InicioApuntes Y Monografias¿Argentina con una Crisis Economica Asiatica de 1997?

¿Argentina con una Crisis Economica Asiatica de 1997?


...Las acusaciones de Infobae en enero de 2014...

El diario norteamericano The Wall Street Journal publicó un durísimo artículo en el que habla del colapso económico argentino
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....las extrañas coincidencias de la economia Argentina del año 2014 con la crisis Asiatica del año 1997 descripta en el Best seller-Documental la Doctrina del Shock"....





Capítulo 13
QUE ARDA
El saqueo de Asia y «la caída de un segundo Muro de Berlín»

El dinero fluye hacia donde están las oportunidades y,
ahora la misma,Asia parece un lugar barato.
GERARD SMITH, banquero de instituciones
financieras en UBS Secundes, en Nueva York,
a propósito de la crisis económica asiática
de 1997-1998'

Los buenos tiempos son mala política.
MOHAMED SADLI, asesor económico
del general Suharto de Indonesia

Parecían preguntas sencillas. ¿Cuánto puedes comprar con tu salario?
¿Llega para pagar tu alojamiento y tu manutención? ¿Te queda algo
después para enviar dinero a tus padres? ¿Y los costes del transpor-
te hasta la fábrica? Pero las planteara como las planteara, yo siempre
obtenía las mismas respuestas: «depende» o «no lo sé».
«Hace unos meses», me explicaba una trabajadora de diecisiete
años que cosía ropa de Gap en un taller cercano a Manila, «tenía sufi-
ciente dinero para enviar algo a casa, a mi familia, todos los meses, pe-
ro ahora no gano siquiera para comprarme la comida».
—¿Os han bajado el salario? —le pregunté.
—No, creo que no me respondió, un tanto confusa—. Lo que
pasa es que ya no se puede comprar lo mismo.
Los precios no paran de subir.

En el verano de 1997 yo me encontraba en Asia investigando las
condiciones de trabajo en el interior de las florecientes fábricas para la
exportación que proliferaban por toda la región. Lo que descubrí fue
que los trabajadores y las trabajadoras se enfrentaban a un problema
mucho mayor que el de las horas extra forzadas o el de los capataces abusivos:
sus países se estaban hundiendo rápidamente en lo que pronto se con-
vertiria en una depresión en toda regla. En Indonesia, donde la crisis

356 Lost ín Trasition

era aún más profunda, el ambiente se tornó peligrosamente volátil. La
moneda nacional caía entre la mañana y el anochecer un día tras otro
.
Los mismos obreros industriales que habían podido comprar pescado
y arroz con su sueldo el día anterior, se veían obligados a subsistir sólo
con el arroz al día siguiente. En las conversaciones de los restaurantes
y los taxis, todo el mundo parecía tener la misma teoría acerca de quié
nes eran los culpables de aquello: «los chinos»
, me dijeron. Eran las
personas de etnia china, la clase comerciante de Indonesia por excelencia,
las que parecían estar sacando partido más directamente de la
subida de los precios y, por ello, en ellas se-concentraban la mayoría dé las
iras populares.


Eso era lo que Keynes había querido explicar cuando
advirtió de los peligros del caos económico: nunca se sabe qué combinación
de rabia, racismo y revolución se desatará.
Los países del Sureste asiático eran particularmente vulnerables a
las teorías de la conspiración y a la búsqueda de chivos expiatorios
de carácter étnico porque, en apariencia, la crisis financiera no tenía una
causa racional.

En la televisión y en la prensa, los análisis se referían
una y otra vez a la situación de la región como si ésta hubiera contraído
una especie de enfermedad misteriosa pero altamente contagiosa:
el crac de los mercados fue inmediatamente bautizado como la «gripe
asiática», aunque su categoría sería posteriormente elevada a la de
«plaga asiática» cuando sus efectos se extendieron a América Latina y
a Rusia.


Sólo unas semanas antes de que todo empezase a ir mal, estos países
eran señalados como epígonos de buena forma y vitalidad económica;
eran los llamados «Tigres asiáticos», los éxitos más rotundos de
la globalización. Pero, de un día para otro, los mismos operadores bursátiles
que habían estado indicando a sus clientes que no había una ruta
más segura hacia la riqueza que afincar sus ahorros en fondos de inversión
de los «mercados emergentes» de Asia pasaron a desinvertir en
masa, mientras que los cambistas empezaron a «atacar» las monedas de
esos países (el baht, el ringgit, la rupia), creando lo que The Economist
denominó «una destrucción de ahorros de una magnitud sólo conocida
en tiempos de conflicto bélico».3 Y, aun así, dentro de las economías
de los Tigres de Asia, nada visible había cambiado: en su mayor parte,
seguían siendo dirigidas por el mismo círculo reducido y elitista de
amigos y conocidos; no habían sido sacudidas por un desastre natural
ni por una guerra; no padecían grandes déficits (de hecho, algunas no

Que arda 357
tenían el más mínimo desequilibrio presupuestario). Muchos de los
grandes conglomerados empresariales de la zona arrastraban fuertes
deudas
, pero seguían produciendo toda clase de artículos (desde zapatillas
deportivas hasta automóviles) y sus ventas eran tan elevadas como
siempre. Así que ¿cómo era posible que, en 1996, los inversores hubie-
ran considerado apropiado invertir hasta 100.000 millones de dólares
en Corea del Sur y, al año siguiente, el balance de inversiones del país
arrojase un déficit de 20.000 millones (lo que significa un diferencial de
120.000 millones de dólares con respecto al año anterior)?4 ¿Qué podía
explicar esta especie de traumatismo monetario?

Lo cierto es que aquellos países fueron simplemente víctimas del
pánico, un pánico que se volvió letal por la velocidad y la volatilidad
del funcionamiento de los mercados globalizados. Lo que comenzó como
un rumor —que Tailandia no disponía de dólares suficientes para
respaldar su moneda— desencadenó la estampida de la manada electronica.


Los bancos reclamaron sus préstamos y el mercado inmobiliario,
que había crecido con rapidez hasta formar una burbuja especula-
tiva, estalló al momento. La construcción se paralizó y dejó a medias las
obras de nuevos centros comerciales, rascacielos y centros turísticos;
decenas de grúas inmóviles apuntaban sus siluetas sobre el atiborrado
perfil del paisaje urbano de Bangkok.

En eras anteriores —más lentas—
del capitalismo, la crisis podría haberse quedado solamente en eso, pero
como los Tigres asiáticos habían sido comercializados por las gestoras
de fondos como parte de un paquete integrado de inversiones, cuando
uno de ellos cayó, cayeron todos: tras Tailandia, el pánico se extendió
y el dinero empezó a huir de Indonesia, Malasia, Filipinas e, incluso,
(Corea del Sur, la undécima economía del mundo y toda una estrella del
firmamento de la globalización.

