De todas las tonterías históricas que como Argentino me toco afrontar, Quizá esta sea la que mas me duele.
No tengo conocidos, ni allegados Paraguayos. No simpatizo con su historia, ni mucho menos, pero la estupidez no tiene tiempo ni lugar, y lo que paso en aquella guerra tampoco.
Madame Lynch
Elisa Alicia Lynch nació el 3 de junio de 1835 en el seno de una familia anglicana de buena posición, su padre era médico, en el condado de Cork, Irlanda. Apenas quedó huérfana de padre, siendo una niña, su madre se desembarazó de ella y de su hermano John. El chico ingresó en la marina británica, ella fue a parar a un internado en Dublín. Al tiempo, la viuda volvió a casarse. Del internado Elisa sólo sacó dos cosas positivas: una buena formación cultural y la amistad de una compañera, Eduvigis Strafford. Los datos sobre su infancia en las páginas consultadas me han confundido bastante, ya que contienen algunas diferencias, por lo que me atrevo a ofrecer la versión que me ha parecido más clara, aunque puedo estar equivocado.
A los quince años se casó con Xavier de Quatrefages -un médico militar francés casi cuarentón que le había presentado su hermano- y se fue a vivir con él a Argelia. No tardó en arrepentirse. Sobre su primer encuentro con Francisco Solano Lópezcirculan varias versiones, dependiendo de la visión que se tenga de Elisa: la más romántica dice que el encuentro fue en Argel y que el flechazo fue instantáneo. A los diecinueve años Elisa ya se había desencantado de su marido y de la vida mediocre en la colonia francesa. La seducción de López y las maravillas que hablaba de su tierra bastaron para encender la imaginación de la joven al punto que decidió abandonar a su marido. Sin decirle a Quatrefages que se trataba de una separación, Elisa viajó a visitar a su amiga Eduvigis. En Londres volvió a ver a López y combinaron para encontrarse más adelante en París.
Otra versión dice que fue en un baile dado en el Palacio de las Tullerías por el emperador Napoleón III y la emperatriz Eugenia, en donde Elisa conoció a Francisco Solano López, hijo del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, de visita en París y gran admirador del emperador. La versión más sórdida dice que Quatrefages prácticamente tiró a Elisa en brazos de su superior, un coronel apellidado D’Aubry, para conseguir ascensos en su carrera. La aparición de otro amante, el conde rusoMijail Meden, derivó en un duelo que le costó la vida a D’Aubry. Quatrefages, preocupado por los alcances del escándalo "exilió" a su mujer, quien finalmente recaló en París y comenzó a trabajar en una casa de citas. Por esos días, un asistente de Solano López pensó en ella para distraer al joven recién llegado.
A pesar de que ella estaba aún legalmente casada, inició una relación amorosa con Solano López y recorrieron las principales ciudades de Europa. Entretanto, Elisa quedó embarazada de su primer hijo, Panchito, y López pagó a Quatrefages el dinero que éste exigía para concederle el divorcio. A finales de 1854, López volvió al Paraguay a bordo del Tacuarí, un buque de guerra que había comprado para su país. Elisa lo siguió en otra nave, convencida de que iban a casarse se lanzó a la aventura de vivir en esa tierra lejana que su amante le había pintado como una potencia de riquezas incomparables y paisajes maravillosos.
Apenas llegó a Paraguay, Elisa supo que no habría casamiento. Además de la oposición familiar hacia ella -rayana en el odio- y del desprecio de la sociedad paraguaya, estaba Juanita Pesoa, un antiguo amor que ya le había dado un hijo a Francisco. Hubo muchas otras mujeres en realidad, pero las dos siguieron con él hasta el fin. Esa no fue la única decepción para Elisa. Si en Europa se habían mostrado juntos - él la acompañaba a misa en la catedral de Notre Dame, la llenó de joyas y la llevaba a todas partes-, en su tierra, López la enclaustró en una quinta a la que iba de tanto en tanto. Allí nació su segunda hija, Corina Adelaida, que murió al poco tiempo.
