InicioApuntes Y MonografiasLa matanza de gatos del siglo XIV y la fatal venganza felina

Corría el año 1345 cuando comenzaron a llegar a Europa alarmantes rumores de una terrible peste originada en Asia Central. La gente moría en masa allí donde la enfermedad se enseñoreaba. El Papa Clemente VI se mostró interesado en los informes y se mantuvo al tanto de los acontecimientos, mas bien por curiosidad de tipo cultural que por sentirse preocupado por la seguridad de la cristiandad. La enfermedad era cosa de paganos, herejes y chinos, no era probable que a los hijos de la Madre Iglesia les aconteciera una calamidad semejante.
Europa tenía sus propias problemas, como contener la prosperidad de los judíos y localizar y castigar a las brujas, enemigas de Dios y causantes de toda clase de maleficios que azotaban a la gente humilde.
Sin embargo, el destino tenía otra opinión: las caravanas de mercaderes llevaban consigo algo más que especias. La peste negra, terrible y letal, llegó con ellos al Mar Negro. Los comerciantes genoveses compraban y embarcaban toda suerte de mercaderías, y sin costo (y sin percatarse de ello) adquirían cientos de horrendas ratas negras que portaban en su piel y su pelaje los parásitos que transmitían la peste negra.
Los navegantes ítalos no sufrieron gran cosa por tan indeseables pasajeros: acostumbraban llevar en sus buques una aguerrida guardia de gatos, que se encargaban de mantener a raya a las ratas, aunque sin lograr exterminarlas.
El éxito del comercio y las armas genovesas fue tal que sus embarcaciones llegaron felizmente a puertos de toda Europa, tanto del Mediterráneo como del norte. Con entusiasmo y alegría los marineros dejaban, a cambio de dinero contante y sonante y exóticas mercancías, su cargamento de telas, especias, curiosidades orientales, y ratas negras, a las que nadie parecía prestar atención.
La peste se declara en Europa alrededor de 1347. Es un fenómeno arrollador, no hay quien la frene, la misma existencia de la humanidad europea se ve amenazada. Rápidamente los europeos, laicos o religiosos encuentran a los culpables: las brujas. La matanza de brujas se dispara, pero no es suficiente, algunas, explican los “expertos” escapan a la justicia convirtiéndose en … ¡gatos!
A matar gatos, las turbas se vuelcan hacia la cacería de gatos, el que posea gatos es brujo, hay que eliminarlo. Los gatos sin dueño son perseguidos implacablemente. Cuatro millones de gatos son masacrados en unos pocos años. Torturados, crucificados, quemados vivos, sólo la enfermiza imaginación de los humanos es el límite.


Sin sus enemigos naturales a la vista, las ratas negras prosperan y se multiplican por toda Europa, católicos y herejes sucumben por igual. Los judíos, que conservaron sus gatos, sobreviven casi todos. Conclusión: los judíos son los culpables de la peste, si ya matamos a las brujas y a los gatos, y la peste sigue, es por que los verdaderos culpables son los judíos. A matar judíos, claro, los cristianos están débiles, enfermos si no es que muertos, su persecución no puede acabar con todos los judíos, que estaban frescos y sanos. Aún así las muchedumbres de fanatizadas y desesperadas cometen masacres enormes contra algunas comunidades judías. Nada detiene la peste, ni las matanzas, ni las peregrinaciones ni las alegrías (se pensaba, como ahora, que una “actitud positiva” detendría la tragedia), tampoco sirve quedarse en las letrinas aspirando el olor del excremento humano. Esto tiene que ser castigo de Dios, la ira divina se abate sobre la humanidad en castigo a sus pecados. Pero las procesiones no detienen la hecatombe: al contrario, las aglomeraciones propagan aún más la peste.


Sólo unos pocos seres inteligentes se van dando cuenta que con medidas tan extrañas como el baño y el aseo personal se logra obtener algún control sobre la enfermedad. Los más privilegiados, como los jerarcas católicos, tienen a su servicio a los mejores médicos, que atinan a idear medidas preventivas, es así como Clemente VI logra burlar a la muerte.
Florencia, Pisa, París, Roma… parece no haber ciudad, comarca ni país que se libre de la masacre. Algunas urbes ven morir a las dos terceras partes de su población. Se calcula que un tercio de los europeos sucumbió ante la peste negra: casi 30 millones de personas.
No fue buena idea martirizar a los gatos.
¿Justicia poética? ¿Involuntaria pero letal venganza felina? Si los europeos medievales no hubieran convertido en mártires de su ignorancia y fanatismo a cuatro millones de gatos, esos felinos habrían eliminado a unos cien millones de ratas negras al año y no habrían tenido que morir esos 28 millones de europeos.
Paradójicamente, los marineros, que sin querer fungieron como transportistas sin sueldo de las ratas, casi no tuvieron decesos: los gatos consentidos de sus barcos los libraron de la peste.
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