Bar del Infierno:
Como quién no sabe ni le importa lo que le deparará el destino, Gonzalo caminaba por la calle, adoptando la clásica postura de los desgraciados. Cabeza gacha y manos en los bolsillos, se abría paso entre las sombras de la noche pensando en la razón de su tristeza.
Una serie de eventos desafortunados lo habían conducido hasta esa noche. Su mujer había descubierto el amorío que sostenía con Alejandra, una quinielera de su barrio a quién cortejó más para saciar su necesidad de juego que por la emoción de una aventura prohibida. A su vez, Alejandra lo había abandonado hace unas tardes alegando que él no la quería. No tenía hijos, y su familia y amistades se habían alejado hace tiempo producto de su ludopatía.
Lo cierto es que su ambición al póker, la ruleta y las loterías le habían nublado la vista los últimos años. Durante la caminata, quizás producto de sus recientes problemas, o por el hecho de no tener ni una moneda en el bolsillo para jugársela, esa niebla se disipó y fue espectador activo de sus desgracias. Se sintió miserable por haber engañado a la mujer que amaba y por haber malgastado su tiempo en esos antros. Por un momento se permitió pensar que quizá pudiera recuperarla, a fuerza de ruegos y así redimirse. Pensó en volver a hablar con sus amistades, con sus padres. Pensó en engendrar un hijo a quién enseñarle todo lo debía hacer para no terminar de esta forma, cosa que nadie había hecho con él. Rápidamente esos pensamientos se desvanecieron para dar cabida a otros oscuros. ¿Para qué intentar recuperarla, si ya le había hecho suficiente mal? ¿Para qué intentar reestablecer relaciones con aquellos que, con razón, ya no lo querían? ¿Y para qué traer al mundo a un niño que debía soportar tener tal persona como padre? No era justo, ya no se merecía otra oportunidad. Ni siquiera sabía si su ánimo le permitiría sobrevivir a esta noche.
Siguió caminando, él pensaba, sin rumbo. Una, dos, tres cuadras más y observó un bar al que no había asistido jamás. Consciente aún del mal que le causaban sus excursiones por esos lugares, pero tratando al juego como un viejo amigo, se decidió a entrar. El lugar amplio parecía vacío con solo siete u ocho personas, algunas sentadas en las mesas, otros jugando al billar en una de las tres mesas que había. Indiferente, le llamó la atención que una de las mesas, al contrario de las otras dos de paño verde y relativamente nuevas, era de paño rojo y se encontraba muy descuidada. Nadie, durante la hora que pasó allí, se acercó a esa mesa. En realidad parecía lógico, seguramente se encontraba fuera de servicio, pensó.
La barra, vacía, lo invitaba a sentarse, pero habría sido en vano sin dinero para consumición. Frío, buscó un par de contrincantes para jugar unas manos de póker y de ese modo, poniendo en juego un viejo reloj, su experiencia le permitió ganar lo suficiente como para acercarse en busca de un trago. Eligió el taburete más retirado y pidió un whisky que rondaba lo bueno y en silencio se puso a pensar. Pasó el tiempo y terminado el escocés, contaba las monedas que le sobraban con el objetivo de repetir la acción. Mientras tanto, un hombre flacucho, alto y con mirada ajena elegía el banco a su lado para sentarse y se apresuró a pedir dos tragos. Le acercó el whisky nuevo a Gonzalo y se presentó:
-Buenas noches, Gonzalo, ¿me reconoce? Me alegré de verle en acción una vez más, batiendo a esos pobres infelices en el póker- El hombre soltó una sonora carcajada, luego tosió y un olor a azufre inundó el lugar. Gonzalo se inmutó pero no tardó mucho en recuperar la compostura.-Un par de manos afortunadas, ¿eh?
-Discúlpeme, pero no creo conocerlo en persona.- Gonzalo hablaba serenamente, fingiendo desconocer lo que tenía a su lado.
-¡Bien dicho!- Su risa volvió a resonar.-No, en persona no. Qué atrevimiento el mío, le pido disculpas.- Le extendió la mano y él la tomó. El hombre prosiguió y se presentó formalmente.-Créalo o no, y más le vale creerme, soy Astaroth, duque del Infierno.
