Sujeto, ideología y discurso
Sujeto e ideología
¿Sujeto de que me dijo?
En latín sujeto viene de “subjectus”, o sea, lo que subyace, lo que está por debajo. Pero esto no es suficiente para definir totalmente a la palabra.
De la conciencia a la existencia
En los siglos XVII y XVIII nace la concepción cartesiana del sujeto. Esto significa que las personas empezaron a pensarse como sujetos de cognición, acción y producción. Uno de los fundadores de esta teoría fue René Descartes, con su “pienso, luego existo”; dice que la única certeza de la que disponemos los humanos no solamente es que pensamos sino que sabemos que pensamos, que tenemos conciencia de nuestro pensamiento. Esta es la concepción cartesiana del sujeto. Conciencia, autonomía, entereza y autodeterminación son los atributos básicos del sujeto cartesiano.
Althusser, filósofo francés, planteó estos temas agregando también que a comienzos de la modernidad (XVII - XVIII) aparece el estudio de la naturaleza humana, y hace 2 premisas: el humano tiene una “esencia” y cada esencia es individual.
Esta concepción ascendió de la mano de la burguesía, para persuadir a los demás sectores sociales de que sus intereses eran los de todos.
De la existencia a la conciencia
Ideología: valores, ideas, prácticas sociales y todos los elementos que conforman un sistema complejo de significaciones con el fin de legitimar los intereses de determinada clase social: con el fin de vincular a los sujetos con el poder. Así, ya no podemos hablar de sujetos individuales, autoconscientes. Aquí nos encontramos con Marx, uno de los principales autores en desarrollar el concepto de ideología. Arrasando con la idea de sujeto racional, pone al sujeto social en el centro de la escena, condicionado por su existencia material y perteneciente a una clase social definida. Ya no es la conciencia la que determina la existencia, es justo al revés. Así, la ideología son los discursos y prácticas que benefician a los sectores dominantes.
Implicaciones del concepto de ideología marxista (4): no hay conciencia autónoma, hay conciencia socialmente condicionada. El sujeto es social, se lo definirá por el lugar que ocupa en la esfera productiva. Es imposible pensar al sujeto sin la ideología (la cual nos impide pensar al sujeto como algo autodeterminado). La ideología está en relación directa con la estabilización de los conflictos, con el sostenimiento de un dominio.
Autores como Marx, Lukacs y Mannheim entienden la ideología bajo el punto de vista hegeliano: la falsa conciencia. Esta es la distorsión de las representaciones que la conciencia tiene de la realidad material. Este proceso ocurre por la conveniencia de los grupos dominantes, hacen que a los trabajadores se les “nuble” la mirada y que no puedan reconocer sus propios intereses.
Voloshinov dice que la ideología dominante trata de congelar el significado de las palabras en las esferas comunicativas. Así les otorga palabras a los grupos dominados para quitarles legitimidad a sus acciones. Pero lo que luego dice Voloshinov hace que difiera un poco de Marx, Hegel y los otros: las palabras a veces pueden reacentuarse (cambiar de acento valorativo) y saltar el cerco ideológico. En vez de distorsionar los intereses de los dominados, pasan a reflejarlos. Entonces, la superestructura ideológica no es el reflejo perfecto de un proceso material, es más bien el reflejo de los intereses que tienen los distintos grupos sociales. Así, la superestructura ideológica está en constante transformación.
En otra tendencia del pensamiento de varios autores, la ideología es positiva, formativa y activa. Positiva: no niega la realidad, circula en los discursos y prácticas. Formativa: da forma a los sujetos antes que nublar su conciencia. Activa: es el medio por el cual los sujetos actúan en su entorno, no la registran pasivamente y ya.
Gramsci comparte este pensamiento. Lo que hace este autor es combinar la noción de ideología con la de hegemonía. La hegemonía son las estrategias de las clases dominantes para hacer creer a las clases dominadas que dentro de la comunidad le pueden dar un “sentido” a sus vidas, pueden subir de rango, conseguir prestigio social. Así, las clases dominadas aceptan su dominación. De esto se desprenden 2 cosas: coincidiendo con Voloshinov, la dominación política es dinámica, se renueva, se modifica. Además, la ideología ya no es un eco de la estructura económica, sino que es una fuerza que modela la forma en que los sujetos se ven en la sociedad (adquieren conciencia).
Ideología e inconsciente
Althusser va a repensar el concepto de ideología a partir de Freud y Lacan. Según Freud el inconsciente es la expulsión fuera de la conciencia de las fuerzas que constituyen a nuestra subjetividad pero que no podemos soportar porque nos provocan angustia. Así es como funciona la ideología para Althusser. La ideología es inconsciente, actúa sobre el hombre pero se le escapa de su conciencia. Althusser y Pecheux llaman “interpelación” al proceso de producción ideológica de los sujetos.
