Abundan las historias sobre chaneques. Los trabajadores nocturnos, policías, veladores, gente que tiene que circular por despoblado o en las afueras de los pueblos por la madrugada, con frecuencia narran encuentros inesperados y aterradores con estos seres.
Un gendarme, esposo de una de mis compañeras cuando fui velador, juraba que se las tuvo que ver con ellos, los chaneques. Estaba en el interior de su patrulla, solo, y de pronto vio una bulliciosa tropilla de niños pequeñitos, un metro de estatura cuando mucho. Los hombrecitos saltaron al vehículo y empujándolo por todas partes lo zarandearon provocando el pánico del agente de la Ley. Todo pálido porfiaba por huir, cada segundo era una hora de horror. Como pudo escapó a toda prisa del sitio. Llegó muy alterado a su casa, sin importarle la suerte del vehículo oficial, y tras contar lo ocurrido cayó en cama, de la que no se pudo levantar en días. Los pequeños seres abusan alegremente de quien les demuestra miedo.
Esos son los chaneques, los pequeños duendecillos, siervos del gran Chane, o Chaneco, el regente de la tierra y del agua, un dios dual que lo mismo premia a los hombres virtuosos que castiga a los malvados, especialmente si son adúlteros. Para castigar a los adúlteros manda al burrito Lúputi. Cuando este animalito encuentra al transgresor, lo desnuda de inmediato y procede a darle tremendas lamidas hasta comérselo; para sancionar a las mujeres infieles, Chane les manda al gatito Shúnuti (creo que más bien es un ocelote y no un gato doméstico), el cual se transforma en jaguar para devorarlas.
Las tareas de los chaneques son menos cruentas. Estos seres tienen rostro de niño, su estatura nunca sobrepasa el metro con veinte centímetros, tienen los pies al revés y la piel color chocolate. Son amistosos con los niños, pues aman la inocencia y la pureza. Con los adultos se comportan muy distinto, les caen mal las personas egoístas en que nos transformamos al dejar la infancia. Les arrojan piedras, los hacen perder el camino, les hacen toda clase de travesuras, y como ya vimos con el policía, les gusta causar terror a la gente de mente sucia. Incluso llegan a robar el tonalli (se pronuncia tonali) de algunas personas. Dejan en el ambiente su “aire”, el cual al ser absorbido por algún humano, hace que éste enferme. El tonalli se confunde con el alma o espíritu, pero no es ninguno de ellos, más bien viene a ser una sustancia vital del organismo, que si no se recupera, el enfermo puede morir, o quedar hecho un zombi toda su vida.
Las ancianitas duchas en herbolaria (brujas, les llaman los supersticiosos) saben hacer los rituales precisos para remediar los males que arrojan los chaneques. Te curarán de espanto con alcohol, fuego y una sarta de hierbas que sólo ellas saben, te escupirán una mezcla de su saliva y alcohol en la nuca sorpresivamente, y con voz estentórea te gritarán de repente: “¡FERMÏN”, o como te llames. Así vuelve a ti tu tonalli, y entonces quedas curado de espanto. Para quitarte el mal aire, la viejecita te hará una buena limpia, con ruda, albahaca y romero. Te pasará un huevo (un blanquillo, o un colorado si se amerita) de rancho por todo el cuerpo; no sirven los huevos de granja, tiene que ser un huevo de gallina fecundado ya por el gallo. Te sobará el lomo, las nalgas, todo, con ese huevo y luego lo parte delante de ti y lo arroja a un vaso transparente, para que veas toda la porquería que andabas cargando.
Los autores de esos males y muchas otras travesuras, los chaneques, sin embargo, pueden ser tus amigos. Recuerda que son los verdaderos dueños de los animales del bosque y de la selva, así que es mejor que no maltrates a la fauna; si has incurrido en su enojo puedes contentarlos. Sólo tienes que dejarles junto a un ahuehuete, o cualquier gran árbol que crezca a la orilla de un río, una cajetilla de cigarros y una botella de aguardiente. Ellos se pondrán muy contentos y te perdonarán. También puedes dejarles golosinas y leche donde sepas que acostumbran andar.
Los chaneques saben amar, y viven con sus esposas, allí, en los lugares peligrosos, pues eso es lo que significa chaneque en náhuatl: los que viven en lugares peligrosos.
Así que es mejor que no trates de averiguar dónde exactamente está su morada, si les llevas presentes déjalos donde ya sabes.
Si te gustan los animalitos, no los maltratas, ni destruyes la selva, si conservas un poco del candor de la infancia, pasarás momentos muy felices cuando visites el estado de Veracruz, los chaneques se alegrarán de tu presencia y no te harán travesuras, puede que hasta te cuiden. Pero si no eres así, más vale que vengas con bastantes cigarrillos, muchas botellas de tequila, bastante ruda, albahaca, romero, una docena de huevos de rancho (no de granja, ¿eh?) y la dirección de una curandera.