplia e insistentemente? ¿En este caso, dónde empieza y dónde acaba el deber de informar y el derecho a ser informado en una sociedad democrática? Y todavía más grave, ¿por qué empresas privadas, como Intelcenter o SITE Intelligence Group, que ni siquiera pueden ampararse en la libertad de prensa al no ser un medio de comunicación, se dedican a recoger y difundir al mundo los mensajes de los grupos terroristas? Fuente: http://www.esglobal.org/los-medios-que-mas-le-gustan-a-los-yihadistas/

Rusia habla y la OTAN responde El 3 de diciembre se reunieron los ministros de Asuntos Exteriores de los países integrantes de la OTAN para discutir los detalles de la nueva fuerza de reacción rápida. Esta actuará en la zona de Europa del Este, en lo que se presenta como una clara respuesta a la amenaza de Rusia en Ucrania. La fuerza de reacción rápida forma parte de un plan de mejora de las capacidades de la Alianza Atlántica, acordado el 5 de septiembre en la Declaración de la Cumbre de Gales. Según Alexander Vershbow, Gales ha sido “el mayor refuerzo de la defensa de la OTAN desde el fin de la guerra fría”. Su importancia refleja en el compromiso de los Estados miembros de aumentar el presupuesto de la Alianza a un 2% del PIB. Como señaló Jens Stoltenberg, nuevo sectetario general de la OTAN, “reducir el presupuesto de defensa en tiempos de paz tiene sentido. Pero ya no vivimos en tiempos de paz”. Aunque la fuerza de reacción rápida de la OTAN está operativa desde 2006, lo que diferenciará a este nuevo operativo, denominado very high readiness joint task force (VJTF, fuerza conjunta de disponibilidad muy alta), es que actuará de forma inmediata y efectiva ante amenazas repentinas. Contará con tropas del ejército de tierra, aire y de la marina, y fuerzas de operaciones especiales. Estarán entrenadas colectivamente y existirá una coordinación de equipos e infraestructuras entre los soldados de los distintos países. Mientras que hasta la fecha las fuerzas se desplegaban en mínimo 30 días, cuando no en 90 o incluso 180, el objetivo es ser capaz de desplegar estas unidades en 48 horas. Para ello, no solo es clave la capacitación de las tropas, sino también el esfuerzo en infraestructura de los países de Europa Oriental como Polonia y Rumania que posibilite esa respuesta inmediata. El presidente Putin ya ha declarado que esta operación es percibida por Rusia como una amenaza, y la OTAN afirma que es una respuesta a la ofensiva rusa en Europa. En palabras de Ivo Daalder, representante permanente de EE UU en el Consejo del Atlántico Norte desde 2009, “es una señal a Putin y a Moscú que básicamente quiere decir: no pienses ni por un momento en hacer lo que estás haciendo en Ucrania en el territorio de la OTAN porque reaccionaremos rápidamente y con la fuerza máxima para garantizar que fracasas”. Por otro lado, Michael McFaul, embajador de EE UU en Rusia hasta febrero pasado, considera que el movimiento que ha dado Rusia en Ucrania es una jugada en la que todos pierden, incluída Rusia, debido a que no tiene objetivos definidos, ni una estrategia para recuperar el imperio perdido. Para el diplomático, este movimiento de Putin ha sido emocional y poco meditado. Asegura que la anexión de Crimea aumentó la popularidad de presidente ruso y se vendió a los ciudadanos como una reunificación, no una anexión. La propaganda rusa ha traído a debate cuestiones que hace años estaban olvidadas, como la amenaza de “los nazis y la OTAN”. Debido al apoyo popular que tienen estas acciones ofensivas en Rusia y a la inestabilidad de Ucrania, es difícil para la OTAN negociar con Putin, sobre todo cuando las tácticas militares ya no son simplemente disuasorias, sino irremediablemente persuasorias. Sin embargo, la OTAN insiste en que no busca un enfrentamiento con Moscú. El secretario general, Stoltenberg, insiste en que “no estamos buscando una nueva guerra fría. Queremos cooperación, pero debemos estar preparados para defender a nuestros aliados. Somos una organización defensiva, nuestro objetivo es la defensa”. Para la OTAN, Rusia está partiendo de ideas autoritarias y no están dispuestos a satisfacer sus exigencias. Una de las peticiones de Moscú es que la Alianza garantice que Ucrania nunca será miembro. Ante esto, Stoltenberg ha denunciado “la falta de comprensión de lo que es una nación soberana” que legalmente puede decidir sobre sus alianzas y tratados. De hecho, la organización ha elaborado un informe titulado “Los cinco principales mitos de Rusia sobre la OTAN” en los que queda patente la tensión en sus relaciones, abordando temas como la mentalidad de guerra fría, la soberanía nacional, la legalidad internacional o el pensamiento expansionista. Por el momento, no parece que la vía de la negociación sea posible. Fuente: http://www.politicaexterior.com/actualidad/rusia-habla-y-la-otan-responde/

Terrorismo y barbarie Por Jorge Tamames, analista internacional. La CIA ha mentido a sus superiores, engañado a los ciudadanos a los que supuestamente protege y amenazado a los senadores que investigaron sus abusos. Continúa insistiendo en que la tortura produjo resultados, una tesis tan falsa como repugnante. Ni siquiera es competente como servicio de espionaje. Es un misterio que siga existiendo. La clave para entenderlo, y de paso contextualizar la barbarie de la CIA, no se encuentra en el informe demoledor de Dianne Feinstein, sino en dos libros. El primero es Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. El segundo libro es Legado de cenizas, la historia de la CIA escrita por Tim Weiner. La obra maestra de Gibbon describe cómo lo que en su día fue una república orgullosa de sus valores cívicos sucumbe bajo la presión de una casta militar. “Al paso que la libertad general se fue menoscabando con tantas conquistas, la guerra, encumbrada como arte, degeneró en un oficio”, escribe con lucidez. Algo parecido ocurre en Estados Unidos. Mantener un ejército hipertrofiado pasa factura en varios niveles. Con el martillo que representa, cada problema se convierte en un clavo. Con su creciente privatización, la guerra degenera en un oficio lucrativo. Ocupar Afganistán, invadir Irak, bombardear Siria, infestar Yemen con drones y desplegar una red global de tortura es una receta desastrosa para acabar con el terrorismo. Desde la óptica deformada de Washington, sin embargo, es la más conveniente. A nadie le interesa admitir que el problema es político antes que militar. El libro de Weiner retrata una agencia que combina salvajismo, incompetencia y deshonestidad a partes iguales. Demuestra que la conducta de la CIA desde 2001 no representa una excepción, sino coherencia con su modus operandi. En sus casi 70 años de historia, la agencia ha colaborado con el exnazi Renihard Gehlen, llevado a cabo programas de tortura a principios de los años cincuenta –en Panamá, Alemania y Japón–, el proyecto MK Ultra, el Programa Fénix en Vietnam y la Operación Cóndor en América Latina. A estas alturas la tortura, como señala Peter Beinart, es una práctica profundamente americana. La brutalidad nunca garantizó eficacia. Incluso los dos grandes –y únicos– éxitos de la CIA, un golpe de Estado en Irán en 1953 y otro en Guatemala en 1954, resultaron desastrosos a largo plazo. En Guatemala, la agencia decidió “aterrorizar” a Jacobo Árbenz “como las Stukas alemanas a la población de Holanda, Bélgica y Polonia”. El resultado fueron cuatro décadas de guerra civil y hasta 200.000 muertos, la mayoría a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. En Irán, la represión del shah detonó la revolución de 1979, que convirtió al principal aliado regional de Washington en su enemigo acérrimo. El caso de Bin Laden y los muyahidines afganos es un ejemplo más de la capacidad de la agencia para generar resultados contraproducentes. Si el historial de las operaciones encubiertas es nefasto, el del espionaje tradicional es aún peor. La CIA subestimó la capacidad soviética para desarrollar una bomba nuclear, descartó la posibilidad de un ataque chino durante la Guerra de Corea, no informó del fracaso que se avecinaba en Bahía Cochinos, fue incapaz de imaginar la caída de la URSS, no previno la invasión iraquí de Kuwait y no supo impedir los atentados del 11 de septiembre. Las mentiras inventadas para justificar la invasión de Irak no son más que el enésimo caso de ineptitud. Dwight Eisenhower era consciente tanto de la militarización gradual del país como de la incompetencia criminal de sus servicios de espionaje. Denunció la primera amenaza bautizándola como un “complejo militar-industrial” en su despedida presidencial. En cuanto a la CIA, describió el saldo de su primera década de vida con el título del libro de Weiner. Pero ni siquiera un general de cinco estrellas convertido en presidente pudo reformar el corazón –o uno de los corazones– del Estado profundo americano. La agencia está demasiado engranada en la maquinaria de guerra estadounidense como para reformarse o acatar su desguace. Hoy la NSA realiza las principales funciones de espionaje y el departamento de Estado cuenta con mejores servicios de inteligencia estratégica. La CIA ha perdido su razón de ser. En 2003, intentó encontrarla plegándose a los deseos de la Casa Blanca, proclamando la existencia de armas de destrucción masiva donde no las había. Después se ha amparado en una mentira igual de peligrosa: que la tortura resulta imprescindible en la lucha contra el terrorismo. Es la última línea de defensa de una agencia que se considera la “primera línea de defensa” del país. Y no es convincente. La CIA debe desaparecer. Sobran motivos éticos para liquidar la institución. Los que busquen argumentos realistas los encontrarán en Talleyrand: peor que un crimen es un error, y la agencia acumula demasiados errores en su historia.

