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La guerra de las Galias de Julio César-Resumen

Ciencia Educacion12/9/2012
La guerra de las Galias


La guerra de las Galias de Julio César-ResumenCayo Julio Cesar

Libro I

La Galia está dividida en tres partes: donde habitan los belgas, otra los aquitanos y la otra los celtas, llamados también los galos. Se diferencian todos en leyes, costumbres y lenguas, los más valientes son los llamados Helvecios, los galos están separados de los aquitanos por el río Carona y de los belgas el Marne y el Sena.
julio cesar Los Belgas al norte, los Celtas o Galos al centro y los Aquitanos al sur.

Entre los Helvecios, el más noble y más rico fue Orgetorix, quien se ganó a la nobleza y persuadió a su pueblo de hacer una migración masiva. Sus líderes, que no estaban contentos con los límites de su territorio, rodeados por las tribus germánicas, decidieron por lo tanto, durante tres años, prepararse para la guerra. En términos diplomáticos, Orgétorix, negoció con los sécuanos y los heduos, y estableció también contactos personales y una alianza con Cástico y Dúmnorix, llegando incluso a casarse con la hija del último, César los acusó de ansiar ser coronador reyes los tres.
La tribu de Orgétorix se dio cuenta de su ambición y juzgaron a su líder, logra escapar, pero al cabo muere y se dice que el mismo se dio muerte. Todo esto no evito que los helvecios llevaran a cabo sus planes, debido a sus luchas constantes y distancia, los helvecios eran una tribu guerrera y su gran número de habitantes representaba una gran amenaza para cualquiera que se les opusiera. Cuando se pusieron en marcha, incendiaron todos sus pueblos y villas para eliminar cualquier tentativa de retirada. Se unieron a ellos otras tribus vecinas también: los ráuracos, los tulingos, los latobicos y los boyos, señalado el día fijo donde debían congregarse a orillas del Ródano, el 28 de marzo. Al enterarse César de lo que pretendían hacer, apresura su marcha por su provincia, parte de Roma y se planta en Ginebra, da la orden a la provincia de prestarle el mayor número de milicias y manda a cortar el puente junto a Ginebra; al enterarse los Helvecios enviaron una embajada bajo el mando de Nameyo y Veruclecio para negociar el paso de su pueblo por su territorio, prometiendo no provocar ningún daño. César estancó las negociaciones, tratando de ganar tiempo para que sus tropas fortificaran sus posiciones al otro lado del río mediante una muralla de casi cinco metros de alto y una zanja que corría paralela a esta. Cuando la embajada regresó, César rechazó de manera oficial su petición y les advirtió que cualquier intento de cruzar el río por la fuerza sería contrarrestado. Se rechazaron inmediatamente varios intentos. Los helvecios regresaron sobre sus pasos e iniciaron negociaciones con los sécuanos para que los dejasen pasar pacíficamente. Tras dejar a su única legión bajo la dirección de su segundo al mando, Tito Labieno, César se dirigió rápidamente hacia Galia Cisalpina. Allí asumió el mando de las tres legiones situadas en Aquileya y reclutó otras dos nuevas legiones, la Legio XI y la Legio XII. Al frente de estas cinco legiones, César cruzó los Alpes por el camino más corto, atravesando territorios hostiles y enfrentándose a su paso a varias tribus. cayo julio cesar
Mientras tanto, los helvecios ya habían cruzado el territorio de los sécuanos y saqueaban las tierras de los heduos, ambarros y alóbroges. Estas tribus, incapaces de enfrentarse a ellos, solicitaron ayuda a César como aliadas de Roma. César accedió y sorprendió a los helvecios cuando atravesaban el río Arar. Tres cuartas partes de los helvecios ya habían cruzado, pero el otro cuarto, los tigurinos (un clan helvecio), permanecía en la orilla oriental. Tres legiones, bajo el mando de César, emboscaron y derrotaron a los tigurinos en la Batalla del Arar, causándoles grandes pérdidas. Los tigurinos supervivientes huyeron al bosque cercano.
