Sin duda ya antes de ella la Santa Inquisición había procesado y obtenido la condenación de muchas otras brujas, cuyos procesos no han quedado archivados.
Los cargos presentados contra Angele, una viuda de 50 años de edad (muy avanzada para la época) son impresionantes: Mantener relaciones sexuales con Satán, del cual concibió y parió un hijo, un híbrido monstruoso, dotado con una poderosa cabeza de lobo y largo y escamoso rabo de serpiente. Solo su tronco y extremidades fueron aparentemente de niño normal. A semejante ser la bruja alimentaba con la carne y sangre de otros niños, hasta que fue descubierta y capturada.
Un caso escalofriante, uno sólo de alrededor de 500 mil casos de brujas condenadas por los cargos del Santo Oficio y ejecutadas por la justicia secular tras terribles tormentos, en la no menos terrorífica hoguera, en la que estas mujeres eran incineradas vivas. Si bien el primer caso documentado es del siglo XIII, el terror de las persecuciones se acentuó en la Europa cristiana por tres largos siglos, aproximadamente de 1450 a 1750, hasta que los sacerdotes humanistas españoles pusieron en tela de juicio la veracidad de las acusaciones que usualmente se presentaban contra las presuntas siervas de Satán y cuestionaron la justicia de los castigos. Llama la atención que en España fueron comparativamente pocos los casos de mujeres hechiceras martirizadas, mientras que el furor misógino se concentraba en sitios ubicados en Inglaterra y lo que ahora es Alemania y Francia.
Bastaba la acusación de cualquier persona para que se presumiera la culpabilidad de la indiciada. Si se trataba de una dama de la aristocracia, se recomendaba que la dama fuese “reprendida”, tras mostrar su arrepentimiento y hacer penitencia, la justicia se daba por satisfecha.
Muy distinta era la suerte de las campesinas y siervas.
Como no era cosa de condenar mujeres inocentes, se les sometía a una prueba para decidir su inocencia o culpabilidad, las famosas ordalías.
Un ejemplo: Se ataba a la presunta bruja firmemente y se le arrojaba a un lago. Si la pobre mujer se hundía y se ahogaba, era inocente; si en cambio la pecadora bruja flotaba estaba claro que era servidora de Satanás y su destino era la hoguera. En todo caso el desenlace era la muerte de la acusada.
En la Nueva España, el Santo Oficio tuvo poco trabajo. Como quiera que los clérigos españoles no eran tan rematados fanáticos como los religiosos franceses o germanos, entendían que debía darse un amplio periodo de tolerancia a la población nativa para dar lugar a la transición entre el paganismo pre-hispánico y el catolicismo. Muy poco a poco los curanderos y hechiceras nativos fueron dejando sus ancestrales prácticas; los curas y frailes hispanos sabían que las costumbres de los indígenas estaban más ligadas a su medicina tradicional que a una devoción al Maligno.
Seguramente las prácticas herbolarias de las aldeanas europeas fue uno de los factores que alertaron a los celosos inquisidores del Viejo Mundo. Lo relacionaron con un retorno al paganismo y a sus dioses pre-cristianos, sátiros, faunos, elfos, algunos de los cuales, como el Pan griego, tenían ostentosos cuernos. En su esfuerzo por descalificar ese brote de neo-paganismo los clérigos atribuyeron a Satán una figura antropomórfica con cabeza de hombre que se complementaba con ostentosos cuernos de cabra. Así, toda representación de, o referencia a un hombre con cuernos, no podía ser sino una alusión clarísima al mismísimo Demonio.
Estamos ante el caso más brutal de machismo y misoginia que registra la historia: Medio millón de mujeres sacrificadas con fuego por miedo. Miedo al retorno del paganismo, a la sabiduría herbolaria de las aldeanas, a la pérdida del poder del patriarcado, miedo a la misteriosa sexualidad femenina. Tres siglos de terror extremo en los cuales cualquier mujer , sobre todo si era viuda, podía verse despojada de sus bienes, encerrada en sombríos e insalubres calabozos, ser torturada en formas indescriptibles, escarnecida, humillada, expuesta al vituperio público y finalmente quemada viva en la plaza pública. El conocimiento empírico de la Naturaleza se vio así frenado, y sumado esto a las supersticiones y persecuciones que contra librepensadores y científicos se desataron, Europa vivió su época más oscura en milenios.
Muy distinta fue la suerte de los magos; su arte no se relacionaba con Satán, sus lecturas de los astros, sus vaticinios y sus mancias fueron reputados como cosas buenas, a pesar de que nada tenían de cristianas, pero es que los magos tenían una gran ventaja: Eran varones.