Bienvenidos señores, lo que traigo es un ensayo de G. W. Leibniz, aquí expone su nuevo sistema, que desde hacia años y hasta el fin de su vida vino gestando y que con muchas variantes desarrolladas a través del tiempo, es el mismo que delineó en varios de sus escritos, y sobre todo, en su Monadología, ya por sus últimos años. Interesa sobre todo porque la CIENCIA en aquellas épocas comenzaba a dividir sus terrenos y Leibniz representa con su filosofía unificadora y su visión profunda y luminosa de la CIENCIA. En fin, sobre la CIENCIA, siendo mostrada en pleno acto, se trata este post. Nuevo sistema de la naturaleza y de la comunicación de las sustancias, así como de la unión del alma y el cuerpo (1695) ___1. Ha ya muchos años que concebí este sistema, y que le comunique a algunos sabios, particularmente a uno de los primeros teólogos y filósofos de nuestro tiempo, quien, sabedor de algunas de mis opiniones por una persona de la más alta calidad, las calificó de paradójicas. Pero luego oyó mis aclaraciones, y se retractó de la manera más generosa y edificante del mundo; y después de aprobar una parte de mis proposiciones, retiró su censura respecto a otras en que no se puso de acuerdo conmigo. Desde entonces he continuado meditando, según se presentaba la ocasión, no queriendo que aparecieran al público opiniones que no hubieren sido perfectamente examinadas; y he procurado también satisfacer a los argumentos dirigidos contra mis ensayos de dinámica, que tanta relación tienen con esto. Por último, como personas respetables han manifestado deseos de que aclarara mis doctrinas, me he atrevido a publicar estas meditaciones, por más que no sirvan para la multitud, ni sean propias para agradar a toda clase de entendimientos. Me propongo principalmente en este punto aprovechar los juicios de las personas consagradas a estas materias; esquivando, sin embargo, el embarazo que sería para mí el buscar y requerir en particular a los que estén dispuestos a darme instrucciones, si bien las recibiré siempre con mucho gusto, con tal que aparezca en ellas el amor a la verdad, y no la pasión por opiniones en cuyo favor estén prevenidos. ___2. Aunque soy de los que han trabajado mucho en matemáticas, no por eso he dejado de meditar desde mi juventud en la filosofía; porque me pareció siempre que era posible afirmar en ella algo sólido por medio de demostraciones claras. Había penetrado muy adentro en el país de los escolásticos, cuando las matemáticas y los autores modernos me hicieron salir de él, siendo yo muy joven. La preciosa manera que tenían éstos últimos de explicar la naturaleza mecánicamente me encantó, y no pude menos de desestimar con razón el método de los que sólo empleaban para esto formas y facultades que no enseñan nada. Mas, después, como profundizara los principios mismos de la mecánica, para dar razón de las leyes de la naturaleza que la experiencia hacia conocer, comprendí que la sola consideración de una masa extensa no bastaba, y que era preciso emplear además la noción de la fuerza, que es muy inteligible, por más que sea de la competencia de la metafísica. Me parecía también que la opinión de los que trasforman o degradan las bestias convirtiéndolas en puras máquinas, aunque parezca posible, está fuera de toda probabilidad, y es hasta contraria al orden natural de las cosas. ___3. En un principio, cuando me vi libre del yugo de Aristóteles, me incliné al sistema del vacío y de los átomos, porque es el que satisface mejor a la imaginación; pero, volviendo en mí, después de muchas meditaciones me hice cargo de que es imposible hallar los principios de una verdadera unidad en la materia sola, o en lo que no es más que pasivo, puesto que todo ello no es más que una colección o amontonamiento de partes hasta el infinito. Y como la multitud recibe sólo su realidad de unidades verdaderas, que vienen de otra parte, y que no son otra cosa que los átomos de que lo continuo no puede componerse, me vi precisado, para encontrar estas unidades reales, a recurrir a un átomo formal, puesto que un ser material no puede ser al mismo tiempo material y