
Escribe desde Argentina:
Ricardo Gómez
Ricardo Gómez
Aclaro que lo que sigue es fruto de mi imaginación. Generalmente mis artículos tienen data dura, explicaciones concretas y puntuales, pero hoy escribiré sobre una corazonada. Digamos que una epifanía me invadió mientras me duchaba y ahora trataré de expresarla en palabras para ustedes. Y esto tiene que ver con algo que, a esta altura, creo que anda rondando por la cabecita de don Héctor. Quizás ahora mismo, mientras analiza futuras acciones, este pensamiento que yo tuve lo invade.
Son muchas cosas las que han pasado, muchos logros concretos y simbólicos los que este gobierno concretó. Don Héctor se opuso tenazmente a esta movida populista, pero hay algo, una fuerza exógena, que se ha ido tornando cada vez más impenetrable. Ha utilizado todas sus artimañas, pero todo ha sido casi en vano. Comparado con el daño que otrora hacía, hoy el grupo que lidera se ha convertido en un pasquín cuya credibilidad ha caído a subsuelos abyectos, y es replicado solo por sus cómplices y fieles corderitos. Cada vez son menos los incautos que creen sus operaciones, y eso es preocupante.
Nadie puede decir que no se haya esforzado. No, señor. Ha invertido mucho tiempo y esfuerzo, pero ella sigue allí, incólume. Parece como si algo la sostuviera. ¿Nada la hará caer a esa viuda? Pareciera que no. El preocupado capomafia ha utilizado todos y cada uno de sus argumentos; no ha dejado de darle voz a cuanto lacayo tiene a disposición, pero ninguno le termina de dar los resultados que él quisiera. No importa si son políticos, jueces, periodistas, el abanico de títeres es muy amplio y variopinto, pero ninguno de ellos ha podido restarle votos a ella. Hasta él mismo, acostumbrado a digitar desde las sombras, ha tenido que salir a hablar. Son todos unos inútiles.
Su amigo ya había expresado una frase similar, un pensamiento que afloró desde su oscuro interior sin que lo pudiera refrenar. Pero esa frase fue utilizada por los enemigos de su amigo y de él. Don Héctor no dirá nunca esa frase, aunque le queme los labios y las entrañas. Jamás expresará ese pensamiento porque sabe perfectamente que será utilizado por sus enemigos. Sería como darles la bandera de su mafioso grupo para que la pisoteen. Nunca ocurrirá tal cosa. Eso demostraría debilidad, daría cuenta de una decadencia irreversible. Pero la frase, ese pensamiento, ronda su cabeza. Él lo sabe. Quizás la mesa chica que lo rodea, esos que luego salen a difundir su palabra y su odio, lo intuyen. Quizás lo vean en su mirada. Es probable que el destello de sus ojos oculte ese pensamiento, esa idea. Pero seguramente su grupo íntimo lo intuye, lo sospecha. Nunca se lo dirán, se debería ser muy valiente o muy loco para dar un paso tan temerario.
Así que ese pensamiento, esa idea que don Héctor tiene en su cabeza, y que yo imaginé mientras me duchaba, seguirá allí agazapada. Nadie se enterará de ese pensamiento, ya que su grupo es especialista en tapar voces. Yo me animo a decirla porque aquí no entra casi nadie. Y porque confío que usted, querido lector, la guardará como un secreto.
Fuente:
http://sapiperiodism.wordpress.com/2012/12/09/lo-que-piensa-don-hector-y-que-nadie-se-enterara/