RESUMEN: En 1948, como parte de un programa del gobierno justicialista, se enviaron obreros como agregados diplomáticos a las embajadas. El panadero Pedro Conde Magdaleno fue enviado a la Unión Soviética. Deseoso de conocer la experiencia revolucionaria rusa y los pormenores del gobierno bolchevique, rápidamente descubrió que el promocionado régimen lejos estaba de ser un paraíso proletario. La injusticia y la miseria en que vivían los obreros rusos le llegó en primera persona de mano de dos españoles que, exiliados en la URSS durante la Guerra Civil Española (1936-1939), deseaban dejar atrás aquella vida y reunirse nuevamente con sus familias. Dado el estricto control que existía sobre movimiento de personas (y con ellas de información) mas allá de las fronteras soviéticas, los dos españoles fueron ayudados por el diplomático obrero en un temerario plan para cruzar ilegalmente la frontera y escapar de las garras de Stalin.

Pedro Conde Magdaleno con su familia en Moscú y el libro que escribió sobre lo que vio en la Rusia soviética: "¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?"
Pedro Conde Magdaleno era un verdadero descamisado, un cabecita negra, un prototipo de la promoción social que significó el peronismo para miles de trabajadores urbanos y rurales argentinos. "Salió de Madariaga a los 16 años en patas, vino a la Capital donde trabajó como panadero y se educó en la vida, y desde lo que era pudo hacer muchísimas cosas por sus ideales", contó Alicia Mabel Conde, su nieta, que está recopilando datos sobre la historia de película que tuvo a su abuelo como protagonista y espera poder hacer reeditar su libro, hoy agotado. "¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?" es una implacable requisitoria contra el régimen estalinista y su traición a las banderas proletarias, publicado en 1951, más de 20 años antes que el "Arpichiélago Gulag" de Alexander Solzhenitsyn.
Cuando Perón llegó al poder, Conde militaba en el Partido Socialista y, como muchos otros activistas de las distintas vertientes marxistas, se sintió atraído por la potencia realizadora del nuevo gobierno. "Fui peronista por agradecimiento, ahora lo soy por convicción", diría más tarde.
El 6 de febrero de 1947, el gobierno establece un nuevo régimen para el Servicio Exterior, creando la figura de los Agregados Obreros en las Embajadas para que llevasen "al extranjero la representación de la clase trabajadora argentina " y regresaran "con los conocimientos y la experiencia necesarios para el engrandecimiento de la Argentina del futuro".
A Conde Magdaleno, por su buena performance en el curso que la Cancillería dictó a los futuros diplomáticos, le tocó un país estratégico: la Unión Soviética. No podía tener mejor suerte. Al fin conocería la cuna del socialismo, estudiaría sus leyes laborales y las condiciones de trabajo en las fábricas y en el campo.
Pero pronto -demasiado pronto- descubriría que el país del llamado "socialismo real" era "el más antiproletario de la tierra" y menos de un año más tarde emprendería la osada aventura de ayudar a escapar de "ese gran presidio" a dos exiliados españoles con los que trabó amistad y de cuyo triste destino ya no pudo desentenderse.
El viaje a Rusia
La primera sorpresa para Pedro Conde vino cuando el paraíso proletario se negó rotundamente a dar plácet a un agregado obrero. "Agregados, todos los que quieran, pero Agregado Obrero ninguno", fue la glacial respuesta de la cancillería rusa. Hubo que tachar la palabra "obrero" en su pasaporte para que los soviéticos lo dejaran entrar.
Conde Magdaleno, su esposa, Alicia Masini, y los tres hijos varones que por entonces tenía el matrimonio, llegaron a la URSS en abril de 1947, junto al flamante embajador Federico Cantoni, referente del bloquismo sanjuanino.