perfectamente indivisible, o dotado de una verdadera unidad. Fue preciso, pues, recordar, y en cierto modo rehabilitar las formas sustanciales, tan desacreditadas en la actualidad, pero de una manera que se las haga inteligibles, y que se pueda separar el uso, que debe hacerse de ellas, del abuso que se hacía. Me encontré, pues, con que su naturaleza consiste en la fuerza, y que de esto se sigue algo que tiene analogía con el sentimiento y el apetito; y que era preciso, por tanto, concebirlas a imitación de la noción que tenemos de las almas. Pero así como el alma no debe emplearse en dar razón al pormenor de la economía del cuerpo del animal, creí de igual modo, que no debían emplearse estas formas para explicar los problemas particulares de la naturaleza, aunque sean necesarios para afirmar verdaderos principios generales. Aristóteles las llama entelequias primeras. Yo las llamo, empleando un término quizá más inteligible, fuerzas primitivas, las cuales no sólo contienen el acto o el complemento de la posibilidad, sino también una actividad original. ___4. Yo veía que estas formas y estas almas debían ser indivisibles, lo mismo que lo es nuestro espíritu, opinión que, en efecto, recordaba que era la opinión de Santo Tomas respecto a las almas de las bestias. Pero esta novedad reproducía las grandes dificultades sobre el origen y la duración de las almas y de las formas. Porque como toda sustancia que tiene una verdadera unidad, no puede tener su principio ni su fin por otro medio que por el milagro, se sigue de aquí que sólo podrían comenzar a existir por creación, y acabar por aniquilación. Y así, excepto las almas que km quiere Dios crear de una manera especial y expresa, me veía obligado a reconocer y sentar que las formas constitutivas de las sustancias han debido ser creadas con el mundo, y que subsisten siempre. Algunos escolásticos, como Alberto Magno y John Bacon, vislumbraron una parte de la verdad sobre el origen de tales sustancias. Y no debe tenerse esto por una cosa extraordinaria, puesto que a las formas sólo se les da, la duración que los partidarios de Gassendi conceden a sus átomos. ___5. Creía, sin embargo, que no debían mezclarse indiferentemente los espíritus ni el alma racional, que son de un orden superior y tienen incomparablemente más perfección que estas formas sumidas en la materia, siendo los primeros, respecto de ellas, como pequeños dioses, que están hechos a imagen de Dios, y tienen en sí algunos rayos de las luces de la divinidad. Por esta razón, Dios gobierna a los espíritus como un príncipe gobierna a sus súbditos, o como un padre cuida de sus hijos; en vez de que dispone de las demás sustancias al modo que un ingeniero maneja sus máquinas. Y así los espíritus tienen leyes particulares que los colocan por encima de las revoluciones de la materia; y puede decirse, que todo lo demás está hecho en obsequio de ellos, estando acomodadas esas mismas revoluciones para labrar la felicidad de los buenos y para castigo de los malos. ___6. Sin embargo, volviendo a las formas ordinarias almas materiales, esta duración, que es preciso concederles, en vez de la que había sido atribuida a los átomos, podría hacer dudar si tales formas pasan de unos cuerpos a otros; lo cual sería la metempsícosis, al modo, sobre poco más o menos, que han creído algunos filósofos respecto de la trasmisión del movimiento y de las especies. Pero esta aprehensión está muy distante de la naturaleza de las cosas. No hay tal tránsito de unos cuerpos a otros; y aquí cuadran bien las trasformaciones de Swammerdam, Malpighi y Leeuwenhoek, que son los mejores observadores de nuestro tiempo, las cuales, viniendo en mi apoyo, me han hecho admitir que ni el animal, ni ninguna otra sustancia organizada, comienzan a existir cuando nosotros creemos, y que su generación aparente no es más que un desenvolvimiento o una especie de ampliación. Además he visto que el autor de la Indagación de la verdad, Régis, Hartsoeker y otros hombres entendidos, no están muy distantes de esta opinión. ___7. Pero queda pendiente el problema más grave, que es el de saber qué