El caso López posee todos los agravantes que puede haber en un acto injusto. Los vamos a analizar brevemente desde la tópica aristotélica, con sentido común, más allá de lo judicial en sí. Luego hablaremos de la injusticia de los políticos en general, sobre por qué el pueblo las padece y, finalmente, qué debe hacerse.
Todo acto de injusticia es la ruptura de un orden y en cierto modo lleva la marca de la irreparabilidad, aunque sea en sentido humano. No voy a repetir el lugar común de que la corrupción mata, pues si bien es verdad que la muerte encierra algo irremediable, y siendo los corruptos responsables de muchas muertes, constituye una verdadera prueba pero indirecta. Hay un argumento más directo y grave: el quiebre de la confianza del pueblo no tiene castigo equivalente, tiene más gravedad que un crimen.
La suma encontrada no parece provenir de una sola coima. La repetición del delito es un agravante. Doce años de coimero anotamos como mínimo. También el hecho de que ahora deban crearse leyes nuevas o más extensivas, instrumentos de mayor utilidad para combatir mejor los hechos de corrupción, es un agravante. Estamos hablando de delitos pergeñados con ingeniería, acciones que ni la misma investigación judicial fue capaz de descubrir por sí misma. La justicia se choca con los hechos, dijo el fiscal Delgado. ¿Y cómo no puede ser más grave aquello en donde los malos superan en medios a los buenos? No resulta menos grave que López sea uno de los primerizos en la organización Kirchnerista: la premeditación de un estadista del mal.
La portación de armas y el haber cobrado sueldo en la función pública son agravantes, pues podía producir potencialmente mayor daño y es más injusto cometer injusticias de quien se recibe beneficios. También la supuesta pretensión de las donaciones se hace sin ninguna necesidad o mandato. Donar plata robada es ser injusto sin necesidad. Ahora bien, si es un atenuante hacer el mal cuando se ha sido forzado, lo contrario es más grave.
La tópica aristotélica se queda corta, pero es verdadera y de sentido común. Sigamos un paso más adelante.
¿Por qué roban los políticos, hablando en general?
Todos los que delinquen es con éste ánimo: porque se saben impunes, o si los descubren no serán castigados sino a los superiores o inferiores, o a quienes estaban a su cargo, o el castigo será menor a la ganancia. Si tienen cómplices o servidores, ya que disponen de los medios para obrar y ocultarse. Cuando son amigos de los jueces o pueden dilatar el juicio y no cumplir finalmente la sentencia. Los que creen tener grandes ganancias a costa de pocas penas, inciertas o lejanas. Los que muchas veces no han sido descubiertos o no fueron castigados. Los que pudieran causar la impresión de haber cometido un error, pero no injusticia: “robamos por el proyecto”.
¿Por qué el pueblo recibe tantas injusticias?
Hablando en general, el pueblo no es prevenido, ni se defiende, es confiado, así los delincuentes se ocultan con facilidad. El descuido los hace pasibles de injusticias, pues entablar pleito es de los diligentes. Cuando ha recibido muchas injusticias y no cree que las seguirá padeciendo –ley de compensación falsa-, por esta razón se perpetrarán más injusticias; del mismo modo si hubiera padecido pocas injusticias, no las esperaría, como el fraude moral a muchos jóvenes militantes. Por estar demonizados a causa del liberalismo, la represión militar, los medios y la falta de pensamiento, no porque todo ello sea exactamente así, sino en parte, pero el mal sólo necesita un pretexto; y si no existe ningún enemigo, se lo inventa con mucho relato e historia falsificada, mientras la gente pierde en el plano de las ideas, el debate y la realidad. Además, el pueblo no es idóneo para defenderse de palabra y obra, no sabe qué cosas producen el bien ni el mal y es inepto para custodiar la poca libertad adquirida, incluso la interior. No lleva nada hasta el final ¿Hay que explicar por qué esto convierte al pueblo en blanco perfecto de las injusticias? La expresión “investigar hasta las últimas consecuencias” pasó a ser la más burda, farsante e irónica expresión político mediática, sólo evoca lo que nos gusta escuchar, pero nada más. Finalmente, nos hacen injusticias porque pueden y quieren, y el pueblo nada puede y quiere, sometido como está a la dialéctica: la democracia o las armas.
Como los gobiernos venideros serán injustos, los presentes deciden ir a la vanguardia. Básicamente nos roban porque todos los políticos hacen lo mismo. El “todos roban” tiene algo de sofístico, sí, de “sofística verdadera”. Ahora tratare de explicarlo.
¿Qué debe hacerse?
“Todos roban” es el último extremo lógico dentro del “juego libre de las instituciones”. Hay un riesgo de reducir el movimiento anticorrupción del momento a una mera cuestión económica. Cuando la Argentina entra en crisis se recupera rápido, emerge y cambia para mejor, dicen. No es de extrañar que tal idea sólo puede producir un sentimiento mixto de ironía y sinsabor amargo, al comprobar que no importa si la mejoría dura un momento o eternamente, porque la cuestión está siendo reducida al dinero. No vamos a negarle poder “al estiércol de satán”, pero le vamos a negar todo lo demás como principio. Bien y poder, moral y dinero, no son una y la misma cosa.
El problema reside en que desplazaran –sobre quienes lo harán, me reservo la mención- el eje de las verdaderas reformas institucionales. Con la fractura expuesta de “el juego libre de las instituciones”, donde funciona el axioma “mentira la verdad”, se hace necesaria una acción superadora para democratizar la democracia. El caso López debería representar y ser la ocasión de reformas profundas, ya que parece no ha quedado claro en los debates ideológicos de campaña el agotamiento real de alternativas políticas. Si los demócratas no se desmarcan de ese error reduccionista - y no se ve que vaya a suceder, aunque indicios he visto y oído- los pronósticos a futuro son desalentadores.