Claves del deshielo entre EE UU y Cuba LOS ACTORES Barack Obama: La apertura del presidente americano es un paso inédito en los más de 50 años de relaciones entre Washington y La Habana. Aunque no es el primer gesto de acercamiento que realiza –en abril de 2009, en su primera decisión de peso en política exterior al llegar a la Casa Blanca, Obama anunció la anulación de varias de las restricciones de EE UU sobre Cuba–, ahora la intención de retomar las relaciones diplomáticas es especialmente ambiciosa e incluye medidas más claras hacia la normalización. Raúl Castro: “La soberanía ante todo; la economía hay que cambiarla; de la política, ya hablaremos”. Esa es, según Carlos Alonso Zaldívar, la idea detrás de las reformas que ha emprendido el mandatario cubano desde su llegada al poder, en 2007. La “actualización” del modelo económico pretende potenciar el sector privado, pero mantener una economía controlada. En Cuba esto supone una apuesta política considerable. El gesto de Obama no se entiende sin el proceso de reformas que se está llevando a cabo dentro de la propia isla y es, claramente, un respaldo a la transición dirigida por Raúl. Francisco I, el New York Times y Canadá: En sus respectivos discursos, tanto Castro como Obama agradecieron la mediación del Vaticano y Canadá. Ambos acogieron a altos funcionarios de EE UU y Cuba para que negociasen las condiciones de la apertura. A lo largo de este otoño, el NYT generó presión mediática publicando cuatro editoriales en los que se exigía normalizar las relaciones diplomáticas. No son los únicos empujando en esta dirección: en mayo, 44 diplomáticos, militares y académicos estadounidenses, así como empresarios cubano-americanos, exigieron al presidente que relajase el embargo. España: Aunque con frecuencia se ve tentada de desempeñar el papel de puente natural entre Estados Unidos y Cuba, España no ha jugado un papel destacado en este proceso. De hecho, es evidente que las conversaciones entre cubanos y estadounidenses no necesitan mensajeros. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, viajó a la isla el 24 y 25 de noviembre y aseguró que trasladaba “mensajes muy concretos” de EE UU. No sabemos qué decían esos mensajes, pero de contar con información relevante, el ministro no lo hubiese proclamado en público. Tampoco agradó el discurso que pronunció durante su visita, elogiando la transición española. Margallo regresó a España sin ser recibido por Raúl Castro. LAS CONCESIONES Por parte de EE UU: La liberación de tres de los Miami Five que continuaban encarcelados es un gesto especialmente significativo. Los cinco espías fueron arrestados en 1998 y encarcelados poco después. Hasta hoy, su retorno fue presentado en Cuba como una cruzada por la que el gobierno luchaba incesantemente. “Los vamos a traer a casa” ha sido uno de los mensajes incesantes de Fidel. Obama también ha pedido a John Kerry que de pasos para retirar a Cuba de la famosa lista negra del departamento de Estado en la que figuran “países que apoyan el terrorismo”. Por parte de Cuba: La gran concesión del gobierno cubano ha sido la liberación del contratista estadounidense Alan Gross, que permanecía encarcelado en la isla desde hace cinco años, cuando fue arrestado tras repartir móviles entre la población cubana. Castro también ha liberado a un espía anónimo cuya información facilitó la detención de los Miami Five. Finalmente, Cuba liberará a otros 53 presos políticos.
El día después de mañana: las FARC y el fin del conflicto La guerrilla colombiana ha declarado un alto al fuego unilateral e indefinido. He aquí los pasos para encaminar el país de una vez por todas hacia la paz. A medida que se avanza hacia un acuerdo de paz definitivo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), los negociadores van a tener que hacer malabares para trazar una vía sostenible para el desarme y la reintegración a la vida civil de los guerrilleros. Para ser viable, la estructura de la transición no solo ha de ser creíble a ojos de las FARC, sino que debe también ofrecer garantías a una sociedad que no está totalmente convencida de la voluntad del grupo de abandonar las armas, desvincularse del crimen organizado y atenerse a las reglas de juego de la democracia. El fracaso del desarme y la reintegración retrasaría, en el mejor de los casos, la implementación de las reformas que ya han sido acordadas en las negociaciones en La Habana. En el peor de los casos, podría sumir al acuerdo en una espiral de violencia renovada y erosionar el apoyo político. Se necesitan firmes garantías internas y externas para llevar adelante el proceso que se avecina, en un período que será probablemente agitado y volátil . Hay muchas cosas que pueden salir mal. La mayoría de los cerca de 7.000 combatientes, y el triple de miembros en redes de apoyo, se concentran en zonas periféricas en las que apenas existe infraestructura y una presencia civil del Estado. Algunos frentes guerrilleros están involucrados en la economía de las drogas y la minería ilegal. En la mayoría de las regiones, las FARC operan cerca del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el segundo grupo guerrillero de Colombia, u otros grupos armados ilegales, lo que expone a sus miembros a amenazas de seguridad y toda una gama de posibilidades de rearme, reclutamiento y disidencia. Aún hay dudas sustanciales acerca del compromiso de los militares con el proceso de paz, y si están dispuestos a dar los pasos necesarios para poner fin al conflicto. La violencia política ha disminuido desde el auge de los paramilitares, pero podría brotar de nuevo. Las FARC no han olvidado los miles de asesinatos que diezmaron la Unión Patriótica (UP), un partido que establecieron en el marco de las negociaciones de paz de los 80. Tras décadas de un conflicto que se ha cobrado cada vez más víctimas civiles, y esfuerzos de negociación que culminaron en amargos fracasos, las partes están avanzando a tientas en un marco de profunda desconfianza mutua y fuerte oposición política. No existe una solución perfecta a corto plazo para ninguno de estos problemas. Pero el punto de partida no está mal en absoluto. Colombia cuenta con tres décadas de experiencia en materia de reintegración de grupos armados ilegales, y dispone de mayores recursos económicos y humanos que la mayoría de los países que están saliendo de un conflicto. Las estructuras de mando y control de las FARC se encuentran en buen estado, y los líderes guerrilleros tienen mucho interés en que la transición sea exitosa. La agenda de La Habana, que además del “fin del conflicto” incluye el desarrollo rural, la reintegración política, la justicia transicional y la lucha contra las drogas ilícitas es, al menos en teoría, lo suficientemente amplia como para integrar la transición de las FARC en una estrategia de consolidación de la paz a largo plazo centrada especialmente en los territorios más afectados. Por último, y muy al contrario de la desmovilización paramilitar, tanto América Latina como la comunidad internacional en general apoyan firmemente el proceso. Los negociadores deben acordar una oferta de reintegración que permita a las FARC cerrar filas en torno a un proceso de transición plagado de incertidumbre y ambigüedad. Dada su arraigada desconfianza del Estado, probablemente la mejor manera de lograr esto sea otorgar a las FARC un papel en la reintegración, aprovechando su cohesión. Esto minimizaría los riesgos de que la transición genere divisiones dentro de la guerrilla. Pero las partes también deben ser conscientes de las desventajas de esta solución, y manejarlas cuidadosamente. Para lograr que un modelo de reintegración colectiva resulte digerible para una sociedad poco dispuesta a ser generosa con las FARC, y escéptica acerca de sus verdaderas intenciones, los negociadores deberían acordar medidas contundentes de rendición de cuentas, supervisión y transparencia. También deben promover medidas de justicia transicional a nivel local para evitar que se agudicen las tensiones en las comunidades tras la llegada de los combatientes de la guerrilla. Cuando se alcance un acuerdo, se debería comenzar a implementar las medidas para el desarme. Estos son pasos arriesgados e irreversibles, y convencer a la guerrilla de tomarlos será aún más difícil ante la negativa del Gobierno a negociar cambios más amplios en las fuerzas de seguridad. Pero el interés común en la estabilidad del post-conflicto debería proporcionar suficiente espacio para llegar a una solución viable. Además de garantías de seguridad y medidas interinas para estabilizar los territorios con presencia de las FARC, se deberían producir rápidos avances en la implementación de elementos claves del acuerdo de paz y el establecer un mecanismo de seguimiento conjunto para garantizar que se cumpla con los acuerdos una vez que haya concluido el desarme. La implementación de los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y las FARC será en gran medida responsabilidad de ambos actores. Pero en el entorno intensamente polarizado de Colombia, los actores internacionales tendrán un papel fundamental. Se debería invitar a una misión internacional liderada por civiles a supervisar y verificar el cese al fuego y el proceso de desarme. Para que este tipo de supervisión tenga éxito, la misión deberá tener suficiente autonomía de las partes, además de capacidad técnica y política para lidiar con los contratiempos y disputas previsibles. Más allá de esto, los actores internacionales deberían estar preparados para apoyar el proceso ofreciendo garantías de implementación de alto nivel, apoyo político a reformas polémicas, incluidas reformas del sector seguridad, y un compromiso de financiamiento a largo plazo. Ninguno de los elementos necesarios para lograr la estabilidad en el periodo inmediatamente posterior al conflicto es enteramente nuevo en el contexto colombiano, pero en su conjunto romperán el molde de los anteriores programas de desarme y reintegración. Los negociadores deberán mostrar flexibilidad y tenacidad, y el Ejecutivo deberá renovar sus esfuerzos por impulsar la apropiación social del proceso de paz, en particular en zonas de conflicto. Las anteriores transiciones se tambalearon debido a los altos niveles de violencia, la indiferencia pública y la tímida participación internacional. Esta vez se necesita una respuesta más rápida y audaz para encauzar a Colombia irreversiblemente hacia la paz.