Los gobiernos asiáticos se vieron obligados a drenar sus reservas de
divisas en un intento de apuntalar sus monedas, lo que convirtió el miedo
original en una realidad: ahora sí que esos países iban verdaderamente
camino de la bancarrota. El mercado reaccionó entonces con
más pánico. En un año, 600.000 millones de dólares desaparecieron de
los mercados bursátiles asiáticos (una riqueza que había llevado años
construir).5


La crisis movió a muchos a tomar medidas desesperadas. En Indonesia,
los empobrecidos ciudadanos asaltaban comercios en las ciudades
y se llevaban todo lo que podían. En uno de esos incidentes, todo


358 Lost in Transition
un centro comercial de Yakarta se incendió mientras estaba siendo saqueado
y centenares de personas se quemaron vivas en su interior.6


En Corea del Sur, las cadenas de televisión emitían campañas a
gran escala pidiendo a los ciudadanos que donasen sus joyas de oro para
que el Estado pudiera fundirlas y utilizarlas para pagar las deudas
del país. En apenas unas pocas semanas, 3 millones de personas habían
acudido a la llamada y habían entregado collares, pendientes y medallas
y trofeos deportivos. Al menos una mujer donó su alianza de boda
y un cardenal hizo lo mismo con su crucifijo de oro. Las televisiones
organizaron programas y maratones especiales (y un tanto chabacanos)
de donación de joyas, pero pese a las 200 toneladas de oro recogidas
—suficientes para impulsar a la baja el precio mundial de ese metal
precioso—, la moneda coreana prosiguió su desplome.7
Como ya ocurriera durante la Gran Depresión, la crisis generó una
oleada de suicidios, debido a que muchas familias vieron cómo sus ahorros
se evaporaban por completo y decenas de millares de pequeñas empresas
y negocios tuvieron que cerrar sus puertas. En Corea del Sur, la
tasa de suicidios aumentó un 50 % en 1998. El repunte fue más acusado
entre las personas de más de sesenta años, porque muchos padres y madres
de edad más avanzada intentaron así aminorar la carga económica
que sus hijos e hijas tenían que soportar. La prensa coreana también informó
de un alarmante incremento de los suicidios familiares pactados,
en los que el padre inducía a los demás miembros de la familia (abrumada
por las deudas) a ahorcarse en grupo. Las autoridades señalaron
que, como en esos casos, «la única muerte clasificada como suicidio es
la del cabeza [de familia] y las demás son consideradas asesinatos, el número
real de suicidios es muy superior al reflejado en las estadísticas».8

La crisis de Asia fue ocasionada por un clásico círculo de miedo y
la única medida que podía haberlo detenido era la misma que había
rescatado la moneda mexicana durante la llamada crisis del tequila de
1994: un préstamo inmediato y sustancioso (una prueba dirigida al
mercado de que el Tesoro estadounidense no permitiría que México
entrase en bancarrota).9 Ninguna medida oportuna de ese tipo se tomó
en el caso de Asia. De hecho, nada más declararse la crisis, una sorprendente
pléyade de pesos pesados del establishment financiero se dedicó
a lanzar un mensaje unificado: no ayudar a Asia.

El propio Milton Friedman (que, por entonces, tenía ochenta y cinco
años de edad) hizo una de sus contadísimas apariciones televisivas

Que arda 359
para explicar al presentador del informativo de la CNN, Lou Dobbs,
que él se oponía a cualquier clase de medida de rescate y que consideraba
que debía dejarse que el mercado se corrigiera por sí solo.
«Bien,
profesor, no sabe lo mucho que significa para nosotros contar con su
ayuda en este debate semántico», acertó a decir Dobbs, lamentablemente
hechizado por el carácter estelar de su invitado. Esa misma postura
favorable a «dejar que se hundieran» fue luego reiterada por un
viejo amigo de Friedman, Walter Wriston, antiguo presidente de Citibank,
y por George Shultz, quien trabajaba entonces junto a Friedman
en la derechista Hoover Institution y era también miembro del consejo
de administración de la correduría de bolsa Charles Schwab.10
Morgan Stanley, uno de los principales bancos de inversión de Wall
Street, también compartía abiertamente esa opinión. Jay Pelosky, un
estratega de mercados que era toda una celebridad emergente dentro
de la firma, explicó en una conferencia organizada en Los Angeles por
el Milken Institute (famoso por los bonos basura) que era fundamental
que ni el FMI ni el Departamento estadounidense del Tesoro hicieran
nada para aminorar el sufrimiento de una crisis que estaba adquiriendo
proporciones propias de los años treinta del siglo XX. «Lo que actualmente
necesitamos en Asia es más malas noticias. Y se necesitan
para seguir estimulando el proceso de ajuste»
, comentó Pelosky.11
La administración Clinton siguió el ejemplo de Wall Street. Cuando,
en noviembre de 1997, se celebró en Vancouver la cumbre de la
APEC (la Cooperación Económica del Asia-Pacífico), hacía ya cuatro
meses que se había iniciado el crac de los mercados asiáticos; Bill Clinton
indignó entonces a sus homólogos asiáticos al restar importancia a
lo que éstos consideraban que era una apocalipsis económica calificándola
de «unos pequeños problemas técnicos durante el viaje».12 El
mensaje era claro: el Tesoro estadounidense no tenía ninguna prisa para
poner fin a aquel padecimiento. En cuanto al FMI, el órgano mundial
creado para impedir cracs como aquél, volvió a adoptar la actitud
pasiva de «no hacer nada» por la que se venía caracterizando desde la
crisis de Rusia.


Acabó por reaccionar en última instancia, pero no aprobando
el préstamo inmediato y de emergencia destinado a la estabilización
que una crisis puramente financiera como aquélla exigía, sino
presentando un largo listado de exigencias, mentalizado por la certeza
chicaguense de que, tras la catástrofe de Asia, se ocultaba una auténtica
oportunidad.

360 Lost in Transition
Años atrás, a principios de la década de 1990, cuando los partidarios
del libre mercado querían tener algún ejemplo de éxito que invocar en
los debates, señalaban enseguida a los Tigres asiáticos. Aquellas economías
milagrosas crecían a pasos agigantados, supuestamente, porque
habían abierto por completo sus fronteras a una globalización sin restricciones.
Para ellos era una historia útil —los Tigres crecían sin lugar a
dudas a una velocidad de vértigo—, pero sugerir que la expansión de
aquellas economías estaba basada en el libre comercio era pura ficción.


Malasia, Corea del Sur y Tailandia seguían aplicando políticas marcadamente
proteccionistas que prohibían a los extranjeros ser propietarios
de terreno y comprar participaciones en sus empresas nacionales.
También habían reservado un papel significativo para el Estado y habían
mantenido sectores como el de la energía y el del transporte en
manos públicas.

Asimismo, los Tigres habían bloqueado la entrada de
numerosas importaciones procedentes de Japón, Europa y Norteamérica,
mientras construían y consolidaban sus propios mercados domésticos.
Eran ejemplos incuestionables de éxito económico, pero lo que
demostraban, en realidad, era que las economías mixtas y gestionadas
crecían más rápida y equitativamente que las que se adherían al escenario,
más propio del Salvaje Oeste, que fijaba el llamado Consenso de
Washington.


Aquella situación no era precisamente del agrado de las multinacionales
y los bancos de inversiones occidentales y japoneses, que, como
era lógico, viendo el boom que experimentaba el mercado de consumo
en Asia, ansiaban disponer de un acceso ilimitado a la región
para vender sus productos.


También querían el derecho a comprar las
mejores corporaciones empresariales de los Tigres (y, en particular, los
impresionantes conglomerados coreanos, como Daewoo, Hyundai,
Samsung y LG). A mediados de los años noventa, presionados por el
FMI y por la recién creada Organización Mundial del Comercio, los
gobiernos asiáticos acordaron alcanzar una solución intermedia: mantendrían
las leyes que protegían la propiedad de las empresas nacionales
de las adquisiciones extranjeras y se resistirían a las presiones sobre la
privatización de sus compañías estatales clave, pero levantarían las barreras
de acceso a sus sectores financieros y, con ello, permitirían un
aumento de las inversiones en títulos y del comercio de divisas.


