
¿Algún día pagaremos mirando a través de un dispositivo que reconozca el iris?
Y tu rostro siempre te acaba delatando, dicen los refranes populares. Estas sentencias toman un nuevo sentido en la era tecnológica: ahora tu identidad, por más que no quieras que se conozca, quedará al descubierto con tan solo analizar tu dedo, tu iris o tus orejas. Incluso, el latido de tu corazón podría dejar de ser una idea romántica. Y todo por la biometría.
La aplicación práctica de investigaciones en ciencias exactas y complejos algoritmos informáticos para la identificación precisa de las personas se resume en una sola palabra: biometría.
Todos los sistemas biométricos conocidos hasta hoy se basan en una secuencia simple: verificar/autentificar la supuesta identidad de alguien, es decir, quién digo ser, tras lo cual y, en poco tiempo, la máquina identifica quién soy realmente. Este proceso singular, metódico y refinado estará cada vez más presente en nuestra vida diaria.

¿Paraíso biométrico?
Imagina un futuro próximo: 2025, por ejemplo. Tu identidad (o tus rasgos particulares) sirve para realizar cualquier trámite sin necesidad de papeles, tarjetas de crédito, formatos burocráticos y otros objetos decimonónicos como los billetes de banco. Es más, tus lentes, tu reloj o tus zapatos estarán revestidos de sensores biométricos conectados a tus dispositivos electrónicos. Objetos que podrán alertar cuándo estés a punto de sufrir un ataque al corazón.
En ese paraíso biométrico, una compleja red física y virtual protegerá tanto tu vida como tus bienes. Tu iris, tu huella digital o tu ADN serán tu acceso a un infinito mundo de servicios. Sin el temor al fraude, la suplantación de identidad, el robo de tus tarjetas o el traslado físico de un lugar a otro. Eso, por lo menos, es lo que prometen los impulsores de esta tecnología.

Para que la revolución biométrica sea un hecho social hará falta que sus dispositivos tengan un impacto directo en los consumidores. Y la chispa que puede desencadenar la pasión biométrica está en el uso masivo de la huella digital en teléfonos inteligentes y en la popularización de los dispositivos wearable: pulseras, relojes, anillos o lentes con acceso a internet.
Una oleada de inversionistas le apuesta a la biometría para cambiar los sistemas de salud, reducir costos de transporte, movilidad e internamiento, y cambiar las relaciones médico-paciente. Las previsiones apuntan que para 2017, el mercado de aplicaciones médicas moverá unos 26,000 millones de dólares en todo el mundo. Y todo ello será posible gracias al uso intensivo de sensores biométricos adaptados al cuerpo que, de momento, tienen un uso más recreativo en el deporte.
Pero esto solo es el inicio de la revolución biométrica.