Estados Unidos en Oriente Próximo: el factor militar MARINA OTTAWAY* Existe el riesgo de que las intervenciones estadounidenses, motivadas por la lucha antiterrorista, estén determinadas por lo militarmente factible más que por lo políticamente deseable. Dada su actual condición de única superpotencia, Estados Unidos se siente autorizado a intervenir dónde y cuándo lo considere oportuno para salvaguardar sus intereses particulares, proteger a sus aliados y, al menos desde su punto de vista, reparar las injusticias y hacer del mundo un lugar mejor. Con frecuencia, la intervención es de carácter militar, bien en forma de guerras de larga duración, como en los casos de Corea, Vietnam, Afganistán e Irak, bien de expediciones breves y casi ridículas, como en Grenada. Las acciones bélicas se han convertido hasta tal punto en parte integrante de la política exterior estadounidense que el presidente, Barack Obama, fue acusado de “aislacionismo” cuando se negó a prestar apoyo militar a la oposición siria después de 2011. Una de las consecuencias de este intervencionismo es que, en algunos lugares del mundo, la acción política es obra del ingente, profesional, curtido y bien armado ejército estadounidense, al cual, a pesar de seguir estrictamente sometido a la supervisión civil, se le ha traspasado el papel de responsable político. La función política cada vez mayor que desempeña el ejército queda de manifiesto sobre todo en Oriente Medio. Desde siempre, la cuestión de la seguridad ha ocupado un lugar central en la estrategia estadounidense en la región. No obstante, hasta hace poco, el ejército no participaba decisivamente en el proceso de definición de políticas. La proliferación del islamismo violento ha cambiado la situación. Existe el peligro de que en el futuro las actuaciones estén determinadas por lo militarmente factible más que por lo políticamente deseable. Puede que la intervención de este año en Siria e Irak, en la que la acción militar se ha desarrollado sin estrategia política, sea un presagio de los problemas que se avecinan. Después de la Segunda Guerra mundial, la política estadounidense en Oriente Medio ha estado impulsada por tres preocupaciones fundamentales: limitar la influencia soviética, mantener el acceso al petróleo y salvaguardar la seguridad de Israel. Evidentemente, la primera ha dejado de ser uno de estos impulsores. A pesar de que la agresividad del presidente, Vladímir Putin, no deja de aumentar, en Oriente Medio Rusia ha representado para EE UU una molestia más que una amenaza real. El acceso al petróleo y la seguridad de Israel, por su parte, siguen siendo motores de la acción política y, desde septiembre de 2001, la lucha contra el terrorismo se ha convertido en el indiscutible y probablemente duradero tercer pilar de las intervenciones estadounidenses en la zona. El petróleo del Golfo y los cuellos de botella Estados Unidos no depende de las importaciones directas de petróleo de los países del Golfo. Las exportaciones de hidrocarburos de Arabia Saudí y otros países de la región a EE UU no han dejado de disminuir con los años, y las revoluciones del petróleo y el gas de esquisto nacionales las reducirán todavía más. Pero el mercado del petróleo es un mercado integrado a escala mundial y cualquier amenaza a los principales productores de petróleo y gas del Golfo, incluidos Irán e Irak, podría tener repercusiones económicas en todo el mundo. El paso seguro de los petroleros y los barcos que transportan gas natural licuado (GNL) a través de los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb y del canal de Suez sigue siendo un imperativo, independientemente de si el cargamento va destinado a China, Japón, Europa o Estados Unidos. De ahí que este último siempre haya respondido con celeridad a las amenazas a los flujos de petróleo, por ejemplo tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, y que mantenga una fuerte presencia naval en el Golfo. Para asegurarse el acceso al petróleo de esta región, EE UU ha dependido históricamente del mantenimiento de relaciones sólidas tanto con los países árabes del Golfo como con Irán. Pero con el derrocamiento del sha y el establecimiento de la República Islámica en 1979, los lazos con Irán se rompieron y el país pasó a ser la amenaza que había que frenar más que el aliado que contribuía a mantener la estabilidad. Desde la invasión estadounidense de Irak de 2003, la relación con los países árabes del Golfo también ha quedado menoscabada. Para Arabia Saudí y sus vecinos más pequeños, la decisión de EE UU de derrocar a Saddam Hussein sin consultarles y sin tener en cuenta las repercusiones para el resto de la región minaron la seguridad en el Golfo al debilitar al único país de la zona suficientemente poderoso para actuar como contrapeso de Irán. Irak se convirtió en un país gravemente incapacitado, dividido e inestable, lo cual reforzó la influencia iraní y alimentó sus aspiraciones hegemónicas. Para los países del Golfo, a los que ya irritaba la insistencia estadounidense en que se celebrasen elecciones democráticas en Irak –lo cual, en su opinión, desestabilizaría aun más el país al incrementar el poder chií y con ello la influencia iraní–, el respaldo de EE UU al derrocamiento de varios regímenes árabes durante la Primavera Árabe fue motivo de indignación. Según la retórica dominante en la región, en Egipto la administración Obama no tuvo problemas en dejar en la estacada a su aliado, el presidente Hosni Mubarak; en Bahréin estuvo peligrosamente al borde de tomar partido por la oposición chií en un momento en que los países del Golfo estaban enviando fuerzas de protección para apoyar a la monarquía; y, para colmo, cuando los sirios se levantaron contra el presidente Bashar al Assad, el único gobernante árabe del que querían librarse los países del Golfo, Obama no hizo nada. Con todo, los países del Golfo siguen esperando que Estados Unidos los proteja y mantenga la seguridad en la región; no tienen a nadie más a quien dirigirse. Sin embargo, se han convertido en aliados huraños y recelosos que dudan de la sinceridad del compromiso estadounidense y se muestran reacios a secundar incondicionalmente el liderazgo de Washington. El rompecabezas de Israel El compromiso estadounidense de proteger al Estado de Israel es tan sólido como su determinación de mantener un acceso seguro al petróleo y el gas del Golfo. Pero mientras que detrás de este segundo principio está la necesidad económica, el primero tiene un fundamento político. Estados Unidos no necesita mantener una relación estrecha con Israel para preservar sus intereses en Oriente Medio. Antes bien, dicha cercanía complica todos los demás aspectos de su estrategia en la región. Estados Unidos nunca ha intervenido militarmente para proteger al Estado de Israel porque nunca lo ha necesitado. Pero en diversas ocasiones se ha apresurado a facilitarle más armamento, junto con un incremento de la ayuda militar y del apoyo financiero, y se ha involucrado decididamente en negociaciones que han tenido como resultado el aumento de la seguridad para Israel. La diplomacia itinerante de Henry Kissinger en el periodo posterior a la guerra de 1973 y el compromiso personal del presidente Jimmy Carter en las negociaciones que desembocaron en los acuerdos de Camp David de 1979 son algunos ejemplos. Estados Unidos también ha defendido a Israel utilizando reiteradamente su poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para bloquear resoluciones cruciales para ese Estado. Y mientras que en teoría condena muchas de las actuaciones del gobierno israelí, principalmente la expansión de los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este, en la práctica las tolera. De hecho, al silenciar las críticas propias y ajenas, ha hecho posibles las acciones que reprueba. Las razones que en origen justificaron el intervencionismo estadounidense en apoyo a Israel –la afinidad con la joven nación que luchaba por subsistir y la certeza de que sería un aliado fiel en la guerra fría– hace tiempo que han dejado de ser válidas. Las dificultades de Israel han pasado. Con una renta per cápita de 36.000 dólares al año según el Fondo Monetario Internacional, es decididamente un país rico. La guerra fría ha terminado. El principal factor que empuja actualmente a EE UU a intervenir a favor de Israel es la política interior: Israel dispone de grupos de presión infatigables y muy bien organizados que vigilan las posturas que adoptan los políticos en cuestiones importantes para el país y condenan a los que no respaldan su posición. También existen otros grupos de presión que intentan influir en la política exterior estadounidense para que actúe en representación de determinados países o colectivos víctimas de la diáspora. Por ejemplo, los armenios han logrado mantener vivo en el Congreso estadounidense el asunto de la masacre de compatriotas en Turquía entre 1915 y 1917. Pero el grupo de presión proisraelí es el de mayor alcance. En consecuencia, la posición con respecto a Israel es un asunto de política interior más que exterior. El terrorismo como nuevo argumento para la intervención El extremismo violento islámico y el terrorismo se han añadido a la lista de preocupaciones fundamentales que subyacen tras la actual política estadounidense y sus intervenciones en Oriente Medio. La lucha contra el terrorismo, que empezó en el norte de África con la cruenta guerra entre el gobierno argelino y la oposición islamista en la década de los noventa se ha extendido a todo Oriente Medio a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. El terrorismo seguirá siendo durante mucho tiempo uno de los principales determinantes de las intervenciones de EE UU en la región entendida en sentido amplio, desde Malí a Irak y más allá, pasando por Afganistán y Pakistán. El esfuerzo por frenar el extremismo islámico y el terrorismo ha llevado a Estados Unidos a centrar su atención en zonas antes consideradas marginales a sus intereses. Históricamente, la región del Golfo ha sido importante para EE UU debido al petróleo, y Egipto y el Levante, a causa de Israel y de diversas consideraciones estratégicas. La relevancia del Magreb era menor, y la de la región del Sahel quedaba incluso por detrás. Las cosas ya no son así. Ahora bien, como el interés de EE UU en estas zonas se centra en poner coto al terrorismo, la acción política se rige por principios militares. En 2002, Estados Unidos puso en marcha por primera vez una Iniciativa Pan Sahel que reunía a diversos países de la región bajo el control del Mando Central del Ejército estadounidense (CENTCOM, por sus siglas en inglés). En 2005, la iniciativa se amplió para abarcar más países y pasó a llamarse Asociación Transahariana Antiterrorista. Siguió estando bajo control militar, aunque en 2007 este fue transferido del CENTCOM al recién creado Mando Africano, o AFRICOM. La necesidad de combatir el extremismo violento y la amenaza que supone para EE UU fue también el argumento para intervenir en Irak en Siria desde el verano de 2014. En junio, una organización denominada Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL, o EIIS, ya que en árabe Levante es Al Shams, lo cual dio lugar a las dos siglas) salió de su baluarte en el este de Siria y capturó la ciudad de Mosul en el norte de Irak. Acto seguido proclamó un califato islámico cuyo territorio, como declaraba explícitamente, seguiría expandiéndose. La toma de Mosul acabó con las reticencias de la administración Obama, que lanzó una nueva ofensiva militar en Oriente Medio. Pero los argumentos a favor de la intervención fueron extraordinariamente limitados y defensivos: Estados Unidos tenía que proteger sus intereses y, sobre todo, a su personal en Irak. Por ejemplo, Washington justificó su decisión de bombardear las posiciones del EIIL próximas a una importante presa alegando que si el EI la destruía, la inundación provocada amenazaría al personal de la embajada estadounidense en Bagdad, un argumento absurdo teniendo en cuenta la devastación que podría haber padecido el país en caso de rotura de la presa. La bajeza del argumento contrasta marcadamente con la grandilocuencia con que la administración Bush justificó la invasión de Irak en 2003, cuando adujo que el derrocamiento del régimen autoritario de Saddam Hussein pondría en marcha la transformación democrática no solo de Irak, sino de todo Oriente Medio. La militarización de la política de Estados Unidos en Oriente Medio La lucha antiterrorista seguirá siendo uno de los principales motores de la política de EE UU y de sus intervenciones en Oriente Medio. El extremismo islámico violento no desaparecerá de un día para otro. No se trata de una organización, sino de una mentalidad, de una respuesta a los agravios, de un refugio para los marginados y jóvenes sin trabajo, y, según algunos, de una aspiración a un mundo mejor. Tal vez las organizaciones concretas desaparezcan; hoy la Al Qaeda de Bin Laden es una sombra de lo que fue, mientras que el EI triunfa. Y aparecerán otros grupos. El problema subyacente seguirá ahí. Esto significa que el ejército seguirá desempeñando un papel de primer orden en la acción política en Oriente Medio. Incluso cabe la posibilidad de que sea aun mayor, lo cual es un verdadero problema. Ciertamente, frenar un movimiento brutal como es Estado Islámico, equipado con armamento comprado o capturado y que ha dado pruebas de su capacidad de conquistar y conservar territorios, exige una intervención militar. No cabe hacerse la ilusión de que la batalla contra el EI pueda ganarse con reformas económicas y políticas y reeducando a los sirios e iraquíes, así como a los combatientes extranjeros que se unen a la lucha, en los auténticos valores del islam. El problema, como dejan bien claro Irak y Siria, reside en que es más fácil emprender una acción militar, sobre todo si no conlleva la presencia de tropas sobre el terreno, que definir una estrategia política viable. No obstante, sin esta última, el impacto de la intervención militar caerá en saco roto. *Investigadora principal del Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson.

