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Sobre El «Dignatario», del libro Perversos


Sobre El «Dignatario», del libro Perversos

SOBRE EL «DIGNATARIO», DEL LIBRO PERVERSOS

«El detalle, por ejemplo, de que los ministros se sienten en «lujosas y lustradas sillas», mientras el pueblo come defecaciones es una expresión simbólica de una dura realidad nacional, en la cual, mientras los políticos y, en general los poderosos del país lo tienen todo, existe también un porcentaje importante de la población que vive en la pobreza, millones en miseria crítica, es decir, que mueren de hambre»

Por María Conchita MAURO C.

El cortísimo cuento de Alberto JIMÉNEZ URE, El Dignatario (inserto en el libro intitulado Perversos, Alfadil Ediciones, Caracas, 2004) es un reflejo claro y conciso de la realidad de un país por muchos años golpeado por las olas del descontento social y la pobre administración política del Estado. En el caso específico del Dignatario, éste se refiere con bastante claridad a la administración actual del país. Podemos saber esto por varias señales que nos envía el texto: en primer lugar, fue publicado en el 2004, ya bien entrado el periodo de Hugo CHÁVEZ. Por otra parte, la prosa misma nos da destellos a este respecto, como por ejemplo, que el protagonista del cuento se encuentra rodeado de fuerza militar y estos se refieren a él como «mi comandante», en un gobierno «revolucionario».
En la realidad sociopolítica actual del país existe una coyuntura expresada en términos de dos grandes bandos encontrados: el oficialismo, es decir quienes apoyan al presidente y la oposición. En este caso no es pertinente realizar conjeturas sobre quien tiene la razón sobre qué, o qué parte de la población es el mejor o menos. El hecho, para efectos de JIMÉNEZ URE, es que la crítica social que se expresa en las líneas del Dignatario es, a decir poco, mordaz y ácida.
Un presidente, quien guía a su país desde el retrete del Palacio de Miramontaña, da de comer excrementos a sus ministros, así como a su pueblo que lo aclama desde la calle. El sentido de estos gestos repulsivos, inmersos en un cuento bastante escatológico, evidencian, quizás, el sentir del autor con respecto a las condiciones que vive la Venezuela de hoy.
El detalle, por ejemplo, de que los ministros se sienten en «lujosas y lustradas sillas», mientras el pueblo come defecaciones es una expresión simbólica de una dura realidad nacional, en la cual, mientras los políticos y, en general los poderosos del país lo tienen todo, existe también un porcentaje importante de la población que vive en la pobreza, millones en miseria crítica, es decir, que mueren de hambre. El presidente del cuento, además, se atiborra de una abominable cantidad de comida al desayuno: de nuevo la referencia a la población carente de alimentos para la subsistencia.
Otro hecho elocuente es el diario que lee el presidente: «Sin Censura» se llama y allí se le trata de «megalomaníaco y despótico militar», tal y como los sectores más radicales de la oposición se refieren a CHÁVEZ. El Dignatario entonces, procede a enviar un convoy de la Fuerza Armada Nacional para que cierren el periódico y cercenen las lenguas de los redactores: ¿acaso una crítica a la reciente Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, un instrumento legal que muchos catalogan como represivo y que los opositores del Presidente así como algunos medios de comunicación han llamado Ley Mordaza? JIMÉNEZ URE se cuida de mencionar nombres reales y deja bastante espacio a la libre interpretación del lector, por lo cual la respuesta a esta interrogante se encuentra en las manos de cada persona que lea el cuento.
Un personaje poco vistoso, pero bastante importante está encarnado por la edecana, descrita por JIMÉNEZ URE como «una coronela muy hermosa y eficiente». Esta mujer, cuya entera existencia está cargada de simbolismo, puede, en un cierto momento representar la justicia, por el solo hecho se ser una figura femenina. También puede ser la representación de la Cuarta República, pues obedece al Dignatario sin chistar y es la encargada de entregarle los documentos mediante los cuales podrá poner en práctica sus ideas y en marcha su plan. Es decir, es quien entrega el país en manos de este presidente diarreico. Además, por el hecho de ser de la milicia y la preferida del presidente, refleja en la pluma de URE a las Fuerzas Militares Venezolanas, pues es por medio del control de estas que muchos gobernantes han logrado sus propósitos y es bien sabido, en la Venezuela de hoy, el cariño profesado por el Presidente Chávez hacia los cuerpos de defensa militar del país.

EL «DIGNATARIO»

Este cuento aparece en mi libro intitulado Perversos, publicado en Caracas por la Editorial Alfadil (2004). Cuando estuvo inédito, lo envié a quien era Director del diario Frontera de Mérida (del cual fui uno de sus columnistas fundadores, hace 35 años). Apareció en una página casi completa porque le colocaron por ilustración la caricatura de un despótico militar ya difunto que, sin dudas, semejaba al personaje de mi ficción. Por presiones del Funcionariado Censor de la Barbarie Doctrinal al mando en Venezuela desde hace más de una década, el Director fue removido de su cargo (aun cuando, en una editorial de primera página, se exculpaba por haber confiado en mí. Según él, no leyó mi texto antes de publicarlo). Una magnífica caricatura de Jorge CRUZ me recordó mi breve relato.