La llegada de la delegación argentina a la URSS se produjo sin gloria pero con pena. Cero recepción, cero homenaje, aunque se trataba del restablecimiento de relaciones luego de muchos años. "Para el pueblo soviético nuestra llegada pasó inadvertida", diría luego Pedro Conde. A la inversa, en Buenos Aires, la contraparte soviética era agasajada y alojada en el Hotel Alvear. Para los diplomáticos argentinos en Moscú, una pensión de mala muerte y una sola habitación por familia.
"El principal trabajo de los diplomáticos en Moscú es el de conseguir alimentos", escribió el agregado obrero en su libro.
La siguiente frustración fue la cerrada negativa de todas sus contrapartes a recibirlo. Vasili Kutsnietsov, el máximo dirigente de los trabajadores soviéticos, le dijo que debía gestionar la audiencia a través de la Cancillería. Nada. Tampoco los sindicatos panaderos aceptaron recibirlo ni se le autorizaron visitas a bibliotecas y clubes obreros, clínicas gremiales, jardines de infantes, centros de especialización y otras instituciones análogas a las que Conde y sus compañeros estaban acostumbrados a disfrutar en Argentina y que creían que serían muy superiores en la URSS: "Mi único deseo era saber cómo trabajaban, comían, dormían y se divertían los trabajadores".
Pronto descubrirá que las leyes laborales eran letra muerta en la URSS ya que podían ser suspendidas por un simple decreto ejecutivo. Toda la legislación estaba supeditada "al poder discrecional de un gobierno que escribe las leyes de trabajo para usarlas en el extranjero como arma política y no para hacerlas cumplir" en su país, se lee en el libro de Conde Magdaleno. Jornadas interminables, horas extra gratuitas en nombre de la emulación, hacinamiento en el transporte y en la vivienda, cartillas de racionamiento, sueldos miserables, jubilaciones que impiden dejar de trabajar y "desigualdades irritantes" entre los trabajadores.
Conde Magdaleno logrará eludir los obstáculos gracias a la intermediación de exiliados españoles que la embajada argentina contrata para oficiar de intérpretes y que le facilitarán el acceso a una realidad que la vigilancia soviética quiere impedirle ver.
"Visité el comedor colectivo de la fábrica (N°43 de aviación), donde constaté algo que me costó creer. Los obreros comían de acuerdo a su jerarquía. A los que más ganaban se les daba más variedad y cantidad de alimentos".
En otra fábrica, vio como "tareas pesadas y malsanas eran realizadas por las mujeres, tales como trabajar sobre las cadenas ardientes que sacan los moldes del horno a grandes temperaturas y entre las emanaciones de gases y vapores". El trabajo nocturno de las mujeres estaba prohibido en la Argentina , no en la URSS. En lo único que encontró a la mujer equiparada con el hombre fue en la sobreexplotación.
Sin sorpresas, el sindicalismo soviético estaba al servicio de la patronal, no de los trabajadores. "Pareciera que su única función fuera allanarle dificultades al explotador capitalismo estatal, autorizando y legalizando la anulación de las leyes obreras cuya defensa debiera ser la razón de la existencia del sindicato -escribe- El sindicato desempeña en las fábricas el papel de policía al servicio del patrón Estado".
El 1° de mayo fue otro shock. Un acto bajo férreo control, un Josef Stalin que apenas da dos pasos bajo estricta vigilancia militar para enseguida esconderse nuevamente tras los muros del Kremlin, sin tomar contacto con la gente, llevó a Pedro Conde a comparar: "Nuestro pueblo come y da rienda suelta a sus sentimientos, opinando con entera libertad. No sucede lo mismo donde todos están obligados a cantar loas al 'amado Padrecito' aunque los corazones sangren…"
La riesgosa aventura