1914: Mito y verdad de la tregua navideña en las trincheras David Boyle* David BoyleWayne Rooney y Bobby Charlton han grabado un vídeo, la UEFA ha inaugurado un monumento en Flandes. El príncipe Guillermo ha hecho otro tanto en Staffordshire, y la British Army Football Association [Asociación de Fútbol del Ejército británico] – que no es un organismo con el que me haya topado yo antes de ahora – se prepara para jugar la semana que viene contra un equipo de la Bundeswehr (el ejército alemán) en Aldershot. Sí, es hora de conmemorar los famosos partidos de fútbol en el Frente Occidental durante la tregua de Navidad de 1914. No está demasiado clara cuál es la mejor manera de celebrar el centenario de algo tan informal y espontáneo. No es cosa de mandar a la Reina y enviar bandas de música. Un partido de fútbol parece una idea tan buena como cualquier otra. Hubo muchos partidos, aunque curiosamente de la mayoría se recuerda que acabaron 3-1 a a favor de los alemanes. Pero una de las peculiaridades de la tregua de Navidad es que ponemos los ojos demasiado húmedos como para tomarla realmente en serio como historia. Es cierto que en aquel entonces la gente describió la tregua como algo mágico, de ensueño, y la espontánea amistad en medio de la escarcha y la nieve tiene en sí algo de mágico. Es verdad que hasta quienes participaron en ella se preguntaron si podría continuar para siempre. Pero lo que la tregua no fue -al menos en las líneas británicas o alemanas – fue política o pacifista, a diferencia de manifestaciones posteriores semejantes en el frente francés o ruso a lo largo de la guerra. Tampoco fue universal: algunos (como el joven Hitler) se negaron a participar, algunos llegaron incluso a disparar al enemigo conforme salía de las trincheras. Ocho soldados británicos murieron durante la tregua del día de Navidad. Si vamos a tonarnos en serio este acontecimiento – tal como deberíamos – tenemos que encarar algunos de los misterios e incomodidades en torno a ella. Para empezar, ¿nos habríamos mostrado tan entusiastas con la tregua si se hubiera producido en las playas de Dover en la Navidad de 1940 con los invasores nazis? Los alemanes acusaron a los británicos en 1914 de no tomarse la Guerra en serio; de comprometerse en algo que no les concernía. Quizás había suficiente verdad en eso como para que pudiera darse la tregua. Hubo otras treguas en 1915 y posteriormente – y siempre hubo ejemplos caballerosos de “vive y deja vivir” en la historia militar –, pero 1914 fue antes del gas venenoso, del Lusitania [transatlántico hundido por submarinos alemanes en el Canal de la Mancha], de la enfermera [británica] Edith Cavell [fusilada por los alemanes en Bélgica] y los demás hechos que agriaron al bando aliado e hicieron más difícil el fútbol en las trincheras. Luego estaban los civiles belgas, que escupían a las tropas británicas por confraternizar con los invasores. ¿Hizo la tregua que se fuera de rositas el alto mando alemán por las atrocidades cometidas contra civiles en Bélgica? Por supuesto, no se trataba de una confraternización con Moltke, jefe del estado Mayor alemán, o el Káiser mismo sino con soldados corrientes, lo que fue posible debido a que muchos de ellos en el lado alemán habían trabajado en Gran Bretaña antes de la guerra y hablaban inglés. Estamos acostumbrados a ver la I Guerra Mundial a través de los ojos de los poetas del conflicto y de Oh What a Lovely War, [musical antibelicista de los años 60 sobre la guerra] y es difícil contemplar 1914 – cuando la guerra de trincheras era nueva, antes del Somme o de Passchendaele– como lo que entonces parecía. Por último, el misterio. Pues para franceses y alemanes, todavía quedan revelaciones: un historiador francés escribió recientemente acerca de la tregua con el título de El último tabú. Hay tantos relatos de primera mano en el Reino Unido que los partidos de fútbol parecen una historia sincera. No del todo. Todavía hay discrepancias acerca de quiénes instigaron los muchos alto el fuego minúsculos (fueron primordialmente los alemanes, aunque los británicos fueron los principales instigadores de los partidos de fútbol). Pero, ¿qué pasó con los oficiales? El comandante en jefe británico, Sir John French, escribió en su autobiografía que llamó a capítulo a sus oficiales y “tuvo muchos problemas como consecuencia de ello”. Han desaparecido casi todas las pruebas de esos problemas, pero es una pista respecto a lo que verdaderamente aconteció. Parece probable que la mayoría de los oficiales de los batallones del frente acogieran la tregua como una oportunidad no sólo de enterrar a los muertos sino de reparar las trincheras en medio de un tiempo espantoso. Quizás el descubrimiento de cuántos oficiales de alta graduación habían animado a la confraternización fuese el problema al que se referían los franceses. Quizás fuera eso lo que asustaba a los jefazos. Hoy es difícil saberlo hoy. Lo que está claro es que pocos de ellos, si es que hubo alguno, esperaban que los diversos alto el fuego durasen hasta Año Nuevo o que implicaran tanto fútbol. O que la sensación de paz que se produjo en Navidad como consecuencia, y el entierro conjunto de los muertos, cambiara las vidas e inspirase a tantos de los que lo vivieron. Así que buena suerte a la Army Football Association. Espero que esta vez alguien traiga un balón de fútbol que se pueda usar. *David Boyle (1958), periodista y escritor sobre muy diversas temas de economía e historia, es miembro de la New Economics Foundation y autor de un libro sobre la tregua navideña de 1914, Peace on Earth: The Christmas Truce of 1914.

Los ‘hooligans': los peores embajadores de los Balcanes Miguel Rodríguez Andreu Existe el peligro de que estos sujetos violentos se organicen, sean consentidos en las sociedad balcánicas e incluso instrumentalizados por el poder. Es el mes de agosto de 2013. El Partizan quedó fuera de la Liga de Campeones ante el Ludogorets búlgaro. Miloš Kimi Radisavljević desciende por la valla y se dirige hacia un grupo de futbolistas. Nadie le detiene. Pasa por delante de un grupo de seguridad sin inmutarse y le reclama a un jugador algo: su brazalete. Šćepović, capitán del Partizan, se lo entrega en mano. Es humillante. Kimi ya había adquirido notoriedad como líder del grupo “Alcatraz”-seguidores del Partizan de Belgrado- pero, también, por ser condenado a 16 meses de cárcel por amenazar de muerte a la periodista Brankica Stanković: autora de un documental en 2009, tras la muerte en Belgrado del hincha francés Bruce Taton, donde se denunciaba el amparo judicial del que disfrutaban los líderes de los ultras del Estrella Roja, Partizan y Rad. Los cánticos de los aficionados están en youtube: “Brankica, puta, eres venenosa como una serpiente, terminarás como Ćuruvija”, en referencia al célebre periodista asesinado en 1999, supuestamente, por los Servicios de Seguridad de Slobodan Milošević. Lo decía hace unos días la poeta Magda Peternek, “la pertenencia a los grupos de hinchas hace tiempo que no tiene nada que ver con el apoyo, amor o aliento al club, sino con la entrada al mundo criminal, en donde los intereses se defienden con las armas”. Desde los incidentes del estadio Maksimir en Zagreb allá por 1990, cuando un partido entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja sirvió como escaparate de las divisiones políticas entre repúblicas, los hooligans, como se les conoce en toda la región, fueron protagonistas como paramilitares durante las guerras de secesión de Yugoslavia, y lo siguen siendo durante la transición post-yugoslava, convirtiéndose en los peores embajadores posibles de sus respectivos países. El sociólogo Ivo Čolović ya había destacado como los hinchas, sin embargo, se atribuyen la custodia y defensa de los valores nacionales. La página web de los Delije, hinchas del Estrella Roja, por ejemplo, no sólo apoya a su equipo, sino que también hace proclamas como “Kosovo es Serbia”. Es habitual, además, la buena sintonía entre los aficionados y las autoridades religiosas o los partidos ultranacionalistas. En Bosnia y Herzegovina, Croacia o Macedonia representan el enemigo principal de las minorías étnicas o sexuales, mostrando un polo de atracción para otros jóvenes que buscan solidaridad, pertenencia o socialización en estos grupos, que están muy jerarquizados, tienen un codex propio y funcionan internamente de forma acrítica, endogámica y seguidista. Especial repercusión tuvieron los gritos, micrófono en mano, de Josip Šimunić, jugador de la selección croata que, a coro, junto con miles de aficionados locales, tras calificarse para el Mundial de Brasil, jaleó “Za dom spremni” (Para la patria estamos preparados), saludo asociado al régimen fascista ustasha que gobernó el Estado Independiente de Croacia durante la Segunda Guerra Mundial y que fue responsable del asesinato masivo de miles de serbios, gitanos, judíos y disidentes. Los hooligans pueden ir en contra de los propios intereses de sus equipos, con tal de mantener sus parcelas de poder. Hace varias semanas el partido Italia-Croacia estuvo suspendido 10 minutos, después de que los propios hinchas croatas lanzaran varias bengalas al campo cuando su equipo era superior sobre el terreno de juego, en unas acciones que, como se analizaba en un artículo del diario The Guardian, se debían a las luchas de poder internas entre los propios aficionados locales y la Federación de Fútbol Croata. En febrero, un grupo de unas 120 personas, en su mayoría aficionados al fútbol, intentaron entrar por la fuerza en una mezquita en Plovdiv; en septiembre, los hinchas del Lokomotiv de Plovdiv se enfrentaron a la policía creando graves altercados; en octubre, hinchas de la selección búlgara y croata de fútbol se enfrentaron en las calles de Sofía; en noviembre, hinchas del Levski de Sofía de baloncesto se abalanzaron sobre los hinchas del Partizan durante uno de los descansos; en noviembre, el hincha del Estrella Roja, Marko Ivković, fue asesinado de un navajazo por otro del Galatasaray. Al día siguiente, mediante una pancarta, algunos aficionados turcos aventuraban que le pasaría lo mismo a los hinchas del CSKA de Moscú, del Partizan y del Olimpiacos. Sin duda, el incidente que más ha trascendido a los medios fue la cancelación del encuentro entre Serbia y Albania en octubre, tras la aparición de un drone portando una bandera de la Gran Albania. Varios jugadores albaneses se abalanzaron sobre un jugador serbio después de que éste tocara la bandera. Además de la pelea, varios aficionados saltaron al campo para agredir a los jugadores visitantes, entre ellos, Ivan Bogdanov, que en 2010 fue el organizador de los graves altercados que interrumpieron el partido Italia-Serbia. Para muchos resulta incomprensible que las autoridades locales permitieran que Bogdanov pudiera seguir entrando a los campos de fútbol desde que salió de la cárcel. Lejos de moverse estrictamente en el mundo del deporte, el suceso adquirió una dimensión política. Los políticos de un país y otro se enzarzaron en una dialéctica de declaraciones inculpatorias, que no se correspondía con las buenas relaciones que Albania y Serbia habían demostrado durante la última década, y que contrastaban con la visita anunciada por aquel entonces de la máxima autoridad albanesa a Belgrado. El resultado fue una enconada campaña de animadversión en los medios locales que contribuyó a desatar varias represalias contra negocios regentados por albaneses, en las ciudades serbias de Novi Sad, Stara Pazova y Sombor, como también crearon el contexto favorable para que la clase política albanesa no se distanciará de un proyecto, regionalmente, tan dañino para la convivencia, como es la Gran Albania. La reacción de los medios de comunicación internacionales termina empoderando a sus actores más destacados -hinchas y violentos- como representantes ilegítimos de la gran masa social; forzando, por consiguiente, a la clase política a recluirse en el patriotismo y antagonismo nacionalista que más les da réditos electorales en estas tesituras. Fascinados como estuvieron y están por las mal denominadas “guerras balcánicas” y los conflictos interétnicos que tanto seduce a la opinión pública, no aciertan a poner el foco de atención sobre las responsabilidades individuales sino a rememorar los conflictos del pasado. Los problemas que afectan a los ultras en la región, a diferentes escalas, son compartidos: elevado desempleo, educación deficiente, ausencia de alternativas culturales, crisis de valores, referencias sociales negativas, socialización en valores machistas o, simplemente, la mera inclinación hacia la violencia o la delincuencia; sin contar la utilización interesada que se hace de su fuerza de choque con propósitos políticos, ante la apatía en la que vive el común de las sociedades balcánicas, más acostumbrada a la coexistencia pacífica pero, también, más acostumbrada al letargo y a la resignación ante la incontinencia de los fanáticos. Incapaces de luchar contra la corrupción, las injusticias sociales o la ineficacia institucional en su entorno, los hooligans obtienen repercusión e influencia por el mero ejercicio de la violencia. El peligro: que adopten una forma organizada, que la sociedad lo consienta y que las autoridades no solo no lo neutralicen sino que, cuando les interese, lo instrumentalicen. La trampa: un conflicto étnico enardecido desde los medios que, en realidad, no existe. Ya lo anunció Brankica Stanković hace cuatro años, cuando empezó a ser escoltada las 24 horas del día por amenazas: “Se sabe que en Inglaterra se resolvió el problema con los hinchas. Ahora ya no hay un poco de esto, un poco de lo otro. En Serbia existen leyes para combatir la violencia en los estadios. Sólo tienen que llevarse a cabo. Que alguien finalmente diga: ya basta, ahora vamos a llevar los jueces a los estadios a que impongan sanciones de inmediato”. Los Balcanes serán menos interesantes para la mayoría de los medios, pero serán, sin lugar a dudas, un lugar más seguro de lo que ya es cuando no haya hooligans de por medio.
