La cuaresma – Las tentaciones.-
Nos preparamos para vivir los cuarenta días en el desierto tal y como lo hizo Jesús, y en ese mismo contexto analizamos y evaluamos nuestras tentaciones.
Darnos tiempo
La Cuaresma es, pues, considerada como un tiempo durante el cual los cristianos se ponen más intensamente ante el misterio de su fe, para prepararse plenamente a la Pascua: vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Para que se acuerden de los cuarenta días de Jesús en el desierto y de las «tentaciones» que Él sufrió, los cristianos dedican un tiempo a la oración, al ayuno y a la conversión. Es, pues, solamente, a la luz de la Pascua que podemos comprender esta «cuarentena», que señala el tiempo de nuestra marcha hacia Dios.
Somos invitados a entrar en la Cuaresma con todo el empeño que se pone en la preparación de un acontecimiento decisivo. Ante todo hay que darnos tiempo, porque no tenemos hoy los mismos ritmos que antes, y el tiempo no está estructurado de la misma manera regular para todos. Aún el domingo ha perdido mucho de su matiz y, excepto la interrupción de la vida profesional, apenas se distingue de los demás días.
Por tanto, sea cual sea la manera, busquemos comprender lo que queremos vivir. Darnos tiempo de recordar, de prepararnos, de escucharnos a nosotros mismos, a los otros.
Encontrar el propio desierto
Reflexionar. Descargarse, desembarazarse de lo que entorpece, de lo que ata. Aceptar hacer una pausa, tener un ?desierto interior?, un lugar que esté lejos de ruidos superficiales para entrar en uno mismo, para escuchar mejor. Aligerarse por el ayuno, aislarse en el desierto son las condiciones que se nos proponen para ponernos en camino hacia un conocimiento más grande, un descubrimiento nuevo.
Cada quien ha de encontrar su desierto y su ayuno. Nada se detiene durante la Cuaresma: ni la vida familiar, ni el trabajo, ni las preocupaciones, ni las relaciones felices o menos. Las tardes son agotadoras, los fines de semana muy cortos. Hacer un alto, aunque sea en forma muy modesta, es ser llevado por el Espíritu, como lo fue Jesús cuando se retiró al desierto.
Es el signo de una disponibilidad que abre sobre el trabajo de preparación de la que cada uno tiene necesidad para entrar en la inteligencia de la Pascua.
El texto de los cuarenta días de Jesús en el desierto nos muestra cómo Él fue confrontado consigo mismo, a todas las preocupaciones que surgen en el hombre cuando él trata de decidir su relación con Dios.
Lo mismo que para nosotros. Cuando aceptamos poner en nuestra vida un poco de reflexión, y de ayuno, comenzamos a ver las cosas y a experimentarlas de otra manera. El desierto no es forzosamente un lugar de silencio. Es también el lugar en donde se dejan oír murmullos interiores que son habitualmente inaudibles por los ruidos exteriores ordinarios.
Acceder al combate espiritual
Si nuestro desierto y nuestro ayuno nos permiten ver dentro de nosotros mismos, probaremos quizás el escándalo de no ser dioses y no poder poner todo bajo nuestros pies; o nos descubriremos terriblemente hambrientos de otro pan que el de la Palabra de Dios; y, más todavía, estaremos tentados por la desesperación delante de nuestro pecado y nuestra incapacidad de responder totalmente al llamado de Dios. Pero, en este combate, tal vez viviremos un encuentro amoroso, como en la lucha de Jacob con el Ángel, en un cuerpo a cuerpo con Dios hasta que Él se descubra: «No te dejaré hasta que tú me bendigas» (Génesis 32, 23 ? 32).
Comprender lo que quiere decir «Resurrección»
En la Cuaresma nos preparamos a comprender un poco mejor lo que quiere decir «Resurrección», nos hace anhelar la absoluta necesidad de la salvación.
Durante esta «cuarentena» nos podemos preparar cultivando la confianza que nos viene de la fe y la disponibilidad del discípulo que se deja instruir. En el fondo se trata de hacer que nuestra vida sea el lugar mismo de escucha y de aprendizaje progresivo de la vida de fe.
La Cuaresma puede prepararnos activamente haciéndonos alcanzar el gran combate cuerpo a cuerpo con Dios que tendrá su final en la mañana de Pascua.
Nuestras tentaciones
1. Introducción
Gracias a la tentación, Israel tuvo la oportunidad de purificar su fe y dar pasos de gigante, con la ayuda de los profetas, en su caminar religioso. Si nos hemos fijado en Israel ha sido para conocer mejor el modo de actuar de Dios con los hombres, con nosotros, y así comprender mejor nuestra propia vida, tanto personal como comunitaria y eclesial.
2. Trabajo en grupos
Divididos en tres grupos, que no tienen por qué ser los mismos de la primera parte, reflexionaréis sobre la tentación en estos tres niveles:
La vida de la Iglesia (primer grupo)
Se trata de reflexionar sobre la vida de la Iglesia universal para tratar de ver cuáles son las tentaciones que hoy la acechan. El grupo puede hacer una lista de problemas o situaciones que se dan en la vida de la Iglesia y que podemos considerar una tentación. Al hacerlo no olvidéis que no se trata de juzgar a la Iglesia, sino de juzgarnos a nosotros mismos como miembros de la Iglesia.