Para el psicoanálisis el sujeto siempre se encontrará desdoblado y descentrado, amenazado por la oscuridad del inconsciente. Pero el sujeto es capaz de reprimir el descentramiento que verdaderamente lo constituye e imaginarse como una persona coherente e indivisible, sin fisuras, cuando se ve reflejado en el espejo de un discurso ideológico. Reprime el proceso de interpelación. La ideología (y el inconsciente) oculta su existencia dentro de su funcionamiento, funciona en tanto el sujeto no la vea, y produce una red de verdades en las que el sujeto se constituye.
El lenguaje, el mundo y el sujeto cartesiano
Al principio, el hombre se suponía subordinado al orden divino, pasivo. Cuando aparece el sujeto cartesiano, racional y activo a fines del siglo XVI, para los intereses de la burguesía, arrasa con los anteriores principios. Pero luego, a mediados de siglo XIX se vuelve a cambiar de paradigma con las teorías marxistas, se dice que los hombres, al producir su vida material, establecen una red de relaciones que condiciona su subjetividad. Se pasó de “el Sujeto”, a “los sujetos”. Marx y, luego, el psicoanálisis, derrocaron a este sujeto cartesiano.
Las ideas, espejo de lo real
A partir del siglo XVII, una cuestión fundamental fue la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad. El lenguaje era concebido como una característica humana, que distinguía al hombre del animal y servía para expresar ideas. Se decía que el sujeto conocía el mundo por intermedio de las ideas: Se concebía al conocimiento como un proceso por el que el sujeto representaba la realidad a través de las ideas, y las ideas representaban la naturaleza de las cosas.
¿Transparencia del lenguaje?
A principios del siglo XX cambia la forma de concebir la relación entre el hombre y lo real: la noción de “conciencia” cambia por la de “lenguaje”. Del representacionismo de las ideas se pasa al representacionismo del lenguaje. Nace la “teoría pictórica del significado”: el significado se construye por la relación entre el lenguaje y lo real sin que participe el pensamiento. Desde allí, las reglas del lenguaje lógico permiten que se hable sobre lo real. Este lenguaje está formado por enunciados observacionales, que deben poder ser constatados, y que reflejan “objetividad”. A partir de estos se pueden hacer leyes y teorías universales, y criterios unívocos de definición. Los enunciados poseen referencia y sentido o significado.
Pero ¿se puede hablar de enunciados observacionales neutros? Puede haber, por ejemplo, muchos enunciados que sean “verdaderos” y quieran decir lo mismo pero con detalles que los cambien totalmente, entonces ninguno puede ser el reflejo fiel de la realidad. No hay observación directa; el significado no está dado en el mundo sino mediado por lo que un determinado grupo socio cultural asume como lo real.
Hacer cosas con palabras
Austin propone que el lenguaje no copia lo real sino que actúa dentro de lo real (desplazando al lenguaje lógico). Su “teoría de los actos de habla” supone que no hay diferencia entre hablar y actuar, que no necesariamente todo lo que decimos es verdadero o falso. Los discursos de los sujetos son fruto de actos y no de pasivas constataciones que dan cuenta del mundo. Esos actos (orales o escritos) tienen como objetivos provocar efectos sobre los demás. Todo acto de habla presenta estos aspectos: lo que decimos (enunciado construido con las reglas de la lengua), lo que hacemos (la acción comunicativa) y lo que intentamos producir en el otro.
Wittgenstein propone los “juegos de lenguaje”. Dice que el lenguaje tiene más funciones además de “dar cuenta de la realidad”, muchas más. Afirma que el significado no está en los hechos sino en el uso. Critica la concepción de que las palabras designan objetos, pues para que sea así los objetos tendrían que estar delimitados de antemano, pero en realidad lo que delimita a los objetos son los juegos de lenguaje. No hay objetos sino a partir de un juego de lenguaje.
Estos desplazamientos del objeto de estudio permitieron el nacimiento de la “Pragmática”, un nuevo campo de la lingüística (“pragma”, del griego, significa “acto”). La pragmática introdujo la “intención” del hablante, lo que significa que el sujeto quiere decir algo y que el oyente reconoce su intención. Aquí se ve un renacer del sujeto cartesiano: la idea del sujeto cognitivo de Descartes, que conoce la realidad y el mundo, y la del sujeto voluntario de la pragmática, que conoce sus intenciones y orienta sus enunciados.
Entre el yo y el sujetamiento: enunciación, discurso e ideología
¿Emisor, locutor, enunciador?