Era la madrugada del 2 de enero de 1948 y hacía 20 grados bajo cero en Moscú cuando dos diplomáticos argentinos partieron desde un hotel céntrico hacia el aeropuerto con varias valijas y dos grandes baúles. Sólo uno de ellos podrá embarcar en el viejo Douglas hacia Praga con uno de los baúles. Al segundo pasajero no le permiten pagar el exceso de equipaje con dólares y deberá quedar en tierra hasta el día siguiente. El avión parte con dos horas de atraso que ponen muy nervioso al diplomático argentino. Iban en una de esas viejas aeronaves que transportan juntos a pasajeros y equipaje.
Cuando el avión ya sobrevolaba la frontera checa y eran las doce del mediodía, según el relato del propio diplomático, sus pensamientos fueron interrumpidos "por un rítmico tap, tap, tap, tap", de tenues golpes que partían del baúl. La azafata lo notó y fue a prevenir al piloto. "Comprendí que ya estaba descubierto. Rápidamente saqué la llave del baúl y lo abrí". Bajo la mirada atónita de los tres militares y los dos civiles que viajaban junto a Pedro Conde Magdaleno, Agregado Obrero de la Embajada argentina en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), del baúl salió, semi ahogado, un polizonte: se trataba de José Tuñón Albertos, un exiliado español a quien el diplomático argentino estaba ayudando a huir del "paraíso socialista".
El avión que llevaba a Conde y su polizonte regresó a Moscú. Allí Conde y Tuñón fueron separados a la fuerza y no volvieron a verse ni saber más el uno del otro. A Conde, pese a su inmunidad diplomática, lo dejaron tres días encerrado en un galpón, sin agua ni comida, sin contacto con nadie. Creyó que sería fusilado. En cambio, le dieron quince días para dejar Moscú, luego de que el gobierno argentino prometiera juzgarlo en Argentina , cosa que, como vimos, no hizo.
Para el español, se inició la causa ultrasecreta nº 837 , un proceso que iba a acabar con los españoles condenados por espionaje contra la URSS. Según el auto de prisión de Tuñón, firmado por el capitán Pankratov, el español había llegado a la URSS en 1938 para los cursillos de recapacitación de la escuela de pilotos. Nueve años más tarde, en agosto de 1947, empezó a trabajar en calidad de intérprete del agregado de la embajada argentina Pedro Conde, quien le contrató como espía.
Interrogado por la KGB, "Tuñón se declaró culpable de intentar abandonar la URSS ilegalmente, pero no de espionaje: 'Yo quería vivir en México. Todos mis parientes están allá', explicó". Visiblemente, los rusos no podían creer que la única motivación de Pedro Conde fuese humanitaria. "-Escuche, Tuñón, ¿es que nos toma por tontos? -transcribe Sopelniak-. Que un diplomático arriesgue su carrera metiendo en una maleta a un intérprete cualquiera, eso no se oye ni en los chistes".
Tuñón, como sucedía con frecuencia en los sótanos de la KGB, acabó admitiendo lo que los soviéticos querían: que reunía información para su jefe argentino. Pedro Cepeda, el otro viajero frustrado, fue acusado por las autoridades de acompañar a los argentinos a las tiendas y comedores de Moscú 'tratando de mostrarles sólo la parte negativa de nuestra vida'; de fotografiar las colas, los patios llenos de basura y a los mendigos. Aquello se calificó de actividad antisoviética", cuenta Sopelniak.
Ambos fugitivos fueron condenados a 25 años de trabajos forzados en Siberia, el castigo más alto previsto en la ley soviética para esos delitos. Luego de la muerte de Stalin (en 1953) y tras cumplir 7 años de condena con "conducta ejemplar", Tuñón y Cepeda fueron liberados y partieron hacia México y España respectivamente. Ninguno de los tres principales protagonistas de esta historia, Conde Magdaleno, Cepeda y Tuñón conoció el destino de sus compañeros de aventura.