Pero la irlandesa era brava y pudo desquitarse parcialmente cuando murió López padre y Francisco Solano fue nombrado presidente a despecho de su hermano Benigno. Elisa se trasladó a la ciudad para estar más cerca de su amante - en rigor, nunca vivieron juntos- y comenzó a influir en la sociedad y en el gobierno. Al poco tiempo "Madame Lynch" – como le gustaba que la llamaran, aunque a sus espaldas le decían "La Lynch"– dominaba el castellano, el guaraní y las relaciones locales.
En lo social, modificó las costumbres de Asunción y hasta impuso tendencias y modas, entre ellas el teatro de revista, la decoración francesa y la moda europea. Desde la cocina hasta los vestidos, todo en Elisa Lynch era elegancia y refinamiento. La cocina francesa reemplazó la simplicidad de los sabores locales, incorporando vajillas de oro y plata junto a copas de finos cristales y juegos de porcelanas. Su casa fue decorada por especialistas de París, Londres y Milán. Un arquitecto francés diseñó los jardines interiores y hasta su peluquero tenía acento de París. Elisa vestía con lujo inusitado para las austeras costumbres de Asunción y modistos de París se encargaban de enviarle las últimas novedades y diseños.
En los salones se comenzó a hablar de literatura y a jugar al ajedrez. Fueron famosos los bailes organizados por Elisa en el Club Nacional. Grandes personajes de la época desfilaban por su casa. Invitó a varias maestras y profesoras europeas, con las cuales inició la educación femenina en el Paraguay que hasta entonces había sido casi nula. Se construyeron balnearios. En lo político, se manejó como una jefa de Estado extraoficial - entre otras cosas, tuvo que ver con la creación del primer hospital para mujeres- que atendía algunas demandas de la gente del pueblo.
Elisa era una mujer hermosa e imponente, de carácter fuerte e independiente, con una expresión de dulzura en la mirada pero que, según las circunstancias, podía convertirse rápidamente en una tormenta de cólera y violencia. Con los años y los hijos, adquirió una contextura más robusta, más de matrona latina que de amante francesa. Nacida en Irlanda, estaba orgullosa de su ciudadanía británica y de sus costumbres francesas. Y también amasó fortunas. Acumulando regalo tras regalo del Mariscal, se convirtió en una de las mujeres dueñas de más tierras en América del Sur, y tal vez en el mundo, para su época. En 1865 acumulaba ocho estancias y 26 casas en Asunción. Durante la Guerra Guazú (1865-1870) – como se conoce en Paraguay a la guerra contra la Triple Alianza – López transfirió enormes propiedades rurales a su nombre. En la región del Chaco era dueña de 400.000 hectáreas. Además adquirió 6.000.000 de hectáreas en el oriente del país y otros 4.500.000 de yerbatales y bosques al norte del río Apa.
Francisco Solano fue, además, nombrado mariscal. Pero él no tenía la visión política de su padre. De él había heredado la desconfianza política hacia sus vecinos, pero -admirador del Segundo Imperio francés que conoció en su viaje- estaba convencido de que había llegado el momento en que el Paraguay debía hacer oír su voz en América. En ese sentido, también hay dos versiones con respecto a la influencia de Elisa: para unos trató de prolongar el compás de espera, al menos hasta recibir las armas y los barcos encargados a Francia. Para otros, su sueño de ser la emperatriz de un Napoléon americano empujó a López hacia lo inevitable. También se dijo que mandó asesinar a Panchita Garmendia, un amor juvenil de López a quien llamaban "la doncella del Paraguay". Entre tanto, Elisa había dado a luz a Federico, Carlos, Leopoldo y Enrique. Los desaciertos diplomáticos de López, las ambiciones del Brasil y las mezquindades políticas de la Argentina y el Uruguay, enfrascados en sus guerras internas, derivaron en un ajedrez en el que las alianzas políticas cambiaban día a día. Pero el propio López encendió la mecha que desató la guerra, originalmente contra Brasil, y desembocó en la firma del Tratado de la Triple Alianza, cuyos objetivos eran implacables: hacer desaparecer el gobierno de López, cobrarle al Paraguay los gastos de la guerra y, aunque se hablaba de respetar la integridad territorial del contrincante, hacerse con la mayor cantidad de territorio paraguayo posible. López partió al frente y Elisa, junto con su hijo Panchito de diez años, pronto se reunió con él.