Desde la perspectiva vista en capítulos anteriores la enunciación es egocéntrica. La diferencia entre los enfoques comunicacionales sobre el lenguaje y los de la enunciación es la distancia entre “emisor” y “sujeto de la enunciación, locutor, enunciador”. El emisor no depende del mensaje: será el mismo independientemente de qué, cómo y cuándo profiera su mensaje. El “sujeto empírico” es la persona de carne y hueso.
Ducrot descarta la pregunta por el sujeto que produce su enunciado y su naturaleza, no le es pertinente. Delimita entonces dos nociones: el locutor y el enunciador. Son ambas intrínsecamente lingüísticas. El locutor es quien aparece como responsable de la enunciación, es la figura que al interior del texto se identifica con la primera persona. El enunciador es equivalente al punto de vista: son los puntos de vista que aparecen en el enunciado con los que el locutor puede o no identificarse. Estas nociones se relacionan estrictamente con la polifonía. El “pero” es también una distinción entre locutor y enunciador en el análisis polifónico de los enunciados. El locutor se identifica antes o después del pero con un determinado enunciador, y en la otra parte no. La de Ducrot es una “teoría lingüística de la polifonía”. En suma, la enunciación para Ducrot es exclusivamente una cuestión de funcionamiento del sistema lingüístico.
Kerbrat-Orecchioni plantea al sujeto no estrictamente lingüístico. Incluye determinaciones psicológicas, culturales e ideológicas en el emisor que afectarían la construcción del mensaje. Entonces, el emisor no sería completamente libre de elegir lo que enuncia. Pero igual reinstala la intención del emisor, así que hace una propuesta “mediadora” entre las 2 teorías: por un lado dice que el emisor está condicionado por fuentes externas (el universo del discurso) e internas, pero de todos modos este enfoque retoma la idea de intencionalidad para explicar el proceso de enunciación, apelando al papel racional y conciente del receptor.
Benveniste, alumno de Saussure, dice que la enunciación es el acto mediante el cual el hablante se apropia de la lengua, colocándose en el lugar de locutor, asumiéndose como yo, como centro del discurso. El pronombre de primera persona es el elemento operativo de la enunciación por excelencia. Mediante estas formas de apropiación de la lengua, el sujeto se construye como tal, se identifica su individualidad.
De la enunciación a los procesos discursivos
Para Pecheux y Fuchs, enunciación y discurso no son lo mismo, pues el sujeto no es la fuente del sentido según ellos. El sujeto no tiene acceso a todo lo que dice: la idea de que decimos todo aquello que queremos decir son ilusiones. Aparece la categoría de “olvido”: el sujeto para producir su discurso necesita olvidar que su decir está atravesado por voces que lo anteceden y lo exceden. El sujeto está “rechazando” aquello que podría decir y no dice, “olvida” otros decires; usando cierto concepto al producir el discurso deja en claro su posición confrontadora frente a otros conceptos que deja de lado. Utilizar una acepción de algo es rechazar las demás acepciones que posee, y así el hablante se posiciona de tal o cual manera. Esta noción de “elecciones” y “rechazos” implica que para Pecheux y Fuchs hay cierto grado de conciencia, “la enunciación puede estar más o menos próxima de la conciencia”. Los procesos de enunciación están en una zona relativamente accesible al sujeto. Pero esta, la enunciación, es la parte accesible al sujeto; la parte no accesible, ideológica, inconsciente, es la dimensión del discurso…
El sueño de la razón produce sujetos: formaciones discursivas e interpelación
Como vimos, la ideología funciona de tal modo que el sujeto no la percibe, y el sujeto no la percibe porque está en funcionamiento. Siguiendo a Althusser, Pecheux y Fuchs dicen que la ideología interpela a los individuos en sujetos, a través de formaciones ideológicas. Estas se vinculan con posiciones de clase, entonces la ideología lo que hace es llevar al sujeto a ocupar un lugar en la sociedad. Entre los elementos de una ideología se encuentran también las prácticas discursivas. Creemos elegir tal o cual enunciado. Cada formación ideológica incluye formaciones discursivas, o sea, los componentes de las formaciones ideológicas que determinan lo que puede y debe ser dicho.
Si decimos que en toda sociedad hay clases sociales antagónicas (en conflicto), también habrá ideologías antagónicas, por lo tanto habrá formaciones discursivas antagónicas. Estas últimas se pueden identificar con regularidades en los discursos que refieran a posiciones de clase en conflicto. Toda formación discursiva está en contradicción con otra: es en la relación antagónica en que se constituyen las relaciones discursivas.
Ahora podemos retomar la distinción entre las dos zonas del discurso: la zona discursiva vinculada a la enunciación era relativamente accesible a la conciencia, el sujeto podía formular y reformular concientemente las palabras que decía. Pero toda selección enunciativa que el sujeto hace, se encuentra dentro de los deberes y las posibilidades que determina la formación discursiva que lo domina (sin tener registro de ello).