Charlie Hebdo: la infamia Michael Löwy Infamia. Es la única palabra que puede resumir lo que sentimos ante el asesinato de los compañeros de Charlie Hebdo. Un crimen tanto más odioso, cuanto que estos camaradas artistas eran gentes de izquierda, antirracistas, antifascistas, anticolonialistas, simpatizantes del comunismo o del anarquismo. Hace poco, habían participado en un álbum de homenaje a la memoria de los centenares de argelinos asesinados por la policía francesa en París el 17 de octubre de 1961. Su única arma era la pluma, el humor, la irreverencia, la insolencia. También contra las religiones, según la inveterada tradición anticlerical de la izquierda francesa. Pero en el último número de la revista, la portada ofrecía una caricatura contra la islamofobia de Houllebeck, y dentro, una página de caricaturas contra la religión… católica. Vale la pena recordar que Chab, el redactor jefe, era un dibujante de sensibilidad revolucionaria que llegó a ilustrar el libro de Daniel Bensaïd Marx, mode d’emploi. Y que estaba presente en el acto de homenaje a Bensaïd, en donde esbozó unos dibujos tiernos e irónicos que se iban proyectando en pantalla. La acción de estos fanáticos e intolerantes jihadistas es un crimen contra la libertad de prensa, contra la libertad de pensamiento, contra la libertad artística. Pero es también un crimen contra el Islam, y contra los musulmanes de Francia, que ahora corren el riesgo de pagar la factura de una infamia de la que no son en absoluto responsables. La ola de islamofobia que ha venido creciendo en la Francia de estos últimos años con el apoyo de periodistas racistas como Eric Zemour o de escritores “consagrados” como Houellebeck, confunde musulmanes con integristas e integristas con jihadistas, en una amalgama tan pérfida como manipuladora. Ese clima deletéreo favorece a las corrientes racistas, “identitarias” y fascistas, sobre todo a la empresa de la familia Le Pen, que ha hecho del racismo y de la islamofobia su fondo de comercio. Huelga decir que procurarán servirse del crimen de los jihadistas para esparcir su veneno. Unos y otros buscan instaurar un clima de “guerra de civilizaciones”, según la siniestra fórmula acuñada por Samuel Huntington (uno de los arquitectos de la Guerra del Vietnam). Urge recordar que el verdadero conflicto de nuestro tiempo no se da entre “el Islam” y “Occidente”, sino entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. Y a fin de cuentas, entre los intereses del capitalismo y los de la Humanidad. Michael Löwy es un reconocido filósofo e historiador marxista del pensamiento contemporáneo.
Las guerras de 2015 Jean-Marie Guéhenno (presidente y director ejecutivo de International Crisis Group) Desde Afganistán hasta Yemen, los conflictos y crisis que afronta el mundo en el año que empieza. El año pasado fue malo para la paz y la seguridad internacional. Por supuesto, hubo elementos positivos. El proceso de paz en Colombia es prometedor. La última ronda de negociaciones nucleares con Irán tuvo más éxito del que creen muchos. Túnez, aunque todavía no está completamente a salvo, demostró el poder del diálogo sobre la violencia. Afganistán contradijo su historia y, a pesar de los numerosos obstáculos, cuenta con un gobierno de unidad nacional. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba emprendido por el presidente Barack Obama no puede sino ser beneficioso. Sin embargo, en general, ha sido un año desalentador. Los conflictos vuelven a aumentar después de un importante declive tras el final de la Guerra Fría. Las guerras actuales matan y desplazan a más personas y son más difíciles de terminar que en el pasado. El caos del mundo árabe se agravó: el Estado Islámico capturó grandes franjas de territorio en Irak y Siria, gran parte de Gaza volvió a quedar destruida, Egipto dio un giro hacia el autoritarismo y la represión, y Libia y Yemen se aproximaron a la guerra civil. En África, el mundo contempló cómo los líderes de Sudán del Sur hundían su nuevo país. El optimismo de 2013 respecto a la República Democrática del Congo (RDC) se desvaneció, el ébola asoló partes de África Occidental, y los insurgentes de Boko Haram intensificaron los ataques terroristas en el norte de Nigeria. El orden legal internacional sufrió la afrenta de que Rusia se anexionara Crimea, y la guerra ha vuelto a Europa con los combates que continúan en el este de Ucrania. ¿Qué es lo que va mal? A escala mundial, la creciente rivalidad geopolítica parece estar llevando, al menos por el momento, a un mundo menos controlado y menos previsible. Donde más patente es esto, desde luego, es en la relación entre Rusia y Occidente. Todavía no es una suma cero: las dos partes están aún colaborando en la cuestión nuclear iraní, la amenaza de combatientes terroristas extranjeros y, en general, el mantenimiento de la paz en África. Pero la política de Moscú en su región representa un verdadero problema, y su relación con EE UU y Europa se ha vuelto antagónica. Las relaciones de China con sus vecinos también son tensas y podrían desembocar en una crisis en los Mares del Este de China o del Sur de China. La lucha entre Irán y Arabia Saudí inspira la violencia entre suníes y chiíes en todo Oriente Medio. Las propias potencias suníes están divididas: la rivalidad entre Arabia Saudí, los Emiratos y Egipto, por un lado, y Qatar y Turquía, por otro, tiene repercusiones en todo el norte de África. En otros lugares del continente africano, las potencias se enfrentan en Somalia y en la guerra cada vez más regionalizada de Sudán del Sur; y la RDC es desde hace mucho escenario de la competencia de sus vecinos para tener influencia y recursos. La rivalidad entre las potencias mundiales y regionales no es nada nuevo, desde luego. Pero la hostilidad entre las grandes potencias ha paralizado al Consejo de Seguridad de la ONU en relación con Ucrania y Siria, y deja a sus miembros más poderosos menos tiempo y capital político para dedicarse a otras crisis. A medida que el poder se vuelve más difuso, el antagonismo entre las potencias regionales es más importante. La competencia entre unos Estados poderosos da un tono regional o internacional a las guerras civiles, y eso hace que su resolución sea más compleja. Además, las guerras y la inestabilidad están concentrándose geográficamente y extendiéndose desde partes de Libia, el Sahel y el norte de Nigeria, a través de la región de los Grandes Lagos y el Cuerno de África, hasta Siria, Irak y Yemen, y de ahí a Afganistán y Pakistán. Estabilizar las zonas más vulnerables del mundo debe ser una prioridad mundial de política exterior, y no solo un imperativo moral, porque esas regiones suelen servir de refugio a terroristas y criminales transnacionales. A ello hay que añadir una preocupante tendencia a la violencia en países que están tratando de hacer la transición a la democracia. Entre los lugares con más problemas del mundo están los que intentan alejarse de un gobierno autoritario, como Libia, Yemen, Afganistán, la RDC y Ucrania. Labrar un nuevo consenso sobre la división de poderes y recursos es un reto enorme, y el fracaso suele desembocar en nuevas luchas. Esto plantea dilemas tanto a las clases dirigentes nacionales como a las potencias extranjeras. Por un lado, sabemos que el comportamiento de muchos gobernantes autoritarios no hace más que almacenar problemas para después. Vacían las instituciones, reprimen a los opositores, se olvidan de gran parte de la población y a menudo dejan vagos mecanismos de sucesión. Por otro, deshacerse de ellos, muchas veces, empeora la situación a corto plazo, precisamente porque su mandato no ha implantado un sistema que permita administrar el cambio. El año que acaba de terminar ha demostrado también que los grupos yihadistas siguen siendo una amenaza persistente y en aumento. El Estado Islámico y sus nuevos afiliados en el Sinaí y el norte de África, Boko Haram en Nigeria, Al Shabab en Somalia y Kenia y las filiales de Al Qaeda en el sur de Asia, Asia central, el Cáucaso, Yemen y el Sahel están desestabilizando gobiernos, matando a civiles y radicalizando a las poblaciones locales. Pero agrupar estos movimientos, con frecuencia, no sirve de nada: aunque dicen que sus ambiciones son globales, los distintos grupos se alimentan de los agravios locales. Si bien estos grupos yihadistas emplean tácticas terroristas atroces, no son meros terroristas. Quieren controlar el territorio. Suelen mezclar tácticas brutales con una astuta implicación política o social. Algunos se presentan como alternativas a un Estado corrupto e injusto y proporcionan bienes públicos básicos -en especial seguridad y justicia, aunque en variantes crueles- cuando el gobierno no lo hace. Pocas de las guerras que libran comienzan en nombre de la yihad internacional. La ideología extremista, normalmente, tarda en figurar, y siempre entre otras causas de violencia. Sin embargo, una vez allí, hace que sea mucho más difícil acabar las guerras de forma negociada. Está claro que unos problemas tan distintos no pueden describirse de manera genérica. Las soluciones necesitan un conocimiento detallado de cada conflicto, sus motores, sus protagonistas, sus motivos e intereses. Cualquier reacción debe emprenderse en función del contexto. Pero podemos ofrecer unas cuantas ideas generales basándonos en el año pasado. En primer lugar, este año, la política ha carecido demasiadas veces de estrategia, lo mismo en la campaña de Estados Unidos contra el EI que en la de Nigeria contra Boko Haram. La acción militar no basta por sí sola; de hecho, en muchos casos perpetúa las razones de fondo del conflicto: las desigualdades de poder, el subdesarrollo, la actuación del Estado depredador, la política identitaria, etcétera. Lo que mantiene unidos a los países son los acuerdos políticos. Para acabar con las guerras o evitar las crisis es necesario un proceso que se encamine en esa dirección. Segundo, en la mayoría de los casos, es más lógico hablar que no hacerlo. Los casos positivos de este año -la cuestión nuclear iraní, las conversaciones de paz en Colombia, la transición en Túnez, las relaciones Estados Unidos-Cuba- demuestran el valor del diálogo, incluso cuando es incómodo o impopular. Por supuesto que hay riesgos, en particular cuando se negocia con grupos con agendas excluyentes o en los que los motivos criminales pueden más que los políticos. Pero, por el