Por Alberto JIMÉNEZ URE

Muy temprano (a las 7:30 am., aproximadamente), esa mañana el Presidente de la República leía el diario Sin Censura sentado en la retrete de su despacho del Palacio de Miramontaña. Cuatro severas arrugas estigmatizaban su rostro. Había convocado a sus ministros para discutir con ellos en cuáles áreas debía invertirse un excedente que, de próceres impresos norteamericanos, obtuvo el Fisco Nacional gracias al súbito aumento de las exportaciones de los barriles de petróleo que producía el país.
Su edecana favorita era una Coronela muy hermosa y eficiente. Cuando los ministros llegaron en tropel, se acomodaron en sus lujosas y enumeradas sillas: rigurosamente lustradas y colocadas en semicírculo, frente a la pieza sanitaria donde El «Dignatario» expelía -ruidosamente- sus excrementos.
-En nombre de todos, «Señor Comandante», le deseo que tenga un magnífico día -temeroso e inclinando su cerviz, infirió el Ministro de la «Defensa Estatal».
El mandatario lo escrutó fijamente durante varios segundos y luego giró su cabeza para mirar a su «edecana», que portaba una livianísima y moderna ametralladora marca El Chacal. Se observaron sin gesticular ni intercambiar palabras. De pronto, la fascinante mujer ejecutó un paso en dirección al Norte. Llevó su mano derecha a la altura de su cabeza antes de proferir, en alta voz, la frase que registro:
-¡Permiso para retirarme, Comandante!
El «Comandante en Jefe» no le (dio parque) correspondió abiertamente e hizo un casi imperceptible movimiento con su índice izquierdo. La oficiala zapateó, giró cincuenta grados su cuerpo a la izquierda y marchó hacia la salida.
-Hoy desayuné -antes del alba- un trozo de marrano, huevos fritos, caraotas, arroz, pan tostado con mantequilla y me bebí un vaso de jugo de mango -le confesó a su equipo ejecutivo de gobierno-. Estoy molesto porque en este periódico me describen como a un megalomaníaco, acomplejado, corrompido y despótico militar.
Los integrantes del Poder Ejecutivo olfateaban un fortísimo hedor, pero no podían moverse del lugar: ni formular reclamos, o ausentarte, por cuanto se trataba de una reunión de «Consejo de Ministros» con el máximo jerarca de la Administración Pública.
«-Joseph, escúchame» -continuó su parlamento el Presidente y señaló al Ministro de la Secretaría de Gobierno e Información-: -En un autobús de la Fuerza Armada Nacional(FAN), irás con no menos de diez funcionarios de la Dirección de Inteligencia Militar(DIM) a la sede de Sin Censura, arrestas a todos los trabajadores (especialmente al Director del diario) y los trasladas al Hospicio de Contrarrevolucionarios».
Después, El «Dignatario» se levantó de la pocilga y estrechó la mano del Ministro de la «Sanidad Estatal» para ordenarle:
«-Darío, mi fiel amigo: tienes la misión de segarle los testículos y las lenguas a todos los empleados de Sin Censura. Comenzarás por capar al Director. A las mujeres se las ofreces, desnudas, a los reos del Hospicio para Delincuentes Comunes. Ninguno se quedará sin admitir que mi gestión gubernamental respeta la «Libertad de Opinión», consagrada en la Constitución «Humanística» de la República Soberana y Revolucionaria»
El Ministro de la «Justicia Estatal» extrajo un pañuelo de su saco azul de lana y, antes de que el Presidente retornase su trasero al excusado, rápidamente limpió las partículas de excrementos diseminadas por la superficie del retrete y la cerámica del piso.
Transcurría el primer mes de Gobierno «Revolucionario» y el pueblo esperaba, ansioso, los decretos presidenciales mediante los cuales se transformaría, pacíficamente, el país. Por ello, El «Dignatario» de Petrópolis esperaba la transcripción de los edictos que le traería la edecana. Era necesario apresurar los cambios. La chica de las charreteras y condecoraciones «revolucionarias» regresó al despacho con una carpeta bajo su brazo izquierdo. Repitió el ritual de saludar al «Comandante Jefe» -quien permanecía encima del evacuatorio- y pedirle permiso, en esa ocasión para entregarle los folios. El Presidente se pasó varias veces los dedos pulgar, índice y medio derechos por el ano y estampó sus huellas digitales en cada uno de los decretos.
Se levantó del retrete y la edecana le practicó la ablución con la ducha vaginal anexa al sanitario. Lo secó con una toalla blanca marca Soberanía. Inmediatamente, el «Primer Mandatario» examinó el paño para comprobar que su adjunta militar lo aseó bien. Ulterior a lo cual ordenó que viniera la cocinera del Palacio con una cuchara sopera. Rápido, Rubia, quien era experta en la preparación de salcochos, fue traída en brazos por dos soldados.
-Estás demasiado obesa -le dijo el Presidente-. Sin embargo, no te sustituiré nunca...
El «Comandante Jefe» se aproximó a ella y le besó la boca. Luego le acarició los cabellos y le apretó, lujurioso, los senos.
-Gracias por sus palabras, mi venerado amo y señor de la República «Revolucionaria» -emocionada y con lágrimas en los ojos, habló la cocinera-. ¿Por qué ordenó que me trajeran aquí?
Los reclutas bajaron a la gorda y la colocaron al lado del excretor que expelía los humores del estiércol del «animal racional» elegido por la mayoría de los votantes del país.
-Con la cuchara sopera, servirás mis excrementos a los ministros en sus manos. De ese modo, los que conforman el Poder Ejecutivo demostrarán su lealtad a mi proyecto revolucionario.
Fuera del Palacio, el pueblo exigía al «Primer Magistrado» que saliera al Balcón Presidencial para ovacionarlo. Afortunadamente, el «Comandante Jefe» tenía diarrea. Multiplicó sus evacuaciones antes de complacer al vulgo, porque quería que Rubia también le sirviera del caldo presidencial.
Fue inenarrable la felicidad experimentada por el pueblo cuando ingirió el caldo de las entrañas del poder. El «Dignatario» de la República «Revolucionaria» gobernó durante toda su vida y, similar al Mesías, siempre multiplicó su materia fecal para mantener bien alimentado a sus seguidores.
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