-Te creo y te reconozco. Por favor, tuteame. No hay razón para usar formalidades.- Al demonio pareció no sorprenderle tal pedido, sólo se limitó a sonreír, dejando ver sus podridos dientes.- ¿Qué te trae a este antro?, supongo que vendrás por mi alma o algo parecido.-
- Iluso, tu alma ya es mía. Me gusta buscar a los hombres en tu posición, cuando ya no tienen nada que perder. Paso a explicarte, tu vida ha llegado hasta el fondo. Engañaste a tu esposa, manchaste el sacramento del matrimonio. Nadie siente compasión por vos, ni padres ni amigos que ya no lo son. Ante los ojos de Dios, ni vos ni ellos tienen salvación ya, por más injusto que parezca. Arruinaste sus vidas. Pero yo fui enviado por Satanás a proponerte algo. ¿Te interesa?
- Si no me interesara, me temo que no estaríamos hablando ahora. Así que explicate.- Gonzalo notó que durante la conversación, la gente del bar fue abandonando el establecimiento hasta dejarlo vacío, exceptuándolo a él y a su infernal compañero.
-Sólo porque me caés bien, vamos a entrar en tu terreno. Acompañame.- Hizo un gesto con la mano y su vaso se rellenó del líquido color cobre. Hizo una pausa, se dio vuelta y repitió el mágico ejercicio con el vaso de Gonzalo, como recordando los modales que no tenía. Como Gonzalo había previsto, se dirigieron hasta la ajada mesa de billar de paño rojo. Astaroth tomó un palo y puso las tres bochas en posición. Luego hizo una sublime demostración de talento, Gonzalo llegó a contar entre diecinueve y veintiún carambolas al hilo antes de que el demonio se cansara y le cediera el palo.-Como ves, un reto mano a mano no sería justo, así que ahora es tu turno. Vas a jugar solo. Te doy cinco tiros para salvar a cinco personas: los primeros dos por tu madre y tu padre respectivamente, quienes no te reconocen ya como hijo y viven hace meses ignorando tu existencia. El tercero por tu hermano, a quien no ves desde hace años, cuando se pelearon porque le hiciste trampa jugando a las cartas, ¿te acordás?; el cuarto por Alejandra, tu amante a quien no supiste complacer de modo alguno y a quien engañaste para sacar un par de jugadas gratis;-Gonzalo siguió escuchando y dejó pasar la ofensa.- el último, como supondrás, es por tu esposa, la más perjudicada de todas por tu vida clandestina. Vos decidirás a quien salvar.
Quizás Astaroth, en su afán de querer conquistar aún más el alma del infeliz, creyó que con las ofensas y los términos despectivos con los que se refirió a sus seres amados bastarían para hundirlo en las profundidades del averno abandonando el juego antes de empezarlo, mandando a todos al olvido junto a él. Se veía en los ojos negros del demonio la esperanza de que el hombre optara por hacer sufrir a quienes lo despreciaron. Pero seguidamente, sin contestar a sus dichos y casi sin hacer mueca alguna, Gonzalo tomó el palo y realizó, sin que le temblara el pulso, cinco carambolas seguidas, casi tan impresionantes como las suyas. Terminado el juego infernal, apartó las bochas del paño y dejó el palo sobre la mesa. Luego, dijo con su voz tranquila de toda la noche:
-Bueno, terminé. ¿Me conducirás a la muerte ahora?
El duque del inframundo, que por primera vez en la noche mostraba un sentimiento de molestia o quizá, desilusión, contestó:
-Me temo que ya no me corresponde esa tarea. Morirás esta noche, pero tu alma ya no es mía.
Bastó un parpadeo para que la figura desapareciera frente a Gonzalo quien, inmutable, salió del bar dejando las monedas que le habían sobrado arriba de la barra en excusa de propina, y se aventuró nuevamente a la calle a caminar.
El día siguiente, a las doce del mediodía, el velorio de Gonzalo se llevó a cabo. Y entre las tantas figuras que se dejaban ver en el lugar, al lado del ataúd se distinguía a la viuda, que lloraba amargamente.