Tras la batalla, los romanos construyeron un puente sobre el Arar para perseguir a los demás helvecios, estos enviaron una embajada liderada por Divicón, pero las negociaciones fracasaron. Los romanos mantuvieron su persecución durante quince días hasta que tuvieron problemas de suministros. Aparentemente, Dúmnorix estaba haciendo todo lo posible por retrasar la llegada de estos suministros, por lo que los romanos abandonaron la persecución y se dirigieron hacia la fortaleza hedua de Bibracte. La suerte había cambiado y los helvecios comenzaron a perseguir a los romanos, hostigando a su retaguardia. César escogió una colina cercana para plantar batalla y las legiones romanas se detuvieron para enfrentarse a sus enemigos.
En la Batalla de Bibracte las legiones aplastaron a sus oponentes y los helvecios, derrotados, ofrecieron su rendición, a lo que César accedió. Sin embargo, 6.000 hombres del clan helvecio de los verbigenos huyeron para evitar ser capturados. Bajo órdenes de César, otras tribus galas capturaron y trajeron a los fugitivos, que fueron ejecutados. Los que se habían rendido recibieron la orden de regresar a sus tierras para reconstruirlas y organizar la provisión de suministros para alimentar a las legiones, puesto que eran un recurso muy útil como tapón entre los romanos y otras tribus del norte para permitir que migrasen a otra parte.
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Libro II
César estaba en la Galia citerior y le informaron que los belgas se presentaban contra el pueblo romano porque pensaban que iban a someter al resto de los pueblos de dicha región. Esto hizo que se reclutasen dos nuevas legiones al mando de Q. Pedio que las guiaría a la Galia ulterior. Los remos enviaron a Icio y Andocumborio como muestra de que participaban por parte romana. Este pueblo era el encarado de proporcionar las provisiones a los romanos que estaban fortificando aún más su territorio. Los belgas se dirigieron a Bíbrax con la intención de expugnarla; pero sus defensores pudieron resistir, aunque acto seguido pidieron ayuda a César. Este envió apoyo con arqueros númidas y cretenses, y honderos baleares.Tras apropiarse de las tierras de los remos, los belgas mantuvieron un enfrentamiento con los romanos; del cual salieron perjudicados. Así, rendidos se retiraron los belgas. Se dirigió junto con parte del ejército romano a las tierras de los suesiones para expugnar la plaza fuerte de Novioduno; pero no pudieron tomarla. Al llegar a la plaza de Bratuspancio salieron muchos ancianos con las manos tendidas en señal de rendición. Los belovacos fueron reprimidos por el ejército romano, pero Diviciaco dijo que era injusto; y para honrar a Diviciaco, César cedió a su petición, pero recluyó rehenes y sometió a los ambianos que limitaban con los nervios. Al otro lado del río Sambre, los nervios apoyados por los arebates y viromanduos esperaban a los romanos. Estos se instalaron sobre una colina que descendía hasta el río Sambre; en la otra ribera había una colina en la que se encontraban los enemigos (de los romanos). El conflicto se llevó a cabo. César tuvo que encargarse de todo lo esencial para que el ejército funcionara bien. Hubodos factores que le ayudaron: la experiencia de los soldados y el haber prohibido que los legados se apartaran de su legión correspondiente antes de haber porticado el campamento. Durante el desarrollo del combate, muchos de los romanos se vieron derrumbados. En su ayuda acudieron los jinetes tréveros, pero al observar la situación, decidieron regresar a su patria (habían dado a los romanos como vencidos).Al tanto de la situación, César se adelantó a la primera fila llamando a los centuriones y ordenando al resto de los soldados a avanzar y ensanchar las filas para que pudieran servirse mejor de las espadas. Indicó a los tribunos de los soldados que se aproximaran a las legiones y a las banderas desplegadas para que cargaran contra el enemigo. A esto se le unió el apoyo recibido por las dos legiones que se habían mantenido a la retaguardia. Finalmente el enemigo quedó derrotado. Los atuatucos al enterarse de la victoria romana, regresaron a sus territorios pues no podrían ayudar a sus aliados los nervios. Los romanos se aproximaron al territorio ocupado por los atuatucos, los cuales quedaron aterrorizados ante la acción romana. Enviaron emisarios para comunicar su rendición, pero solamente sería posible si entregaban las armas. Entregaron parte de las armas que poseían, y entonces los romanos entraron a la ciudad. En la noche fueron atacados, pero consiguieron reprimirlos los romanos. Al día siguiente César vendió en subasta todo lo de aquella ciudad. De forma paralela, recibió noticias de que Publio Craso con una legión había sometido a varios pueblos marítimos como los venetos, osismos, cariosolites, esubios y redones. Finalizados todos los conflictos, César distribuyó las legiones en cuarteles de invierno por tierras de los carnutos, andes, turones y pueblos próximos a los lugares donde se había establecido recientemente la paz. En Roma se celebraron quince días de celebración por lo conseguido.5


Libro III.