se hacen estas almas y estas formas cuando tiene lugar la muerte del animal, o la destrucción del individuo o de la sustancia organizada. Este punto es muy embarazoso, puesto que parece poco conforme a la razón que las almas se queden inútilmente en un caos de materia confusa. Esto me hace creer, que no hay más solución racional posible que la siguiente: y es la de la conservación, no solo del alma, sino también del animal mismo y de su máquina orgánica; por más que la destrucción de las partes groseras la haya reducido a una pequeñez que se oculta a nuestros sentidos, no menos que se oculta aquella en la que estaba antes de nacer. Además, nadie puede fijar el verdadero momento de la muerte, la cual puede pasar por mucho tiempo por una simple suspensión de acciones notables, y en el fondo no es nunca otra cosa en los simples animales de lo cual son testimonio las resurrecciones de las moscas ahogadas y sumidas después bajo una capa de greda pulverizada, y otros muchos ejemplos semejantes, que dan a conocer sobradamente que hay otras resurrecciones y podría haber muchas más, si los hombres pudieran verse en situación de componer la máquina. Trazas hay de que el gran Demócrito, no obstante ser atomista, vio algo aproximado a esto, por más que Plinio se burle. Por consiguiente, es natural que, habiendo sido siempre el animal vivo y organizado (como personas de gran penetración comienzan a reconocerlo), permanezca siempre siéndolo. Y puesto que no hay primer nacimiento ni generación enteramente nueva del animal, se sigue que tampoco habrá extinción total, ni muerte completa, tomada ésta en el rigor metafísico; y por tanto, que en vez de la trasmigración de las almas, no habrá más que una transformación de un mismo animal, según que los órganos estén diferentemente plegados y más o menos desenvueltos. ___8. Sin embargo, las almas racionales siguen leyes que son muy superiores, y están exentas de todo lo que pudiera hacerlas perder la cualidad de ciudadanos de la sociedad de los espíritus, habiendo ordenado Dios las cosas de modo que los cambios de la materia no les privan de las cualidades morales de su personalidad. Y puede decirse que todo tiende a la perfección, no sólo del universo en general, sino también de estas criaturas en particular, las cuales están destinadas a tal grado de felicidad, que el universo mismo está interesado en ello, en virtud de la bondad divina que se comunica a cada una en cuanto la soberana sabiduría lo puede permitir. ___9. Con respecto al curso ordinario de los animales y de otras sustancias corporales, en cuya completa extinción se ha creído hasta ahora, y cuyos cambios dependen más bien de reglas mecánicas que de leyes morales, observo con gusto, que el autor del libro De la dieta, que se atribuye a Hipócrates, entrevió algo de esta verdad, al decir, en palabras terminantes, que los animales no nacen ni mueren, y que las cosas que se cree que comienzan y perecen, no hacen más que aparecer y desaparecer. Esta era también la opinión de Parménides y de Meliso, según Aristóteles; porque estos filósofos antiguos eran más sólidos de lo que se cree. ___10. Por mi parte, estoy perfectamente dispuesto a hacer justicia a los modernos, pero encuentro que han llevado la reforma demasiado lejos, como, entre otros casos, al confundir las cosas naturales con las artificiales, por no haber tenido una idea bastante grande de la majestad de la naturaleza. Piensan ellos que la diferencia que hay entre las máquinas de ésta y las nuestras, no es otra que la que hay entre lo grande y lo pequeño; lo que ha dado ocasión a que un hombre muy entendido, autor de las Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos, dijera no ha mucho, que, mirando de cerca la naturaleza, se la halla menos admirable de lo que se había creído, no siendo otra cosa que el taller de un operario. Creo que no se da así una idea bastante digna de aquella, y sólo nuestro sistema es el que da a conocer la verdadera e inmensa distancia que hay entre las menores producciones y mecanismos de la sabiduría divina, y las obras maestras más notables del arte del