Es la ideología, también a través de las formaciones discursivas, lo que hace que el sujeto crea ser el origen del sentido. Es esta zona inaccesible la que nos constituye como sujetos.
Nosotros y los otros: el problema de la heterogeneidad discursiva
Ya en las últimas de Pecheux le surgió una inquietud al muy pelotudo: cómo delimitar las formaciones discursivas cuando en ellas emergen sentidos constituidos en otros espacios discursivos (cuando “lo otro” aparece en el discurso “propio”). Postula que todo discurso es constitutivamente heterogéneo. Las formaciones discursivas contienen en su interior elementos que provienen de otras formaciones discursivas, aún de aquellas con las que confrontan. Todo esto se acerca a la polifonía, las huellas polifónicas son una de las formas de la heterogeneidad en el discurso.
Authier, autora formada con Pecheux (y continuadora de la propuesta de los olvidos de Pecheux y Fuchs), retoma por un lado el dialogismo de Bajtín (los ecos de otros enunciados en el de uno), y por otro lado el de la heterogeneidad constitutiva del sujeto y su discurso. Con respecto a lo segundo, distingue entre dos formas de la heterogeneidad discursiva: la heterogeneidad constitutiva y la heterogeneidad mostrada. La primera es la heterogeneidad que está en el discurso como propiedad inevitable e inseparable del mismo. La segunda son las huellas, los trazos materiales a través de los que aparece la palabra del otro (comillas, polifonía-discurso directo, indirecto-, ironía, etc.). Lo que el sujeto puede manejar, seleccionar, reconocer son las formas de heterogeneidad mostrada. La constitutiva también será heterogénea, pero esta ya es compleja, inaccesible, inabordable, oscura ante la mirada del sujeto hablante que profiere el enunciado.
Hegemonía y discurso social
Discurso social: doxa y hegemonía
Angenot hablará de discurso social. Este tiene dos acepciones: la empírica y la teórica. La empírica dice que el discurso social es todo aquel que está construido efectivamente en un lugar y momento determinados. La teórica (no empírica) dice que el discurso social es lo decible, lo narrable, lo opinable, en determinado tiempo y lugar. En este sentido, el discurso social se construye por medio de lo narrativo y lo argumentativo. A ese determinado tiempo y lugar antes mencionados se los llamará estado del discurso social. Los discursos producidos en una sociedad y momento determinados están atravesados por una doxa: creencias u opiniones admitidas por líneas de sentidos comunes que configuran una manera específica de ver el mundo que trasciende a los individuos (regularidades). Hay dos fuentes principales en la teoría del discurso social, Bajtín y Gramsci. En su acepción empírica, nos parecerá que hay una extrema variedad de discursos, lo que Bajtín llama “heteroglosia”. Pero hay un punto en que Angenot se separa de él y se va con Gramsci, es cuando aparece el concepto de hegemonía de Gramsci, la acepción teórica del discurso va a ser considerada desde ese punto de vista. Hegemonía: dominancias interdiscursivas que regulan a los discursos.
Intertextualidad, interdiscursividad e ideologemas
Hegemonía discursiva: lo que se reitera en todos los discursos más allá de sus diferencias. Intertextualidad: las relaciones entre los textos, y la circulación y transformación de ideologemas que atraviesan el discurso social. Ideologema: unidad significante ideológica en una doxa determinada. Interdiscursividad: interacción e influencia entre los discursos. La hegemonía no es una ideología dominante, es una dominancia en el juego de las ideologías (dominante interdiscursiva).
“Pobres” y “clientelismo”: palabras de almorzadora y de muchos más
Hay regularidades que trascienden a la división de los discursos. Los paradigmas temáticos se vinculan con las palabras clave. El análisis de la tópica consiste en identificar los ideologemas. Discursos muy variados, incluso opuestos, pueden acordar en que un tema “existe” y tiene un común denominador. Ideologemas: lugares comunes que integran sistemas ideológicos más amplios. Las diversas zonas que conforman el discurso social parten de ideologemas compartidos. Funcionan como principios reguladores subyacentes a los discursos a los que confieren coherencia. Construyen evidencias comunes aceptadas por la mayoría.
Feos, sucios y malos
La hegemonía es independiente de la voluntad de las personas. Se compone de reglas que tienen el margen de desviaciones “aceptables”. Angenot dice que la hegemonía produce ciertos pensamientos, ciertos temas aceptables y “las maneras tolerables de tratarlos”.
Hay una matriz discursiva hegemónica, formada por paradigmas temáticos e ideologemas, que en un estado de discurso social atraviesa los más diversos discursos.