Al estallar la Guerra de la Triple Alianza se dio a sí misma el título de "mariscala" y comenzó a lucir vistosos uniformes militares. Acompañó a López en sus visitas al frente y en la vida de cuartel. Se dedicaba a curar a los heridos y se transformó en un símbolo para las tropas. Tuvo su séptimo hijo Miguel, quien murió de cólera pocos días después, en medio de la batalla de Tuyutí y pasó su posparto atendiendo heridos. Defendió a algunos prisioneros y salvó a muchos de ser fusilados, entre ellos al coronel Juan Crisóstomo Centurión, que relataría en sus memorias cómo Madame Lynch pidió por su vida cuando había sido ordenado su fusilamiento.
Mientras el cólera y la guerra hacían estragos, los hermanos de Francisco Solano López conspiraban contra él, ordenó ejecutarlos junto a los demás cabecillas y se dice que su propia madre le envió unos chipás envenenados pero no llegó a comerlos porque una de sus tantas hijas naturales alcanzó a avisarle a tiempo. Entre combate y combate, Elisa y Francisco se desencontraron varias veces y en una ocasión la irlandesa estuvo a punto de caer en manos enemigas, pero fue rescatada por el general Martin Mac Mahon, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, quien además era portador del testamento por el que López dejaba a Elisa todos sus bienes.
La ciudad de Asunción había caído en 1869 y se formó un gobierno provisional en reemplazo de López. Los propios aliados, aunque finalmente se repartieron casi la mitad del territorio paraguayo, estaban horrorizados de su propia victoria: habían muerto 90 por ciento de los varones y en total casi las tres cuartas partes de la población. El país nunca pudo recuperarse de esa sangría. Casi sin seguidores, el mariscal - y con él Elisa y Panchito, por entonces de quince años- siguió combatiendo hasta el fin. Y el fin llegó a principios de 1870, en Cerro Corá. Elisa vio morir a sus seres queridos: a Francisco, alcanzado por lanzazos y balazos, y a su hijo Panchito, por defenderla a ella.
Cuando los soldados brasileños intentaron apoderarse violentamente de ella, logró ser respetada aduciendo su condición de súbdita de Inglaterra. De modo que los oficiales brasileños ordenaron que fuese llevada a Asunción. Antes de ello, alcanzó a cortar a cada uno un mechón de pelo que guardó en un relicario y a cavar con sus manos la fosa en la que enterró los cuerpos del general Solano López y de su hijo Panchito. Al llegar a Asunción le fueron embargados sus bienes acusada de haber empobrecido al pueblo paraguayo. No obstante, esos bienes fueron a engrosar las arcas del ejército brasileño. Quedó en la mayor pobreza y fue llevada presa y encadenada a Río de Janeiro; pero allí, expuesta al público su situación, logró ser liberada por falta de acusaciones en su contra.
Elisa partió hacia Londres con sus niños. No le quedaban más de quince años de vida, pero todavía le faltaba sufrir la muerte de otro hijo, Leopoldo y la traición de casi todas las personas en quienes confiaba para recuperar sus posesiones. Al llegar a destino reclamó judicialmente parte de los bienes embargados, pero un juicio interminable terminó por adjudicarlos al Brasil como compensación de guerra. Los únicos respaldos que tuvo provinieron de su fiel amiga Eduvigis Strafford y del general Mac Mahon - quien le devolvió el dinero que Elisa le había dado, declaró a su favor ante los estrados y puso a su disposición al cónsul norteamericano en París, amigo suyo-. Tuvo una decepción más: regresó a Asunción -invitada por el presidente Juan Gill, quien se declaraba un leal servidor y aconsejaba su presencia para defender los intereses por los que luchaba- y se alojó en la casa de una amiga. Pero apenas se enteraron de su llegada, un grupo de patricias armó revuelo y pidió que la expulsaran. Gill les hizo caso.
