La edad de oro de la Conspiranoia
El auge de internet ha permitido el florecimiento de un género multimedia que antes era muy poco conocido: las teorías de conspiración.
Opiniones de la más diversa índole circulan por la red, desde quién mató a Kennedy hasta la identidad del Dios bíblico.
Antes de profundizar en este fenómeno mediático es preciso preguntarnos: ¿Por qué creemos en teorías de conspiración?
Al menos en el caso de mi país, México, la respuesta parece evidente: los ciudadanos desconfiamos profundamente de las autoridades y sus voceros. Cualquier adulto mexicano ha tenido ya la experiencia amarga de escuchar mentiras de toda clase en labios de sus gobernantes y de los servidores públicos a su servicio. La prensa, la televisión, los policías, las radiodifusoras no se salvan de esta percepción.
Existe una profunda crisis de confianza. Muchas veces hemos presenciado un accidente, o personas de la más alta credibilidad en nuestro entorno social nos han comunicado un hecho de violencia. Heridos, muertos, daños cuantiosos han sido el saldo de tal o cual choque de autobuses, descarrilamiento, enfrentamiento entre grupos rivales armados, etc. Personalmente, o por referencias de testigos presenciales, nos hemos enterado de un equis número de muertos o detenidos.
Cuando el diario, el noticiero, o el vocero oficial de las autoridades nos indica un número mínimo, y falso, de pérdidas humanas y materiales, quizá están salvando su empleo, pero están perdiendo definitivamente la confianza del público. Entonces damos crédito al rumor, que aunque muy posiblemente es inexacto por exageración, es admitido con más confianza que el reporte oficial, evidentemente falso por defecto.
Opiniones de la más diversa índole circulan por la red, desde quién mató a Kennedy hasta la identidad del Dios bíblico.
Antes de profundizar en este fenómeno mediático es preciso preguntarnos: ¿Por qué creemos en teorías de conspiración?
Al menos en el caso de mi país, México, la respuesta parece evidente: los ciudadanos desconfiamos profundamente de las autoridades y sus voceros. Cualquier adulto mexicano ha tenido ya la experiencia amarga de escuchar mentiras de toda clase en labios de sus gobernantes y de los servidores públicos a su servicio. La prensa, la televisión, los policías, las radiodifusoras no se salvan de esta percepción.
Existe una profunda crisis de confianza. Muchas veces hemos presenciado un accidente, o personas de la más alta credibilidad en nuestro entorno social nos han comunicado un hecho de violencia. Heridos, muertos, daños cuantiosos han sido el saldo de tal o cual choque de autobuses, descarrilamiento, enfrentamiento entre grupos rivales armados, etc. Personalmente, o por referencias de testigos presenciales, nos hemos enterado de un equis número de muertos o detenidos.
Cuando el diario, el noticiero, o el vocero oficial de las autoridades nos indica un número mínimo, y falso, de pérdidas humanas y materiales, quizá están salvando su empleo, pero están perdiendo definitivamente la confianza del público. Entonces damos crédito al rumor, que aunque muy posiblemente es inexacto por exageración, es admitido con más confianza que el reporte oficial, evidentemente falso por defecto.
De ahí a crear nuestras propias teorías acerca del funcionamiento del país y del mundo, hay sólo un paso. Paso que damos en cuanto nos enteramos de que los hechos que creíamos históricos, empiezan a ser cuestionados por nuevos historiadores, que no conformes con la versión gubernamental, indagan, en documentos, testimonios y evidencias físicas, la manera real en que ocurrieron tales o cuales hechos.
Este fenómenos no es exclusivo de México, y se replica a nivel mundial. El hecho de que agentes de inteligencia de países como Estados Unidos lleguen a un aparente hartazgo y comiencen a develar información desconcertante pero a la vez impactante, ha dado desde hace décadas un formidable impulso a las teorías de conspiración. Ese es el caso por ejemplo de Bill Cooper, quien, tras ser agente de la inteligencia naval estadounidense, se alejó de los círculos oficiales y comenzó a difundir información sumamente atípica. A través de una red de radioaficionados, pues internet aún no era masivo, emitía su propio programa, causando sensación y enorme interés en miles de compatriotas suyos.
Creó su propio medio impreso, abordó temas tabú para un militar, como lo es el fenómeno OVNI; ante la presunta conspiración de poderosos círculos privados y gubernamentales, se puso del lado del pueblo, ganando enorme credibilidad entre sus seguidores.