Como quién no sabe ni le importa lo que le deparará el destino, Gonzalo caminaba por la calle, adoptando la clásica postura de los desgraciados. Cabeza gacha y manos en los bolsillos, se abría paso entre las sombras de la noche pensando en la razón de su tristeza.
Una serie de eventos desafortunados lo habían conducido hasta esa noche. Su mujer había descubierto el amorío que sostenía con Alejandra, una quinielera de su barrio a quién cortejó más para saciar su necesidad de juego que por la emoción de una aventura prohibida. A su vez, Alejandra lo había abandonado hace unas tardes alegando que él no la quería. No tenía hijos, y su familia y amistades se habían alejado hace tiempo producto de su ludopatía.
Lo cierto es que su ambición al póker, la ruleta y las loterías le habían nublado la vista los últimos años. Durante la caminata, quizás producto de sus recientes problemas, o por el hecho de no tener ni una moneda en el bolsillo para jugársela, esa niebla se disipó y fue espectador activo de sus desgracias. Se sintió miserable por haber engañado a la mujer que amaba y por haber malgastado su tiempo en esos antros. Por un momento se permitió pensar que quizá pudiera recuperarla, a fuerza de ruegos y así redimirse. Pensó en volver a hablar con sus amistades, con sus padres. Pensó en engendrar un hijo a quién enseñarle todo lo debía hacer para no terminar de esta forma, cosa que nadie había hecho con él. Rápidamente esos pensamientos se desvanecieron para dar cabida a otros oscuros. ¿Para qué intentar recuperarla, si ya le había hecho suficiente mal? ¿Para qué intentar reestablecer relaciones con aquellos que, con razón, ya no lo querían? ¿Y para qué traer al mundo a un niño que debía soportar tener tal persona como padre? No era justo, ya no se merecía otra oportunidad. Ni siquiera sabía si su ánimo le permitiría sobrevivir a esta noche.
Siguió caminando, él pensaba, sin rumbo. Una, dos, tres cuadras más y observó un bar al que no había asistido jamás. Consciente aún del mal que le causaban sus excursiones por esos lugares, pero tratando al juego como un viejo amigo, se decidió a entrar. El lugar amplio parecía vacío con solo siete u ocho personas, algunas sentadas en las mesas, otros jugando al billar en una de las tres mesas que había. Indiferente, le llamó la atención que una de las mesas, al contrario de las otras dos de paño verde y relativamente nuevas, era de paño rojo y se encontraba muy descuidada. Nadie, durante la hora que pasó allí, se acercó a esa mesa. En realidad parecía lógico, seguramente se encontraba fuera de servicio, pensó.
La barra, vacía, lo invitaba a sentarse, pero habría sido en vano sin dinero para consumición. Frío, buscó un par de contrincantes para jugar unas manos de póker y de ese modo, poniendo en juego un viejo reloj, su experiencia le permitió ganar lo suficiente como para acercarse en busca de un trago. Eligió el taburete más retirado y pidió un whisky que rondaba lo bueno y en silencio se puso a pensar. Pasó el tiempo y terminado el escocés, contaba las monedas que le sobraban con el objetivo de repetir la acción. Mientras tanto, un hombre flacucho, alto y con mirada ajena elegía el banco a su lado para sentarse y se apresuró a pedir dos tragos. Le acercó el whisky nuevo a Gonzalo y se presentó:
-Buenas noches, Gonzalo, ¿me reconoce? Me alegré de verle en acción una vez más, batiendo a esos pobres infelices en el póker- El hombre soltó una sonora carcajada, luego tosió y un olor a azufre inundó el lugar. Gonzalo se inmutó pero no tardó mucho en recuperar la compostura.-Un par de manos afortunadas, ¿eh?
-Discúlpeme, pero no creo conocerlo en persona.- Gonzalo hablaba serenamente, fingiendo desconocer lo que tenía a su lado.
-¡Bien dicho!- Su risa volvió a resonar.-No, en persona no. Qué atrevimiento el mío, le pido disculpas.- Le extendió la mano y él la tomó. El hombre prosiguió y se presentó formalmente.-Créalo o no, y más le vale creerme, soy Astaroth, duque del Infierno.