espíritu limitado; consistiendo esta diferencia, no sólo en el grado, sino también en el género mismo. Es preciso tener presente, que las máquinas de la naturaleza tienen un número de órganos verdaderamente infinito, y están tan bien provistas y tan libres de todo accidente, que no es posible destruirlas. Una máquina natural subsiste siendo máquina en sus menores partes, y, lo que es más, subsiste siendo la misma máquina que ha sido siempre, y no hace más que transformarse a causa de los diferentes pliegues que recibe, reduciéndose luego y concentrándose, cuando se cree que se ha perdido. ___11. Además, por medio del alma o de la forma, hay una verdadera unidad que responde a lo que se llama yo en nosotros, lo cual no puede tener lugar ni en las máquinas, producto del arte, ni en la simple masa de la materia, por organizada que se la suponga, puesto que no se la puede considerar más que como un ejército o un rebaño, o un estanque lleno de peces, o como un reloj compuesto de resortes y ruedas. Sin embargo, si no hubiese verdaderas unidades sustanciales, no habría nada de sustancial ni de real en la colección. Esto fue lo que obligó a Cordemoy a abandonar a Descartes, y a seguir la doctrina de los átomos de Demócrito, para hallar una verdadera unidad. Pero los átomos materiales son contrarios a la razón, además de que ellos también se componen de partes, puesto que el enlace invencible de cada una de estas con las demás, (aun cuando se le pudiera concebir o suponer con razón), no destruiría su diversidad. Sólo los átomos de sustancia, es decir, las unidades reales y absolutamente destituidas de partes, pueden ser origen de las acciones, los primeros principios absolutos de la composición de las cosas, y como los últimos elementos del análisis de las sustancias. Podría llamárselos puntos metafísicos: tienen algo de vital y una especie de percepción, siendo los puntos matemáticos su punto de vista para expresar el universo. Mas, cuando las sustancias corporales se reducen, el conjunto de todos sus órganos no forman más que un punto físico a nuestra vista. Así que los puntos físicos sólo son indivisibles en apariencia: los puntos matemáticos son exactos, pero no son más que modalidades: sólo los puntos metafísicos o de sustancia (constituidos por las formas o almas) son exactos y reales; y sin ellos no habría nada real, puesto que sin las verdaderas unidades, no habría pluralidad. ___12. Después de haber sentado todas estas cosas, creía yo haber entrado en el puerto; pero cuando me puse meditar sobre la unión del alma con el cuerpo, me vi arrojado en alta mar. Porque no hallaba medio alguno de explicar cómo el cuerpo puede hacer pasar algo al alma, o vice-versa; ni cómo una sustancia puede comunicar con otra sustancia creada. Descartes abandonó esta cuestión, si hemos de juzgar por sus escritos; pero sus discípulos, viendo que la opinión comúnmente seguida es inconcebible, creyeron que nosotros sentimos las cualidades de los cuerpos, porque Dios hace que nazcan pensamientos en el alma con ocasión de los movimientos de la materia; y que cuando aquella quiere a su vez mover el cuerpo, creen que es Dios quien lo mueve según ella desea. Y como la comunicación de los movimientos les parece también inconcebible, creen que Dios da el movimiento a un cuerpo con ocasión del movimiento de otro cuerpo. Esto es a lo que llaman ellos sistema de las causas ocasionales, que ha estado muy en boga merced a las preciosas reflexiones del autor de la Indagación de la verdad. ___13. Es preciso confesar que se ha penetrado realmente la dificultad, al decir lo que no es posible, pero no se la ha resuelto al explicar lo que sucede efectivamente. Es muy cierto que no hay influjo real de una sustancia creada sobre otra, hablando dentro del rigor metafísico; y que todas las cosas, con todas sus realidades, son producidas continuamente por la virtud de Dios; mas para resolver problemas, no basta emplear la causa general, ni traer a la cuestión lo que se llama Deum ex machina. Porque hacer esto, sin aducir otra explicación que pueda tomarse del orden de las causas segundas, es