"Angelito de mi guarda
dulce compañía
no me desampares ni de noche ni de día."
Por las mañanas, mi hermano y yo, de unos cuatro y tres años de edad, aleccionados por nuestra madre, corríamos alocadamente tratando de seguir el paso de papá que marchaba a su trabajo, mientras le gritábamos la bendición:
"¡Adiós que te lleve! ¡Adiós que te lleve!"
Nuestra peculiar versión de "Que Dios te lleve", que era lo que mamá quería que dijésemos.
Además de la Teología, y de criar a base de sermones y pellizcos a sus retoños, mamá tenía una actividad muy querida: leer libros de historietas que salen periódicamente en México: El Libro Semanal, Lágrimas y Risas, La Novela Policiaca, El Libro Rojo, etc.
-Anda, ve con doña Justina y dile que por favor me mande una novela. - Así les llamábamos a esas historietas, novelas, aunque más bien son cuentos ilustrados para adultos.
-Pero si ahí tienes muchas...
-Sí, pero ya las leí- replicaba mi madre.
Yo no entendía cómo era posible que si a alguien le apetecía leer, no se contentaba con releer y volver a leer lo que ya teníamos en casa. Aún hoy leo, releo, y vuelvo a leer, y a veces ni así entiendo el texto.
Tan leídas y releídas estaban en realidad algunas de esas novelas, que había varias que ya no tenían las primeras páginas, ni las últimas, característica esta -ahora me doy cuenta- de mi afición a imitar las actividades literarias de mis padres: tomaba las novelas e historietas y les daba vueltas y vueltas a las páginas hasta que terminaba por arrancarlas. Mis hermanos seguramente eran casi tan aficionados a este tipo de literatura como yo. Así que teníamos bastantes novelas sin principio ni final.
Mamá era una teóloga muy especial y convincente, a mí me tenía aterrado con su descripción del infinito poder de Dios.
-Basta con que Dios haga así -decía ella mientras encogía su dedo pulgar- para que el mundo sea destruido.
Desde ese día no tuve más paz, yo vivía abrumado ante la idea de que el buen Dios, sin darse cuenta, un mal día tuviese la ocurrencia de encoger su dedo pulgar, ¡qué horror! Por fortuna Dios no ha querido mover su divino pulgar de ese modo fatal, o tiene artritis.
-¿Qué pasa si Dios se muere, mamá?- Era mi desafío a la impecable teología materna.
- No niño, Dios no puede morir, nunca muere.
-Bueno, pero si se muere, ¿qué pasa?
-Que no, que Dios no muere.- Respondía ella con una dulzura y paciencia jobianas.
-Pero si un día se muere...? -Ya era yo desde entonces un inquisidor terrible. Un aspirante a filósofo de cuatro años de edad.
-No, Él no puede morir... -y así ad infinitum.
Otro día quise saber más del inmortal Dios.
-¿Cuándo nació Dios? ¿De dónde viene?
-Dios no nació.
-No, pero, ¿quién es su mamá? ¿Quién lo creó a él?
-Mira: Dios es tan grande que no tiene principio, ni tiene fin.
-Entonces, ¿Dios es como una novela de esas que lees, que no tienen principio ni fin?
Tal fue mi triunfal primera conclusión teológica.
Y hasta hoy es lo que más sé de Dios: Dios es como un Libro Semanal al que se le han arrancado las primeras y las últimas páginas: no tiene principio ni fin.