Instantáneas de la vida en Rusia de la familia Conde Magdaleno

Vestidos de marineritos, los tres hijos de Conde Magdaleno posan junto a Evita

El libro que escribiera luego de su viaje a la URSS




La campaña de desprestigio que lanzó el Partido Comunista Argentino contra Pedro Conde Magdaleno

Pedro Conde Magdaleno con su familia en Moscú y el libro que escribió sobre lo que vio en la Rusia soviética: "¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?"
Pedro Conde Magdaleno era un verdadero descamisado, un cabecita negra, un prototipo de la promoción social que significó el peronismo para miles de trabajadores urbanos y rurales argentinos. "Salió de Madariaga a los 16 años en patas, vino a la Capital donde trabajó como panadero y se educó en la vida, y desde lo que era pudo hacer muchísimas cosas por sus ideales", contó Alicia Mabel Conde, su nieta, que está recopilando datos sobre la historia de película que tuvo a su abuelo como protagonista y espera poder hacer reeditar su libro, hoy agotado. "¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?" es una implacable requisitoria contra el régimen estalinista y su traición a las banderas proletarias, publicado en 1951, más de 20 años antes que el "Arpichiélago Gulag" de Alexander Solzhenitsyn.
Cuando Perón llegó al poder, Conde militaba en el Partido Socialista y, como muchos otros activistas de las distintas vertientes marxistas, se sintió atraído por la potencia realizadora del nuevo gobierno. "Fui peronista por agradecimiento, ahora lo soy por convicción", diría más tarde.
El 6 de febrero de 1947, el gobierno establece un nuevo régimen para el Servicio Exterior, creando la figura de los Agregados Obreros en las Embajadas para que llevasen "al extranjero la representación de la clase trabajadora argentina " y regresaran "con los conocimientos y la experiencia necesarios para el engrandecimiento de la Argentina del futuro".
A Conde Magdaleno, por su buena performance en el curso que la Cancillería dictó a los futuros diplomáticos, le tocó un país estratégico: la Unión Soviética. No podía tener mejor suerte. Al fin conocería la cuna del socialismo, estudiaría sus leyes laborales y las condiciones de trabajo en las fábricas y en el campo.
Pero pronto -demasiado pronto- descubriría que el país del llamado "socialismo real" era "el más antiproletario de la tierra" y menos de un año más tarde emprendería la osada aventura de ayudar a escapar de "ese gran presidio" a dos exiliados españoles con los que trabó amistad y de cuyo triste destino ya no pudo desentenderse.
El viaje a Rusia
La primera sorpresa para Pedro Conde vino cuando el paraíso proletario se negó rotundamente a dar plácet a un agregado obrero. "Agregados, todos los que quieran, pero Agregado Obrero ninguno", fue la glacial respuesta de la cancillería rusa. Hubo que tachar la palabra "obrero" en su pasaporte para que los soviéticos lo dejaran entrar.
Conde Magdaleno, su esposa, Alicia Masini, y los tres hijos varones que por entonces tenía el matrimonio, llegaron a la URSS en abril de 1947, junto al flamante embajador Federico Cantoni, referente del bloquismo sanjuanino.
La llegada de la delegación argentina a la URSS se produjo sin gloria pero con pena. Cero recepción, cero homenaje, aunque se trataba del restablecimiento de relaciones luego de muchos años. "Para el pueblo soviético nuestra llegada pasó inadvertida", diría luego Pedro Conde. A la inversa, en Buenos Aires, la contraparte soviética era agasajada y alojada en el Hotel Alvear. Para los diplomáticos argentinos en Moscú, una pensión de mala muerte y una sola habitación por familia.
"El principal trabajo de los diplomáticos en Moscú es el de conseguir alimentos", escribió el agregado obrero en su libro.
La siguiente frustración fue la cerrada negativa de todas sus contrapartes a recibirlo. Vasili Kutsnietsov, el máximo dirigente de los trabajadores soviéticos, le dijo que debía gestionar la audiencia a través de la Cancillería. Nada. Tampoco los sindicatos panaderos aceptaron recibirlo ni se le autorizaron visitas a bibliotecas y clubes obreros, clínicas gremiales, jardines de infantes, centros de especialización y otras instituciones análogas a las que Conde y sus compañeros estaban acostumbrados a disfrutar en Argentina y que creían que serían muy superiores en la URSS: "Mi único deseo era saber cómo trabajaban, comían, dormían y se divertían los trabajadores".
Pronto descubrirá que las leyes laborales eran letra muerta en la URSS ya que podían ser suspendidas por un simple decreto ejecutivo. Toda la legislación estaba supeditada "al poder discrecional de un gobierno que escribe las leyes de trabajo para usarlas en el extranjero como arma política y no para hacerlas cumplir" en su país, se lee en el libro de Conde Magdaleno. Jornadas interminables, horas extra gratuitas en nombre de la emulación, hacinamiento en el transporte y en la vivienda, cartillas de racionamiento, sueldos miserables, jubilaciones que impiden dejar de trabajar y "desigualdades irritantes" entre los trabajadores.
Conde Magdaleno logrará eludir los obstáculos gracias a la intermediación de exiliados españoles que la embajada argentina contrata para oficiar de intérpretes y que le facilitarán el acceso a una realidad que la vigilancia soviética quiere impedirle ver.
"Visité el comedor colectivo de la fábrica (N°43 de aviación), donde constaté algo que me costó creer. Los obreros comían de acuerdo a su jerarquía. A los que más ganaban se les daba más variedad y cantidad de alimentos".
