InicioApuntes Y MonografiasFlamenco - Texto propio
La sala de espera del veterinario estaba llena, o más que llena. Y tampoco es correcto decir sala, ya que se trataba de una gran tribuna de cemento al aire libre, en un patio. Era algo muy poco común, pero ¿Quién soy yo para juzgar la forma de trabajo de este profesional? Supongo que el método le debe dar resultado, ya que de esa forma evita la condensación de olores propia de la acumulación de animales en un espacio cerrado. Lo curioso es que nadie parecía sorprenderse de esto, y la gente se acomodaba pacientemente en alguno de los escalones, dispuestos a esperar.
Lo normal en un lugar así sería entretenerse viendo la variedad, cantidad y estado de los animales que a uno lo rodean, pero yo estaba demasiado ocupada soportando las miradas de los demás, ya que al parecer, mi flamenco rosado llamaba demasiado la atención. Sí, mi flamenco rosado, que se acicalaba con orgullo sus magníficas plumas que iban del más puro y radiante blanco a un intenso e inquietante color fucsia, similar al tono que se puede apreciar en las nubes durante un atardecer en el que el cielo se tiñe de colorado. Desde todos los extremos de la tribuna los ojos apuntaban a mi mascota y yo. Incluso una pareja aguardaba su turno de pie de frente a la tribuna, conversaban en voz alta y bajaron un poco el volumen cuando levantaron la vista y nos vieron, poniéndose a comentar casi escandalizados cosas sobre animales con plumas, y que porqué hay gente que no se compra un caniche como todo el mundo. Habían bajado el volumen de la conversación, pero no tuvieron ni las minimas intenciones de disimular la mirada ni la charla que mantenían.
Mi flamenco se mantenía al lado mio, reposando su cabeza sobre mi hombro de a ratos como si se adormeciera, o pasando suavemente su pico entre mi cabello como si hiciera de cuenta que yo soy un ave y mi cabello plumas que él acicalaba con cariño.
Esperando en ese patio perdí la noción del tiempo, sentí que esperábamos durante horas, y el sol que nos iluminaba no parecía moverse jamás de su sitio. ¿Entró alguien antes que nosotros? Creo que no, pero nos indicaron que nos tocaba entrar, a pesar de que a nuestra llegada ya había mucha gente ahí dentro. El veterinario me saludó muy amablemente, y no pude dejar de prestar atención al detalle de su guardapolvo largo que era de una blancura impecable al igual que su amplia sonrisa. No se mostró sorprendido por mi mascota y eso me agradó:
-¿Cuál es el motivo de la consulta? – Preguntó sin que su sonrisa se apague al decir estas palabras.
-Fue atacado, y tengo miedo de que esté herido gravemente.
-Atacado por qué, o por quién? Usted vió el ataque? – A la par que hablaba comenzó a examinar con extrema delicadeza las alas de mi flamenco.
-No vi el ataque, pero lo encontré tirado en el piso, como si estuviera muerto. Ya van dos o tres veces que lo encuentro así y la última vez vi, creo que era un perro, alejarse corriendo y una pluma rosada volaba en dirección a dónde ese malbicho se fue.
-Vamos a ver.- Por un instante perdí de vista sus dientes. – No hay rastros de golpes, ni lastimaduras…solo, acá hay una pluma que fue cortada, ¿Acostumbrás cortarle las alas?
-¿Cómo? – Me tuteó y me desorientó.
-Si le cortaste las alas recientemente.
-No, no hago eso.
-Bien, podés quedarte tranquila, que está todo bien.
-Pero, lo atacaron – Me inquietaba la respuesta que me dio.
-Sí, es verdad, lo atacaron, pero él hizo creer que estaba muerto, o quizá malherido para que lo dejen en paz. Lo importante es que cada vez que esto pase no se vaya a convencer de que su actuación es cierta. A veces es conveniente que otros crean que te destrozaron para que se vayan contentos, pero acordate siempre de que no es así. Estás perfecta así. – En ese momento no presté mucha atención a lo que dijo, es que ¡esa sonrisa otra vez!
Lo saludé y salí del consultorio, no dejaba de observar a mi flamenco que caminaba a la par mia con su elegante cuello estirado, sus plumas blancas me recordaban la sonrisa del veterinario. Era bastante joven, apenas llegaría a los treinta años. “No tengo su teléfono” pensé, pero al volverme lo encontré ya ocupado, entreabrió la puerta y apenas me escuchó:
-Estás perfecta, vos y tu amor propio, y si no me creés miralo vos misma.
Señaló detrás mío, giré y apenitas pude distinguir el vuelo de un ave, estilizada…como un flamenco.
.
.
.
Desperté. Feliz de un sueño sin nieblas, con la satisfacción de saber que todo está bien, puedo defenderme haciéndoles creer que habían logrado lo que querían. Aunque lamento que el veterinario haya sido producto de mi imaginación. O a lo mejor no: dicen que uno no sueña con gente que no haya visto; así que me disculpan, pero tengo que salir a buscar al dueño de esa sonrisa que evidentemente vi sin haberme dado cuenta.


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