propiamente recurrir al milagro. En filosofía, es preciso dar razón de las cosas, haciendo ver de qué manera se verifican estas mediante la sabiduría divina, conforme a la noción del sujeto de que se trata. ___14. Viéndome, pues, obligado a conceder que no es posible que el alma o cualquiera otra verdadera sustancia pueda recibir cosa alguna de fuera, como no sea por la omnipotencia divina, me vi insensiblemente conducido a una opinión que me sorprendió, pero que me pareció inevitable, y que tiene, en efecto, inmensas ventajas y bellezas muy atendibles. Y es, que es necesario decir que Dios ha creado desde el principio el alma, o cualquiera otra unidad real, en términos que todo nazca en ella de su propio fondo, como resultado de una perfecta espontaneidad respecto de sí misma, y sin embargo, en una perfecta conformidad con las cosas exteriores. Y que, por tanto, no siendo nuestros sentimientos interiores, es decir, los que están en el alma misma, y no en el cerebro, ni en las partes sutiles del cuerpo, otra cosa que fenómenos que recaen sobre los seres externos, o bien apariencias verdaderas y como sueños bien arreglados, es preciso que estas percepciones internas, que se dan en el alma misma, se realicen por su propia constitución original, es decir, por la naturaleza representativa (capaz de expresar los seres que están fuera de ella con relación a sus órganos) que le fue concedida desde su creación, y que constituye su carácter individual. Esto hace que, representando cada una de estas sustancias, exactamente todo el universo a su manera, y según un cierto punto de vista, y llegando las percepciones o expresiones de las cosas externas al alma como por coincidencia, en virtud de sus propias leyes, como en un mundo aparte, y como si solo existieran Dios y el alma (para servirme de la manera de hablar de cierta persona dotada de una alta elevación de espíritu y célebre por su santidad), resultará un perfecto acuerdo entre todas estas sustancias, cuyo efecto sería el mismo que se observaría, si se comunicaran entre sí por la transmisión de las especies o de las cualidades que el vulgo de los filósofos imagina. Además, expresándose la masa organizada, en la que está el punto de vista del alma, más próximamente, y encontrándose recíprocamente dispuesta a obrar de suyo, según las leyes de la máquina corporal, desde el acto que el alma lo quiere así sin que la una turbe las leyes de la otra, experimentando justamente en aquel acto los espíritus y la sangre los movimientos que necesitan para responder a las pasiones y a las percepciones del alma, esta relación mutua, arreglada de antemano en cada sustancia del universo, es lo que produce lo que nosotros llamamos su comunicación , y es lo único que constituye la unión del alma con el cuerpo. De esta manera se ve cómo el alma tiene su asiento en el cuerpo por una presencia inmediata, que no puede ser mayor, puesto que ella es en él lo que la unidad en el resultado de unidades que constituye la multitud. ___15. Esta hipótesis es muy posible; pues, ¿por qué Dios no ha podido dar desde el principio a la sustancia una naturaleza o una fuerza interna que pueda producir en ella ordenadamente (como un autómata espiritual o formal, pero libre cuando se trata de una dotada de razón), todo lo que habrá de sucederle, es decir, todas las apariencias o expresiones que ella habrá de tener, y esto sin el auxilio de ninguna criatura? Tanto más cuanto que la naturaleza de la sustancia exige necesariamente y envuelve por esencia un progreso o un cambio, sin el cual no tendría fuerza para obrar. Y siendo esta naturaleza del alma representativa del universo de una manera muy exacta, aunque más o menos distinta, la serie de representaciones que el alma se produce, responderá naturalmente a las series de los cambios del universo mismo; así como recíprocamente el cuerpo se acomodará también al estado del alma en las ocasiones en que se conciba a ésta como obrando al exterior, lo cual es tanto más razonable cuanto que los cuerpos están hechos para los espíritus, únicos capaces de entrar en sociedad con Dios, y de celebrar