En otra fábrica, vio como "tareas pesadas y malsanas eran realizadas por las mujeres, tales como trabajar sobre las cadenas ardientes que sacan los moldes del horno a grandes temperaturas y entre las emanaciones de gases y vapores". El trabajo nocturno de las mujeres estaba prohibido en la Argentina , no en la URSS. En lo único que encontró a la mujer equiparada con el hombre fue en la sobreexplotación.
Sin sorpresas, el sindicalismo soviético estaba al servicio de la patronal, no de los trabajadores. "Pareciera que su única función fuera allanarle dificultades al explotador capitalismo estatal, autorizando y legalizando la anulación de las leyes obreras cuya defensa debiera ser la razón de la existencia del sindicato -escribe- El sindicato desempeña en las fábricas el papel de policía al servicio del patrón Estado".
El 1° de mayo fue otro shock. Un acto bajo férreo control, un Josef Stalin que apenas da dos pasos bajo estricta vigilancia militar para enseguida esconderse nuevamente tras los muros del Kremlin, sin tomar contacto con la gente, llevó a Pedro Conde a comparar: "Nuestro pueblo come y da rienda suelta a sus sentimientos, opinando con entera libertad. No sucede lo mismo donde todos están obligados a cantar loas al 'amado Padrecito' aunque los corazones sangren…"
La riesgosa aventura
Era la madrugada del 2 de enero de 1948 y hacía 20 grados bajo cero en Moscú cuando dos diplomáticos argentinos partieron desde un hotel céntrico hacia el aeropuerto con varias valijas y dos grandes baúles. Sólo uno de ellos podrá embarcar en el viejo Douglas hacia Praga con uno de los baúles. Al segundo pasajero no le permiten pagar el exceso de equipaje con dólares y deberá quedar en tierra hasta el día siguiente. El avión parte con dos horas de atraso que ponen muy nervioso al diplomático argentino. Iban en una de esas viejas aeronaves que transportan juntos a pasajeros y equipaje.
Cuando el avión ya sobrevolaba la frontera checa y eran las doce del mediodía, según el relato del propio diplomático, sus pensamientos fueron interrumpidos "por un rítmico tap, tap, tap, tap", de tenues golpes que partían del baúl. La azafata lo notó y fue a prevenir al piloto. "Comprendí que ya estaba descubierto. Rápidamente saqué la llave del baúl y lo abrí". Bajo la mirada atónita de los tres militares y los dos civiles que viajaban junto a Pedro Conde Magdaleno, Agregado Obrero de la Embajada argentina en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), del baúl salió, semi ahogado, un polizonte: se trataba de José Tuñón Albertos, un exiliado español a quien el diplomático argentino estaba ayudando a huir del "paraíso socialista".
El avión que llevaba a Conde y su polizonte regresó a Moscú. Allí Conde y Tuñón fueron separados a la fuerza y no volvieron a verse ni saber más el uno del otro. A Conde, pese a su inmunidad diplomática, lo dejaron tres días encerrado en un galpón, sin agua ni comida, sin contacto con nadie. Creyó que sería fusilado. En cambio, le dieron quince días para dejar Moscú, luego de que el gobierno argentino prometiera juzgarlo en Argentina , cosa que, como vimos, no hizo.
Para el español, se inició la causa ultrasecreta nº 837 , un proceso que iba a acabar con los españoles condenados por espionaje contra la URSS. Según el auto de prisión de Tuñón, firmado por el capitán Pankratov, el español había llegado a la URSS en 1938 para los cursillos de recapacitación de la escuela de pilotos. Nueve años más tarde, en agosto de 1947, empezó a trabajar en calidad de intérprete del agregado de la embajada argentina Pedro Conde, quien le contrató como espía.
Interrogado por la KGB, "Tuñón se declaró culpable de intentar abandonar la URSS ilegalmente, pero no de espionaje: 'Yo quería vivir en México. Todos mis parientes están allá', explicó". Visiblemente, los rusos no podían creer que la única motivación de Pedro Conde fuese humanitaria. "-Escuche, Tuñón, ¿es que nos toma por tontos? -transcribe Sopelniak-. Que un diplomático arriesgue su carrera metiendo en una maleta a un intérprete cualquiera, eso no se oye ni en los chistes".
Tuñón, como sucedía con frecuencia en los sótanos de la KGB, acabó admitiendo lo que los soviéticos querían: que reunía información para su jefe argentino. Pedro Cepeda, el otro viajero frustrado, fue acusado por las autoridades de acompañar a los argentinos a las tiendas y comedores de Moscú 'tratando de mostrarles sólo la parte negativa de nuestra vida'; de fotografiar las colas, los patios llenos de basura y a los mendigos. Aquello se calificó de actividad antisoviética", cuenta Sopelniak.
Ambos fugitivos fueron condenados a 25 años de trabajos forzados en Siberia, el castigo más alto previsto en la ley soviética para esos delitos. Luego de la muerte de Stalin (en 1953) y tras cumplir 7 años de condena con "conducta ejemplar", Tuñón y Cepeda fueron liberados y partieron hacia México y España respectivamente. Ninguno de los tres principales protagonistas de esta historia, Conde Magdaleno, Cepeda y Tuñón conoció el destino de sus compañeros de aventura.

Instantáneas de la vida en Rusia de la familia Conde Magdaleno

Vestidos de marineritos, los tres hijos de Conde Magdaleno posan junto a Evita

El libro que escribiera luego de su viaje a la URSS




La campaña de desprestigio que lanzó el Partido Comunista Argentino contra Pedro Conde Magdaleno