El hecho de que, en 1997, aquella riada de dinero caliente invirtiera
súbitamente su curso en Asia fue consecuencia directa de esa inver-


Que arda 361
sión especulativa, que había sido legalizada únicamente por la presión
occidental.
Ni que decir tiene que Wall Street no lo veía de ese modo.
Los principales analistas de inversiones reconocieron enseguida la
oportunidad que aquella crisis les abría para abatir de una vez por todas
el resto de barreras que aún protegían una parte de los mercados
asiáticos. Pelosky, el ya mencionado estratega de Morgan Stanley, se
mostró especialmente franco a la hora de explicar aquella lógica subyacente:
si se dejaba que la crisis empeorara, la región se quedaría sin
moneda extranjera y las compañías de propiedad asiática se verían obligadas
a cerrar o a venderse por pedazos a las empresas occidentales
, y
tanto un escenario como el otro eran beneficiosos para la propia Morgan
Stanley. «Me gustaría asistir al cierre de empresas y a la venta de activos.
[...] La venta de activos es muy difícil; lo normal es que los propietarios
no quieran vender a menos que se vean ciertamente forzados
a ello. Por consiguiente, necesitamos que lleguen más malas noticias y
que éstas hagan aumentar la presión sobre esos empresarios para que
vendan sus compañías».13

Hubo quien valoró esa quiebra de Asia con términos más grandilocuentes.
José Pinera, ministro estrella de Pinochet que, por entonces,
trabajaba en el Cato Institute de Washington, D.C., recibió la crisis
con in disimulado alborozo proclamando que «ha[bía] llegado
el día del Juicio Final». Precisamente a juicio de Pinera, la crisis era el
último capítulo de la guerra que él y sus compinches, los de Chicago,
habían iniciado en Chile en la década de 1970. La caída de los Tigres,
dijo, no representaba otra cosa que «la caída de un segundo Muro de
Berlín», el desmoronamiento definitivo de «la noción de que existe
una "tercera vía" entre el capitalismo democrático de libre mercado y
el estatalismo socialista».14

La de Pinera no era una perspectiva marginal. Era abiertamente
compartida por Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de
Estados Unidos y, probablemente, el más poderoso decisor de la política
económica mundial. Greenspan describió la crisis como «un
acontecimiento muy traumático conducente a un consenso sobre el
lipo de sistema de mercado que ya tenemos en nuestro país». También
señaló que «la crisis actual probablemente acelerará el desmanlelamiento
en muchos países asiáticos de los restos de un sistema con
abundantes elementos de inversión dirigida por el Estado».15 Por decirlo
de otro modo, la destrucción de la economía gestionada de Asia

362 Lost in Tmnsition
constituía, en realidad, un proceso paralelo de creación de una nueva
economía conforme al modelo estadounidense (lo que la nueva Asia
sufría en aquel momento eran los dolores típicos del parto, por emplear
una metáfora que se utilizaría años después en un contexto aún
más violento).
Michel Camdessus, quien en su condición de presidente del FMI
era, posiblemente, el segundo decisor más poderoso del mundo en materia
de política monetaria, expresó un parecer similar. En una de las
pocas entrevistas que concedía, se refirió a la crisis como una oportunidad
para que Asia mudase su vieja piel y renaciera de nuevo. «Los
modelos económicos no son eternos», declaró. «Hay ocasiones en que
son útiles y otras [...] en las que se vuelven obsoletos y han de ser
abandonados.»16 Aquella crisis, desencadenada por un rumor que acabó
convirtiendo lo que era ficción en realidad
, parecía ofrecer una de
esas ocasiones.

Deseoso de no dejar escapar aquella oportunidad, el FMI —tras
meses de pasividad ante el empeoramiento de la situación de emergencia—
inició por fin negociaciones con los maltrechos gobiernos asiáticos.
El único país que se resistió a la intervención del Fondo durante
aquel período fue Malasia, gracias a la magnitud relativamente reducida
de su deuda. El controvertido primer ministro malasio, Mahathir
Mohamad, dijo que no creía que hubiera que «destruir la economía para
mejorarla», unas declaraciones que le valieron el calificativo de extremista
radical por aquel entonces.


17 El resto de economías nacionales
asiáticas golpeadas por la crisis estaban demasiado desesperadas buscando
reservas de moneda extranjera como para rechazar la posibilidad
de decenas de miles de millones de dólares en forma de préstamos
del FMI: Tailandia, Filipinas, Indonesia y Corea del Sur se sentaron a
negociar. «No se puede obligar a un país a que venga a pedirnos ayuda.
Tiene que pedirla él. Pero cuando se queda sin dinero, tampoco tiene
muchos otros sitios a los que acudir»
, declaró Stanley Fischer, que era
quien dirigía las conversaciones por parte del FMI.18

Fischer había sido uno de los más destacados defensores de la terapia
de shock en Rusia y, a pesar de los angustiosos costes humanos que ésta
había tenido en aquel país, su actitud seguía siendo igual de inamovible
en el caso de Asia. Varios gobiernos sugirieron que, puesto que la crisis
había sido causada por la facilidad con que el dinero podía entrar y
salir a espuertas de sus países sin que nada pudiera aminorar aquel flujo,

Que arda 363
quizás sería lógico volver a instaurar algunas barreras (los temidos «controles
de capitales»). China había mantenido sus propios controles (haciendo
caso omiso del consejo de Friedman en ese sentido) y había sido
el único país de la región que no se había visto arrasado por aquella crisis.

Y Malasia los había vuelto a instaurar y parecían estar funcionando.

Fischer y el resto del equipo del FMI desecharon la idea de plano.19
De hecho, el FMI no mostró interés alguno en saber qué era lo que, en
realidad, había provocado la crisis. El Fondo se comportaba como un
funcionario de prisiones que trataba de doblegar la voluntad de sus
presos: lo único que le interesaba era determinar cómo podía aprovechar
la crisis como elemento de influencia sobre aquellos países. La debacle
financiera había obligado a un grupo de países que se habían
mostrado tercos y tenaces hasta aquel momento a suplicar clemencia;
no sacar partido de aquella oportunidad habría sido, para los economistas
de la Escuela de Chicago que dirigían el FMI, algo así como un
caso manifiesto de negligencia profesional.
Con sus tesorerías vacías, los Tigres, en lo que al FMI respectaba,
estaban en quiebra; ahora estaban preparados para su reconstrucción.

El primer estadio de ese proceso era despojarlos de todo rastro del
«proteccionismo en materia de comercio en inversiones y el intervencionismo
estatal activo que habían constituido los ingredientes fundamentales
del "milagro asiático"», según lo definió el politólogo Walden
Bello.
20

El FMI también exigió que los gobiernos afectados efectuaran
drásticos recortes presupuestarios, con los consiguientes despidos
masivos de empleados del sector público en países donde la proporción
de personas que se quitaban la vida alcanzaba ya cifras récord.


Fischer admitiría con posterioridad que el FMI había llegado ya a
la conclusión de que, tanto en Corea como en Indonesia, la crisis no
tenía nada que ver con un exceso de gasto público.