Regresó a París, donde se estableció definitivamente y en donde sobrevivía vendiendo las pocas cosas que le quedaban. Falleció en un humilde apartamento parisino a los cincuenta y un años, víctima de un cáncer estomacal. Con la sola compañía de Eduvigis y una hermana de ésta, de su hijo Federico, un médico y la portera del edificio donde vivía. Tenía en sus manos su único tesoro: el relicario con los cabellos de Francisco y Panchito. Estuvo enterrada en el cementerio del Père Lachaise hasta julio de 1961 cuando, completamente rehabilitada su figura por el gobierno de Alfredo Stroessner y convertida en heroína nacional, sus restos fueron llevados por mar solemnemente a Paraguay y quedaron depositados en Asunción, en el Museo Histórico del Ministerio de Defensa, en una urna de bronce.
La Guerra de la Triple Alianza
La guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, entre 1865 y 1870, respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un "mal ejemplo" para el resto de América latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores.
El conflicto que terminó por enfrentar al Paraguay con la Triple Alianza, formada por Argentina, Brasil y Uruguay, tuvo su origen en 1863, cuando el Uruguay fue invadido por un grupo de liberales uruguayos comandados por el general Venancio Flores, quienes derrocaron al gobierno blanco, de tendencia federal y único aliado del Paraguay en la región.
La invasión había sido preparada en Buenos Aires con el visto bueno del presidente Bartolomé Mitre y el apoyo de la armada brasileña. El Paraguay intervino en defensa del gobierno depuesto y le declaró la guerra al Brasil.
El gobierno de Mitre se había declarado neutral pero no permitió el paso por Corrientes de las tropas comandadas por el gobernante paraguayo Francisco Solano López. Esto llevó a López a declarar la guerra también a la Argentina.
Brasil, la Argentina y el nuevo gobierno uruguayo firmaron en mayo de 1865 el Tratado de la Triple Alianza, en el que se fijaban los objetivos de la guerra y las condiciones de rendición que se le impondrían al Paraguay.
Hasta 1865 el gobierno paraguayo, bajo los gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López, construyó astilleros, fábricas metalúrgicas, ferrocarriles y líneas telegráficas. La mayor parte de las tierras pertenecía al Estado, que ejercía además una especie de monopolio de la comercialización en el exterior de sus dos principales productos: la yerba y el tabaco. El Paraguay era la única nación de América Latina que no tenía deuda externa porque le bastaban sus recursos.
Decía Alberdi: "Si es verdad que la civilización de este siglo tiene por emblemas las líneas de navegación por vapor, los telégrafos eléctricos, las fundiciones de metales, los astilleros y arsenales, los ferrocarriles, etc., los nuevos misioneros de civilización salidos de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, etc., etc., no sólo no tienen en su hogar esas piezas de civilización para llevar al Paraguay, sino que irían a conocerlas de vista por la primera vez en su vida en el ‘país salvaje’ de su cruzada civilizadora".
La impopularidad de la Guerra de la Triple Alianza, sumada a los tradicionales conflictos generados por la hegemonía porteña, provocó levantamientos en Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis.
El caudillo catamarqueño Felipe Varela lanzó una proclama llamando a la rebelión y a no participar en una guerra fratricida diciendo: "Ser porteño es ser ciudadano exclusivista y ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre. Soldados Federales, nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución jurada, el orden común, la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas".
A pesar de contar con un importante apoyo popular, Varela fue derrotado por las fuerzas nacionales en 1867. Como decía la zamba de Vargas, nada podían hacer las lanzas contra los modernos fusiles de Buenos Aires.
La participación argentina en la guerra respondía también al interés del gobierno en imposibilitar una posible alianza entre las provincias litorales y el Paraguay.
La guerra era para los paraguayos una causa nacional. Todo el pueblo participaba activamente de una guerra defensiva. Los soldados de la Triple Alianza peleaban por plata o por obligación. Esto llevó a los paraguayos a concretar verdaderas hazañas militares, como el triunfo de Curupaytí, donde contando con un armamento claramente inferior, tuvieron sólo 50 muertos frente a los 9.000 de los aliados, entre ellos Dominguito, el hijo de Domingo Faustino Sarmiento.