Tras la marcha de César, Servio Galba mandó con la duodécima legión y parte de la caballería a los nantuates, veragros y sedunos para mantener libre el camino a través de los Alpes para que los mercaderes pasaran tranquilamente. Galba recibió rehenes y determinó alojar dos cohortes en tierra de nantuates y él dirigirse a Octodura. Pasado ya gran parte del invierno, los galos huyeron a los montes circundantes que estaban ocupados por los sedunos y veragros debido a diversos motivos como por ejemplo el estar persuadidos con la idea de que los romanos trataban de ocupar las cumbres de los Alpes para su propia posesión. Al enterarse de ello Galba, comenzó a pedir opiniones; y la mayoría coincidió en esperar a los acontecimientos y en la defensa del campamento. Los enemigos comenzaron a atacar con gran ventaja debido a su posición y al número de combatientes. Como último recurso el centurión Publio Sexto Báculo y Vayo Voluseno se dirigieron a Galba y le hacen ver una única solución: romper a través de los enemigos. Según lo determinado, envuelven por todas partes a los que esperaban apoderarse del campamento y eliminan a más de la tercera parte de los atacantes enemigos. Acabada la batalla, Galba mandó incendiar la aldea y dirige la legión a la tierra de los nantuates, y de allí a la de los alóbroges. Una nueva batalla se desarrolla debido a que Publio Craso envió a los pueblos vecinos de los andes algunos prefectos para conseguir provisiones. Entre los que envió fueron a Tito Terrasidio a los esuvios, Marco Trebio a los corisolites y Quinto Velanio con Tito Silio a los vénetos. Estos últimos detuvieron a Silio y Velanio para así poder recuperar a los rehenes que habían entregado a Craso; y estos mismos fueron imitados por los otros pueblos. Informado de ello César, se presentó allí lo antes posible. Al conocer de la llegada de César, los vénetos junto con el resto de los pueblos se prepararon para la guerra. César no dudó en emprender el conflicto ya que tras la detención de los caballeros romanos, la rebelión tras la rendición y otros motivos debía imponerse ante ellos con severidad. Para evitar que sean apoyados por otros pueblos manda a gente de confianza a Aquitania, a la tierra de los tréveros, remos y belgas y a otras situaciones. Las ciudades que debían atacar estaban situadas estratégicamente de tal forma que era complicado llegar a ellas debido al movimiento de la marea. Tras varios intentos consiguieron hacerse de la situación e impedirles que huyeran. Con esta batalla marítima acabó la guerra de los vénetos y toda la región marítima. Mientras, Quinto Tituio Sabino llegó a la tierra de los únelos. Al frente de éstos estaba Viridóvix. Sabio se situó en un lugar ventajoso mientras que Viridóvix acampó a dos millas frente a él. Los enemigos se presentaban muy animados a vencer a los romanos quienes tenían una posición muy ventajosa sobre una colina. Al dirigirse contra los romanos, quedaron fatigados lo que les fue positivo a los romanos. Una nueva victoria consiguieron los soldados de Julio César. El enfrentamiento dirigido por Publio Craso también fue positivo para los romanos. Los bárbaros atemorizados ante lo sucedido comenzaron a enviar emisarios a todas partes para conjurarse y reclutar tropas. Así se organizó un nuevo conflicto que comenzó al amanecer.