Aun así, él utilizó
la extraordinaria influencia que la crisis brindaba al Fondo para exiraer
aquellas dolorosas medidas de austeridad. Tal como un periodista
del New York Times escribió por aquel entonces, las acciones del
I'MI fueron «como las de un cirujano cardiólogo que, en plena intervención
a corazón abierto, decide operar también los pulmones y los
ríñones».*21

* El FMI suele ser descrito como un títere del Departamento del Tesoro de Estaos
Unidos, pero rara vez han sido tan visibles los hilos que lo mueven como lo fueron...

364 Lost in Transition
En cuanto el FMI hubo despojado a los Tigres de sus viejos hábitos
y costumbres, éstos ya estuvieron listos para renacer al más puro
estilo de la Escuela de Chicago: con servicios básicos privatizados,
bancos centrales independientes, fuerzas laborales «flexibles», gasto
social reducido y, obviamente, una liberalización total del comercio.
Según lo establecido en los nuevos acuerdos, Tailandia autorizaría a
los extranjeros a ser propietarios de participaciones importantes de
sus bancos, Indonesia reduciría los subsidios para la adquisición de
alimentos y Corea derogaría la ley que protegía a sus trabajadores
frente a los despidos masivos.


22 El FMI llegó incluso a fijar para el caso
de Corea unos objetivos determinados en términos de trabajadores
despedidos: para obtener el préstamo, el sector bancario del país tendría
que deshacerse del 50 % de su plantilla de empleados (porcentaje
que después se reduciría y quedaría fijado en el 30 %)
.23 Esta exigencia
era de vital interés para muchas multinacionales occidentales,
que querían contar con garantías de que podrían reducir radicalmente
las plantillas de las compañías asiáticas que se preparaban para adquirir.
El «Muro de Berlín» del que hablaba Pinera estaba cayendo por fin.
Semejantes medidas habrían sido impensables un año antes del
azote de la crisis, cuando los sindicatos surcoreanos estaban en su momento
más álgido de militancia. Por entonces, se habían movilizado
contra una nueva propuesta de ley laboral que pretendía reducir la seguridad
de los puestos de trabajo y habían convocado la serie más numerosa
y radical de huelgas jamás organizada en la historia de Corea del Sur.
Pero, gracias a la crisis, las reglas del juego habían cambiado.
La depresión económica fue tan extrema que dio a los gobiernos licencia
para proclamar estados de excepción provisionales que les permitieron
ejercer durante un tiempo como gobiernos autoritarios (tal como
había sucedido con motivo de crisis parecidas en Bolivia, Rusia y
--------------

*durante aquellas negociaciones. Para asegurarse de que los intereses de las empresas
estadounidenses quedaban protegidos en los acuerdos finales, David Lipton, subsecretario
de Asuntos Internacionales del Tesoro estadounidense (y antiguo colaborador
y socio de Sachs en el programa de terapia de shock de Polonia) voló hasta Corea del
Sur y se alojó en el Hilton de Seúl (el hotel donde se estaban desarrollando las negociaciones
entre el FMI y el gobierno coreano). La presencia de Lipton fue, según Paul
Blustein, del Washington Post, «una manifestación visible de la influencia que Estados
Unidos ejerce sobre la política del FMI».

Que arda 365
otros lugares); aquello no duró mucho, sólo lo suficiente para imponer
los decretos dictados por el FMI.
El paquete de medidas de terapia de shock para Tailandia, por ejemplo,
fue aprobado por la Asamblea Nacional de aquel país no por medio
de un proceso normal de debate, sino como resultado de cuatro decretos
de emergencia. «Hemos perdido nuestra autonomía, la capacidad
de decidir nuestra política macroeconómica. Es una desgracia»
, reconocía
el viceprimer ministro tailandés, Supachai Panitchpakdi (que sería
más tarde recompensado por tan cooperativa actitud con el nombramiento
como director general de la OMC).24

En Corea del Sur, la subversión
de la democracia llevada a cabo por el FMI fue aún más descarada:
el final de las negociaciones con el Fondo coincidió allí con
las elecciones presidenciales y dos de los candidatos se presentaban a
ellas con programas electorales anti-FMI. Así que, en un extraordinario
acto de interferencia en el proceso político de una nación soberana,
el FMI se negó a hacer entrega de dinero alguno hasta que no contara
con el compromiso de los cuatro principales candidatos de que quien
saliera vencedor respetaría las normas acordadas. El país estaba secuestrado
y su captor pedía un rescate, así que al Fondo no le costó
mucho salirse con la suya: todos los candidatos prometieron su adhesión
a los acuerdos por escrito.25 Nunca antes se había hecho tan explícita
la misión central de la Escuela de Chicago consistente en resguardar
los asuntos económicos del alcance de la democracia: a los surcoreanos
se les dijo que podían acudir a las urnas, pero que su voto no tendría
incidencia alguna en la gestión y la organización de la economía. (El día
en que se firmó el acuerdo fue inmediatamente bautizado como el
«Día de la Humillación Nacional» de Corea.)26


En Indonesia, uno de los países más duramente castigados por la
crisis, no hubo necesidad de semejantes actos de contención de la democracia.
El país, que había sido el primero de la región en abrir sus
puertas a las inversiones extranjeras desreguladas, se hallaba aún bajo
el control del general Suharto tras más de treinta años. De todos modos,
con la edad, Suharto se había vuelto menos dócil ante Occidente
(como suele suceder con los dictadores). Tras décadas vendiendo el petróleo
y la riqueza mineral de Indonesia a las grandes empresas extranjeras,
el general se había cansado de que sólo se enriquecieran otros y
había dedicado el último decenio a preocuparse por sí mismo, sus hijos
y los amigótes con los que jugaba al golf. Así, por ejemplo, Suharto ha-

366 Lost in Transition
bía concedido abultadas subvenciones a una empresa automovilística
—propiedad de su hijo Tommy— para mayor consternación de Ford y
Toyota, que no entendían el motivo por el que tenían que competir con
lo que los analistas denominaban «los juguetes de Tommy» (en referencia
a los coches que fabricaba la compañía del hijo del general).27
Suharto trató de oponer resistencia al FMI durante unos meses y dictó
un presupuesto que no contenía los recortes masivos que el Fondo
exigía. Así que éste contraatacó incrementando los niveles de dolor que
tendría que soportar el país.


Oficialmente, los representantes del FMI no
están autorizados a hablar con la prensa durante una negociación, ya que
el más mínimo indicio de por dónde están yendo las conversaciones puede
ejercer una influencia espectacular en el mercado. Eso no disuadió a
un «alto cargo del FMI» (cuyo nombre nunca llegó a trascender) de explicar
al Washington Post que «los mercados se preguntan hasta qué punto
los dirigentes indonesios están comprometidos con este programa y,
en concreto, con las principales medidas de reforma». En aquel artículo
se lanzaba también la predicción de que el FMI castigaría a Indonesia
congelando la concesión de miles de millones de dólares prometidos en
préstamos. Nada más publicarse la noticia, la moneda indonesia se desplomaba,
perdiendo un 25 % de su valor en un solo día.28