momento, la balanza está peligrosamente inclinada en contra del diálogo: los responsables políticos deben ser más flexibles, dejarse de declaraciones dogmáticas sobre con quién pueden o no pueden hablar y, cuando sea necesaria la fuerza, combinarla con el diálogo, aunque solo sea para aislar a los que son realmente inaceptables. Tercero, la inclusión política debería ser más a menudo un principio rector para los líderes actuales. Con el tiempo, eso significa construir unas instituciones representativas y eficaces y protejan a todos los ciudadanos; una tarea larga, ardua y muy política. En los países frágiles, las prisas por celebrar unas elecciones que den más poder al ganador en detrimento del perdedor o ratificar constituciones que concentran el poder en una sola persona son peligrosas. La exclusión es una clave importante en muchas guerras actuales; todos los grupos principales necesitan sentarse a la mesa para proteger sus intereses. Cuarto, es mucho mejor prevenir crisis que tratar de contenerlas después. Eso significa entablar el diálogo antes de que los conflictos locales adquieran una dimensión yihadista, por ejemplo. Significa abordar los motivos de queja de las comunidades antes de que empuñen las armas. Implica intentar acabar con las guerras antes de que las facciones se fragmenten, porque entonces será más difícil lograr la paz. Es especialmente importante apoyar a los Estados que están en regiones con problemas y son razonablemente estables o por lo menos aún no se han derrumbado. Para ello hay que garantizar que la ayuda militar no sirva para atrincherar a los gobernantes ni perpetuar malos hábitos. Pero también hay que ser más cautelosos a la hora de defender un cambio de régimen y, a cambio, empujar a los dirigentes hacia una política más integradora, una mejor provisión de los bienes y servicios públicos básicos, la lucha contra la corrupción y la mejora de las relaciones con sus vecinos. Nada de esto es fácil, sobre todo con las numerosas crisis que mantienen ocupados a los líderes mundiales. Pero desde luego es mejor que tratar de arreglar las cosas después. De hecho, dado que la capacidad del mundo para gestionar crisis está ya saturada, un nuevo fracaso en otra región -Asia Central, por ejemplo, o el Golfo- sería desastroso. Por último, unas líneas sobre la lista. Como todas las listas, es hasta cierto punto arbitraria. Con tantas crisis en activo, reducirlas a las 10 más peligrosas es difícil. Omitimos Sudán, por ejemplo, pese a que está aún asolado por guerras periféricas que parecen encaminarse hacia una escalada, en vista de que Jartum sigue sin hacer reformas. Tampoco incluimos los extraordinarios niveles de violencia relacionada con el narcotráfico en México y algunas zonas de Centroamérica. Tampoco aparece aquí el conflicto Israel-Palestina, si bien está claro que puede agravarse en Gaza, Cisjordania, Jerusalén o el propio Israel. Pakistán también está este año fuera de la lista, pero, como demuestra el horrendo atentado del mes de diciembre en Peshawar, sigue sujeto a múltiples amenazas interrelacionadas, ya sea de los yihadistas, la violencia sectaria en las ciudades o el Ejército intranquilo. Siria, Irak y el Estado Islámico Desde que el EI se apoderó de una amplia franja del norte de Irak en junio, el grupo yihadista se ha convertido en foco fundamental de la política regional. Pero su éxito es un síntoma de una serie de problemas más de fondo que no se solucionan por medios militares: gobiernos sectarios en Siria e Irak, estrategias militares dependientes de unas milicias que radicalizan a las poblaciones locales y la desaparición gradual de las fuerzas suníes tradicionales. En vísperas de las elecciones iraquíes de abril, el entonces primer ministro Nouri al Maliki imitó al presidente sirio Bashar el Assad y empleó la amenaza yihadista para movilizar a su base chií, presentarse como baluarte contra el terrorismo y así obtener el respaldo internacional. Su táctica tuvo éxito y a la vez fue contraproducente: ganó las elecciones, pero solo a costa de distanciarse de la mayoría de los suníes de su país. Aunque muchos iraquíes y las autoridades estadounidenses esperaban que la caída de Maliki en favor de Haider al Abadi abriera paso a un Gobierno más integrador, hasta ahora se han visto decepcionados. Las fuerzas chiíes asociadas con Irán mantienen su influencia en la toma de decisiones en Bagdad. Por otra parte, aunque la guerra contra el Estado Islámico ha promovido una incipiente reconciliación entre el Gobierno Regional del Kurdistán y Bagdad, el apoyo de Occidente a las facciones kurdas está alimentando las tensiones entre los iraquíes y las rivalidades entre los kurdos. La campaña aérea de Estados Unidos contra el EI ha frenado algo al grupo. Sin embargo, la dinámica general del conflicto a ambos lados de la frontera Siria-Irak sigue inclinándose en favor de la organización yihadista, porque asegura ser el único rival serio del régimen de Al Assad -al que consideran beneficiado por los ataques aéreos estadounidenses- y el único defensor serio de los intereses suníes en los dos países. La capacidad de lucha y la moral de la oposición armada siria respaldada por Occidente siguen disminuyendo. Jabhat al Nusra, afiliado a Al Qaeda, ha expulsado ya a la mayoría de las facciones moderadas de la provincia de Idlib, en manos de los rebeldes, y el régimen de Al Assad es implacable en su empeño en aplastarlos militarmente. Los grupos apoyados por Occidente siguen siendo importantes en Alepo, el territorio más valioso que le queda a la oposición, pero los rebeldes están teniendo dificultades para impedir el acoso del régimen al tiempo que rechazan al EI en la región vecina. Una derrota allí pondría en peligro la viabilidad de las fuerzas no yihadistas en todo el norte y seguramente descartaría cualquier solución negociada al conflicto. Es esencial mantener la posibilidad de un futuro proceso de paz. Ucrania Puede no ser la crisis más mortífera del mundo, pero ha transformado y empeorado las relaciones entre Rusia y Occidente. Más de 5.000 personas han muerto en el país desde que comenzó el conflicto declarado en marzo de 2014, entre ellas, alrededor de mil fallecidas después de que se declarase el alto el fuego, el 5 de septiembre. La entrada del invierno puede añadir una nueva dimensión a la crisis: la población de las regiones orientales de Donetsk y Luhansk, en manos de los separatistas, tendrán que arreglárselas como puedan sin casi calefacción, medicinas, alimentos ni dinero, que escasean debido al derrumbe de la economía local y las restricciones financieras impuestas por Kiev. Los dirigentes separatistas han creado pocas instituciones de gobierno que funcionen, casi no han formado funcionarios y no serán capaces de afrontar ninguna crisis humanitaria por sí solos. Existen atisbos de esperanza. Aunque Moscú continúa dando su apoyo a las diminutas repúblicas escindidas creadas en partes de Donetsk y Luhansk, su entusiasmo por los separatistas está disipándose. No las ha reconocido, y ahora subraya que su futuro está dentro de las fronteras de Ucrania. No obstante, la situación es imprevisible. No parece probable que en este comienzo de año se vaya a imponer militarmente ninguno de los dos bandos, pero, dado que ambos cuentan con poderosos grupos de presión en favor de la guerra, es posible que quieran intentarlo. Otras zonas de Ucrania en el sureste -áreas como Jarkov y Zaporizhia, relativamente tranquilas hasta ahora- podrían empezar a removerse si Moscú agita las cosas, tal vez para abrir una vía terrestre a Crimea a través de esa zona. Desde luego, los separatistas más radicales están esperando que suceda. El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, es consciente de que es urgente hacer reformas económicas y sociales para asegurar la estabilidad del país a largo plazo. Sin embargo, está dándose poca prisa en implantarlas. Occidente debe mantener la presión política para que continúe con el plan. A corto plazo, las principales tareas de la comunidad internacional consisten en separar a las partes en conflicto, animar a Kiev a tender la mano a sus compatriotas en la región este, colocar la frontera entre Ucrania y Rusia bajo el pleno control de observadores internacionales y alejar poco a poco el conflicto del enfrentamiento armado a la negociación política. Todavía hay tiempo de evitar la aparición de otro conflicto congelado en la periferia de Europa, con algo de suerte, mucha energía y una política respecto a Moscú que aúne la presión sostenida con posibles incentivos si tranquilizan la situación. Sudán del Sur El país africano comienza su segundo año de una brutal guerra civil que, por ahora, parece que va a continuar. El pasado mes de diciembre, las disputas latentes desde hacía tiempo dentro del partido gobernante y el Ejército estallaron en una guerra entre las fuerzas leales al presidente Salva Kiir y los leales a su antiguo vicepresidente, Riek Machar. Las guarniciones militares se dividieron, a menudo con violencia, con arreglo a las diferencias étnicas. Los choques se extendieron con rapidez desde la capital y los combates destruyeron ciudades importantes y las infraestructuras del petróleo. Como tropas de Uganda y los rebeldes sudaneses luchan junto a las fuerzas gubernamentales, y Sudán, al parecer, está armando tanto al Gobierno como a la oposición, la guerra ha arrastrado a los países vecinos y amenaza con desestabilizar aún más una región ya atribulada. El Ejecutivo está hipotecando su futuro económico para costear la guerra y dejando al país al borde de la bancarrota. Algunos cálculos indican que la guerra ya ha dejado 50.000 muertos y casi dos millones de desplazados. Las organizaciones humanitarias han logrado evitar una hambruna, por ahora, pero se encuentran con una hostilidad considerable. El fin de la estación de las lluvias, en diciembre, supondrá seguramente una intensificación de la violencia. Los intentos de poner fin a la guerra no han prosperado. La Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), un grupo subregional del que son miembros Uganda y Sudán, ha tomado la iniciativa en los esfuerzos de mediación, pero las negociaciones han tenido escasa repercusión y no incluyen a todas las partes. Los pactos de alto el fuego se violan de manera sistemática. Y ni Estados Unidos ni China están apoyando con todo su peso el proceso de paz. Los