Sigo compartiendo textos literarios hechos exclusivamente por mí. ¡A ver qué les parece!
El mejor trueque de la historia
Dicen que fue hace muchísimos años. Comentan que sucedió en un humilde pueblo, similar al de Macondo. De lo que sí hay certeza es que ese día, todos los habitantes del lugar habían sido convocados a un gran trueque. Era un vecindario realmente pobre y, en consecuencia, los residentes no gozaban de demasiados bienes materiales para intercambiar. Pero poco les interesó y ninguno faltó a la cita.
Alguien que estuvo allí contó que resultó ser un trueque improvisado, sin reglas ni autoridades. Al principio, todos permanecieron en silencio y nadie ofreció nada, ni pidió nada tampoco. Hasta que, en un momento, se oyó una voz: “señoras y señores, vine aquí para llevarme algo. Soy un hombre demasiado descarado, un desvergonzado, y eso muchas veces me juega en contra. Ofrezco un poco de valentía y de audacia, ¿hay algún interesado?”. Y unos minutos después, luego de un intenso silencio, un muchacho de unos 30 años de edad se acercó al hombre y, por lo bajo, le ofertó: “yo soy muy tímido. Te doy un poco de mi timidez y tú me das algo de tu parte descarada”. Así arrancó lo que iba a ser un gran trueque.
Tras la primera operación cerrada, comenzaron a multiplicarse las ofertas. El impaciente, que lógicamente estaba apurado, pegó un grito y encontró a un paciente, e hicieron su trueque. El tramposo intercambió actitudes con el leal y el chistoso con el serio. El científico y el religioso se juntaron y ambos cambiaron fundamentos propios, coincidiendo en que no existe una sola verdad en el mundo. El sedentario obtuvo esas ganas de moverse de un nómada, y el nómada consiguió algo de esa tranquilidad que tiene un sedentario.
El materialista fue con sus bienes al evento y volvió sin nada a su hogar. Es que, en el trueque, negoció con un idealista y ambos concluyeron que se necesitan de las dos partes, material y espiritual, para vivir. El testigo que estuvo allí relató que un anciano le propuso a un joven: “yo te entrego una porción de mi experiencia, que me sobra y te falta, y vos me regalás un puñado de sueños, que te abundan y se me extinguieron”. Cercano a ellos, dialogaban dos personas: un suertudo y un desafortunado. “Mi mala suerte te servirá, porque es con ella cuando más se aprende y más fuerte te hacés”, le explicó el desdichado. “Y mi buena fortuna te será útil, siempre y cuando la acompañes con tus buenos actos”, le aclaró el agraciado, y cerraron el trato.
Extraño fue lo que le ocurrió al soñador, que buscó y buscó a algún Don Realidad o al San Milagro, pero nunca los encontró. Entonces, un sabio que se estaba allí le enseñó: “si querés ayudar a tu sueño y estás buscando a algún milagroso, no lo hagas más, porque vos sos el crea el sueño y solamente vos sos el que lo hará realidad”.
Pasaba el tiempo y el truque no cesaba. Un reflexivo arregló con un impulsivo: “pensar mucho las cosas, a veces, me juega en contra”, sinceró el que piensa y luego actúa. “Y a mí, dejarme llevar siempre por mis impresiones y no razonar antes las cosas me ha causado más de un problema”, confesó el que actúa y después piensa. Se dieron cuenta que sus problemas eran la solución del otro y se canjearon conductas.
Cuando todos habían quedado satisfechos por haber hecho su negocio, ya que habían cambiado algo que les sobraba por algo que necesitaban, el trueque finalizó. Los participantes volvieron felices a sus hogares. Salvo uno, que se lo veía caminar con la cabeza gacha, masticando bronca y pateando odio. Dicen que ese hombre se fue con las manos vacías porque él consideraba que no le sobraba nada para dar. La persona que presenció el trueque comentó que ese señor tenía cosas para ceder, pero en realidad no quería entregarlas. Sin embargo, y aunque ni él lo supo, sí se llevó algo: un nombre, ya que, desde ése día, el pueblo lo llamó “El Egoísta”.
Escrito por: Luciano Di Grazia. http://unas-estrofas-mas.blogspot.com.ar/