Sujeto e ideología
¿Sujeto de que me dijo?
En latín sujeto viene de “subjectus”, o sea, lo que subyace, lo que está por debajo. Pero esto no es suficiente para definir totalmente a la palabra.
De la conciencia a la existencia
En los siglos XVII y XVIII nace la concepción cartesiana del sujeto. Esto significa que las personas empezaron a pensarse como sujetos de cognición, acción y producción. Uno de los fundadores de esta teoría fue René Descartes, con su “pienso, luego existo”; dice que la única certeza de la que disponemos los humanos no solamente es que pensamos sino que sabemos que pensamos, que tenemos conciencia de nuestro pensamiento. Esta es la concepción cartesiana del sujeto. Conciencia, autonomía, entereza y autodeterminación son los atributos básicos del sujeto cartesiano.
Althusser, filósofo francés, planteó estos temas agregando también que a comienzos de la modernidad (XVII - XVIII) aparece el estudio de la naturaleza humana, y hace 2 premisas: el humano tiene una “esencia” y cada esencia es individual.
Esta concepción ascendió de la mano de la burguesía, para persuadir a los demás sectores sociales de que sus intereses eran los de todos.
De la existencia a la conciencia
Ideología: valores, ideas, prácticas sociales y todos los elementos que conforman un sistema complejo de significaciones con el fin de legitimar los intereses de determinada clase social: con el fin de vincular a los sujetos con el poder. Así, ya no podemos hablar de sujetos individuales, autoconscientes. Aquí nos encontramos con Marx, uno de los principales autores en desarrollar el concepto de ideología. Arrasando con la idea de sujeto racional, pone al sujeto social en el centro de la escena, condicionado por su existencia material y perteneciente a una clase social definida. Ya no es la conciencia la que determina la existencia, es justo al revés. Así, la ideología son los discursos y prácticas que benefician a los sectores dominantes.
Implicaciones del concepto de ideología marxista (4): no hay conciencia autónoma, hay conciencia socialmente condicionada. El sujeto es social, se lo definirá por el lugar que ocupa en la esfera productiva. Es imposible pensar al sujeto sin la ideología (la cual nos impide pensar al sujeto como algo autodeterminado). La ideología está en relación directa con la estabilización de los conflictos, con el sostenimiento de un dominio.
Autores como Marx, Lukacs y Mannheim entienden la ideología bajo el punto de vista hegeliano: la falsa conciencia. Esta es la distorsión de las representaciones que la conciencia tiene de la realidad material. Este proceso ocurre por la conveniencia de los grupos dominantes, hacen que a los trabajadores se les “nuble” la mirada y que no puedan reconocer sus propios intereses.
Voloshinov dice que la ideología dominante trata de congelar el significado de las palabras en las esferas comunicativas. Así les otorga palabras a los grupos dominados para quitarles legitimidad a sus acciones. Pero lo que luego dice Voloshinov hace que difiera un poco de Marx, Hegel y los otros: las palabras a veces pueden reacentuarse (cambiar de acento valorativo) y saltar el cerco ideológico. En vez de distorsionar los intereses de los dominados, pasan a reflejarlos. Entonces, la superestructura ideológica no es el reflejo perfecto de un proceso material, es más bien el reflejo de los intereses que tienen los distintos grupos sociales. Así, la superestructura ideológica está en constante transformación.
En otra tendencia del pensamiento de varios autores, la ideología es positiva, formativa y activa. Positiva: no niega la realidad, circula en los discursos y prácticas. Formativa: da forma a los sujetos antes que nublar su conciencia. Activa: es el medio por el cual los sujetos actúan en su entorno, no la registran pasivamente y ya.
Gramsci comparte este pensamiento. Lo que hace este autor es combinar la noción de ideología con la de hegemonía. La hegemonía son las estrategias de las clases dominantes para hacer creer a las clases dominadas que dentro de la comunidad le pueden dar un “sentido” a sus vidas, pueden subir de rango, conseguir prestigio social. Así, las clases dominadas aceptan su dominación. De esto se desprenden 2 cosas: coincidiendo con Voloshinov, la dominación política es dinámica, se renueva, se modifica. Además, la ideología ya no es un eco de la estructura económica, sino que es una fuerza que modela la forma en que los sujetos se ven en la sociedad (adquieren conciencia).
Ideología e inconsciente
Althusser va a repensar el concepto de ideología a partir de Freud y Lacan. Según Freud el inconsciente es la expulsión fuera de la conciencia de las fuerzas que constituyen a nuestra subjetividad pero que no podemos soportar porque nos provocan angustia. Así es como funciona la ideología para Althusser. La ideología es inconsciente, actúa sobre el hombre pero se le escapa de su conciencia. Althusser y Pecheux llaman “interpelación” al proceso de producción ideológica de los sujetos.
