InicioApuntes Y MonografiasManipulando conciencas: la farsa del anarcocapitalismo

Manipulando conciencas: la farsa del anarcocapitalismo


En la eterna búsqueda de la prosperidad y la felicidad, la humanidad ha ensayado toda clase de sistemas. Los clanes de la antigüedad se han fusionado formando tribus, y éstas, naciones. La necesidad de defensa ante naciones extrañas, la competencia por las zonas con los mejores recursos, entre otros factores, provocaron que las personas se organizaran en entidades que hoy llamamos estados.
Un rey, un territorio, una nación. Esos eran los elemento básicos de los estados en la antigüedad. Mucho más recientemente, como consecuencia de la revolución industrial, se optimiza y concreta una tendencia económica conocida hoy como capitalismo.
Poderosos y hábiles empresarios han conseguido amasar grandes fortunas. En los siglos siguientes a la revolución industrial inglesa, muchas empresas y conglomerados de empresas, han conseguido convertirse en entes más poderosos que algunos estados. La tendencia, incluso en la actualidad, es enriquecer más a los ricos y empobrecer más a los pobres.
El papel del estado ante el empresariado y la sociedad en general, es detentar la administración de la justicia y el orden, y defender a la nación ante los riesgos externos. En los peores casos, los funcionarios del estado se involucran en manejos turbios con algunos de los grandes capitalistas, en perjuicio de los competidores de éstos, de las clases trabajadoras y los consumidores. Incluso los gobiernos corruptos crean entre sus funcionarios nuevos magnates de la noche a la mañana, convirtiendo al poder público simplemente en un trampolín para hacerse de ostentosas fortunas. De esta suerte han surgido en muchos países clases políticas que no representan a sus gobernados, sino tan sólo sus propios intereses.
La codicia de los multimillonarios propietarios de corporaciones multinacionales, no ha sido menor. El dueño de una gran empresa tiene una ventaja clave sobre los políticos más poderosos: éstos tienen un periodo fijo en el gobierno, tras el cual su poder desaparece. En cambio, los dueños de empresas son vitalicios. Esto les ha permitido sobornar y, en ocasiones, dominar a los gobernantes de sus países y de países extranjeros.
Justamente esa es la razón de fondo en la atomización de los estados soberanos. Así, la balcanización de Yugoslavia fraccionó la otrora floreciente patria de Tito en multitud de estados pequeños y débiles, muy fáciles de manejar para los trusts internacionales. La América española, al independizarse se fracciona en decenas de países independientes entre sí, lo que permite que las compañías estadounidenses se asienten en ellas, gozando de enormes privilegios. Y los políticos locales, débiles y corruptos se convirtieron en fieles cipayos al servicio de los extranjeros.

Por eso resulta tan sospechosa la doctrina del anarcocapitalismo. Se trata de un ideario que, pretendiendo defender la libertad del individuo y el libre mercado, trata de convencer a las personas de la necesidad de eliminar el estado. Tarea que es además utópica.
En el supuesto de que en efecto, un día se eliminase el estado, las empresas y emprendedores tendrían que crear organismos que regulasen sus relaciones, creando así un nuevo estado. De manera que la promesa de eliminar el estado no se cumplirá. Peor aún, las empresas más fuertes crearían cada una sus propios estados, generalizándose así una lucha de todos contra todos en un mismo territorio.
Ni qué decir de brindar oportunidades reales de prosperidad para las personas que iniciasen en la pobreza su existencia en el sistema anarcocapitalista. Su destino sería convertirse en verdaderos esclavos, o sucumbir de inanición. De manera que la promesa de libertad, tampoco es creíble.
Los partidarios del anarcocapitalismo, si son sinceros, pecan de una extremada ingenuidad, creyendo que las grandes corporaciones mundiales respetarán la libertad que reclaman para sí. No es posible que para sostener sus altos estándares de vida, los grandes capitalistas se abstengan de quebrantar la libertad de elección de sus consumidores. Se valdrían, como ya lo hacen, de la manipulación de la mente del público, de la eliminación de la competencia y del aumento desmedido de los precios de sus productos. Con lo que ni la libertad del individuo, ni el surgimiento de exitosos pequeños capitalistas son posibles en un país que elimine su gobierno, en aras de la irrestricta libertad financiera de las clases más encumbradas.
Con toda seguridad, no todos los anarcocapitalistas son sinceros ingenuos, algunos son hábiles manipuladores al servicio de la plutocracia global, o son los propios interesados en la desaparición del estado.
La solución a la problemática socio-económica global no pasa hoy por la extinción del estado, cosa además técnicamente imposible en el capitalismo, sino en la formación de cuadros políticos capacitados para gobernar con total honradez y eficiencia. Ya hay casos de gobiernos eficientes en el mundo. Es hora de apuntar las miradas en esa dirección.
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