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Los enemigos (bárbaros) no presentaban actitud de atacar pues creían que conseguirían la victoria cuando a los romanos le fueran escasas las provisiones. Ante tal situación, el ejército romano decidió atacar. Una vez más resultó a favor del bando romano. Casi finalizado el verano, César llevó al ejército a instaurar la paz entre morinos y menapios. Tras breves conflictos, distribuyó en campamentos de invierno al ejército para que mantuvieran la paz que se había establecido anteriormente.

Libro IV.
Al año siguiente, 56 a. C., César centró su atención en las tribus de la costa atlántica, principalmente en la tribu de los vénetos, que habitaban en la región de Armórica (la actual Bretaña). Esta tribu había reunido una confederación de tribus para combatir a Roma. Los vénetos eran un pueblo marítimo y habían construido una flota en el golfo de Morbihan, por lo que los romanos debieron construir galeras y realizar una campaña poco convencional por tierra y mar. Una vez más, César venció a los galos en la batalla del Golfo de Morbihan, saqueando el territorio de los derrotados.15
Entre el 56 y 55 a. C., las tribus germanas de los usípetes y téncteros (que sumaban de 150 a 180 mil personas, aunque según César eran 400 mil) cruzaron el Rin, estableciendo su campamento en el Mosa. Desde ahí, la caballería germana atacó un campamento romano y mató a unos 6000 romanos. César reunió su ejército y comenzó las negociaciones con los germanos; pero cuando la caballería de estos se alejó a pastar, el romano atacó el campamento enemigo, matando o capturando a 100.000 de ellos, su mayoría mujeres, niños o ancianos. En consecuencia, ambas tribus germanas volvieron a su país con los sobrevivientes.
César condujo sus fuerzas al otro lado del Rin en 55 a. C. para llevar a cabo una expedición punitiva contra los germanos, con cerca de 40 mil hombres construyó un puente y cruzó el río, los germanos se retiraron ante el avance romano y no presentaron batalla. El propio César estimaba en 430 mil guerreros germanos la fuerza a combatir aunque hoy se considera una exageración. No obstante los suevos, contra quienes principalmente se había dirigido la expedición, jamás llegaron a ser combatidos.
Posteriormente, César cruzó el Canal de la Mancha a la cabeza de dos legiones para realizar una expedición similar contra los britanos. La incursión en Britania casi finalizó en un desastre cuando el mal clima destruyó gran parte de su flota y la inusual visión de una inmensa cantidad de carros de guerra provocó confusión entre sus tropas. César logró desembarcar y venció en dos batallas a los britanos, pero al no tener su caballería como refuerzo y ante las cercanías del invierno, decidió retirarse del suelo britano para reorganizar sus fuerzas y planear una segunda expedición. De los britanos se aseguró una promesa de rehenes, aunque sólo dos tribus cumplieron con lo acordado. Tras retirarse, regresó al año siguiente con un ejército mucho mayor que venció a los poderosos catuvellaunos y los forzó a pagar tributo a Roma. El efecto de las expediciones no duró mucho, pero fueron una gran propaganda de las victorias de César. El pueblo de Roma consideraba a este general que había vencido a los extraños britanos y a los belicosos galos y germánicos como el mejor general de la historia, ensombreciendo a Pompeyo Magno, algo que finalmente se volvería en contra de César.16
Las campañas del año 55 a. C. y principios del 54 a. C. han causado gran controversia durante muchos siglos. Fueron incluso controvertidas en la época de los contemporáneos de César, y en especial entre sus opositores políticos, quienes las censuraron como un costoso ejercicio destinado al engrandecimiento personal. En épocas modernas, los expertos se han dividido entre quienes critican el claro plan imperialista de César y quienes defienden los beneficios generados en la Galia por medio de esta expansión del poderío romano.