Para el psicoanálisis el sujeto siempre se encontrará desdoblado y descentrado, amenazado por la oscuridad del inconsciente. Pero el sujeto es capaz de reprimir el descentramiento que verdaderamente lo constituye e imaginarse como una persona coherente e indivisible, sin fisuras, cuando se ve reflejado en el espejo de un discurso ideológico. Reprime el proceso de interpelación. La ideología (y el inconsciente) oculta su existencia dentro de su funcionamiento, funciona en tanto el sujeto no la vea, y produce una red de verdades en las que el sujeto se constituye.
El lenguaje, el mundo y el sujeto cartesiano
Al principio, el hombre se suponía subordinado al orden divino, pasivo. Cuando aparece el sujeto cartesiano, racional y activo a fines del siglo XVI, para los intereses de la burguesía, arrasa con los anteriores principios. Pero luego, a mediados de siglo XIX se vuelve a cambiar de paradigma con las teorías marxistas, se dice que los hombres, al producir su vida material, establecen una red de relaciones que condiciona su subjetividad. Se pasó de “el Sujeto”, a “los sujetos”. Marx y, luego, el psicoanálisis, derrocaron a este sujeto cartesiano.
Las ideas, espejo de lo real
A partir del siglo XVII, una cuestión fundamental fue la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad. El lenguaje era concebido como una característica humana, que distinguía al hombre del animal y servía para expresar ideas. Se decía que el sujeto conocía el mundo por intermedio de las ideas: Se concebía al conocimiento como un proceso por el que el sujeto representaba la realidad a través de las ideas, y las ideas representaban la naturaleza de las cosas.
¿Transparencia del lenguaje?
A principios del siglo XX cambia la forma de concebir la relación entre el hombre y lo real: la noción de “conciencia” cambia por la de “lenguaje”. Del representacionismo de las ideas se pasa al representacionismo del lenguaje. Nace la “teoría pictórica del significado”: el significado se construye por la relación entre el lenguaje y lo real sin que participe el pensamiento. Desde allí, las reglas del lenguaje lógico permiten que se hable sobre lo real. Este lenguaje está formado por enunciados observacionales, que deben poder ser constatados, y que reflejan “objetividad”. A partir de estos se pueden hacer leyes y teorías universales, y criterios unívocos de definición. Los enunciados poseen referencia y sentido o significado.
Pero ¿se puede hablar de enunciados observacionales neutros? Puede haber, por ejemplo, muchos enunciados que sean “verdaderos” y quieran decir lo mismo pero con detalles que los cambien totalmente, entonces ninguno puede ser el reflejo fiel de la realidad. No hay observación directa; el significado no está dado en el mundo sino mediado por lo que un determinado grupo socio cultural asume como lo real.
Hacer cosas con palabras
Austin propone que el lenguaje no copia lo real sino que actúa dentro de lo real (desplazando al lenguaje lógico). Su “teoría de los actos de habla” supone que no hay diferencia entre hablar y actuar, que no necesariamente todo lo que decimos es verdadero o falso. Los discursos de los sujetos son fruto de actos y no de pasivas constataciones que dan cuenta del mundo. Esos actos (orales o escritos) tienen como objetivos provocar efectos sobre los demás. Todo acto de habla presenta estos aspectos: lo que decimos (enunciado construido con las reglas de la lengua), lo que hacemos (la acción comunicativa) y lo que intentamos producir en el otro.
Wittgenstein propone los “juegos de lenguaje”. Dice que el lenguaje tiene más funciones además de “dar cuenta de la realidad”, muchas más. Afirma que el significado no está en los hechos sino en el uso. Critica la concepción de que las palabras designan objetos, pues para que sea así los objetos tendrían que estar delimitados de antemano, pero en realidad lo que delimita a los objetos son los juegos de lenguaje. No hay objetos sino a partir de un juego de lenguaje.
Estos desplazamientos del objeto de estudio permitieron el nacimiento de la “Pragmática”, un nuevo campo de la lingüística (“pragma”, del griego, significa “acto”). La pragmática introdujo la “intención” del hablante, lo que significa que el sujeto quiere decir algo y que el oyente reconoce su intención. Aquí se ve un renacer del sujeto cartesiano: la idea del sujeto cognitivo de Descartes, que conoce la realidad y el mundo, y la del sujeto voluntario de la pragmática, que conoce sus intenciones y orienta sus enunciados.
Entre el yo y el sujetamiento: enunciación, discurso e ideología
¿Emisor, locutor, enunciador?
