

La Novgorod en 1873.
Una de las naves más raras que hayan surcado los mares, la popovka fue un barco redondo construido por el vicealmirante ruso Popov. Su creación y efímera existencia no es una casualidad, sino que se inserta en un lugar y una época muy concretos… y conflictivos: el mar Negro posterior a la Guerra de Crimea.
La Guerra de Crimea (1853-1856)
La popovka jamás habría nacido de no haberse producido la Guerra de Crimea, que enfrentó a Rusia con el Imperio Otomano, Inglaterra y Francia, deseosos de contener su expansionismo. La contienda acabó con la derrota de Rusia, a la que se le prohibió, por el Tratado de París (1856), poseer una flota de guerra en el mar Negro, en un intento de limitar su influencia en la zona.
Pero la Guerra de Crimea fue más importante que sus consecuencias para un solo país: tuvo dos efectos que serían importantísimos para el futuro. El primero, la voladura del equilibrio europeo relativamente pacífico establecido en el Congreso de Viena (1815). A partir de entonces, los recelos, las desconfianzas y la creciente agresividad sustituyeron a la diplomacia, en una escalada que estallaría en la I Guerra Mundial, medio siglo después. El segundo fue la creciente modernización militar: en esta guerra había quedado en ridículo la tecnología militar que se consideraba lo más puntero hacía sólo unos decenios. Eso se notaba sobre todo en la flota: los barcos de madera a vela fueron completamente ineficaces para atacar las ciudades rusas. Sólo las baterías flotantes acorazadas francesas hicieron un buen papel. Y eso no pasó desapercibido a los rusos.
Así pues, la aparición de la popovka era sólo cuestión de tiempo, en una Rusia humillada y carente de medios para mantener su poder en el mar Negro, en medio de un mundo cada vez más enfrentado, a la par que consciente de la supremacía de la más puntera tecnología bélica.
La idea de Popov
Dadas las circunstancias, el entonces contraalmirante ruso Andrei Alexandrovich Popov decidió crear un nuevo tipo de barco: tan sólido y potente como las baterías acorazadas francesas, pero del tamaño de una cañonera, para no quebrantar el Tratado de París. Lo realmente novedoso sería su forma redonda. Hoy puede sorprender, pero en esa época había una corriente de opinión, encabezada por el arquitecto naval sir Edward Reed, favorable a curvar los barcos, pues de esa manera ofrecerían un blanco más pequeño al enemigo y necesitarían menos blindaje, lo que repercutiría en una mayor velocidad. Popov sencillamente llevó esto al extremo, ideando un barco con forma de círculo, la figura plana de menor perímetro.
Vista superior de una popovka.
Popov planeaba construir diez de estas naves. Idealmente, serían “fortalezas flotantes”, equipadas con los mejores y mayores cañones disponibles y capaces de disparar en círculo, bien protegidas por su coraza de hierro forjado, y todo ello sin saltarse una coma del Tratado de París. Al final, sus barcos resultaron ser tan caros que sólo se autorizó la construcción de dos: serían la Novgorod y la Vitse-admiral Popov, popularmente llamadas popovkas, en honor a su creador.
Alexandrovich Popov.
Detalles de las popovkas
Y capacidad para llevar una tripulación de 8 oficiales y 120 marineros (Novgorod) y 203 oficiales y marineros (Vitse-admiral Popov).
Ambos eran barcos del tipo monitor. El Novgorod era el más pequeño de los dos. Fue construido por secciones en San Petersburgo y ensamblado en los astilleros de Nicolaev, cerca de Odesa, botándose en 1873. El Vitse-admiral Popov (al que en principio se pensaba llamar Kiev), se construyó directamente en Nicolaev.
Llegada de la Novgorod a Sebastopol.
Fracaso
Por entusiasmo que le pusiera, Popov no era un ingeniero naval, y sus diseños resultaron ser muy problemáticos. Las popovkas se movían bien en aguas poco profundas y era casi imposible marearse en ellas, de acuerdo a los testimonios de la época. Pero también eran muy difíciles de manejar, por su peculiar forma. Tendían a girar sobre sí mismas, y más aún cuando disparaban. Ello, además, las volvía muy lentas, perdiendo la velocidad que ganaban al aligerar el blindaje.
La Novgorod en movimiento.
Eso no significa que los rusos no intentaran amortizar su inversión. Al fin y al cabo, como baterías flotantes siempre funcionaron bien, y tuvieron cierta utilidad en labores de patrulla y vigilancia en aguas someras, como el río Dniéper o el mar de Azov. Durante la Guerra Ruso-Turca (1877-1878) fueron destinadas a la defensa de Odesa y participaron en algunas operaciones en el Danubio. En 1892 fueron reclasificadas como acorazados de defensa costera y siguieron realizando labores de patrulla por el mar, pero para entonces ya habían perdido toda relevancia.
En 1903 las popovkas, ya muy deterioradas, fueron retiradas del servicio. Durante algunos años sirvieron como almacén. En 1908 Rusia se ofreció a vendérselas a Bulgaria, que las rechazó. En diciembre de 1911 fueron vendidas como chatarra.
Legado
La Vitse-Admiral Popov y la Novgorod en Sebastopol (1875).
Las popovkas han pasado a la historia como embarcaciones excéntricas, cuando no ridículas. Algunos incluso las llaman “los barcos más raros del mundo”, o “los más feos”. Cuesta creer que, en su época, muchos los vieran como un gran avance de la tecnología militar y, tal vez, como un inicio de la generalización del barco redondo, que se creía supondría una gran mejora, más veloz y con menos blindaje.
Sin embargo, las popovkas no deben subestimarse. En realidad, pese a sus fallos, también tenían puntos fuertes: gozaban de gran estabilidad, lo que hacía casi imposible marearse en ellas y facilitaba el manejo y la precisión de sus cañones; se movían bien en aguas poco profundas; y el destacado ingeniero Reed creía que su forma circular, lejos de volverlas inmanejables, aumentaba su maniobrabilidad, siendo capaces de rotar rápidamente para corregir su rumbo. Fueron bastante efectivas como baterías flotantes y defensoras costeras, y capaces de cargar muchos más hombres y armamento que los barcos estándar del mismo tamaño. Visto así, resulta injusto que hayan pasado a la historia como una esperpéntica extravagancia, que inevitablemente había de desembocar en un total fracaso.
Desde luego, quien nunca perdió la fe en este diseño fue Popov, que poco después de la botadura de las popovkas creó el yate redondo Livadia. Pero esa ya es otra historia.
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