Ante semejante golpe, Suharto cedió. «¿Puede alguien traerme un
economista que sepa lo que está pasando?», se dice que suplicó en una
ocasión el ministro de Exteriores de Indonesia.29 Pues bien, Suharto
dio con ese economista; en realidad, dio con varios de ellos. Para asegurarse
unas negociaciones finales con el FMI sin problemas, volvió a
llamar a la mafia de Berkeley, que, tras haber desempeñado un papel
central durante los primeros tiempos del régimen, había perdido ascendencia
sobre el general con el paso de los años. Tras un largo tiempo de
marginación política, los miembros de aquel clan volvieron a asumir el
mando: Widjojo Nitisastro, que por entonces contaba ya setenta años
de edad y era conocido en Indonesia como «el decano de la mafia de
Berkeley», fue quien encabezó las negociaciones. «Cuando son tiempos
de bonanza, a Widjojo y a los economistas se los aparta a un rincón oscuro
y el presidente Suharto habla sólo con los amigóles», explicaba
Mohamed Sadli, un ex ministro de Suharto. «El grupo de los tecnócratas
adquiere todo el protagonismo en épocas de crisis. En esos momentos,
Suharto les hace más caso y ordena al resto de ministros que
se callen».30 Las conversaciones con el FMI adquirieron entonces un

Que arda 367
tono más típico de seminario o reunión de compañeros de universidad,
algo más «parecido a un debate intelectual, sin presiones de un lado ni
del otro», según lo describió uno de los miembros del equipo de Widjojo.
Naturalmente, el FMI consiguió casi todo lo que quería, con un total
de 140 «ajustes»
.'1

LA REVELACIÓN
En lo que al FMI respectaba, la crisis estaba yendo de maravilla. En
menos de un año, había logrado imponer mediante negociaciones
transformaciones económicas radicales en Tailandia, Indonesia, Corea
del Sur y Filipinas.32 Por fin estaba listo para ese momento definitivo en
toda escenificación de transformación: la Revelación, el instante en que
el sujeto, tras haber sido cosido, estirado, arreglado y abrillantado, es
mostrado por vez primera a un sobrecogido público (en este caso, los
mercados bursátiles y de divisas globales). Si todo había salido a pedir
de boca, cuando el FMI levantase el velo que cubría sus más recientes
creaciones, el dinero caliente que había huido de Asia el año anterior
regresaría a raudales para comprar las que serían irresistibles acciones,
divisas y emisiones de deuda pública de los Tigres. Pero sucedió algo
muy distinto: al mercado le entró el pánico. La lógica que finalmente
prevaleció fue la siguiente: si el Fondo creía que los Tigres eran casos
tan perdidos que necesitaban una reconstrucción desde cero, no había
duda entonces de que Asia estaba en mucho peor forma de lo que se
había sospechado previamente.
Así que en lugar de acudir de vuelta en tropel, los operadores respondieron
a la gran Revelación del FMI retirando de inmediato mucho
más dinero y atacando nuevamente las monedas asiáticas. Corea perdía
1.000 millones de dólares diarios y vio degradado el crédito de su deuda
a la categoría de los bonos basura. La «ayuda» del FMI había convertido
la crisis en catástrofe.
O, como dijo Jeffrey Sachs, que para entonces
ya se había declarado abiertamente en guerra contra las instituciones financieras
internacionales, «en vez de sofocar las llamas, lo único que hizo
el FMI fue gritar que había un incendio en el teatro».33
Los costes humanos del oportunismo del FMI fueron casi tan devastadores
en Asia como lo habían sido en Rusia.
La Organización Internacional
del Trabajo estima que unos 24 millones de personas (una

368 Lost in Transition
cifra asombrosa se mire como se mire) perdieron sus puestos de trabajo
durante ese período y que el índice de desempleo en Indonesia pasó
del 4 % al 12 %. En Tailandia, en el punto álgido de las reformas, se
perdían 2.000 empleos diarios (o, lo que es lo mismo, 60.000 al mes).
En Corea del Sur, 300.000 trabajadores y trabajadoras eran despedidos
cada mes, principalmente, como consecuencia de las exigencias —del
todo innecesarias— que había impuesto el FMI en cuanto a la reducción
de los presupuestos públicos y la subida de los tipos de interés.

En 1999, las tasas de paro de Corea del Sur e Indonesia casi se habían triplicado
con respecto a las de dos años antes. Como en América Latina
durante los años setenta, lo que desapareció en estas zonas de Asia fue
el elemento que había sido tan destacado en el anterior «milagro» de
esa región: su numerosa y creciente clase media. En 1996, el 63,7 %
de los surcoreanos se identificaban como clase media; en 1999, ese porcentaje
había descendido hasta el 38,4 %. Según el Banco Mundial, 20
millones de asiáticos se vieron empujados a la pobreza durante ese período
de auténtica «miseria planificada», como Rodolfo Walsh la habría
denominado.34


Tras cada una de esas estadísticas había una historia de sacrificios
desgarradores y decisiones degradantes. Como siempre ocurre, las mujeres
y los niños fueron quienes se llevaron la peor parte de la crisis.
Numerosas familias rurales de Filipinas y Corea del Sur vendieron sus
hijas a traficantes de personas que se las enviaron como trabajadoras
sexuales a Australia, Europa y América del Norte. En Tailandia, las
autoridades de salud pública informaron de un aumento del 20 % en
la prostitución infantil en sólo un año: justamente, el año siguiente a las
reformas del FMI. En Filipinas se reprodujo la misma tendencia. «Los
ricos fueron los que se beneficiaron del boom, pero ahora somos los
pobres los que pagamos el precio de la crisis», se quejaba Khun Bunjan,
una líder local en el noreste de Tailandia que se vio obligada a enviar
a sus hijos a buscar comida y enseres domésticos entre los desperdicios
después de que su marido hubiese perdido su empleo en una
fábrica. «Hasta el limitado acceso que teníamos a la educación y a la sanidad
está empezando a desaparecer.»35
En ese contexto se produjo la visita de la secretaria de Estado norteamericana,
Madeleine Albright, a Tailandia en marzo de 1999 y la regañina
que a ésta le pareció oportuno dar a la población tailandesa por
haber recurrido a la prostitución y el «callejón sin salida de las drogas».

Que arda 369
Es «imprescindible que no se explote a las niñas ni se abuse de ellas y
se las exponga al sida. Es muy importante contrarrestar esta tendencia
», dijo Albright, henchida de determinación moral. Al parecer, no
apreciaba relación alguna entre el hecho de que tantas y tantas niñas
tailandesas estuvieran siendo obligadas a introducirse en el comercio
sexual, y las políticas de austeridad que ella declaró «apoyar firmemente
» durante aquel mismo viaje. Su actitud fue el equivalente en la
crisis financiera asiática de la contradicción expresada en su momento
por Millón Friedman al condenar las violaciones de los derechos humanos
que habían cometido Pinochet y Deng Xiaoping y, al mismo
tiempo, elogiar la audacia con la que ambos líderes se habían adherido
a la terapia económica de shock.^

ALIMENTARSE DE LAS RUINAS
La historia de la crisis asiática suele concluir en ese punto: el FMI
intentó ayudar, pero la cosa no funcionó. Incluso la propia auditoría interna
del FMI llegó a esa misma conclusión. La Oficina de Evaluación
Independiente del Fondo concluyó que los ajustes estructurales exigidos
fueron «desacertados» y «más amplios de los aparentemente necesarios
», además de «no cruciales para la resolución de la crisis».


También advirtió de que «la crisis no debería utilizarse como una
oportunidad para imponer un amplio programa de reformas sólo porque
la influencia durante ese momento es muy elevada y con independencia
de lo justificables que puedan ser sus méritos».