El hecho de ser asesinado por la policía en un oscuro incidente, con el 11-S muy cerca en el tiempo, le dio un aura de héroe, y revistió de un prestigio formidable a los teóricos de conspiración, hasta entonces ridiculizados por los círculos oficiales con el mote de conspiranoicos.
Las teorías de conspiración pueden abordar cualquier tema, de hecho cada quién puede crear su propia teoría y tratar de demostrarla.
No obstante, hay un grupo de teorías que gozan de la predilección del público: extraterrestres malvados tratando de dominar, o continuar dominado a la humanidad, élites súper poderosas que gobiernan en secreto, los Illuminati, y que trabajan a marchas forzadas en busca de implementar un Nuevo Orden Mundial; seres espantosos, monstruosos, de forma reptiloide, que desde los albores de la humanidad nos esclavizan y explotan; arcontes misteriosos que viven de succionar nuestras energías; demonios perversos que nos engañan con falsas doctrinas; un demiurgo que usurpa el lugar del verdadero Dios y nos mantiene cautivos en un verdadero infierno, etc. La veta de teorías conspirativas parece inagotable.
Siendo casi imposible discernir en un sólo artículo la veracidad o falsedad de cada una de estas teorías, en esta ocasión apuntaremos solamente a una de las razones de la popularidad de las teorías de conspiración.
YO ESTOY BIEN, EL MUNDO ESTÁ MAL
La premisa inconfesable de los conspiranoicos y de sus seguidores es muy simple: El mundo es una mierda y hay que cambiarlo.
Obviamente el mundo en que vivimos es imperfecto, ocurren muchas injusticias, y todo joven, de cuerpo o espíritu, se siente impelido a tratar de cambiarlo. Una postura loable y digna de éxito. Sin duda, desde la sombras de la codicia y del secreto, poderosos intereses creados han conspirado contra los pueblos, desde la más remota antigüedad. Sus armas favoritas: la ignorancia y la desinformación.
No obstante, quedarse con sólo esta perspectiva es demasiado simplista. La realidad es mucho más complicada. No hay simplemente un colectivo, o un ser maligno acechando desde las sombras, urdiendo la mejor manera de ponernos de rodillas. De hecho sí hay y ha habido estos entes, pero no están solos, tienen cómplices en la innoble tarea de hacer de este mundo poco menos que el infierno. Esos cómplices somos todos nosotros.
Sí, nosotros somos corresponsables en la problemática mundial, tan compleja. Nosotros contaminamos, nosotros matamos animales innecesariamente, nosotros creamos multimillonarios insensibles al consumir sus productos sin pedir a cambio una conducta ética; nosotros creamos dictaduras al aceptar sin más el papel represor de los estados; nosotros creamos dioses dictatoriales al creer en ellos; creamos cleros impúdicos al participar en cultos que devalúan la vida humana. Somos tan responsables o más, que los hipotéticos Illuminati, reptilianos y anunakis.
la popularidad de las teorías de conspiración se fundamenta en que nos permiten eludir nuestra responsabilidad, Miramos hacia los "otros", hacia los Rockefeller, los Rotschild, los sionistas, los fascistas, los comunistas y los dioses, culpándolos amargamente de todas nuestras dificultades. Y es que esta posición es la más cómoda y nos evita la terrible labor de mirar dentro nuestro y descubrir ahí los cómplices del desastre mundial. Asumirnos como los terribles demonios que somos nos obligaría a la lucha interna, y esa es la más amarga y cruel de las luchas. Todo antes que eso.
Desde luego, hay que admitir la gran responsabilidad global de gobiernos y grandes corporaciones, no pretendemos reducir su carga de culpa.
Hay que apuntar a lo enormemente cómodas que resultan para ellos también las teorías de conspiración: si el demiurgo, si los anunakis, los reptilianos, los sionistas, los masones, los Illuminati son los causantes de nuestros sinsabores y desgracias, los gobiernos no tienen que ver en ellas. son también víctimas de los conspiradores.
Tal vez sea por ello que los teóricos de conspiración generalmente no son molestados, ni son cerrados sus canales en Youtube ni sus páginas web. Nos ofrecen la ilusión de que alguien ajeno al Estado nos oprime.