grupos armados están fragmentándose, y muchos están ya fuera del control de Kiir y Machar, lo cual facilita conflictos secundarios que evolucionan a la sombra de la guerra civil. ¿Qué puede hacer el mundo para detener la sangría? El Consejo de Seguridad de la ONU -en particular Estados Unidos y China, que tienen sólidas relaciones con las potencias regionales- debe intervenir de forma más activa. Un embargo de armas estrechamente vigilado aumentaría la capacidad de presionar a todas las partes. La presión de Washington sobre Uganda, combinada con la presión de China sobre Sudán y la de las principales potencias regionales y mundiales sobre Kiir y Machar, podría desbloquear la situación. Habría que pensar en un mecanismo para garantizar que los ingresos del petróleo no financien el conflicto, además de la presión sobre las cadenas de suministro de la oposición. Además, los mediadores deben ampliar el diálogo con los grupos armados y los más inflexibles en todo el país. La crisis de Sudán del Sur es una de las más graves del mundo. No obstante, a diferencia de Siria y Ucrania, en este caso hay más esperanzas de una acción internacional coordinada, porque la cuestión no divide al Consejo de Seguridad. Ahora que la región está fragmentada, ha llegado el momento de que las grandes potencias actúen con más energía. Nigeria En 2015, Nigeria se enfrenta a una tormenta perfecta. Primero, la insurgencia brutal del grupo islamista Boko Haram continúa creando el caos en el norte del país, sobre todo en las zonas pobres del nordeste. El grupo se apoderó de más territorio este verano; desde entonces sus ataques se han extendido al vecino Camerún y podrían llegar hasta Níger y Chad. El conflicto, que entra en su quinto año y no da señas de remitir, ha dejado más de 13.000 muertos y alrededor de 800.000 desplazados. La reacción del presidente Goodluck Jonathan ha consistido sobre todo en medidas militares. Aunque las campañas de su Gobierno han obtenido varias victorias, no han conseguido hacer retroceder a los rebeldes. En ocasiones, han creado más enemigos: las operaciones han sido torpes e indiscriminadas, y tanto las fuerzas de seguridad como las milicias locales aliadas han llevado a cabo asesinatos extrajudiciales y torturas. El elevado número de bajas en algunas batallas ha hecho que algunos soldados se nieguen a luchar o deserten de sus unidades. Las más de 200 niñas chibok secuestradas por los rebeldes en abril, una agresión que ocupó los titulares de todo el mundo, siguen desaparecidas, y eso refuerza la idea de que el Ejecutivo no está a la altura de la situación. En segundo lugar, la caída mundial de los precios del petróleo ha debilitado al Gobierno, que necesita las ventas de crudo para obtener alrededor del 70% de sus ingresos. En los dos últimos meses de 2014, Nigeria rebajó dos veces el precio que utiliza para planear su presupuesto (hasta 65 dólares el barril) y se comprometió a no recurrir a medidas inflacionarias. Asimismo, la moneda nigeriana, el naira, se devaluó por primera vez en tres años. Tercero, las elecciones previstas para febrero de 2015 también podrían desestabilizar el país. En Nigeria, los comicios siempre son muy controvertidos, pero las posibilidades de violencia en esta ocasión son excepcionalmente altas. Por primera vez desde la recuperación del poder civil, en 1999, el Partido Democrático Popular (PDP), en el poder, se enfrenta a un verdadero reto. Una coalición de oposición, el Congreso de todos los Progresistas (APC, en sus siglas en inglés), se ha unido alrededor de un único candidato presidencial, el general retirado Muhammadu Buhari, que va a enfrentarse al presidente Jonathan. Como ha ocurrido en elecciones anteriores, es prácticamente indudable que habrá violencia en todo el Estado durante la campaña y las votaciones. Un resultado polémico sería todavía más preocupante: si pierde Buhari, las masas podrían salir a la calle en las ciudades del norte, como hicieron cuando perdieron en 2011, pero esta vez, con Boko Haram dispuesto a contribuir al derramamiento de sangre. Si pierde Jonathan, sus partidarios en el Delta ya han amenazado con reavivar la violencia en la región. República Democrática del Congo En el último año se han defraudado muchas de las esperanzas suscitadas por los avances del la RDC en 2013. Las reformas prometidas por el presidente Joseph Kabila, especialmente en el sector de la seguridad, se han estancado. Aunque en 2013 las tropas congoleñas y un contingente especial de la ONU, la Brigada de Intervención (FIB en sus siglas en inglés), derrotaron al M23, la milicia respaldada por Ruanda, los intentos de desmovilizar otros grupos armados han fracasado. Las fuerzas oficiales emprendieron ataques contra las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), pero sus líderes permanecen en libertad y combatientes sin identificar siguen asesinando a los habitantes de los pueblos en su zona de operaciones. Más complicadas son las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR), herederas de las fuerzas paramilitares hutus que cometieron el genocidio de Ruanda en 1994. El Gobierno del Congo y los países que contribuyen a las tropas de la FIB, en especial Suráfrica y Tanzania, se resisten a atacar a los enemigos de Ruanda, el FDLR, de la misma forma que llevaron acciones contra sus aliados, el M23. Una estrategia contra el FDLR no puede depender solo de la acción militar. Es preciso combinar medidas más blandas -realojamiento en terceros países, un plan de desarme que se ocupe de los combatientes y sus comunidades, acción policial contra las redes ilícitas que apoyan al FDLR y un acuerdo sobre el proceso judicial de sus dirigentes- con una amenaza creíble de emplear la fuerza. Por ahora, sin embargo, falta esa amenaza. El escaso número de combatientes del FDLR que está entregándose permite pensar que el grupo no renunciará a las armas de manera voluntaria; es evidente que el plazo de seis meses impuesto por las potencias regionales para este proceso no era más que una táctica para ganar tiempo. Ahora que el desarme de las milicias se ha congelado, es posible que haya otra escalada de la violencia en las provincias orientales, sobre todo si Ruanda se retira del proceso político encabezado por Naciones Unidas. Igual que en Nigeria, las próximas elecciones en la RDC son un desafío temible en un entorno político ya frágil. Kabila, cuya legitimidad ya es muy débil y al que la constitución prohíbe presentarse a un tercer mandato, puede intentar cambiar las reglas o retrasar los comicios para prolongar su estancia en el poder. Cualquiera de las dos cosas desatará las protestas de la oposición. Dado que la violencia en el este de la RDC es en gran parte un síntoma del mal gobierno y el carácter disfuncional del Estado, los comicios serán tan cruciales para la estabilidad del país como las milicias y los vecinos entrometidos. Libia y el Sahel La transición de Libia también se ha ido al traste, y el caos creado está extendiéndose más allá de sus fronteras. El bloqueo político ha dado lugar a dos cámaras legislativas rivales, un Parlamento que cuenta con el reconocimiento internacional en Tobruk y un Congreso Nacional General dominado por los islamistas en Trípoli. El Gobierno libio no tiene ya ninguna autoridad real; la confianza en las instituciones del Estado, poco más que una fachada, se ha desmoronado. Los asesinatos de autoridades y el intento de golpe encabezado por un general anti-islamista han dividido al país y han reflejado la polarización regional. Sin embargo, las divisiones son más complejas que una mera escisión entre islamistas y anti-islamistas. Las luchas por la riqueza del gas y el petróleo, las rivalidades entre tribus y milicias, los intereses contrapuestos de las potencias extranjeras y las discrepancias sobre cómo estructurar el Estado después de Gadafi amenazan con desgarrar el país. Esa situación es un problema no solo para Libia, sino también para sus vecinos. La llegada de armas y mercenarios explica, en parte, la descomposición de Malí en 2012, cuando los rebeldes tuaregs y los grupos afiliados a Al Qaeda se adueñaron del norte y un golpe militar derrocó al Gobierno de Bamako. Una operación francesa hizo retroceder a los yihadistas, pero muchos de ellos siguen refugiados en el desierto o en comunidades remotas. Mientras tanto, en Níger también ha aumentado la actividad terrorista. Igual que en Malí, las autoridades tienen dificultades para controlar el vasto desierto y sus esfuerzos topan con las rivalidades regionales, especialmente entre Argelia y Marruecos. Los extremistas y los criminales con conexiones internacionales utilizan cada vez más el Sahel para escapar de las operaciones francesas y afianzarse en el Norte de África. Las fronteras porosas, la débil autoridad del Estado y la facilidad de obtención de armas les favorecen. Toda esta inseguridad regional tiene eco en la inmensa zona sin gobernar del sur de Libia. La olvidada provincia de Fazzan, en el suroeste, ha experimentado una afluencia de combatientes tuaregs, entre ellos islamistas radicales, y está convirtiéndose en un refugio de grupos extremistas. Los líderes libios parecen incapaces de interrumpir la desintegración del país. Las intervenciones de Francia y, en menor medida, Estados Unidos han detenido el avance yihadista en el Sahel. Pero está por ver si los esfuerzos militares van a ir acompañados de la política integradora y el desarrollo socioeconómico necesarios para alcanzar una estabilidad real. Hasta ahora, las estrategias políticas están muy por detrás de las campañas militares. Somalia Aunque las ofensivas combinadas de las fuerzas de la Unión Africana y el Ejército somalí han permitido obtener victorias importantes contra Al Shabab, el gobierno federal de Somalia tiene todavía dificultades para administrar su poder. A pesar de la existencia de una constitución federal provisional, las tensiones entre el presidente y el primer ministro se convirtieron a finales de 2014 en un sucio enfrentamiento que acabó con la expulsión del segundo. Ahora, las discrepancias políticas en las instancias federales y regionales amenazan la aspiración declarada por el Ejecutivo de celebrar elecciones y un referéndum constitucional en 2016. Si bien, en teoría, el gobierno central no controlaba tanto territorio desde principios de los 90, la realidad es que hay un mosaico de clanes