Desde la perspectiva vista en capítulos anteriores la enunciación es egocéntrica. La diferencia entre los enfoques comunicacionales sobre el lenguaje y los de la enunciación es la distancia entre “emisor” y “sujeto de la enunciación, locutor, enunciador”. El emisor no depende del mensaje: será el mismo independientemente de qué, cómo y cuándo profiera su mensaje. El “sujeto empírico” es la persona de carne y hueso.
Ducrot descarta la pregunta por el sujeto que produce su enunciado y su naturaleza, no le es pertinente. Delimita entonces dos nociones: el locutor y el enunciador. Son ambas intrínsecamente lingüísticas. El locutor es quien aparece como responsable de la enunciación, es la figura que al interior del texto se identifica con la primera persona. El enunciador es equivalente al punto de vista: son los puntos de vista que aparecen en el enunciado con los que el locutor puede o no identificarse. Estas nociones se relacionan estrictamente con la polifonía. El “pero” es también una distinción entre locutor y enunciador en el análisis polifónico de los enunciados. El locutor se identifica antes o después del pero con un determinado enunciador, y en la otra parte no. La de Ducrot es una “teoría lingüística de la polifonía”. En suma, la enunciación para Ducrot es exclusivamente una cuestión de funcionamiento del sistema lingüístico.
Kerbrat-Orecchioni plantea al sujeto no estrictamente lingüístico. Incluye determinaciones psicológicas, culturales e ideológicas en el emisor que afectarían la construcción del mensaje. Entonces, el emisor no sería completamente libre de elegir lo que enuncia. Pero igual reinstala la intención del emisor, así que hace una propuesta “mediadora” entre las 2 teorías: por un lado dice que el emisor está condicionado por fuentes externas (el universo del discurso) e internas, pero de todos modos este enfoque retoma la idea de intencionalidad para explicar el proceso de enunciación, apelando al papel racional y conciente del receptor.
Benveniste, alumno de Saussure, dice que la enunciación es el acto mediante el cual el hablante se apropia de la lengua, colocándose en el lugar de locutor, asumiéndose como yo, como centro del discurso. El pronombre de primera persona es el elemento operativo de la enunciación por excelencia. Mediante estas formas de apropiación de la lengua, el sujeto se construye como tal, se identifica su individualidad.
De la enunciación a los procesos discursivos
Para Pecheux y Fuchs, enunciación y discurso no son lo mismo, pues el sujeto no es la fuente del sentido según ellos. El sujeto no tiene acceso a todo lo que dice: la idea de que decimos todo aquello que queremos decir son ilusiones. Aparece la categoría de “olvido”: el sujeto para producir su discurso necesita olvidar que su decir está atravesado por voces que lo anteceden y lo exceden. El sujeto está “rechazando” aquello que podría decir y no dice, “olvida” otros decires; usando cierto concepto al producir el discurso deja en claro su posición confrontadora frente a otros conceptos que deja de lado. Utilizar una acepción de algo es rechazar las demás acepciones que posee, y así el hablante se posiciona de tal o cual manera. Esta noción de “elecciones” y “rechazos” implica que para Pecheux y Fuchs hay cierto grado de conciencia, “la enunciación puede estar más o menos próxima de la conciencia”. Los procesos de enunciación están en una zona relativamente accesible al sujeto. Pero esta, la enunciación, es la parte accesible al sujeto; la parte no accesible, ideológica, inconsciente, es la dimensión del discurso…
El sueño de la razón produce sujetos: formaciones discursivas e interpelación
Como vimos, la ideología funciona de tal modo que el sujeto no la percibe, y el sujeto no la percibe porque está en funcionamiento. Siguiendo a Althusser, Pecheux y Fuchs dicen que la ideología interpela a los individuos en sujetos, a través de formaciones ideológicas. Estas se vinculan con posiciones de clase, entonces la ideología lo que hace es llevar al sujeto a ocupar un lugar en la sociedad. Entre los elementos de una ideología se encuentran también las prácticas discursivas. Creemos elegir tal o cual enunciado. Cada formación ideológica incluye formaciones discursivas, o sea, los componentes de las formaciones ideológicas que determinan lo que puede y debe ser dicho.
Si decimos que en toda sociedad hay clases sociales antagónicas (en conflicto), también habrá ideologías antagónicas, por lo tanto habrá formaciones discursivas antagónicas. Estas últimas se pueden identificar con regularidades en los discursos que refieran a posiciones de clase en conflicto. Toda formación discursiva está en contradicción con otra: es en la relación antagónica en que se constituyen las relaciones discursivas.
Ahora podemos retomar la distinción entre las dos zonas del discurso: la zona discursiva vinculada a la enunciación era relativamente accesible a la conciencia, el sujeto podía formular y reformular concientemente las palabras que decía. Pero toda selección enunciativa que el sujeto hace, se encuentra dentro de los deberes y las posibilidades que determina la formación discursiva que lo domina (sin tener registro de ello).
