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Buenass, les dejo un cuento que escribí hace poco, se reciben comentarios positivos y criticos


Abandonado:

Si hay algo que el ser humano no puede soportar, eso es el abandono. La muerte de cada uno pasa prácticamente desapercibida, y los dolores previos a ella son saciados por el hecho de su inminente culminación y la paz que produce, pero la sensación de soledad y angustia que conlleva el abandono hace creer que se trata de una metafórica muerte, lenta y dolorosa.
Él no estaba muerto. No al menos convencionalmente, pero había sido abandonado, algo que no podía permitirse perdonarle a nadie. Reflexionaba en el piso frío de una habitación sin muebles, donde las paredes blancas reflejaban la soledad que padecía. Aquella habitación inhabitada era la única de su casa en la que sentía que la angustia, a veces, se disipaba.
¿Cuánto tiempo había estado solo? Contó cinco o seis días, tal vez una semana, no estaba seguro. ¿Qué había pasado? ¿Por qué lo habían hecho? Seguía meditando en el piso de ese cuarto maligno mientras recordaba los hechos de aquel día; él nunca fue un muchacho que destacara en el colegio, no tenía muchos amigos y a veces sentía que los demás lo evitaban. Quizá eran pensamientos comunes en cualquier adolescente, pero esto siempre dio que hablar en su familia. Sus padres eran asiduos visitantes de la sala del rector, donde siempre el mismo discurso de “su hijo es especial; se comporta diferente; no encuentra lugar entre los otros chicos” se hacía presente. Su familia era otro punto, otro espacio en el que no se sentía del todo aceptado. Acostumbrado a vivir encerrado en su habitación, no cruzaba muchas palabras con sus pares. Solamente con su hermana, un año más chica. El caso de ella quizás era el que más le dolía.
Aquel día (se concentra, pero no sabe por qué) se encontraba muy enojado. Tiene leves recuerdos de su caminata hacia el colegio. Se da cuenta de un dato curioso, había caminado. Usualmente su madre lo llevaba hasta la esquina de la escuela, y esperaba hasta verlo entrar. Pasa por alto ese detalle y continúa. Recuerda palpar obsesivamente su bolsillo, encontrando en cada revisión su inhalador contra el asma. No sabe por qué, pero estaba seguro de que iba a usarlo ese día. Caminó las doce cuadras correspondientes y se dispuso a entrar al establecimiento. Había llegado tarde, no vio a nadie en la entrada. Subió despacio las escaleras, saludando a una que otra profesora que, disfrutando su turno libre, paseaban por los pasillos. Sigue recordando, recuerda ver a sus compañeros a lo lejos, al final de la galería. Y recuerda el miedo mezclado con la adrenalina, una mixtura fatal en muchos casos y excitante en el momento; ve como sus compañeros lo miran, como deseándolo, así como un tigre mira a su presa calculando la ferocidad de su ataque próximo. Las paredes blancas de su habitación parecen ir cerrándose por metros y su respiración se agita a medida que afloran las remembranzas. Cierra los ojos nuevamente y ve a sus compañeros acercándose más y más, se acuerda del dolor en el pecho, vuelve a palpar su bolsillo por última vez, allí estaba su inhalador. El resto del recuerdo se le nubló, se esfumó. Por más que lo intente, se siente aliviado de no poder traer a la memoria el momento del ataque, pero puede verse corriendo hacia su casa. Golpeado y confundido, entendiendo ahora que no era aceptado en su propia escuela, las últimas dos cuadras de caminata las había dedicado a pensar tristemente en lo sucedido, y decidió decirles a sus padres que no iría más al colegio. Su respiración se había calmado, pero volvió a hacerse turbia cuando pensó en sus profesores. ¿Por qué no lo habían abandonado ese día? ¿Por qué no intervinieron? Entre pensamiento y pensamiento se presentó frente a él la puerta de su casa. La abrió, y no vio a nadie. No se oía ni el ruido de la televisión de los partidos de fútbol que miraba su papá, ni el sonido de su hermana practicando guitarra. Se sentó y esperó. Cayó la noche y el día volvió a surgir y él entendió que su familia había optado ir por el mismo rumbo que los demás: lo habían abandonado.
