InicioInfotop 5: bob dylan

Esta noche comienza la parada argentina del Neverending Tour. Cuatro conciertos en el Gran Rex para acceder en primera persona a uno de los artistas más gloriosos de nuestro tiempo. Oir Mortales elige cinco de sus discos para celebrar su visita.





The Freewhelin’ Bob Dylan (1963)

Después de vender sólo 500 copias de su primer disco, el jovencísimo trovador de Minesotta hizo un pase de mangas y entregó esta masterpiece. Una suite de canciones atravesadas por la tradición del folk americano, el talkin-blues, la bohemia beat y el efervescente contexto socio-político: el resultado fue una bomba a implosión. El encargado de la detonación era este chico judío que, con sólo 22 años, abría su segundo disco con esta pregunta: “¿Cuántos caminos debe andar un hombre antes de que puedan llamarlo un hombre?”.




Highway 61 Revisited (1965)

A mediados de los ’60, los tiempos realmente estaban cambiando. Y vertiginosamente. En sólo dos años, Dylan pasó de ser el portavoz civil de una generación al profeta psicodélico abucheado y adorado con la misma devoción religiosa. Su giro estético adquirió estatura histórica y, a partir de aquí, vertió dimensión cultural a esa música adolescente que llamaban rock r’ roll. Producido por Bob Johnston, Highway 61 Revisited fue el centro de su trilogía eléctrica: entre otra cosas, por la guitarra de Paul Butterfield y un repertorio letal.



Blood on the tracks (1975)

La resurrección discográfica de Dylan comenzó con unas sesiones en New York al mando de Phil Ramone. Como es fama, Dylan detuvo el proyecto cuando Columbia estaba a punto de editar el disco y viajó hasta Minneapolis para regrabar buena parte de las canciones. Desde su edición, Blood on the tracks estuvo rodeado por toda la mitología amorosa de su divorcio con Sara Lownds. Sin embargo unos años atrás, cuando Dylan publicó sus Crónicas, confundió a buena parte de sus fans más recalcitrantes. La cumbre de los break-up albums, en realidad estaba inspirada por cuentos de Chejov.




Oh Mercy (1989)

Para finalizar una década poco inspirada (donde su mejor momento fue la reunión de los Travelling Wilburys), Dylan tomó el toro por las astas y entregó un nuevo gran disco. Compuesto de un tirón después de una epifanía en Suiza y una lesión en su mano, el sonido pantanoso de Oh Mercy fue el fruto de su relación con el productor Daniel Lanois y la ciudad de Nueva Orleans: "encontramos un edificio de finales de siglo, un sitio fantástico –comentó Lanois-. Tenía un tono de casa de citas. Esencialmente pusimos la sala de control en una ciénaga”.



“Love and theft” (2001)

El último clásico del trovador, salió a las calles en una fecha clavada como una lanza en el corazón de los norteamericanos: 21 de septiembre de 2001. Así, mientras se caían las Torres Gemelas, Dylan viajaba al corazón del Deep South, recuperando el universo de Charley Patton y la música del delta con el ánimo arriba del tahúr en buena racha. La canción central de “Love and theft” fue “Mississippi”, una pieza a la altura de lo mejor de su obra: “bueno, mi barco se redujo a astillas / y se está hundiendo rápido. / Me estoy ahogando en el veneno / no tengo futuro, no tengo pasado. / Pero mi corazón no está cansado, / está libre y luminoso. / No tengo más que afecto por todos los que navegaron conmigo”.


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