InicioApuntes Y MonografiasLa Carcajada del Hombre Buho
El dolor me despertó. Supe que estaba vivo al sentir la aguda punzada de mi tobillo izquierdo. Traté de levantarme, sólo para comprobar que tenía todo el cuerpo entumido, a causa seguramente de la inactividad de varios días. Al abrir los ojos me percaté de la discreta claridad de un mustio atardecer, cuya luz difusa se colaba entre las rendijas de las míseras paredes de madera apolillada.
No sabía quién era, ni siquiera qué era, pero sabía que estaba vivo y que aún quería pelear. Eso sí lo sabía.
La Carcajada del Hombre Buho

Trabajosamente me apoyé sobre las palmas y volví la cabeza hacia mis pies descalzos y ennegrecidos por semanas de desaseo: El aspecto tumefacto de la hinchazón de mi tobillo no auguraba nada bueno. Soportando la intensa sensación de punzante hormigueo traté de levantarme gradualmente sobre mi pie derecho. La sensación lacerante pero vivificante de la sangre recorriendo nuevamente las venas y arterias, me comunicaba la gozosa nueva de que aún tenía vida, gran riqueza cuando no se tiene nada más.
Palpándome y explorando mi persona fui cayendo en la cuenta de mi dramática situación: Mis piernas aún estaban sujetas por los grilletes herrumbrosos con los que fui encadenado. Las cadenas estaban rotas ya en los eslabones próximos a mis muñecas y tobillos. Lucían como si hubiesen cedido a un gran esfuerzo muscular, y no a un trabajo de segueta o cincel.
¿En verdad soy tan fuerte? ¿Es tan grande el poder de la desesperación?
Por fin me puse de pie, observé con parsimonia mi lóbrego entorno: Un catre hediondo con mantas que un día fueron blancas, unas míseras láminas de cartón oscuro, una mesa rústica que sirve de base para numerosas chucherías inservibles y restos de comida que no consumí, que son migajas que dejaron "Ellos".
Vi trapos rotos y sucios que hacía tiempo fueron prendas de vestir, tal vez mías; basura acumulada sobre el suelo de tierra; un alacrán negro que corría asustado por mis movimientos; y un grasiento espejo de cuerpo entero al otro lado de la casucha. Era cuanto había, ni un aparato electrónico, ni un foco, ni una sola herramienta, ni papel, ni libros, nada más. El desorden y la inmundicia del sitio eran sobrecogedores. La mortecina luz sólo contribuía a hacer más tétrico y deprimente el entorno.
Finalmente logré erguirme, y a pesar del dolor avancé cojeando con gran dificultad. Más difícil que lidiar con el dolor era vencer ese terrible embotamiento que aletargaba mi cerebro, una especie de somnolencia abrumadora dominaba mi mente, seguramente eran los efectos de esas sustancias que "Ellos" solían introducirme cuando estuve encadenado, tanto me temían los miserables.
Cada movimiento es un triunfo de mi voluntad, cada decisión, un desafío temerario a la autoridad de mis captores, "Ellos" quieren que esté atado, inmóvil, medroso y cabizbajo. Hoy los reto con mi lucidez, con mi desprecio al dolor y mis pasos de ebrio y mi inquisitiva mirada a cuanto me rodea.
¡Estoy despierto!
Dirigí mi mirada hacia el espejo y vi escrita con lápiz labial rojo: "El Buho/Prisionero #13".
Así que soy el Buho, para ellos soy el Buho, el ave mágica que les anuncia su muerte. Soy alguien, después de todo.
Caminé hasta quedar frete al espejo y la imagen que me devolvió éste no pudo ser más atroz: Mi rostro pálido, surcado de grandes arrugas, quizá de edad (¿Cuántos años tenía?), quizás de agonía y desasosiego; una barba negra, enmarañada y larguísima, horrenda, caía en picada hacia mi pecho; el mostacho tieso y apelmazado; una larga melena de nazareno, pero sin gloria ni santidad; una camisa marrón que era amarilla cuando me la pusieron; un pantalón caqui hecho jirones que cuelga precariamente de mis estrechas caderas. La piel que en mi juventud era sonrosada y lozana estaba ya aceitunada por la acumulación de piel muerta y polvo pegado a ella, de manera que tenía tres pieles: suciedad, piel muerta y verdadera piel, al menos así no pasé tanto frío, pensé.
Pero mis ojos, mis ojos son de fiera, un brillo demoníaco refulge desde mis pupilas, esa pupilas que "Ellos" tanto temen, y que sin necesidad de usar la lengua, que me han prohibido usar, les dicen en elocuentes palabras sin sonido cuánto los odio, cuánto los desprecio y cuán insignificantes y ridículos son a pesar de todos sus desplantes y poses de tiranuelos. ¡Ah! Mis ojos que escupen a cada momento a sus rostros hipócritas y afeitados.
Una dicha inmensa me embargó mientras andaba con paso rengo hacia la casi inexistente puerta de mi fallida prisión, estaba vivo, consciente y seguía odiando con todo mi ser este mundo demencial que "Ellos" querían que amara. ¡Oh, Nélida! ¡Qué bello, qué grandioso es el odio cuando te da vida!
Con mi diestra temblorosa, temblorosa por la debilidad de mi cuerpo, que no por falta de ánimo, hice a un lado la rota puerta. Aspirando el húmedo aire de la barriada salí al patio de la maltrecha casa.
Observé con aprensión mi alrededor. Un mar, no: Un océano de miseria se desparramaba a mi alrededor, formado por cientos, miles de casuchas tan paupérrimas como la mía. Se extendía enfrente y detrás mío, y a mis costados. La pobreza más lacerante y el hambre de todos los días eran la única realidad para todos estos infelices. Soñar y morir: He ahí su destino.
el Buho
Pero yo por un fugaz momento he vencido. Mi gozo va en aumento, no importa quiénes son Ellos, no importa si son vulgares secuestradores por dinero, ni si soy su prisionero político, o si son de la policía secreta, o si soy prisionero de guerra. No importa si su jefe es un tirano, Satanás o el mismísimo Demiurgo. Hoy, contra toda posibilidad y aunque sea por un momento que quizá no se repetirá, los he vencido, he actuado conscientemente, haciendo mi voluntad y contrariando la suya. Hoy he triunfado.
Mi alegría no conoce límites: Levanto desafiante mi puño siniestro y lo agito con irreverencia hacia el horizonte, retando con fiereza al mundo, a mis enemigos, a Satanás y al Creador. ¡Soy libre! ¡Soy invencible! ¡SOY YO!
Una carcajada destemplada, desaforada, estentórea, brutal e incontenible brota a todo volumen de lo más profundo de mis pulmones y de mis entrañas. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces el mundo tembló, y los dioses sonrieron.
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