Decía La Nación, el diario de Mitre, decía: "Algunos miopes creen que el fanatismo de los paraguayos es el temor que tienen al déspota (Solano López) y explican su servilismo por el sistema rígido con que son tratados. Soy de diferente opinión: ¿cómo me explica usted que esos prisioneros de Yatay, bien tratados por los nuestros y abundando en todo, se nos huyan tan pronto se les presenta la ocasión para ir masivamente a engrosar las filas de su antiguo verdugo?"
Mitre trataba de explicar las dificultades de la guerra echándole la culpa a la creciente oposición interna: "¿Quién no sabe que los traidores alentaron al Paraguay a declararnos la guerra? Si la mitad de la prensa no hubiera traicionado la causa nacional armándose a favor del enemigo, si Entre Ríos no se hubiese sublevado dos veces, si casi todos los contingentes de las provincias no se hubieran sublevado al venir a cumplir con su deber, si una opinión simpática al enemigo extraño no hubiese alentado a la traición ¿quién duda que la guerra estaría terminada ya?"
En nuestro país, la oposición a la guerra se manifestaba de las maneras más diversas, entre ellas, la actitud de los trabajadores correntinos, que se negaron a construir embarcaciones para las tropas aliadas y en la prédica de pensadores que, como Juan Bautista Alberdi y José Hernández, el autor del Martín Fierro, apoyaban al Paraguay.
En 1870, durante la presidencia de Sarmiento las tropas aliadas lograron tomar Asunción poniendo fin a la guerra. El Paraguay había quedado destrozado, diezmada su población y arrasado su territorio.
Mitre había hecho un pronóstico demasiado optimista sobre la guerra: "En 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en 3 meses en la Asunción".
Pero lo cierto es que la guerra duró casi cinco años, le costó al país más de 500 millones de pesos y 50.000 muertos. Sin embargo, benefició a comerciantes y ganaderos porteños y entrerrianos cercanos al poder, que hicieron grandes negocios abasteciendo a las tropas aliadas.
El general Mitre declaró: "En la guerra del Paraguay ha triunfado no sólo la República Argentina sino también los grandes principios del libre cambio (...) Cuando nuestros guerreros vuelvan de su campaña, podrá el comercio ver inscripto en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado".
Por el tratado de la Triple Alianza, se establecía que los aliados respetarían la integridad territorial del Paraguay. Terminada la guerra, los ministros diplomáticos de los tres países se reunieron en Buenos Aires. El ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, Mariano Varela expresó: "La victoria no da a las naciones aliadas derecho para que declaren, entre sí, como límites suyos los que el tratado determina. Esos límites deben ser discutidos con el gobierno que exista en el Paraguay y su fijación será hecha en los tratados que se celebren, después de exhibidos, por las partes contratantes, los títulos en que cada una apoya sus derechos".
El embajador del Brasil en Argentina, Barón de Cotepige, negoció separadamente con el Paraguay tratados de límites, de paz, de comercio y navegación. Esto provocó el enojo de la Argentina, que decidió enviar a Río una misión diplomática encabezada por Mitre. Al ser recibido por el ministro brasileño, dijo el delegado: "Me es grato hacer los más sinceros votos por la prosperidad y el engrandecimiento de la Gran Nación Brasileña, unida a la Argentina, sin olvidar la República Oriental del Uruguay, y por la gloria y sacrificios comunes de dos décadas memorables de lucha contra dos bárbaras tiranías que eran el oprobio de la humanidad y un peligro para la paz y la libertad de estas naciones".
Lo cierto es que Brasil si pensaba que la victoria daba derechos: saqueó Asunción, instaló un gobierno adicto y se quedó con importantes porciones del territorio paraguayo.
El regreso de las tropas trajo a Buenos Aires, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla contraída por los soldados en la guerra. La peste dejó un saldo de trece mil muertos e hizo emigrar a las familias oligárquicas hacia el Norte de la ciudad, abandonando sus amplias casonas de la zona Sur. Sus casas desocupadas fueron transformadas en conventillos.