
Al principio era como una ola de fuerza, como un hálito de amor para las aspiraciones, todavía débiles, de las polaridades correlativas.
Como un alma adormecida aún, pero actuante, movía sin embargo con pleno poder la primera masa material casi sin forma, que se abandonaba al campo de mi atracción.”
Fragmento de
(Himnos al Eterno Femenino Teilhard de Chardin)
Ometeotl, Ser Supremo de los nahoas. Cuán misterioso, y cuán perfecto. No hay un dios comparable a Él/Ella en ninguna teogonía, en ninguna época.
Es Dios y es Diosa a un tiempo. Es dos Dioses, y a la vez Uno.
Él es Ometecuhtli, Ella es Omecihuatl.
Y fue Omecihuatl la primera que conocimos.
En el principio, el hombre y la mujer adoraron a Omecihuatl, nuestra Divina Madre, la Diosa, y la vimos encarnada en la mujer.
Le dimos diversos nombres, según nuestro país, nuestra civilización y nuestra forma de ser.
Fue la dama de Elche, fue Innani, Hera, Isoberta, Isis, Juno, el Yin, y su nombre más bello es María.
Cuando éramos niños, cuando no existía lo tuyo y lo mío, el Eterno Femenino, Omecihuatl, Tonantzin, nuestra Madrecita era nuestro Ser Supremo; siempre Virgen y siempre Madre. Y la mujer era su embajadora, su sacerdotisa y su encarnación, aunque a veces la mujer no era santa ni virtuosa, sino Diablesa.
A ellas, las Diosas, las Vírgenes Madres, las Diablesas, dedico esta colección de textos propios con los que intento comprender y compartir, no con la razón, sino con la intelección, el misterio del eterno Femenino.
Si Diosa lo permite, pronto estaremos compartiendo impresiones acerca de Liith, la diablesa original…