Libro V y VI.
En el año 54 a. C., César estacionó una legión y cinco cohortes (una legión y media) durante el invierno en el país de los eburones, bajo el mando de sus legados Quinto Titurio Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota. Los eburones, encabezados por sus dos reyes, Ambíorix y Catuvolco, y evidentemente ayudados por sus aliados los nervios, atacaron el campamento romano. Después de inducir a los romanos a abandonar su plaza fuerte con la promesa de poder pasar con libertad, masacraron a casi todos ellos (aproximadamente seis mil hombres). La legión también perdió su estandarte. Un ataque posterior a otro campamento, a cargo de Quinto Tulio Cicerón, hermano del famoso orador, fue frustrado por la intervención a tiempo de T. Labieno, uno de los más fieles generales de César. Mató al rey de los nervios, lo que quebró la resistencia, al menos por un tiempo.
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Ambíorix.

Al año siguiente, César penetró en el país de los eburones y Ambíorix huyó. Cativolco se envenenó. El país de los eburones era difícil para los romanos, al ser boscoso y abundante en parte de ciénagas. César invitó a los pueblos vecinos a saquearlo, para salvar a sus propios hombres, y también, con la ayuda de ellos, para exterminar a esta nación. Los sugambros fueron unos de los principales saqueadores. Mientras César estaba devastando el territorio de los eburones, dejó a Q. Tulio Cicerón con una legión para proteger la impedimenta y los almacenes, en un lugar llamado Atuátuca, que nos dice que fue la ubicación del campamento de Sabino y Cota, aunque no había mencionado antes el nombre del lugar. Sitúa a Atuátuca hacia el centro del territorio de los eburones. César incendió cada villa y edificio que pudo encontrar en el territorio de los eburones, se llevó todo el ganado, y sus hombres y bestias consumieron todo el grano que el tiempo de la estación otoñal no había destruido. Dejó a aquellos que se habían ocultado, si quedó alguno, con la esperanza de que morirían de hambre en el invierno. Y así parece que ocurrió, pues no se volvió a oír nada sobre los eburones. Su país pronto fue ocupado por otra tribu germana, los tungros.


Libro VII.
En el año 52 a. C., el jefe averno Vercingetórix se rebeló uniendo a todos los pueblos galos bajo su mando, a excepción de los heduos, a quienes su magistrado Divicíaco los mantenía aliados a Roma. Vercingetórix y sus galos decidieron no hacer enfrentamientos directos, sino utilizar la táctica de tierra quemada. César, que se encontraba en la Cisalpina, al enterarse cruzó los Alpes, para encontrarse con que Vercingetórix invadía la Galia Trasalpina, mientras que los habitantes romanos de la Galia sometida por César eran asesinados. César marchó con dos legiones a Narbona, capital de la Trasalpina, y envió al legado Tito Labieno al norte para someter a los rebeldes de la región. Los que iban a invadir la Trasalpina, comandados por Lucrecio, al ver que César los enfrentaría, retrocedieron en busca de Vercingetórix. César aprovechó esto tomando las ciudades de las tribus rebeldes del sur de Galia, principalmente las de los carnutes y alobogres. Entonces, Vercingetórix decidió quemar todas las ciudades galas que sean difíciles de defender para privar de suministros a César. El jefe galo ordenó a la tribu de los biturigues que abandonaran y quemaran su capital, Avárico. Sin embargo, estos confiaban en sus murallas y se negaron. Ante esto, Vercingetórix acampó fuera de la población, pero no pudo impedir el sitio de los romanos. Los romanos construyeron murallas a lo largo de su campamento, mientras que los biturigues alzaban sus murallas a medida de que las torres de asedio romanas eran construidas. Un día lluvioso, cuándo los biturigues menos se lo esperaban, César atacó la ciudad, tomándola tras unas horas de combate. Este triunfo, le permitió recoger todas las provisiones que necesitaba.