-Te creo y te reconozco. Por favor, tuteame. No hay razón para usar formalidades.- Al demonio pareció no sorprenderle tal pedido, sólo se limitó a sonreír, dejando ver sus podridos dientes.- ¿Qué te trae a este antro?, supongo que vendrás por mi alma o algo parecido.-
- Iluso, tu alma ya es mía. Me gusta buscar a los hombres en tu posición, cuando ya no tienen nada que perder. Paso a explicarte, tu vida ha llegado hasta el fondo. Engañaste a tu esposa, manchaste el sacramento del matrimonio. Nadie siente compasión por vos, ni padres ni amigos que ya no lo son. Ante los ojos de Dios, ni vos ni ellos tienen salvación ya, por más injusto que parezca. Arruinaste sus vidas. Pero yo fui enviado por Satanás a proponerte algo. ¿Te interesa?
- Si no me interesara, me temo que no estaríamos hablando ahora. Así que explicate.- Gonzalo notó que durante la conversación, la gente del bar fue abandonando el establecimiento hasta dejarlo vacío, exceptuándolo a él y a su infernal compañero.
-Sólo porque me caés bien, vamos a entrar en tu terreno. Acompañame.- Hizo un gesto con la mano y su vaso se rellenó del líquido color cobre. Hizo una pausa, se dio vuelta y repitió el mágico ejercicio con el vaso de Gonzalo, como recordando los modales que no tenía. Como Gonzalo había previsto, se dirigieron hasta la ajada mesa de billar de paño rojo. Astaroth tomó un palo y puso las tres bochas en posición. Luego hizo una sublime demostración de talento, Gonzalo llegó a contar entre diecinueve y veintiún carambolas al hilo antes de que el demonio se cansara y le cediera el palo.-Como ves, un reto mano a mano no sería justo, así que ahora es tu turno. Vas a jugar solo. Te doy cinco tiros para salvar a cinco personas: los primeros dos por tu madre y tu padre respectivamente, quienes no te reconocen ya como hijo y viven hace meses ignorando tu existencia. El tercero por tu hermano, a quien no ves desde hace años, cuando se pelearon porque le hiciste trampa jugando a las cartas, ¿te acordás?; el cuarto por Alejandra, tu amante a quien no supiste complacer de modo alguno y a quien engañaste para sacar un par de jugadas gratis;-Gonzalo siguió escuchando y dejó pasar la ofensa.- el último, como supondrás, es por tu esposa, la más perjudicada de todas por tu vida clandestina. Vos decidirás a quien salvar.
Quizás Astaroth, en su afán de querer conquistar aún más el alma del infeliz, creyó que con las ofensas y los términos despectivos con los que se refirió a sus seres amados bastarían para hundirlo en las profundidades del averno abandonando el juego antes de empezarlo, mandando a todos al olvido junto a él. Se veía en los ojos negros del demonio la esperanza de que el hombre optara por hacer sufrir a quienes lo despreciaron. Pero seguidamente, sin contestar a sus dichos y casi sin hacer mueca alguna, Gonzalo tomó el palo y realizó, sin que le temblara el pulso, cinco carambolas seguidas, casi tan impresionantes como las suyas. Terminado el juego infernal, apartó las bochas del paño y dejó el palo sobre la mesa. Luego, dijo con su voz tranquila de toda la noche:
-Bueno, terminé. ¿Me conducirás a la muerte ahora?
El duque del inframundo, que por primera vez en la noche mostraba un sentimiento de molestia o quizá, desilusión, contestó:
-Me temo que ya no me corresponde esa tarea. Morirás esta noche, pero tu alma ya no es mía.
Bastó un parpadeo para que la figura desapareciera frente a Gonzalo quien, inmutable, salió del bar dejando las monedas que le habían sobrado arriba de la barra en excusa de propina, y se aventuró nuevamente a la calle a caminar.
El día siguiente, a las doce del mediodía, el velorio de Gonzalo se llevó a cabo. Y entre las tantas figuras que se dejaban ver en el lugar, al lado del ataúd se distinguía a la viuda, que lloraba amargamente.