* En un apartado especialmente contundente de aquel informe interno, la Oficina
acusaba al Fondo de haber actuado cegado hasta tal punto por la
ideología del libre mercado que el simple hecho de considerar algo
tan lógico como la instauración de controles sobre los flujos de capitales
había resultado institucionalmente inimaginable. «Si ya era una
herejía sugerir que los mercados financieros no estaban distribuyendo
el capital mundial de un modo racional y estable, contemplar [la po-


---------------
* Por algún motivo, ese informe tan sumamente crítico no fue publicado hasta
2003, cinco años después de la crisis. Entonces ya era un poco tarde para lanzar advertencias
contra el oportunismo en situaciones de crisis: el FMI se hallaba ya inmerso en
pleno ajuste estructural de Afganistán y en la elaboración de nuevos planes para Irak.

370 Lost in Transition
sibilidad de establecer controles de capitales] constituía sencillamente
un pecado mortal».37

Lo que pocos estaban dispuestos a admitir por aquel entonces era
que, si bien el FMI le falló (y de qué manera) al pueblo de Asia, no decepcionó
en absoluto a Wall Street.


Puede que el dinero caliente se hubiese
asustado ante las drásticas medidas impuestas por el FMI, pero
no las grandes casas de inversiones y las empresas multinacionales, que,
muy al contrario, se envalentonaron. «Claro que se trata de mercados
sumamente volátiles», reconocía Jerome Booth, director de investigación
de la londinense Ashmore Investment Management. «Eso es lo
que los hace divertidos.»38 Todas aquellas firmas que iban en busca de
diversión comprendieron que, a consecuencia de los «ajustes» del FMI,
prácticamente todo lo que había en Asia había pasado a estar en venta
y que, cuanto más cundiese el pánico en los mercados, más desesperadas
estarían las compañías asiáticas por vender, lo que aún impulsaría
los precios más a la baja.


Jay Pelosky (de Morgan Stanley) había llegado
a decir que lo que Asia necesitaba eran «más malas noticias y que éstas
hagan aumentar la presión sobre empresarios para que vendan
sus compañías», y eso fue exactamente lo que ocurrió, gracias al FMI.


Hoy sigue debatiéndose si el FMI planeó el ahondamiento de la crisis
en Asia o su actitud de indiferencia fue debida simplemente a la imprudencia
y la temeridad. Quizás la interpretación más benévola de lo
sucedido es que el Fondo sabía que no podía perder: si sus ajustes inflaban
una nueva burbuja en títulos y acciones de mercados emergentes,
habría logrado su objetivo; si estimulaban una mayor huida de capitales,
habría creado un filón para los capitalistas más oportunistas.
De cualquier modo, el FMI se sentía suficientemente cómodo con cualquiera
de los resultados de una posible debacle económica total en
aquellos países como para estar dispuesto a jugársela. Hoy está claro
quién ganó la partida.

Dos meses después de que el FMI alcanzara su acuerdo final con
Corea del Sur, el Wall Street Journal publicó una noticia titulada «Wall
Street escarba entre los restos del Asia-Pacífico». En ella se comentaba
que la empresa de Pelosky, así como algunas destacadas casas de inversiones
más, habían «desplegado ejércitos de banqueros en la región del
Asia-Pacífico para ojear corredurías, gestoras de activos e, incluso, bancos
que puedan llevarse a precios de saldo. La caza de adquisiciones
en Asia es urgente porque muchas firmas estadounidenses de valores

Que arda 371
—encabezadas por Merrill Lynch & Co. y por Morgan Stanley— han
hecho de su expansión internacional una prioridad».39 No tardaron en
producirse varias ventas de gran relumbrón: Merrill Lynch compró la japonesa
Yamaichi Securities y la mayor gestora tailandesa de valores,
mientras que AIG adquirió Bangkok Investment por sólo una pequeña
parte de su valor real. J. P. Morgan se hizo con una participación importante
de Kia Motors, al tiempo que Travelers Group y Salomón Smith
Barney compraban una de las mayores compañías textiles de Corea, entre
otras empresas. No deja de ser interesante comprobar que el presidente
de la International Advisory Board (la Junta de Asesores Internacionales)
de Salomón Smith Barney, que asesoraba a su compañía matriz
durante aquel período acerca de las posibles fusiones y adquisiciones,
era Donald Rumsfeld (nombrado en mayo de 1999). Dick Cheney también
era miembro de dicha junta. Otro de los ganadores del momento
fue el Carlyle Group, una empresa con sede en Washington tan hermética
y reservada en sus asuntos como famosa por ser el lugar de «aterrizaje
suave» favorito de numerosos ex presidentes y ex ministros, desde
el anterior secretario de Estado James Baker al antiguo primer ministro
británico John Major, pasando por Bush padre, quien ejerció allí de asesor.
Carlyle usó sus contactos al más alto nivel para hacerse con la división
de telecomunicaciones de Daewoo, Ssangyong Information and
Communication (una de las mayores empresas de alta tecnología de Corea)
y para convertirse en uno de los accionistas principales de uno de
los mayores bancos surcoreanos.40

Jeffrey Garten, antiguo subsecretario de Comercio de Estados Unidos,
había predicho que, cuando el FMI hubiese acabado su tarea, iba
«a haber un Asia significativamente distinta, y [sería] un Asia en la que
las empresas estadounidenses [habrían] conseguido una penetración
mucho más profunda y un acceso mucho más amplio».41 Y no bromeaba.
En dos años, la faz de buena parte de Asia se transformó por completo
y cientos de marcas locales fueron reemplazadas por los gigantes
multinacionales. El fenómeno en su conjunto fue descrito por el New
York Times como «la mayor liquidación por cierre de negocio jamás
vista en el mundo»
y Business Week lo llamó un «bazar de compraventa
de empresas».42 Fue, de hecho, un avance del capitalismo del desastre
que se convertiría en la norma de los mercados tras el 11 de septiembre
de 2001: una terrible tragedia había sido aprovechada para hacer posible
que las empresas extranjeras irrumpieran en Asia y la tomaran por

372 Lost in Transitíon
asalto. Y no estaban allí para construir sus propios negocios y competir,
sino para llevarse la maquinaria, la mano de obra, la clientela y el valor
de marca construidos durante décadas por las compañías coreanas
(y, en muchos casos, para desguazarlos, reducirlos o clausurarlos definitivamente
a fin de eliminar una posible fuente de competencia para
sus exportaciones).


Por ejemplo, el gran titán coreano, Samsung, fue dividido y vendido
por partes: Volvo se quedó con su división de industria pesada, SC
Johnson & Son con su rama farmacéutica y General Electric con su división
de iluminación. Unos pocos años después, la otrora poderosa
división automovilística de Daewoo —que la compañía había valorado
en su momento en unos 6.000 millones de dólares— fue vendida a General
Motors por sólo 400 millones (un robo digno de la terapia de
shock rusa, aunque, en este caso, y a diferencia de lo que había ocurrido
en Rusia, las empresas locales estaban siendo barridas por las multinacionales).
4'
Otros jugadores de renombre que se hicieron con algún pedazo del
afligido pastel asiático fueron Seagram's, Hewlett-Packard, Nestlé, Interbrew
y Novartis, Carrefour, Tesco y Ericsson. Coca-Cola compró
una empresa embotelladora coreana por 500 millones de dólares; Procter
and Gamble adquirió una compañía coreana de paquetes y embalajes;
Nissan se hizo con una de las mayores empresas automovilísticas de
Indonesia. General Electric adquirió una participación mayoritaria del
fabricante surcoreano de frigoríficos LG, y la británica Powergen se
aseguró el control de LG Energy, una gran compañía coreana de electricidad
y gas. Según Business Week, el príncipe saudí Alwaleed bin Talal
se dedicó por entonces a «recorrer Asia en su Boeing 727 privado de
color crema recogiendo gangas de aquí y allá», entre las que se incluyó
una importante participación en Daewoo.44
Como era de suponer, Morgan Stanley, una de las firmas que con
mayor ahínco había reclamado una profundización de la crisis, se introdujo
en muchas de aquellas operaciones y recaudó ingentes sumas
de dinero en concepto de comisiones. Actuó, por ejemplo, como asesora
de Daewoo en la venta de su división automovilística e intermedió
en la privatización de varios bancos surcoreanos.43
No sólo se vendían en aquellos momentos empresas privadas asiáticas
a los extranjeros. Como anteriores crisis en América Latina y en
Europa, ésta también obligó a los gobiernos a vender diversos servicios