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Tras la batalla de Avárico, Vercingetórix, que estaba a unos cuántos miles de pasos de la ciudad se retiró a la capital de los avernos, Gergovia, una ciudad situada en una colina de difícil acceso, y protegida por un muro, y doscientos mil soldados galos. César tomó seis legiones y marchó hacia Gergovia, pero se encontró con que Vercingetórix había quemado todos los puentes que había sobre el río Liger, por lo que se le dificultaba el acceso a Gergovia, ya que en caso de querer construir un puente, sería destruido por las tropas galas que estaban al otro lado del río, cerca de Gorgobina. Entonces, César, envió a la mitad de su ejército hacia el sur, para que el enemigo piense que se estaban retirando. Al ver esto, los galos marcharon hacia el sur para impedir que construyan un puente allí. Entre tanto, César y la otra mitad del ejército construyeron un puente y cruzaron el río. Al día siguiente, cuándo los galos se enteraron, fueron a enfrentarlo, dejando paso por el río a la otra mitad de los romanos. Al saber que estos también estaban de ese lado del río, huyeron a Gergovia. Cuándo César llegó a Gergovia, instaló dos campamentos, uno al pie de la cuesta y el otro en la mitad de esta. César esperaba recibir ayuda de sus aliados heduos, pero resultó que su magistrado Divicíaco había muerto y que el nuevo no era muy capaz. Sus enemigos políticos decidieron aliarse a Vercingetórix e inventaron que César había asesinado a algunos nobles heduos, y les dijeron a los refuerzos que debían llevarle a Vercingetórix la cabeza de César, pero cuándo los heduos se acercaban, este, a través de espías se enteró de lo planeado, y marchó hacia el campamento heduo con los nobles que según decían algunos, él había asesinado. Al ver que estos estaban vivos, se disculparon ante César y se le unieron.

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Tras esto, César observó que no sería difícil tomar una posición ventajosa más cercana a la ciudad. Entonces, ordenó atacar a la pequeña guarnición gala que se encontraba allí. Vencida esta, ordenó a sus soldados retirarse para no hacerlos combatir en terrenos desventajosos, pero solo la caballería y la legión décima le obedecieron, ya que el resto, ansiando una victoria rápida, se adelantó a las propias murallas de la ciudad. De allí salieron todos los galos, y poco a poco los romanos fueron cayendo. Viendo esto, César, envió a la legión que había dejado de reserva en su campamento a colocarse cerca de los galos, para proteger a las legiones que habían desobedecido al general romano, y facilitarles la retirada. Finalmente, César logró retirar de la zona de combate al ejército que había atacado por sí solo, al que, al día siguiente les explicaría que si desobedecían nunca podrían derrotar a los galos de Vercingetórix. En los días siguientes, solo hubo escaramuzas de jinetes, pero, en el país de los heduos, su magistrado decidió aliarse a Vercingetórix. Entonces, César, tras un combate favorable de la caballería, se retiró hacia el país de los heduos, pero no pudo evitar que entraran a la confederación gala de Vercingetórix. Los galos eran poderosos debido a su inmensa caballería, por lo que César pidió a sus aliados germanos que colaboren con algunos caballos, ya que podía usar legionarios como caballeros. Así, César logró obtener una inmensa caballería, y colocó sus tropas en una planicie cerca de la ciudad fortificada de Alesia.
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Los galos instalaron a sus caballeros en una colina cercana, y César decidió atacarlos, marchando con su caballería, y una legión oculta al encuentro de la caballería enemiga. Cuándo los jinetes enemigos los atacaron, los legionarios se dejaron ver, y con sus dardos mataron a muchos de los galos, quienes huyeron en desbandada al campamento de la infantería de Vercingetórix. Este, viendo la derrota de sus jinetes, decidió refugiarse en Alesia, esperando que pase lo mismo que en Gergovia.