Creó su propio medio impreso, abordó temas tabú para un militar, como lo es el fenómeno OVNI; ante la presunta conspiración de poderosos círculos privados y gubernamentales, se puso del lado del pueblo, ganando enorme credibilidad entre sus seguidores.
El hecho de ser asesinado por la policía en un oscuro incidente, con el 11-S muy cerca en el tiempo, le dio un aura de héroe, y revistió de un prestigio formidable a los teóricos de conspiración, hasta entonces ridiculizados por los círculos oficiales con el mote de conspiranoicos.
Las teorías de conspiración pueden abordar cualquier tema, de hecho cada quién puede crear su propia teoría y tratar de demostrarla.
No obstante, hay un grupo de teorías que gozan de la predilección del público: extraterrestres malvados tratando de dominar, o continuar dominado a la humanidad, élites súper poderosas que gobiernan en secreto, los Illuminati, y que trabajan a marchas forzadas en busca de implementar un Nuevo Orden Mundial; seres espantosos, monstruosos, de forma reptiloide, que desde los albores de la humanidad nos esclavizan y explotan; arcontes misteriosos que viven de succionar nuestras energías; demonios perversos que nos engañan con falsas doctrinas; un demiurgo que usurpa el lugar del verdadero Dios y nos mantiene cautivos en un verdadero infierno, etc. La veta de teorías conspirativas parece inagotable.
Siendo casi imposible discernir en un sólo artículo la veracidad o falsedad de cada una de estas teorías, en esta ocasión apuntaremos solamente a una de las razones de la popularidad de las teorías de conspiración.
YO ESTOY BIEN, EL MUNDO ESTÁ MAL
La premisa inconfesable de los conspiranoicos y de sus seguidores es muy simple: El mundo es una mierda y hay que cambiarlo.
Obviamente el mundo en que vivimos es imperfecto, ocurren muchas injusticias, y todo joven, de cuerpo o espíritu, se siente impelido a tratar de cambiarlo. Una postura loable y digna de éxito. Sin duda, desde la sombras de la codicia y del secreto, poderosos intereses creados han conspirado contra los pueblos, desde la más remota antigüedad. Sus armas favoritas: la ignorancia y la desinformación.
No obstante, quedarse con sólo esta perspectiva es demasiado simplista. La realidad es mucho más complicada. No hay simplemente un colectivo, o un ser maligno acechando desde las sombras, urdiendo la mejor manera de ponernos de rodillas. De hecho sí hay y ha habido estos entes, pero no están solos, tienen cómplices en la innoble tarea de hacer de este mundo poco menos que el infierno. Esos cómplices somos todos nosotros.
Sí, nosotros somos corresponsables en la problemática mundial, tan compleja. Nosotros contaminamos, nosotros matamos animales innecesariamente, nosotros creamos multimillonarios insensibles al consumir sus productos sin pedir a cambio una conducta ética; nosotros creamos dictaduras al aceptar sin más el papel represor de los estados; nosotros creamos dioses dictatoriales al creer en ellos; creamos cleros impúdicos al participar en cultos que devalúan la vida humana. Somos tan responsables o más, que los hipotéticos Illuminati, reptilianos y anunakis.
la popularidad de las teorías de conspiración se fundamenta en que nos permiten eludir nuestra responsabilidad, Miramos hacia los "otros", hacia los Rockefeller, los Rotschild, los sionistas, los fascistas, los comunistas y los dioses, culpándolos amargamente de todas nuestras dificultades. Y es que esta posición es la más cómoda y nos evita la terrible labor de mirar dentro nuestro y descubrir ahí los cómplices del desastre mundial. Asumirnos como los terribles demonios que somos nos obligaría a la lucha interna, y esa es la más amarga y cruel de las luchas. Todo antes que eso.
Desde luego, hay que admitir la gran responsabilidad global de gobiernos y grandes corporaciones, no pretendemos reducir su carga de culpa.
Hay que apuntar a lo enormemente cómodas que resultan para ellos también las teorías de conspiración: si el demiurgo, si los anunakis, los reptilianos, los sionistas, los masones, los Illuminati son los causantes de nuestros sinsabores y desgracias, los gobiernos no tienen que ver en ellas. son también víctimas de los conspiradores.
Tal vez sea por ello que los teóricos de conspiración generalmente no son molestados, ni son cerrados sus canales en Youtube ni sus páginas web. Nos ofrecen la ilusión de que alguien ajeno al Estado nos oprime.