Los padres de las niñas Parris, de Salem, Masachussets, no lo dudaron: Tituba, la esclava antillana las había embrujado. Esa era la única explicación posible en Nueva Inglaterra en 1692. La brujería, una grave afrenta para la ley y el estado siempre era la responsable de todas las tropelías inexplicables. Tituba tenía una religión ajena al cristianismo, hacía rituales extraños como leer el porvenir a través de la clara de huevo, tenía que ser una bruja, y la culpable de la aberrante conducta de las niñas, confiadas a su cuidado.
Tituba podía ser de piel oscura, pagana y analfabeta, pero no era tonta: sabía que la pena por brujería era la ignominia o la horca. Si se declaraba culpable y mostraba arrepentimiento, sería perdonada, aunque quedaría marcada de por vida como ex sierva de Satán, un estigma insoportable para las jóvenes puritanas. Pero Tituba no era cristiana y no tuvo conflicto con ser señalada como satánica arrepentida. Se declaró culpable, y sabiendo que se atraería la simpatía de los jueces si los ayudaba a combatir al demonio, delató a las hermanitas Parris como practicantes de la brujería.
En esa época, ser mujer y estar acusada de brujería sólo significaba una cosa: eras bruja. Probar tu inocencia era prácticamente imposible. A veces en las ordalías europeas alguna mujer increíblemente podía superar la prueba y dejar así asentada su inocencia, pero superar la prueba equivalía a morir: “si la arrojamos al lago y flota, es bruja, ahorquémosla; si se hunde y se ahoga, es inocente, pobrecita, murió sin culpa, cuidemos de sus niños, esa mujer era una santa.” Tal era la piadosa jurisprudencia de los cristianos del Viejo Mundo.
La morena Tituba no se quedó callada: acusó a las niñas Parris de practicar la brujería.
Seguramente las Parris estuvieron bien asesoradas, pues admitieron sus fechorías. Declararon además que estaban poseídas por Satán, pero que gracias a eso sabían quiénes más en Salem practicaban la brujería.
Las autoridades del pueblo aceptaron el trato. Había que hacer justicia, la ley ante todo.
Muchas jóvenes y no tan jóvenes fueron acusadas por las Parris de brujería. Naturalmente que siendo mujeres puritanas formadas en el amor a la Iglesia y a Cristo, negaron vehementemente ser servidoras de Satanás.
¿Qué prueba más contundente, señores y señoras, de ser bruja que negar serlo?
Siguió una serie de severos procesos, que desembocaron en la condena de numerosas muchachas, de las que antes se había pensado que eran unas buenas servidoras del Señor. Quién se iba a imaginar que eran en realidad unas malvadas traidoras, practicantes de la brujería y lacayas del demonio.
Las “brujas” de Salem fueron públicamente ejecutadas, en la horca. Eso sí: muy piadosa y cristianamente.
Tres siglos más tarde, los científicos especialistas en Medicina han rastreado genéticamente a los antiguos habitantes de Salem, hoy parte de Boston. Descubrieron que muchos de los salemenses padecían la enfermedad de Huttington. Un padecimiento que provoca desórdenes neurodegenerativos, lo cual a veces es causa de comportamientos extraños, como llantos inexplicables, correr en cuatro patas y ladrar…
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