La vida de nuestra comunidad (segundo grupo)
Un segundo nivel es el de la comunidad que estáis formando. Debéis analizar lo que ha ocurrido desde el inicio del catecumenado hasta este momento para ver las situaciones críticas, de prueba, que habéis vivido y cómo las habéis resuelto: miedos, desconfianzas, cansancio, etc.
Mi vida (tercer grupo)
No sólo la Iglesia universal o la comunidad viven una historia de salvación; también la vivimos cada uno de nosotros. En esa historia tampoco está ausente la tentación. En el grupo, cada uno debe hacer un esfuerzo de sinceridad consigo mismo y con los otros y, sin violentar la libertad y la intimidad de nadie, tratar de ver cuáles han sido las tentaciones sufridas en ese proceso.
De una cosa podréis estar seguros: vuestras tentaciones habrán sido las tentaciones de los demás miembros de la comunidad.
Respuestas de Jesús a las tentaciones
"La tentación es también una secuencia de la experiencia de fe. Ante las dificultades de la liberación, ante el aspecto duro del desierto, surge la duda y la pregunta: ¿No convendría dar marcha atrás? ¿No habremos escogido un camino equivocado? En esta situación se le presentan al hombre otros caminos, otras ofertas. No las de Dios, sino las de los ídolos. Abiertamente o no, todo hombre se encuentra una y otra vez ante la encrucijada: Dios o los ídolos.
La tentación de Israel, la de Jesús y la nuestra es fundamentalmente la misma. Los evangelios nos hablan de tentaciones en el desierto. Jesús se encuentra en una situación semejante a la del pueblo de Israel. El pueblo fue tentado en el desierto y sucumbió a la tentación. Jesús la resiste con la misma naturalidad con que posee el Espíritu, mediante tres respuestas que remiten a la tentación de Israel (Dt 8,3; 6,16; 6,13).
Primera tentación: el pan
El pan es el símbolo de las seguridades humanas: quien carece de pan, carece de todo. Di que estas piedras se conviertan en pan (Mt 4,3): ésa es la posición exigente y desconfiada de la tentación. Jesús percibe que en este caso el pan, la seguridad del pan, es un obstáculo en su camino: él debe cumplir la voluntad de Dios, aceptar el proyecto de vida que Dios le presenta, escuchar la palabra de Dios que se manifiesta en la historia, que habla en los acontecimientos. Jesús reconoce que el hombre necesita del pan para vivir, pero sabe que para vivir humanamente, en plenitud de sentido, el hombre necesita también de la palabra de Dios que acontece y no puede prescindir de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).
Segunda tentación: la duda
¿Está realmente Dios entre nosotros o no? (Ex 17,7). Su presencia en nuestra vida, en la historia, ¿es un hecho o una ilusión? Entonces viene la tentación de exigir a Dios un milagro, una señal espectacular, para salir de la duda y resolver así la inquietante pregunta. Jesús descalifica a quienes, para creer, exigenun signo, y éste espectacular (Mc 8,12; Jn 6,30-31; Lc 11,29; 17,20). Percibe que todo eso es tentar a Dios, desconfiar de él, utilizarle para seguridad propia. Jesús acepta los signos que el Padre le envía, no exige otros (Jn 14,30-31). Confía en la palabra que se le ha manifestado anteriormente, le basta; cree que el Dios que ha hablado en el pasado volverá a hablar en el futuro: es cosa de esperar ese momento de la acción de Dios. Es preciso confiar en Dios, saber esperar, creer que Dios volverá a hablar; él romperá el silencio del desierto.
Tercera tentación: el poder
Es la tentación del triunfo personal, según lo que el mundo entiende por triunfar. Es la seguridad que proporciona el éxito, el dominio: Todo esto te daré...Pero Jesús había venido para invertir la escala de los valores. Lo que en el mundo pasa por sabiduría y gloria es lo que él precisamente tenía que evitar. El había venido a servir, a manifestar el amor de Dios al mundo, siendo él, el Hijo amado, el servidor de todos. A diferencia de Jesús, el pueblo de Israel hizo de la tierra prometida un lugar de instalación idolátrica: olvidó a Yavé, que le sacó de Egipto, pues por encima de todo buscaba la prosperidad material. La respuesta de Jesús supone que sólo Dios debe ser buscado con todo el corazón. A Yavé, tu Dios, servirás, sólo a él le darás culto (Dt 6,13).
La actitud de Cristo ante la encrucijada de la tentación manifiesta el verdadero corazón de su evangelio: la confianza incondicional en el Padre, que no abandona al hombre, sino que continúa cerca de él. Poder vivir esta confianza ya es don de Dios, signo de que su reino está en medio de nosotros. Confiar en el Padre es don del Espíritu: la gran certeza que el mundo necesita para poder sobrevivir a la caída de las falsas seguridades" (CEEC, Con vosotros está, Manual para el educador 2, Madrid 1977, 171-172).