Seguía consumiéndolo la duda y esta vez pensó que podía haber pasado más de una semana, quizás diez días incluso. Finalmente, resolvió que no importaba. Pasó el resto del tiempo hasta este momento encerrado, sin ver a nadie, quizás en el fondo esperando una vuelta. La última vez que se jacta de haber visto a una persona fue al segundo o tercer día de estar en su casa, cuando dos señores vestidos de blanco llamaban bruscamente a su puerta. Él se atrevió a mirar por la cerradura, distinguiendo la cara de una de las figuras, pero de ninguna manera alega haberles respondido el llamado. Luego, soledad.
Pero ese día se encontraba más encendido que de costumbre. Hizo un esfuerzo por calcular la fecha y dio que era lunes, por lo que se le vino a la mente algo impensado: no solo saldría a la calle, sino que volvería a la escuela. Volvería a decirle lo que pensaba a sus compañeros. Les gritaría si era necesario, sí, y a los profesores y directivos también. Les mostraría las marcas en el cuello, las muñecas y los tobillos que seguían allí desde día de la golpiza, y les echaría la culpa. Luego se iría para siempre.
Desde temprano ese día su mirada se postraba en la puerta, que distinguía abierta. No recordaba haberla abierto, siempre la sabía cerrada, excepto hoy. Hoy, como por una señal divina, allí estaba. Apenas separada del marco, como invitándolo a pasar, a dejar de ser un cobarde. Dio un salto, se incorporó y las articulaciones le dolieron. Sintió como si hubiera estado años sentado pensando en ese día, pero menospreció la dolencia y corrió hasta la puerta. Salió a la calle y las doce cuadras le parecieron infinitas, quizás hasta sintió haber recorrido más. Veinte, ¡treinta! No importaba, pues llegó finalmente a la esquina donde su mamá solía dejarlo. El recuerdo de su madre solo logró enhebrar su enojo aún más, y siguió adelante. Tenía que hacerlo, estaba escrito. Ya no era un chico.
Se ubicó en el lugar donde hipotéticamente estaba la puerta, pero no había nada. Es más, el edificio no existía más. Sólo quedaban algunos escombros. Rápidamente, al ver dilapidados sus deseos de explotar, de desahogarse, pasó a formar parte de esos escombros. Se arrodilló y gritó, preguntándose qué había pasado. Al ponerse de pie, sintió un silbido que lo llamaba y le resultó familiar. Se dio vuelta y reconoció por la calle a un anciano que por allí paseaba. Éste se apresuró a decir:
-Lo veo perdido amigo, ¿qué busca?-
-Busco mi escuela, ¿qué le pasó a mi escuela?- preguntó con voz melancólica.
-La demolieron. Después del incidente nadie quiso saber nada con ella y el Estado la cerró. Dijo el señor en medio de un suspiro.
-Pero… ¿incidente? Pasaron solo diez días desde que…-
-Me temo que está confundido. Yo era el rector de este colegio, fue cerrado hace trece años. Un día uno de nuestros alumnos llegó con manchas de sangre en la ropa. Había llegado tarde, subió las escaleras y nos vio. Yo estaba con dos profesores y una maestra al final del pasillo, lo vimos horrorizados y corrimos hacia él para saber qué había pasado, temíamos lo peor… y así fue.- Él fue entendiendo de a poco, recordando lo que había pasado a medida que el relato del anciano continuaba. Sus ojos se llenaron de pavor al recordar lo que había hecho hace tanto tiempo…
-El acercarnos probablemente lo alteró. Yo mismo vi el sentimiento en sus ojos y divisé el momento en que palpaba su bolsillo y extraía un objeto extraño.-Recordaba su inhalador. El hombre hace una pausa esforzada en su relato y luego solo se invita a continuar.- Yo fui el único que alcanzó a darse cuenta a tiempo que lo que tenía era una pistola. Murieron dos alumnos, un profesor y la maestra en el tiroteo, después el chico salió corriendo… lo encontraron en su casa dos días después y se dieron cuenta que había matado a su familia, ese día antes de ir al colegio…-
De repente lo recordó todo con claridad, su inhalador no era su inhalador, era el revolver de su padre. Se vio matando a esa gente; antes, a su familia, a su propia hermana. La desesperación lo carcomió hasta que vio a los hombres vestidos de blanco que había visto en su casa corriendo hacia él, y finalmente lo entendió todo. No opuso resistencia y dejó que lo llevaran nuevamente las treinta cuadras hasta el manicomio donde había pasado los últimos trece años y donde pasaría seguramente los próximos trece, en esa pequeña habitación fría, blanca y sin muebles.


Resumen lvl 5: un pan triste cualquiera.

Si llegaste hasta acá y leíste todo, desde ya gracias!

Salu2
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