Cuando Vercingetórix llegó a Alesia, envió a unos soldados suyos a pedir refuerzos a los galos, ya que solo tenía ochenta mil hombres. César, que lo estaba persiguiendo, al ver las fortificaciones de la ciudad gala, dejó de lado la idea de atracarla y optó por sitiarla. Para ello, construyó siete campamentos fortificados, apoyados por reductos en los puntos claves. Luego, construyó un foso de seis pasos de profundidad sobre toda la circunferencia de Alesia para impedir la huida de los sitiados y al lado del foso, construyó una muralla de tres pasos de altura. Para impedir la llegada de refuerzos a los sitiados, construyó, a cien pasos de la otra muralla, tres fosos de seis pasos de profundidad, y una muralla de tres pasos de altura, situada arriba de un terraplén de cuatro pasos de altura. A las murallas, les colocó una torre cada veinte pasos y de diez pasos de altura.



La muralla interior, aproximadamente, medía dieciséis mil pasos de longitud, mientras que la exterior medía veintiséis mil. Debido a la escasez de víveres, los sitiados expulsaron a las mujeres y a los niños, para ahorrar provisiones. Tras varias semanas, llegaron cuatrocientos mil galos de refuerzo comandados por un amigo de Vercingetórix, Comio, también averno. Comio realizó algunas escaramuzas de caballería, que fracasaron, así que decidió utilizar su inmensa infantería para atacar a César. A media noche, avanzaron los cuatrocientos mil hombres de Comio hasta la muralla que guarnecía a los cincuenta mil hombres de César. Al llegar, hicieron ruido, para que los sitiados salieran de Alesia y atacaran. Así se hizo, pero, luego de rellenar el foso, se retiraron.
Al día siguiente, Comio, dividió a su ejército en dos, para que uno atacara a la muralla romana, y el otro marchó hacia una parte de la circunferencia que, por la naturaleza del terreno, los romanos no la habían podido fortificar, mientras que Vercingetórix salía de la ciudad, obligando a Julio César a combatir, no solo quintuplicado en número, sino a hacerlo por ambos flancos. El fuerte romano no protegido estaba defendido por dos legiones comandadas por el legado Labieno. Sin embargo, cuándo la muralla fue quemada por los galos, César tuvo que pelear difícilmente, y decidió ir en ayuda de Labieno, quién estaba siendo atacado por varios flancos. Entonces, César, envió al legado Marco Antonio con la caballería y dos legiones a salir del campamento por la parte que no estaba siendo atacada, y que atacara por la retaguardia a los galos de Comio, quienes, al ver a Antonio y sus jinetes, huyeron en desbandada, y los sitiados se rindieron, junto a su jefe, quién fue arrestado.

Libro VIII.
Lucterio, el jefe de los cadurcos, y Drapes, el líder de los senones, se habían retirado al interior de Uxeloduno, pretendiendo esperar hasta el fin del gobierno de César, después de lo cual podrían de nuevo rebelarse con fuerza. Uxeloduno, fuertemente fortificado por su posición natural, con un río dividiendo el valle debajo que casi rodeaba la empinada y escarpada montaña en la que Uxeloduno fue construido, no podía tomarse como Alesia lo había sido en el año 52 a. C. El legado a cargo de Uxeloduno, Gayo Caninio Rébilo, era consciente de que sus dos legiones no podían esperar repetir el éxito de César en Alesia, y se contentó con dividir sus legiones en tres campos situados en un terreno suficientemente alto para asegurar que una evacación secreta de Uxeloduno no podría tener éxito y que le permitiría clausurar la ciudadela gradualmente.