su gloria. Y así, desde que se ve la posibilidad de estas hipótesis de armonía entre las sustancias, se ve también que es la más racional, y que da una idea maravillosa de la armonía del universo y de la perfección de las obras de Dios. ___16. Tiene también otra gran ventaja, y es que, en vez de decir que sólo somos libres en apariencia y lo bastante en la práctica, como muchos hombres de entendimiento han creído, es preciso decir más bien, que sólo nos vemos arrastrados en apariencia, y que en rigor metafísico estamos en una perfecta independencia respecto del influjo de todas las demás criaturas. Lo cual pone en una admirable claridad la inmortalidad de nuestra alma y la conservación siempre uniforme de nuestro individuo, estando aquella perfectamente regulada por su propia naturaleza y al abrigo de todos los accidentes exteriores, cualquiera que sea la apariencia de que es lo contrario. Ningún sistema ha mostrado con mayor evidencia nuestra superioridad. Siendo todo espíritu como un mundo aparte, bastándose a sí mismo, siendo independiente de toda otra criatura, envolviendo el infinito y expresando al universo, es tan durable, tan subsistente, y, además, tan absoluto como el universo mismo de las criaturas. Y así debe creerse, que el papel que desempeña el espíritu, es el más propio para contribuir a la perfección de la sociedad de hilos los espíritus, que es lo que constituye su unión moral en la ciudad de Dios. También resulta de aquí una nueva prueba de la existencia de Dios, que es de una claridad sorprendente; porque este perfecto acuerdo entre tantas sustancias, que no tienen comunicación entre sí, solo puede proceder de la causa común. ___17. Además de todas estas ventajas que hacen recomendable tal hipótesis, puede decirse que es algo más que una hipótesis; puesto que no es posible explicar las cosas de otra manera más inteligible, y muchas dificultades de trascendencia, que hasta ahora han preocupado a los hombres, desaparecen desde el acto en que se comprenda bien mi doctrina. También es posible conciliar con esta los modos ordinarios de hablar; porque puede decirse que la sustancia, cuya disposición da razón del cambio de una manera inteligible (de suerte que puede pensarse que a ella han sido acomodadas todas las demás sustancias desde un principio, según el orden emanado de los decretos de Dios), es la que debe concebirse en este punto como una sustancia que obra luego sobre todas las demás. Y así la acción de una sustancia sobre otra, no es una emisión ni una trasplantación de una entidad, como lo concibe el vulgo, ni puede entenderse racionalmente de otra manera que como acabo de decir. Es cierto que se conciben muy bien en la materia emisiones y recepciones de las partes, mediante las que se explican con razón mecánicamente todos los fenómenos de la física; pero como la masa material no es una sustancia, es claro que la acción, respecto a la sustancia misma, no puede ser otra que la que acabo de explicar. ___18. Estas consideraciones, por metafísicas que parezcan, tienen también una maravillosa aplicación en la física para afirmar las leyes del movimiento, como nuestros dinámicos pueden mostrar. Porque puede decirse que, en el choque de los cuerpos, cada uno sólo experimenta el que nace de su propio impulso, y es causa del movimiento que obra ya en él. Y en cuanto al movimiento absoluto, nada puede determinarle matemáticamente, puesto que todo termina en relaciones; lo cual es causa de que haya siempre una perfecta equivalencia de las hipótesis, como en la astronomía; de suerte que cualquiera que sea el número de cuerpos que se tome, es arbitrario asignar el reposo cierto grado de velocidad al que se escoja, sin que los fenómenos del movimiento recto, circular o compuesto, puedan refutarlo. Sin embargo, es racional atribuir a los cuerpos verdaderos movimientos, según la suposición que da razón de los fenómenos de la manera más inteligible, siendo esta denominación conforme a la noción de la acción que acabamos de sentar.
Nuevo sistema de la naturaleza (Leibniz, 1695)
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