Que arda 373
públicos para recaudar un capital del que sus Estados andaban terriblemente
necesitados.
El gobierno estadounidense había previsto con
anterioridad ese efecto y lo esperaba con entusiasmo. En sus argumentos
ante el Congreso sobre por qué éste debía autorizar los miles de millones
de dólares que el FMI iba a destinar a la transformación de Asia,
la representante de Comercio Exterior de Estados Unidos, Charlene
Barshefsky, aseguró que los acuerdos crearían «nuevas oportunidades
de negocio para las empresas estadounidenses»; Asia se vería obligada
a «acelerar la privatización de ciertos sectores clave, incluida la energía,
el transporte, los servicios públicos y las comunicaciones».46

Dicho y hecho: la crisis provocó una oleada de privatizaciones y las
multinacionales extranjeras barrieron con todo.


Bechtel logró el contrato
para la privatización de las redes de traída de aguas y alcantarillado
del este de Manila, y otro para la construcción de una refinería de
petróleo en las islas Célebes, Indonesia. Motorola se hizo con el control
total de la coreana Appeal Telecom. El gigante energético Sithe, con
sede en Nueva York, obtuvo una importante participación de la empresa
pública tailandesa de gas, Cogeneration. Los sistemas de suministro
de agua de Indonesia se repartieron entre la británica Thames Water
y la francesa Lyonnaise des Eaux. La canadiense Westcoast Energy se
llevó un enorme proyecto de construcción de una central eléctrica indonesia.
British Telecom adquirió una parte importante de los servicios
postales malasios y coreanos. Bell Canadá se hizo con un pedazo de la
compañía de telecomunicaciones coreana Hansol.47

En total, se produjeron 186 fusiones y adquisiciones empresariales
de importancia en Indonesia, Tailandia, Corea del Sur, Malasia y Filipinas,
a cargo de multinacionales extranjeras en el plazo de apenas veinte
meses. Viendo cómo se desarrollaba toda aquella masiva operación
de compraventa, Robert Wade (un economista de la LSE) y Frank Veneroso
(un consultor económico) predijeron que el programa del FMI
«podría llegar a precipitar la mayor transferencia de activos en tiempo
de paz jamás producida entre propietarios nacionales y extranjeros en
los últimos cincuenta años en todo el mundo».48
El FMI, aunque admite haber cometido algún que otro error en sus
respuestas iniciales a la crisis, asegura que los corrigió con rapidez y
que los programas de «estabilización» funcionaron muy bien. Y cierto
es que los mercados asiáticos acabaron por calmarse, pero a un coste
descomunal que aún hoy están pagando.
Ya lo había advertido Miltón

374 Lost in Transition
Friedman en el momento álgido de la crisis: el pánico «se acabará. [... ]
Verán cómo vuelve el crecimiento a Asia en cuanto se estabilice este
caos financiero, pero nadie puede decir de momento si eso será dentro
de un año, de dos o de tres».49
La verdad es que la crisis asiática aún no ha terminado del todo una
década después de que comenzara.
Cuando 24 millones de personas
pierden sus empleos en el plazo de dos años, arraiga una nueva desesperación
que ninguna cultura puede absorber tan fácilmente. Esta se
expresa de formas distintas por toda la región, que pueden ir desde un
auge significativo del extremismo religioso en Indonesia y Tailandia hasta
el explosivo crecimiento registrado en el comercio sexual infantil.
Las tasas de empleo no han vuelto a alcanzar los niveles que registraban
antes de 1997 en Indonesia, Malasia y Corea del Sur. Y ello no
se debe únicamente a que los trabajadores que perdieron sus empleos
durante la crisis no han podido recuperarlos, sino también a que los
despidos han proseguido como consecuencia del incremento de rentabilidad
que los nuevos propietarios extranjeros están exigiendo a sus
inversiones. Tampoco han remitido los suicidios: en Corea del Sur, el
suicidio es, en la actualidad, la cuarta causa más común de muerte y se
registran más del doble que antes de la crisis (en aquel país, cada día se
quitan la vida un promedio de 38 personas).50

Ésa es la historia no contada de las políticas que el FMI denomina
«programas de estabilización»
, como si los países fuesen barcos sacudidos
por las agitadas aguas del libre mercado. No hay duda de que, al
final, se estabilizan, pero el nuevo equilibrio sólo se consigue después
de haber arrojado a millones de personas por la borda: empleados del
sector público, propietarios de pequeños negocios, agricultores de subsistencia,
sindicalistas... El desagradable secreto que esconde la «estabilización
» es que la gran mayoría de la población nunca llega a subirse
a la nave. Acaba hacinada en suburbios marginales y poblados de chabolas
(donde actualmente viven 1.000 millones de personas en todo el
mundo). Muchas de esas personas acaban dando con sus huesos en un
burdel o en el contenedor de un carguero.
Son los desheredados que el
poeta alemán Rainer María Rilke describió como aquéllos «a los que
ni el pasado ni aun el futuro inmediato pertenecen».51

Estas personas no fueron las únicas víctimas de la exigencia del FMI de
una aplicación perfecta de la ortodoxia en Asia. En Indonesia, el senti-


Que arda 375
miento antichino que advertí en el verano de 1997 continuó acumulán-
dose , avivado por una clase política encantada de desviar toda atención
posible de sí misma. Aún empeoró más tras la subida de precios de diversos
artículos de supervivencia decretada por Suharto. La medida hi-
zo estallar disturbios por todo el país y muchos de éstos fueron dirigidos
contra la minoría china. Unas 1.200 personas murieron asesinadas
y decenas de mujeres chinas fueron objeto de violaciones colectivas.52
Todas ellas deberían ser contadas también entre las víctimas de la ideología
de la Escuela de Chicago.


Las iras indonesias acabaron finalmente dirigidas hacia el propio
Suharto y su palacio presidencial. Durante tres décadas, el recuerdo
del baño de sangre que había llevado al general al poder había bastado
prácticamente para mantener a raya a los indonesios (un recuerdo
(que el gobierno había reavivado periódicamente con otras masacres en
diversas provincias y en Timor Oriental). El fuego de la indignación
contra Suharto había continuado quemando bajo la superficie todo
aquel tiempo, pero los ánimos contenidos sólo estallaron en llamas bien
visibles gracias al combustible que proporcionó la intervención del
FMI (irónicamente, exigiendo el incremento del precio de la gasolina).
Tras aquello, los indonesios se levantaron y expulsaron a Suharto del
poder.