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Aquellos que estaban dentro del oppidum (lugar elevado, una colina o meseta, cuyas defensas naturales se han visto reforzadas por la intervención del hombre), percibieron la pretensión de Caninio, y Lucterio, que había estado en Alesia, les urgió para que incrementaran sus provisiones. Huyendo al amparo de la noche, Lucterio y Drapes dejaron dos mil hombres dentro de Uxeloduno, y se llevaron al resto a forrajear en busca de grano. Mientras algunos de los cadurcos les dieron provisiones libremente, otros se vieron obligados a entregarlas a la fuerza. Después de reunir una gran cantidad, intentaron meter subrepticiamente las provisiones en la fortaleza. Sin embargo, los centinelas de Caninio lo detectaron, y Caninio dirigió sus tropas a un fiero ataque contra los convoyes. Lucterio, a cargo del convoy, huyó sin advertirlo a Drapes. El resto de los hombres que acompañaban al convoy fueron masacrados hasta el último hombre (cerca de 12.000 galos fueron masacrados).
Caninio, deleitándose en su buena fortuna, entonces dejó a una legión defendiendo los campos, y tomó la otra legión y toda la caballería para golpear a Drapes, consiguiendo matar o capturar a todos los galos, incluyendo al propio Drapes. Complacido por el hecho de que ya no tenía que preocuparse sobre refuerzos enemigos, dedicó sus hombres a completar el rodeo de Uxeloduno. Gayo Fabio, otro de los legados de César a quienes se le había asignado la tarea de someter a los senones, llegó poco después, y puso sus propias dos legiones a trabajar junto a las de Caninio.
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Mantuvieron informado a César de los acontecimientos en Uxeloduno, y se puso furioso cuando conoció que continuaba el desafío de la ciudad. Determinado a someter la Galia mientras aún era su gobernador, dejó detrás a sus legiones, y cabalgó junto con la caballería hacia Uxeloduno, moviéndose tan rápido como podían sus caballos. Sorprendiendo a sus legados, quienes no esperaban que se dedicara a esta revuelta en persona, rápidamente percibió que Uxeloduno no podía ser tomado por asalto. Habiendo sido informado de que la ciudad tenía mucha comida, a pesar del fracaso de Lucterio y Drapes para incrementar las reservas, la guerra de las galiasCésar eligió privar a sus habitantes de agua y rápidamente ideó un método para hacerlo. La naturaleza del terreno le impedía desviar el río, pues corría muy próximo al pie de la montaña de manera que no podían excavarse canales de derivación en ninguna dirección. Pero esa misma inclinación también hacía difícil la vida para los defensores, pues la bajada al río era extremadamente difícil. Dándose cuenta de ello, César ubicó arqueros y balistas para golpear a cualquier defensor que intentara coger agua del río.
La única fuente adicional de agua, un manantial que surgía de la escarpada montaña justo por debajo de los muros de Uxeloduno, parecía imposible de bloquear a los galos. El terreno era demasiado escabroso, y no podía ser tomado a la fuerza. Sin embargo, César conocía algunas de las fuentes del manantial. Ordenó a sus hombres que construyeran una rampa de tierra y piedras, en la cual poder apoyar una torre de asalto de diez pisos de alto para bombardear el manantial. Sin embargo, mientras se llevaba a cabo esta tarea, tuvo a hombres cavando minas en la tierra, con túneles que inexorablemente se acercaban a las fuentes del manantial.
Los galos fueron engañados por la torre de asalto de César, y cuando vieron su altura, la atacaron fieramente. La torre pronto estuvo en llamas, y el frente limitado que permitía el terreno hizo que el combate se tornara sangriento. César ordenó a sus hombres que rodeasen la fortaleza y lanzaran un gran grito, como si estuvieran a punto de asaltar las murallas. Este segundo engaño tuvo éxito, y los galos se retiraron a Uxeloduno. El fuego fue apagado con éxito, el trabajo se reanudó en la torre, pero para cuando pudo haber sido usada, los minadores de César habían logrado desviar las fuentes del manantial. Cuando éste se secó, los galos dentro de Uxeloduno cayeron en la desesperación, convencidos de que los dioses los habían abandonado, y capitularon.
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