Un escritor y novelista búlgaro, famoso y halagado por las críticas, debe reprimir gran parte de su talento debido a la censura delicada que sufre su país. Esto le irrita y, tras haber sido censuradas varias novelas y obras de teatro suyas, acaba renegando el gobierno y convirtiéndose uno de los mayores críticos del régimen comunista. Pasa a convertirse en uno de los más importantes disidentes del gobierno búlgaro, lo que hace que su nombre quede prohibido en los medios de comunicación y sus libros se retiren de las bibliotecas; un enemigo del país.
El caso es que nuestro protagonista pasó a trabajar en la BBC y se instaló en Londres, donde ocurre el trágico accidente. Este se centra en un lluvioso día de septiembre, en el puente Waterloo, donde el escritor esperaba el autobús mientras pensaba distraído en sus cosas. De pronto un extraño hombre pasó rápidamente a su lado, golpeándolo fuertemente con un paragüas en la pantorrilla. El hombre se disculpó y se perdió, inquieto y con prisa, entre la multitud. Nuestro escritor no le da importancia a tal hecho, pues ha sido sólo un accidente y se veía al hombre ocupado y fatigado. Sin embargo, la zona en la que le había golpeado empezó a provocarle un extraño escozor y se empezó a hinchar formando un pequeño grano rojo. Horas más tarde, empezó a tener una fiebre muy alta y tuvo que ingresar en el hospital. Tres días después, murió en ese mismo hospital a la edad de 49 años.
Los atónitos médicos decidieron realizarle una autopsia detallada para descubrir cuál era la extraña razón de su muerte. Y ¡tachán! Los forenses encontraron al responsable: una diminuta bolita metálica del tamaño de una cabeza de alfiler estaba clavada en la pantorrilla del novelista. Este proyectil que ahora se encontraba vacío había sido portador de una sustancia enormemente tóxica: la ricina. Dos agujeritos permitían que la ricina saliera del artefacto y se extendiera por la sangre de la víctima. Los creadores del artefacto habían rodeado a toda la bolita con una sustancia azucarada que sólo se derretía cuando se alcanzaba una temperatura de 37 grados aproximadamente (es decir, la temperatura común del cuerpo humano). Cuando el proyectil se clavó en la piel, su temperatura corporal derritió la capa protectora y dejó que la ricina se introdujera disimuladamente en su organismo.
Voy a mencionar lo obvio, aquel "accidente" había sido un asesinato. En plena calle. Rodeado de gente. Todo por un paraguas que era en realidad un artefacto especial, un paraguas-pistola diseñado para lanzar estos pequeños perdigones.
Y así, murió Georgi Markov. Por un paragüas.
El caso es que nuestro protagonista pasó a trabajar en la BBC y se instaló en Londres, donde ocurre el trágico accidente. Este se centra en un lluvioso día de septiembre, en el puente Waterloo, donde el escritor esperaba el autobús mientras pensaba distraído en sus cosas. De pronto un extraño hombre pasó rápidamente a su lado, golpeándolo fuertemente con un paragüas en la pantorrilla. El hombre se disculpó y se perdió, inquieto y con prisa, entre la multitud. Nuestro escritor no le da importancia a tal hecho, pues ha sido sólo un accidente y se veía al hombre ocupado y fatigado. Sin embargo, la zona en la que le había golpeado empezó a provocarle un extraño escozor y se empezó a hinchar formando un pequeño grano rojo. Horas más tarde, empezó a tener una fiebre muy alta y tuvo que ingresar en el hospital. Tres días después, murió en ese mismo hospital a la edad de 49 años.
Los atónitos médicos decidieron realizarle una autopsia detallada para descubrir cuál era la extraña razón de su muerte. Y ¡tachán! Los forenses encontraron al responsable: una diminuta bolita metálica del tamaño de una cabeza de alfiler estaba clavada en la pantorrilla del novelista. Este proyectil que ahora se encontraba vacío había sido portador de una sustancia enormemente tóxica: la ricina. Dos agujeritos permitían que la ricina saliera del artefacto y se extendiera por la sangre de la víctima. Los creadores del artefacto habían rodeado a toda la bolita con una sustancia azucarada que sólo se derretía cuando se alcanzaba una temperatura de 37 grados aproximadamente (es decir, la temperatura común del cuerpo humano). Cuando el proyectil se clavó en la piel, su temperatura corporal derritió la capa protectora y dejó que la ricina se introdujera disimuladamente en su organismo.
Voy a mencionar lo obvio, aquel "accidente" había sido un asesinato. En plena calle. Rodeado de gente. Todo por un paraguas que era en realidad un artefacto especial, un paraguas-pistola diseñado para lanzar estos pequeños perdigones.
Y así, murió Georgi Markov. Por un paragüas.