Es la ideología, también a través de las formaciones discursivas, lo que hace que el sujeto crea ser el origen del sentido. Es esta zona inaccesible la que nos constituye como sujetos.
Nosotros y los otros: el problema de la heterogeneidad discursiva
Ya en las últimas de Pecheux le surgió una inquietud al muy pelotudo: cómo delimitar las formaciones discursivas cuando en ellas emergen sentidos constituidos en otros espacios discursivos (cuando “lo otro” aparece en el discurso “propio”). Postula que todo discurso es constitutivamente heterogéneo. Las formaciones discursivas contienen en su interior elementos que provienen de otras formaciones discursivas, aún de aquellas con las que confrontan. Todo esto se acerca a la polifonía, las huellas polifónicas son una de las formas de la heterogeneidad en el discurso.
Authier, autora formada con Pecheux (y continuadora de la propuesta de los olvidos de Pecheux y Fuchs), retoma por un lado el dialogismo de Bajtín (los ecos de otros enunciados en el de uno), y por otro lado el de la heterogeneidad constitutiva del sujeto y su discurso. Con respecto a lo segundo, distingue entre dos formas de la heterogeneidad discursiva: la heterogeneidad constitutiva y la heterogeneidad mostrada. La primera es la heterogeneidad que está en el discurso como propiedad inevitable e inseparable del mismo. La segunda son las huellas, los trazos materiales a través de los que aparece la palabra del otro (comillas, polifonía-discurso directo, indirecto-, ironía, etc.). Lo que el sujeto puede manejar, seleccionar, reconocer son las formas de heterogeneidad mostrada. La constitutiva también será heterogénea, pero esta ya es compleja, inaccesible, inabordable, oscura ante la mirada del sujeto hablante que profiere el enunciado.
Hegemonía y discurso social
Discurso social: doxa y hegemonía
Angenot hablará de discurso social. Este tiene dos acepciones: la empírica y la teórica. La empírica dice que el discurso social es todo aquel que está construido efectivamente en un lugar y momento determinados. La teórica (no empírica) dice que el discurso social es lo decible, lo narrable, lo opinable, en determinado tiempo y lugar. En este sentido, el discurso social se construye por medio de lo narrativo y lo argumentativo. A ese determinado tiempo y lugar antes mencionados se los llamará estado del discurso social. Los discursos producidos en una sociedad y momento determinados están atravesados por una doxa: creencias u opiniones admitidas por líneas de sentidos comunes que configuran una manera específica de ver el mundo que trasciende a los individuos (regularidades). Hay dos fuentes principales en la teoría del discurso social, Bajtín y Gramsci. En su acepción empírica, nos parecerá que hay una extrema variedad de discursos, lo que Bajtín llama “heteroglosia”. Pero hay un punto en que Angenot se separa de él y se va con Gramsci, es cuando aparece el concepto de hegemonía de Gramsci, la acepción teórica del discurso va a ser considerada desde ese punto de vista. Hegemonía: dominancias interdiscursivas que regulan a los discursos.
Intertextualidad, interdiscursividad e ideologemas
Hegemonía discursiva: lo que se reitera en todos los discursos más allá de sus diferencias. Intertextualidad: las relaciones entre los textos, y la circulación y transformación de ideologemas que atraviesan el discurso social. Ideologema: unidad significante ideológica en una doxa determinada. Interdiscursividad: interacción e influencia entre los discursos. La hegemonía no es una ideología dominante, es una dominancia en el juego de las ideologías (dominante interdiscursiva).
“Pobres” y “clientelismo”: palabras de almorzadora y de muchos más
Hay regularidades que trascienden a la división de los discursos. Los paradigmas temáticos se vinculan con las palabras clave. El análisis de la tópica consiste en identificar los ideologemas. Discursos muy variados, incluso opuestos, pueden acordar en que un tema “existe” y tiene un común denominador. Ideologemas: lugares comunes que integran sistemas ideológicos más amplios. Las diversas zonas que conforman el discurso social parten de ideologemas compartidos. Funcionan como principios reguladores subyacentes a los discursos a los que confieren coherencia. Construyen evidencias comunes aceptadas por la mayoría.
Feos, sucios y malos
La hegemonía es independiente de la voluntad de las personas. Se compone de reglas que tienen el margen de desviaciones “aceptables”. Angenot dice que la hegemonía produce ciertos pensamientos, ciertos temas aceptables y “las maneras tolerables de tratarlos”.
Hay una matriz discursiva hegemónica, formada por paradigmas temáticos e ideologemas, que en un estado de discurso social atraviesa los más diversos discursos.