Al más puro estilo de un interrogador de prisioneros, el FMI había
utilizado el extremo dolor provocado por la crisis para doblegar la voluntad
de los Tigres asiáticos, para reducirla a una sumisión total. Pero
los manuales de interrogación de la CÍA ya advierten de que ése es un
proceso que puede irse de las manos: si aplican demasiado dolor directo,
en vez de regresión y obediencia, los interrogadores pueden estimular
la determinación y la rebeldía de sus interrogados. En Indonesia
se sobrepasó esa línea, lo cual constituyó todo un recordatorio de que
la terapia de shock puede llevarse demasiado lejos y provocar una especie
de rechazo que pronto resultaría muy familiar por su repetición
en diversos escenarios (desde Bolivia hasta Irak).

Sin embargo, a los cruzados del libre mercado les cuesta aprender
cuando la lección que toca es la de las consecuencias no intencionadas
de sus políticas. La única conclusión que parecen haber extraído de la
inmensamente lucrativa liquidación de activos en Asia es una nueva
confirmación de la validez de la doctrina del shock (como si les hicieran
falta aún más pruebas), de que no hay nada mejor que una catástrofe


376 Lost in Transition
auténtica (una verdadera sacudida de toda una sociedad) para abrir
una nueva frontera. Transcurridos unos años desde el apogeo de aquella
crisis, aún había varios comentaristas destacados dispuestos a afirmar
que lo sucedido en Asia había sido, bajo toda la devastación aparente,
una bendición.
The Economist señaló que había sido «precisa
una crisis nacional para que Corea del Sur se transformara de la nación
encerrada en sí misma que era en un país que acepta encantado el
capital extranjero, el cambio y la competencia».

Y Thomas Friedman,
en la obra que ha sido su mayor éxito de ventas hasta el momento, Tradición
versus innovación, declaró que lo que había ocurrido en Asia no
había sido en absoluto una crisis. «Creo que la globalización nos hizo
un favor a todos colapsando las economías de Tailandia, Corea, Malasia,
Indonesia, México, Rusia y Brasil en la década de 1990, porque
puso al descubierto un gran número de prácticas e instituciones corrompidas
», escribió, para inmediatamente añadir que «poner en evidencia
el capitalismo de amigóles que prevalecía en Corea no es lo que
yo entiendo por crisis»."


En los artículos que escribía para el New
York Times en apoyo de la invasión de Irak, el mismo autor exhibió
una lógica similar, salvo que, en ese caso, el colapso podía ser obra directa
de los misiles de crucero y no de las operaciones de compraventa
de divisas.


La crisis asiática mostró sin duda lo bien que funcionaba la explotación
de los desastres.


Pero, al mismo tiempo, la destructividad del
crac del mercado y el cinismo de la reacción de Occidente alentaron
el surgimiento de poderosos movimientos de oposición.
Las fuerzas del capital multinacional se salieron con la suya en Asia,
pero provocaron nuevos niveles de indignación popular y ésta acabó
dirigida de lleno hacia las instituciones promotoras de la ideología del
capitalismo sin restricciones. Tal como lo explicaba un editorial inusualmente
equilibrado del Financial Times, Asia fue una «señal de advertencia
de que el malestar popular ante el capitalismo y las fuerzas de
la globalización está alcanzando un nivel preocupante. La crisis asiática
mostró al mundo cómo hasta los países de más indiscutible éxito
económico podían acabar hundiéndose por culpa de una súbita salida
de capitales.


La población estaba enfurecida al ver que los caprichos de
unas misteriosas "instituciones de inversión alternativa" o gestoras
de hedge funds podían ser la causa aparente de un masivo aumento de
la pobreza en la otra punta del mundo»
.54

Que arda 377
A diferencia de lo acaecido en la antigua Unión Soviética, donde la
miseria planificada de la terapia de shock pudo disimularse entre las
consecuencias de la «dolorosa transición» del comunismo a la democracia
de mercado, la crisis de Asia fue obra, lisa y llanamente, de los
mercados globales.
Pero cuando los sumos sacerdotes de la globalización
enviaron sus misiones a la zona del desastre, lo único que pretendieron
fue hacer más profundo el sufrimiento.

El resultado fue que dichas misiones perdieron el cómodo anonimato
del que habían gozado en ocasiones precedentes. Stanley Fischer
(del FMI) recordaba el «ambiente circense» que se respiraba en torno
al hotel Hilton de Seúl cuando viajó a Corea del Sur al inicio de las negociaciones.
«Me encarcelaron en mi habitación del hotel; no podía salir
porque abría la puerta, había diez mil fotógrafos al acecho.» Según
otro relato de la situación, para alcanzar la sala de banquetes
donde las negociaciones tenían lugar, los representantes del FMI eran
obligados «a dar un rodeo por un acceso trasero, lo que suponía subir
y bajar varios tramos de escaleras y atravesar la enorme cocina del Hilton
».55 Aquello sorprendió a los altos cargos del FMI, porque, por
aquel entonces, no estaban acostumbrados a semejante atención. La
experiencia de sentirse prisioneros en hoteles de cinco estrellas y en
centros de convenciones acabaría siendo completamente familiar para
los emisarios del Consenso de Washington en los años siguientes, a medida
que sus reuniones por todo el mundo empezaron a ser recibidas
con manifestaciones masivas allí adonde fueran.

Tras 1998, empezó a hacerse cada vez más difícil imponer transformaciones
en forma de terapia de shock por medios pacíficos, es decir,
A través de las intimidaciones y las presiones habituales del FMI en las
cumbres comerciales. La nueva actitud desafiante procedente del Sur
tuvo su estreno oficial cuando fracasaron las conversaciones de la Organización
Mundial del Comercio en Seattle en 1999. Aunque los jóvenes
manifestantes allí congregados fueron quienes recibieron la mayor parte
de la cobertura mediática, la rebelión real tuvo lugar en el interior del
centro de convenciones, donde los países en vías de desarrollo formaron
un bloque en las votaciones y rechazaron toda exigencia de mayores
concesiones comerciales mientras Europa y Estados Unidos continuaran
subsidiando y protegiendo su agricultura y su industria internas.
En aquel momento, aún hubiera sido posible minimizar la importa
ncía del fracaso de Seattle calificándolo de una pausa menor en el de

378 Lost in Transition
cidido avance del corporativismo. Pero en cuestión de unos pocos años,
la profundidad del giro se ha hecho innegable: el ambicioso sueño del
gobierno estadounidense de crear una zona unificada de libre comercio
que abarque todo el Asia-Pacífico ha sido ya abandonado, como también
lo ha sido el proyecto de firma de un tratado sobre inversores globales
y los planes para establecer un área de libre comercio para toda
América, desde Alaska hasta Chile.

Quizás el mayor impacto del llamado movimiento antiglobalización
haya sido su contribución a situar la ideología de la Escuela de Chicago
en el centro mismo del debate internacional. Durante un breve instante,
en el momento del cambio de milenio, no hubo ninguna crisis urgente
hacia la que desviar la atención: los shocks de la deuda habían
remitido, las «transiciones» estaban finalizadas y todavía no había llegado
una nueva guerra global. Lo único que quedaba era el historial
de los efectos en el mundo real de la cruzada del libre mercado: el deprimente
rastro de desigualdad, corrupción y degradación medioambiental
que habían ido dejando los gobiernos cuando, uno tras otro,
habían aceptado el consejo que Friedman diera a Pinochet años atrás
y habían optado por considerar que era un error
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