Don Chilo se regodea con su narración:
-Sí, mira, yo te puedo enseñar cómo un hombre se vuelve nahual. Se hacen ciertas contorsiones, se adoptan algunas posturas y, es fácil, hombre, sólo hay que saber las claves, cualquiera lo puede hacer.
Con su pelo cano, su mano siniestra chueca debido a una vieja lesión, su piel cobriza y su inseparable guitarra, don Chilo es ya una figura legendaria en Nogales. Fue él quien me compartió inicialmente el conocimiento vaisnava, los rudimentos de la Gnosis, una que otra técnica de lucha libre… siempre hablando con pasión y un lenguaje alvaradeño para denostar ignorancias y fanatismos ajenos.
Devoto del universo, hace alto ante cualquier objeto circular que descubrimos a nuestro paso en el suelo: una rondana, una moneda, un aro. Con solemne misticismo detiene sus pasos y se agacha para recoger el objeto.
-¡Mira qué barbaridad! Estas cosas no deberían dejarlas tiradas. El círculo representa al Universo, al Todo.
Pero don Chilo, personaje singular de la vida real nogalense, no es el único que cree en nahuales. El temor, la creencia, el respeto y aún el odio al nahual, o mejor dicho, a los nahuales, es una tradición milenaria en nuestro estado de Veracruz.
Los compañeros veladores (guardias nocturnos pagados por la comunidad, que recorren pueblos, ciudades y colonias de noche y madrugada) me prevenían diciendo:
-Aguas, Padre Amaro –así me apodaban porque me encontraban parecido al personaje de El Crimen del Padre Amaro-. Por allí se aparece un perro negro, con su colota, con esa les pega a los que pasan junto a él. ¿Qué vas a hacer si te lo encuentras? En esa Privada no hay ni pa´ dónde hacerse.
- ¡Ah! Se me olvidaba que tú no crees en él. – Concluía el buen compañero.
-Ni se preocupen, el Padrecito tiene poder.- Añadía burlesco González, el velador más viejo. Y aún agregaba, festivo, palabras en latín, tomadas de una misa, aludiendo a mi fingida condición de sacerdote.
Nunca me encontré con el famosísimo nahual, y si lo encontré no lo reconocí. Tal vez hasta lo hostigué alguna vez. Seguro: perro o jauría que se me acercaba agresivamente intentando saborear mis exquisitas pantorrillas, muslos o más arriba, se llevaba tremendo garrotazo, pedrada o patadón, así que tal vez el malandrín del nahual recibió lo suyo y yo ni me enteré. Tal era el pavor que llegué a infundir en los pobres canes, cuyos amos pueblerinos tienen la mala costumbre de dejarlos sueltos día y noche, que una madrugada se me apareció en su defensa un hombre desnudo, salvo por sus calzoncillos rojos. Pero ese tampoco era el nahual, sino un airado dueño de un par de perritos que acababa yo de aporrear.
Dada mi mala suerte con los nahuales, tendré que confiar en la tradición y lo poco que en la literatura se halla sobre estos misteriosos seres.
Al otro día se sabrá con consternación que don Chon no se puede levantar, que tiene rota la pierna derecha.
-¡Ay, Dios! -Exclama entonces don Pascual-, Es precisamente en la pata derecha donde le di el machetazo al méndigo guajolote grandotote y negro que te conté.
La circunstancia de que a partir de ese día no desaparezcan más gallos, pollos ni mulas lleva a la comunidad a la conclusión unánime:
-¡Don Chon es el nahual!
Pero no es lo mismo ser un nahual que una bruja, así que bien la puede librar don Chon, quizá pierda algunos amigos, se convierta en el tema del chismorreo popular por meses y hasta le retiren la palabra, pero casi seguro que no lo lincharán. El nahual es cosa de respeto.
Cuando más, un mozalbete catorceañero se acercará curioso a su lecho para pedirle…
…-¿Cómo le hago pa´ convertirme en nahual, don Chon?