Todo acto de injusticia es la ruptura de un orden y en cierto modo lleva la marca de la irreparabilidad, aunque sea en sentido humano. No voy a repetir el lugar común de que la corrupción mata, pues si bien es verdad que la muerte encierra algo irremediable, y siendo los corruptos responsables de muchas muertes, constituye una verdadera prueba pero indirecta. Hay un argumento más directo y grave: el quiebre de la confianza del pueblo no tiene castigo equivalente, tiene más gravedad que un crimen.
La suma encontrada no parece provenir de una sola coima. La repetición del delito es un agravante. Doce años de coimero anotamos como mínimo. También el hecho de que ahora deban crearse leyes nuevas o más extensivas, instrumentos de mayor utilidad para combatir mejor los hechos de corrupción, es un agravante. Estamos hablando de delitos pergeñados con ingeniería, acciones que ni la misma investigación judicial fue capaz de descubrir por sí misma. La justicia se choca con los hechos, dijo el fiscal Delgado. ¿Y cómo no puede ser más grave aquello en donde los malos superan en medios a los buenos? No resulta menos grave que López sea uno de los primerizos en la organización Kirchnerista: la premeditación de un estadista del mal.
La portación de armas y el haber cobrado sueldo en la función pública son agravantes, pues podía producir potencialmente mayor daño y es más injusto cometer injusticias de quien se recibe beneficios. También la supuesta pretensión de las donaciones se hace sin ninguna necesidad o mandato. Donar plata robada es ser injusto sin necesidad. Ahora bien, si es un atenuante hacer el mal cuando se ha sido forzado, lo contrario es más grave.
La tópica aristotélica se queda corta, pero es verdadera y de sentido común. Sigamos un paso más adelante.
¿Por qué roban los políticos, hablando en general?
Todos los que delinquen es con éste ánimo: porque se saben impunes, o si los descubren no serán castigados sino a los superiores o inferiores, o a quienes estaban a su cargo, o el castigo será menor a la ganancia. Si tienen cómplices o servidores, ya que disponen de los medios para obrar y ocultarse. Cuando son amigos de los jueces o pueden dilatar el juicio y no cumplir finalmente la sentencia. Los que creen tener grandes ganancias a costa de pocas penas, inciertas o lejanas. Los que muchas veces no han sido descubiertos o no fueron castigados. Los que pudieran causar la impresión de haber cometido un error, pero no injusticia: “robamos por el proyecto”.
¿Por qué el pueblo recibe tantas injusticias?
Hablando en general, el pueblo no es prevenido, ni se defiende, es confiado, así los delincuentes se ocultan con facilidad. El descuido los hace pasibles de injusticias, pues entablar pleito es de los diligentes. Cuando ha recibido muchas injusticias y no cree que las seguirá padeciendo –ley de compensación falsa-, por esta razón se perpetrarán más injusticias; del mismo modo si hubiera padecido pocas injusticias, no las esperaría, como el fraude moral a muchos jóvenes militantes. Por estar demonizados a causa del liberalismo, la represión militar, los medios y la falta de pensamiento, no porque todo ello sea exactamente así, sino en parte, pero el mal sólo necesita un pretexto; y si no existe ningún enemigo, se lo inventa con mucho relato e historia falsificada, mientras la gente pierde en el plano de las ideas, el debate y la realidad. Además, el pueblo no es idóneo para defenderse de palabra y obra, no sabe qué cosas producen el bien ni el mal y es inepto para custodiar la poca libertad adquirida, incluso la interior. No lleva nada hasta el final ¿Hay que explicar por qué esto convierte al pueblo en blanco perfecto de las injusticias? La expresión “investigar hasta las últimas consecuencias” pasó a ser la más burda, farsante e irónica expresión político mediática, sólo evoca lo que nos gusta escuchar, pero nada más. Finalmente, nos hacen injusticias porque pueden y quieren, y el pueblo nada puede y quiere, sometido como está a la dialéctica: la democracia o las armas.
Como los gobiernos venideros serán injustos, los presentes deciden ir a la vanguardia. Básicamente nos roban porque todos los políticos hacen lo mismo. El “todos roban” tiene algo de sofístico, sí, de “sofística verdadera”. Ahora tratare de explicarlo.
¿Qué debe hacerse?
“Todos roban” es el último extremo lógico dentro del “juego libre de las instituciones”. Hay un riesgo de reducir el movimiento anticorrupción del momento a una mera cuestión económica. Cuando la Argentina entra en crisis se recupera rápido, emerge y cambia para mejor, dicen. No es de extrañar que tal idea sólo puede producir un sentimiento mixto de ironía y sinsabor amargo, al comprobar que no importa si la mejoría dura un momento o eternamente, porque la cuestión está siendo reducida al dinero. No vamos a negarle poder “al estiércol de satán”, pero le vamos a negar todo lo demás como principio. Bien y poder, moral y dinero, no son una y la misma cosa.
El problema reside en que desplazaran –sobre quienes lo harán, me reservo la mención- el eje de las verdaderas reformas institucionales. Con la fractura expuesta de “el juego libre de las instituciones”, donde funciona el axioma “mentira la verdad”, se hace necesaria una acción superadora para democratizar la democracia. El caso López debería representar y ser la ocasión de reformas profundas, ya que parece no ha quedado claro en los debates ideológicos de campaña el agotamiento real de alternativas políticas. Si los demócratas no se desmarcan de ese error reduccionista - y no se ve que vaya a suceder, aunque indicios he visto y oído- los pronósticos a futuro son desalentadores.