armados locales que son los que mandan. Es probable que el doble objetivo de la formación de un Estado federal y la celebración de elecciones nacionales -dos metas que muchos siguen considerando en el país un juego de suma cero por el dominio de los clanes- genere más conflictos. En esta atmósfera, la misión de la Unión Africana, AMISOM, tratará de mantener su neutralidad, entre otras cosas porque la mayoría de sus tropas procede de Estados vecinos. Y, a pesar de las pérdidas de territorio y el asesinato selectivo de su líder en un ataque llevado a cabo por un avión no tripulado en septiembre, Al Shabab conserva la capacidad de atacar en su terreno y más allá, sobre todo en Kenia, donde asegura defender la causa de la minoría musulmana marginada. Las partes interesadas en Somalia -tanto nacionales como extranjeras- deben alterar sus prioridades para abordar los problemas del país. Tienen que centrarse en la estabilización local, a través de los consejos de distrito y los ayuntamientos y mediante el establecimiento de instituciones políticas de base. Las elecciones locales son más importantes que las nacionales. La trayectoria actual, desde arriba, puede aumentar la frustración de los donantes con un gobierno central incapaz de cumplir y reforzar el poder de los clanes para hacerse con la presidencia. Yemen La transición de Yemen se ha venido abajo. El proceso político ha caído víctima de la rivalidad entre las clases dirigentes, un cambio en el equilibrio de poder en favor de los hutíes -un movimiento chií zaidí que ha invadido gran parte del país desde su bastión en el norte- y un movimiento separatista resurgente en el sur. Con el deterioro de las condiciones económicas y de seguridad, la credibilidad del Estado y la confianza en el presidente Abdo Rabu Mansur Hadi como mediador honrado entre las facciones se han debilitado. Los hutíes, apoyados por un amplio frente político harto del estancamiento de la situación, se apoderaron de la capital, Saná, en septiembre de 2014. Aceptaron un plan para nombrar un nuevo Gobierno, el Acuerdo de Paz y Cooperación Nacional, pero violaron rápidamente su espíritu al endurecer su control de la capital y extenderse hacia el sur y el oeste, hasta los territorios suníes y la región petrolífera de Marib. Aunque Yemen no tiene una tradición de violencia sectaria, está empezando a crearla. La toma del poder por parte de los hutíes les ha enfrentado con Islah, un partido político que engloba la rama yemení de los Hermanos Musulmanes, y con Al Qaeda en la Península Arábiga, formado en 2009 por militantes suníes de Arabia Saudí y Yemen. El avance hutí también ha provocado en el sur el temor de que la autonomía federal, prevista en el diálogo de transición que se estableció tras la salida del presidente Alí Abdullah Saleh, no logre triunfar. Las potencias regionales y mundiales tienen un historial irregular en relación con Yemen. Arabia Saudí y el Consejo de Cooperación del Golfo fueron cruciales para reunir a las distintas facciones durante la caótica situación de 2011. Los saudíes han aportado miles de millones de dólares para reforzar el presupuesto del Estado. Ahora bien, cuando los hutíes entraron en Saná, Riad expresó sus dudas sobre la conveniencia de financiar un gobierno dominado por un grupo al que considera una marioneta de Irán. Si los saudíes desaconsejaran las inversiones y retiraran su apoyo financiero, el Estado yemení podría entrar en descomposición. Irán y Arabia Saudí, que tienen un enemigo común en Al Qaeda, deberían cooperar para no dejar que Yemen se deslice hacia otra guerra subsidiaria. El papel del Consejo de Seguridad de la ONU también ha sido desigual. En febrero de 2014, ordenó sanciones contra cualquier grupo que se considerase que estuviera obstaculizando la transición. Después de que los hutíes tomaran Saná, la ONU sancionó a dos de sus jefes y al ex presidente Saleh, a instancias del presidente Hadi y los saudíes. La decisión fue contraproducente porque dio un impulso temporal a quienes pretendía debilitar. El partido de Saleh, Congreso General del Pueblo, se apresuró a retirar su apoyo al Gobierno y expulsó a Hadi de su dirección, y los hutíes recibieron las sanciones como un honor. No parece que ninguna de estas partes vayan a aceptar ningún compromiso a corto plazo. Afganistán Por primera vez en su historia Afganistán vivió el año pasado un traspaso de poder en gran parte pacífico. El presidente Hamid Karzai dejó el cargo, Ashraf Ghani tomó posesión como sucesor y el segundo en las elecciones, Abdullah Abdullah, se convirtió en el director general de Afganistán, de acuerdo con un acuerdo de reparto de poder. Pero la prolongada crisis a propósito de las elecciones indica que el Gobierno de unidad de Ghani puede plantear retos además de oportunidades. Las relaciones entre los dos bandos están aún enconadas, aún no se han puesto de acuerdo sobre varios nombramientos fundamentales para el Gobierno, y el acuerdo mencionado carece de mecanismos para resolver las disputas. El sectarismo puede llegar a impedir las urgentes reformas necesarias prometidas por Ghani para fortalecer las instituciones, controlar la corrupción, equilibrar el Poder Ejecutivo y avanzar hacia un sistema de gobierno menos centralizado. Además, el nuevo Gobierno se enfrenta a una insurgencia talibán en expansión. Ghani firmó un acuerdo con Washington que abría la puerta a la presencia en Afganistán hasta 2015 de 12.000 soldados, en su mayoría estadounidenses, con el fin de llevar a cabo operaciones antiterroristas y asesorar, entrenar y ayudar a las fuerzas locales, que están librando duros combates contra los talibanes. Pero la violencia va en aumento y los rebeldes están obteniendo triunfos en las regiones más lejanas. A finales de octubre, el Ministerio de Defensa afgano dijo que 2014 era el año más letal para las fuerzas afganas desde la invasión encabezada por Estados Unidos en 2001. Un informe anterior de la ONU advertía de que se había incrementado el número de civiles muertos y heridos. Con la retirada de las tropas extranjeras, la capacidad de Kabul de llegar a las provincias ha disminuido y tendrá dificultades para mantener al Ejército con el volumen actual de soldados sin más donaciones multimillonarias. Durante una serie de visitas a China, Pakistán y Arabia Saudí en las primeras semanas de su mandato, Ghani ha hecho bien en mostrar su interés por poner fin al conflicto con un acuerdo negociado. El peligro, no obstante, es que esa salida dé más influencia a Pakistán, cuya relación con Kabul sigue siendo tensa y donde los rebeldes afganos siguen teniendo refugios junto a la frontera. Mientras tanto, los ataques de los talibanes indican que, al menos por ahora, los insurgentes van a seguir poniendo a prueba su fuerza contra la del Ejército afgano. Los combates van a ser un elemento esencial en la negociación y 2015 promete ser otro año violento para Afganistán. Venezuela En comparación con muchos de los demás países de la lista, Venezuela no es una zona de guerra. La calma ha regresado a las calles de Caracas después de que los choques entre manifestantes, fuerzas de seguridad y milicias progubernamentales costaran varias docenas de vidas, sobre todo de manifestantes, a principios de 2014. Pero las causas fundamentales de la crisis siguen sin resolverse, y el país podría sufrir otro brote de inestabilidad este año. El Gobierno del presidente Nicolás Maduro afronta una crisis económica que se ha agravado por la espectacular caída de los precios del petróleo, del que Venezuela obtiene alrededor del 96% de sus ingresos. La situación era preocupante ya antes: el país sufría una tremenda inflación (más del 60%), escasez de alimentos, medicamentos y otros artículos básicos, el fracaso de los servicios públicos y una de las tasas de crímenes violentos más altas del mundo. La popularidad del Gobierno ha caído sin cesar desde que Maduro tomó posesión del cargo tras la muerte de Hugo Chávez, en marzo de 2013. El índice de aprobación del presidente es inferior al 25%, increíblemente bajo para Venezuela, y refleja el descontento incluso entre las filas chavistas que constituyen su base. Todo esto no sería irremediable si no fuera porque el régimen actual, que llegó al poder en 1999, ha sido incapaz de fortalecer las instituciones del Estado. El Tribunal Supremo (TSJ), las autoridades electorales (CNE) y tres componentes de lo que los venezolanos denominan el “poder moral” (fiscal general, defensor del pueblo e interventor general) están llenos de personas leales al Gobierno. El Parlamento, que debería ser un foro para el debate pacífico, autoriza sin cuestionar las decisiones de la presidencia. Como consecuencia, Venezuela se ha quedado sin válvulas de escape que ayuden a aliviar la tensión. En medio de los enfrentamientos del año pasado comenzó un intento de diálogo entre el Gobierno y la alianza de oposición, Unidad Democrática (MUD). Una de las pocas cosas en las que coincidieron fue la necesidad de llenar las vacantes que aguardaban desde hacía mucho tiempo en el TSJ y la CNE y sustituir a los tres miembros del “poder moral” cuyos mandatos debían expirar a final de año. Por desgracia, el Ejecutivo no recurrió al consenso y así desaprovechó una oportunidad para rebajar las tensiones con la oposición. Mientras los actores regionales no estén dispuestos a ejercer una presión más decisiva, hay más probabilidades de que las elecciones legislativas previstas para 2015 desencadenen otro brote de violencia que de que produzcan un Parlamento aceptado por todos. El panorama que surge de esta lista de conflictos es desalentador. No obstante, hay un atisbo de esperanza: la creciente fragmentación del mundo significa que no existe una división global entre bloques. Aunque la crisis entre Rusia y Occidente preocupa a Europa, los últimos restos de la guerra fría están desapareciendo con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Hoy es posible abordar muchos conflictos por sí solos, y el papel cada vez más importante de las potencias regionales, aunque añade más complejidad y, en ciertos casos, nuevos antagonismos, también ofrece oportunidades para ejercer una diplomacia más imaginativa. Este no es el momento de que las viejas potencias se retiren, pero tienen que reconocer que, para mantener la paz en 2015, será necesario colaborar con una variedad mucho mayor de países que en el pasado.